Capítulo 5 #7
Tal como le había dicho, aquel té fue breve.
Apenas duró treinta minutos. El director le explicó el contenido y la envergadura de la producción que estaba preparando y, como si diera por hecho que Min-gyeong aceptaría, incluso había llevado ya el guion impreso.
En la portada había una etiqueta con su nombre: «Woo Min-gyeong, ayudante de dirección».
Lo había decidido antes incluso de conocerla.
Sabía que ninguna aspirante a directora de cine rechazaría una oportunidad así.
Le tendió la mano con una sonrisa, y Min-gyeong se la estrechó sonriendo también.
No recibió ningún comentario sobre el guion que había terminado la noche anterior, después de pasar horas en vela.
Tampoco ella se atrevió a preguntar al final del encuentro.
No podía quitarse de la cabeza la idea de que aquel silencio, aquella ausencia de opinión, ya era una respuesta en sí misma.
Le sonaba como si le estuvieran diciendo que no tenía verdadero talento, que lo mejor que podía hacer era permanecer en el mundo del cine, pero desde un lugar secundario, formando parte del equipo de otros.
«Al menos soy meticulosa en mi trabajo».
Pero la meticulosidad no era una cualidad imprescindible para un director.
Al contrario, un director necesitaba una personalidad capaz de romper con los límites del encuadre.
Y Min-gyeong lo sabía de sobra. Ella no tenía una personalidad arrolladora ni una mirada especialmente aguda.
Era, más bien, esa clase de compañera diligente y discreta, correcta en todo, de esas que encajan bien en cualquier equipo. Alguien con quien daba gusto trabajar.
Después de otra hora y veinte minutos, Min-gyeong llegó al edificio del nuevo piso alquilado en el barrio H.
Si abría esa puerta y entraba, ¿qué le esperaba en el semisótano?
Leer el guion que le habían entregado ese día.
No tendría tiempo para examinar minuciosamente y desarrollar el suyo, en el que llevaba varios días trabajando.
Una vez más, pasaría la noche entregada al guion de otro.
Ay… Una pequeña nube de vaho volvió a dibujarse en el aire.
Fue entonces cuando se oyó un estruendo. De repente, se escuchó un fuerte ruido desde dentro del edificio. Min-gyeong abrió la puerta, alarmada, y entró para ver qué había pasado. En las escaleras que subían a la azotea, Ji-hwan estaba tendido en el suelo. Llevaba una escayola en una pierna.
—¿Está bien?
Ji-hwan, con un rasguño en el brazo tras la caída, apoyó la mano en los escalones y consiguió incorporarse un poco. Min-gyeong recogió la muleta que había acabado en el suelo y se la tendió para ayudarlo a levantarse.
—Ah, sí. Estoy bien. Es la primera vez que uso muletas y todavía no les he cogido el truco. ¿Usted sabe cómo se suben las escaleras con muletas?
—¿Eh? No.
—Ah, claro. Normal que no lo sepa.
—Me hice daño repartiendo. Es un poco absurdo, ¿verdad?
Iba corriendo con un pedido, me caí y terminé lesionándome.
Me han dicho que me he roto un ligamento del pie…
Tendrán que operarme y ponerme unos tornillos, así que ya he fijado la fecha de la operación.
Después parece que no podré caminar durante seis semanas.
Ji-hwan explicó todo aquello con una sonrisa torpe, como si estuviera hablando de algo que le había ocurrido a otra persona. Mientras lo escuchaba, una palabra apareció de pronto en la mente de Min-gyeong: teatro.
—¿Y la obra?
—Ah, eso… Al final no podré hacerla. No pueden retrasar todo el calendario por mi culpa, así que no hay nada que hacer. Supongo que estaba destinado a acabar así.
Ji-hwan sonrió con incomodidad. Como si de verdad fuera algo inevitable, como si aquello no fuera más que un pequeño contratiempo.
¿Acaso podía ser «nada»? Min-gyeong se dejó caer en el suelo y empezó a llorar.
¿Por qué el esfuerzo de una persona podía ser traicionado con tanta facilidad?
Al ver a Ji-hwan sonreír incluso en una situación así, como si no hubiera otra opción que aceptarlo, comprendió que ella no había sido tan distinta delante de aquel director famoso.
Durante aquellos treinta minutos, sentada frente a un café carísimo, ella también había sonreído de aquella manera.
No quería hacerlo. No estaba bien. Pero aun así había sonreído y lo había dejado pasar.
Min-gyeong rompió a llorar como una niña pequeña. Sollozaba desconsolada, preguntándose qué iba a hacer ahora que ya no podía actuar. Ji-hwan la observó sin saber cómo reaccionar.
—¿Por qué lloras, Min-gyeong?
—Porque tú no lloras.
