Capítulo 5 #3
Hasta entonces, Ji-hwan siempre había elegido papeles que le permitían alejarse de sí mismo.
Había interpretado personajes muy distintos a él: hombres deslumbrantes hasta lo imposible o seres atormentados por heridas profundas, figuras que se parecían más a aquello que habría querido ser que a la persona que realmente era.
Por eso aquel papel era diferente. Por primera vez se enfrentaba a una vida que tenía algo de la suya propia.
Ninguna interpretación era sencilla, pero quizá aquella fuera la más honesta de todas.
No tendría que buscar emociones ajenas ni inventar un dolor que no conocía; solo tendría que sacar a la luz todo aquello que había sentido durante años, convertir su propia vida en la historia del protagonista.
Aun así, había tardado mucho en reunir el valor necesario para presentarse a la audición.
Nunca había sido capaz de decir en voz alta que había crecido de aquella manera.
Todos guardaban alguna parte de sí mismos que preferían mantener oculta, ¿verdad?
En el caso de Ji-hwan, lo que le costaba pronunciar era que había sido un niño de acogida.
Por eso deseaba tanto que Bo-ho, que hasta entonces siempre había rechazado sus invitaciones con la excusa del horario de la farmacia, acudiera a aquella función.
Quería demostrarle que aquel muchacho que diez años atrás apenas conseguía mantenerse en pie en la frontera entre la adolescencia y la edad adulta había crecido.
Ji-hwan se imaginó a Bo-ho sentada entre el público, observándolo desde la oscuridad de la sala con la misma mirada penetrante que le dedicaba cuando estaba detrás del mostrador de la farmacia.
Seguro que sería así. En los diez años que llevaba conociéndola, nunca la había visto reír a carcajadas ni romper a llorar.
Pasara lo que pasara, Bo-ho permanecía imperturbable, como si nada pudiera alterarla demasiado.
Incluso llegó a pensar que, si conservaba aquella expresión seria durante la función, sería capaz de distinguirla al instante entre todos los espectadores.
Pero fue la propia Bo-ho quien se encargó de poner fin a aquella fantasía.
—Cuando tú estés actuando, yo estaré detrás del mostrador. Así que no puedo ir.
Ni siquiera pareció contemplar la posibilidad de cerrar la farmacia. Lo rechazó sin dudar, tal como Ji-hwan había previsto.
—Me dice que no me exija tanto, pero usted tampoco parece dispuesta a permitirse un descanso, ¿verdad?
Bo-ho no respondió a aquella pregunta insolente.
Se limitó a clavarle una mirada afilada.
Cada vez hacía preguntas más certeras, más difíciles de esquivar.
«Sí que ha crecido», pensó. Aquel muchacho que antes aceptaba sus palabras sin rechistar ahora era capaz de devolverle el golpe con una sola frase.
Sin embargo, responder solo habría servido para dejarla en evidencia, así que prefirió guardar silencio.
Ji-hwan recogió los medicamentos que ella le había preparado y sonrió.
—¡Le conseguiré una invitación, se lo prometo!
Incluso a aquellas horas de la noche, su voz conservaba una alegría luminosa.
Mientras lo veía alejarse, Bo-ho recordó al Ji-hwan que, por primera vez, le había confesado que quería ser actor.
Era imposible no animar a aquel muchacho de veinte años, con los ojos encendidos y la certeza limpia de quien por fin ha encontrado su camino.
Porque aquella era la espalda de alguien que corría sin descanso hacia el futuro, siempre hacia delante.
Muy distinto de ella, que seguía inmóvil detrás del mostrador.
Ji-hwan conoció a Bo-ho unos dos años después de que la farmacia de noche hubiera abierto sus puertas.
Recién cumplidos los dieciocho años, acababa de abandonar el sistema de acogida.
Con una ayuda para la emancipación de apenas cinco millones de wones, encontró un pequeño estudio donde vivir en el barrio H.
El día que dejó el centro, se despidió de todos con una sonrisa, pero cada paso que lo alejaba de aquel lugar se sentía como una despedida demasiado definitiva.
Si era sincero consigo mismo, Ji-hwan no quería marcharse de la entrada.
Quería darse la vuelta, regresar y confesar que todavía quería quedarse un poco más, que aún no estaba preparado.
Sin embargo, una fuerza invisible parecía empujarlo con suavidad, pero con firmeza, por la espalda.
Y eso que detrás de él no había nadie, solo los profesores y los demás chicos, que lo despedían con una sonrisa y le deseaban lo mejor.
En realidad, fueron precisamente aquellas sonrisas las que lo obligaron a seguir caminando.
Sonrisas de alivio, miradas llenas de esperanza que se escondían bajo palabras como «expectativas» y «reconocimiento».
Parecían decirle: «Tú estarás bien, vayas adonde vayas».
«No me preocupo por ti, aunque no sé qué será de los demás».
Eran esas expresiones de confianza las que lo empujaban a avanzar.
Nadie veía lo que de verdad sentía Ji-hwan: aquella sensación de haber sido arrojado al mundo sin estar preparado para enfrentarse a él.
«La verdad es que yo también tengo miedo.
Muchísimo miedo». Pero aquellos sentimientos no parecían corresponderle, no cuando todos confiaban en que él saldría adelante, así que se los tragó y abandonó el centro con una sonrisa en los labios.
Porque Ji-hwan era el niño del que nadie tenía que preocuparse.
Si le preguntaban si había sido realmente feliz en el centro, a Ji-hwan le habría costado responder.
No podía decir que lo hubiera sido por completo, pero saber que, cuando caía la noche, tenía un lugar al que regresar significaba mucho más de lo que nadie podía imaginar.
Ji-hwan había comprendido a los diez años, cuando se quedó huérfano, hasta qué punto era valioso tener un sitio al que volver cuando todos los demás regresaban a casa después de clase.
Tras la muerte repentina de sus padres en un accidente de tráfico, pasó de la casa de un familiar a la de otro hasta terminar en un centro de acogida.
Algunos de los amigos que conoció allí conservaban la esperanza de que, algún día, sus padres regresarían a buscarlos, y Ji-hwan, cada vez que los escuchaba, se limitaba a sonreír y decir que ojalá fuera así.
Porque para él ni siquiera existía esa posibilidad.
Por eso, dentro del centro, no podía permitirse causar problemas bajo ninguna circunstancia.
Pasara lo que pasase, sonreía, aguantaba y seguía adelante.
Aunque fuera difícil, era mejor sonreír.
Tenía que ser un niño fácil de cuidar, no alguien que se convirtiera en una preocupación más.
Porque no tenía ningún otro lugar al que regresar.
Si también lo dejaban atrás allí, entonces sí que se quedaría sin nada.
No podía permitirse pensar en esa posibilidad.
Además, aquel lugar le había dado una profesora a la que podía llamar «mamá» y unos amigos a los que podía llamar «hermanos».
Durante mucho tiempo, aquel había sido su hogar.
Pero al comenzar un nuevo año tuvo que construirse él mismo un lugar al que volver cada noche y aprender a protegerlo.
Poco antes de salir del centro, Ji-hwan se pateó la zona de un lado a otro hasta que, a duras penas, consiguió encontrar un pequeño estudio.
Los chicos con mejores notas podían acceder a una residencia universitaria, pero él quería trabajar antes que ir a la universidad, así que una vivienda barata era la opción más adecuada.
Y entonces llegó la primera noche que pasó completamente solo, tumbado en aquella habitación.
El estudio era estrecho y estaba envuelto en un silencio absoluto.
Por momentos, creía escuchar en algún rincón las voces de los niños pequeños que dormían junto a él en el centro, aquellos que no le dejaban conciliar el sueño mientras lo llamaban entre susurros: «¡Hyung!
». Nunca habría imaginado que algún día llegaría a echar de menos aquellas voces que tantas noches le habían resultado insoportables.
Era un silencio tan profundo que parecía imposible que un lugar tan pequeño pudiera contener tanta soledad.
Ji-hwan dio vueltas en la cama durante largo rato hasta que, finalmente, consiguió quedarse dormido, pero se despertó sobresaltado al sentir el viento rozándole el rostro.
Estaba seguro de haber cerrado bien la puerta antes de acostarse.
Entonces, ¿de dónde venía aquel aire? No era una sensación provocada por el sueño.
El viento le golpeaba la cara, de eso no había duda.
Cuando terminó de despertarse por completo, vencido por aquellas ráfagas que no dejaban de entrar, descubrió que el viejo marco de la ventana se había soltado y se balanceaba en el aire.
En aquellas condiciones era imposible volver a dormir.
El viento se colaba en la habitación donde vivía solo y, como no había nadie más que pudiera arreglar aquel marco, Ji-hwan tuvo que levantarse.