Al oírla, Ji-hwan pensó en lo que en realidad quería hacer.
«Tengo ganas de llorar».
Solo entonces, dejó correr las lágrimas que había estado conteniendo desde que el médico le dijo que tendría que operarse hasta que se cayó por las escaleras. Había llantos que ni siquiera una sonrisa podía contener.
Resulta curioso cómo, cuando alguien se hace daño, todas las circunstancias parecen alinearse de tal forma que, al mirar atrás, resulta imposible no pensar que todo estaba encaminado a suceder así.
La escalera que otras veces habría revisado con cuidado se rompe precisamente el día en que sube sin detenerse a mirarla; el impulso de trepar un poco más aparece justo cuando, en cualquier otra ocasión, se habría dado por vencido y habría bajado; e incluso corre a toda velocidad por un callejón por el que normalmente habría caminado despacio, empujado por un deseo repentino de echar a correr.
Las lesiones llegan como una cruel broma del destino, como el resultado de una cadena de pequeñas decisiones, descuidos y casualidades que solo al volver la vista atrás parecen seguir una lógica inevitable.
Ji-hwan se lesionaba con frecuencia, pero se había prometido no volver a hacerse daño nunca en el mismo lugar.
Porque lastimarse dos veces en el mismo punto sería como permitir que el destino volviera a engañarlo.
Y, sin embargo, aquel día había sido completamente inesperado.
Un día en el que todo parecía haberle sonreído.
Durante el ensayo, el director lo había felicitado y sus compañeros, tanto los veteranos como los más jóvenes, le habían dicho que daba gusto trabajar con él.
Además, había recibido muchos pedidos y, en cada entrega, los clientes se habían mostrado amables y agradecidos.
Solo había echado a correr por un callejón vacío.
Mientras avanzaba a toda velocidad, sentía las piernas más ligeras que de costumbre y pensó que estaba en plena forma.
Se imaginó moviéndose con más soltura sobre el escenario, subiendo y bajando escalones, desplazándose entre el atrezo.
En aquella obra, el movimiento era una parte esencial de la interpretación.
Entonces, el pie izquierdo se hundió en un desnivel del suelo y toda aquella confianza se hizo añicos.
En el mismo instante en que el ligamento del empeine cedió, lo supo: aquella lesión no se parecía a ninguna de las anteriores.
Esta vez no iba a poder caminar. El pie ya no le respondía.
No gritó. Tampoco lloró. Solo sintió un dolor seco y agudo que le atravesó el cuerpo hasta llegarle a la cabeza.
«¿Qué voy a hacer con el ensayo de la semana que viene?
No puedo faltar. Acabamos de empezar». Intentó dar unos pasos, convencerse de que podría aguantar, pero el dolor era demasiado intenso y terminó yendo directamente al traumatólogo.
Incluso la forma de cojear le resultaba distinta, como si su propio cuerpo ya no le perteneciera.
El médico, un hombre de edad avanzada, lo examinó y le preguntó:
—¿Qué le duele?
Cuando el médico le preguntó cómo se había hecho daño, Ji-hwan respondió que se había lesionado el pie mientras repartía comida.
Y, al pronunciar aquellas palabras, la causa de la lesión le pareció de repente demasiado insignificante.
Si al menos se hubiera hecho daño intentando algo importante, si hubiera ocurrido mientras preparaba una función o trabajaba en un escenario, quizá habría podido aceptar aquel dolor como algo inevitable, como una herida con algún sentido.
Pero ¿por un simple trabajo de repartidor a tiempo parcial?
La situación le resultaba casi ridícula. Se sentía patético.
En cuanto vio la radiografía, el médico le explicó que sería necesario operar. Ji-hwan, frustrado, no dejaba de apartarse de la frente aquellos rizos que volvían a caerle sobre los ojos.
—Lo mejor es operar cuanto antes, así que le derivaré al hospital general más cercano. Probablemente tendrán que colocarle un par de tornillos, pero es una intervención bastante sencilla.
El médico intentó tranquilizarlo. Solo serían dos tornillos, le dijo, y la operación no tenía ninguna dificultad especial.
Pero aquellas palabras no lograban aliviar a Ji-hwan.
Operarse significaba no poder caminar y no poder caminar significaba, inevitablemente, abandonar la obra justo cuando los ensayos acababan de empezar.
No podía subir a un escenario si antes no había podido ensayar.
Aceptar aquel papel había sido una decisión enorme.
No tenía que ver solo con el nombre del director, con los actores que participarían en la obra o con que se tratara de una producción comercial.
Lo que más le había hecho dudar era el propio personaje.
El día de la audición, el director le había preguntado por qué quería interpretarlo.
Ji-hwan tardó unos segundos en responder. Después, finalmente, dijo:
—Porque yo también crecí en el sistema de acogida.