La farmacia de noche Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Jeong-bun salió de la farmacia refunfuñando, como si la hubieran echado a la calle en pleno frío de finales de invierno.

Hwan-gyeong fue tras ella y le ofreció el brazo para ayudarla a caminar.

Desde que el invierno anterior se había caído sobre la nieve, arrastraba una ligera cojera.

Había ocurrido en el camino de siempre, el que la llevaba hasta la tienda.

Aun así, aquel día también abrió. Lo correcto habría sido acudir de inmediato al traumatólogo, pero lo fue dejando mientras avanzaba como podía con la pierna dolorida.

Para ella, abrir la tienda también era una promesa que debía cumplir.

Cuando Bo-ho escuchó aquella historia, se llevó las manos a la cabeza.

—¿Por qué no fuiste al hospital enseguida?

—Yo ya he vivido bastante. ¿Cuánto tiempo más voy a estar por aquí cojeando?

—¿Y quién ha dicho que hayas vivido bastante? Puede que haya un orden para llegar a este mundo, pero nadie sabe cuándo le toca marcharse.

—No se te escapa nada, ¿verdad?

Jeong-bun se limitó a soltar una carcajada suave.

Y, cuando hacía eso, lo único que Bo-ho podía recetarle eran unos simples parches: algo que calmara el dolor durante un tiempo y aliviara la molestia muscular gracias a su efecto antiinflamatorio.

Pero un parche no podía llegar hasta la raíz del problema, arrancar el origen del dolor ni curarlo de verdad.

Hwan-gyeong le dijo a Bo-ho que volvería pronto, le dedicó un pequeño gesto de despedida con la mano y se marchó junto a Jeong-bun.

La farmacéutica observó cómo sus figuras se alejaban y pensó: «¿Vivir así era fortaleza, terquedad o una forma de castigo?

¿Acaso un parche no es también eso? Algo que alivia el dolor, pero que nunca cura la herida de fondo».

De vez en cuando tenía la sensación de que los años acumulados caían sobre ella de golpe.

Durante los últimos doce años había contemplado el mundo desde el interior de aquella farmacia y había sentido en su propia piel cómo la oscuridad se extendía a su alrededor.

Al principio había dolido. Después, poco a poco, había empezado a insensibilizarse, y se preguntaba si eso sería aquello que llamaban «el tiempo lo cura todo».

O quizá no era más que agotamiento. Quizá era el cansancio lo que le impedía preguntarle a Hwan-gyeong qué había ocurrido realmente.

¿Qué había ocurrido exactamente aquel día?

—¡Hola! Quería comprar vendas y parches.

Ji-hwan entró en la farmacia con paso ligero, visiblemente emocionado. Los únicos que conseguían interrumpir sus pensamientos, que se oscurecían con la noche, eran los clientes. Quizá por eso seguía allí, esperando.

—¿Otra vez?

Ji-hwan había vuelto a hacerse daño, pero seguía sonriendo con aquella despreocupación que lo caracterizaba.

Bo-ho nunca entendía cómo conseguía acabar siempre con alguna lesión.

Y lo más sorprendente era que, en lugar de llegar agotado después de una jornada interminable, entraba en la farmacia con una energía casi contagiosa, como si acabara de empezar el día.

—Hoy, mientras montábamos el escenario, creo que me he torcido un poco el pulgar derecho. Puedo moverlo, pero, por si acaso…

Ji-hwan era actor de teatro y actuaba cada tarde y cada noche en un pequeño teatro de Daehak-ro.

Durante el día, cuando no tenía ensayos, acudía a una oficina de empleo temporal que lo enviaba de una obra a otra.

Los fines de semana enlazaba trabajos sin descanso: unas veces en una cafetería, otras sirviendo mesas.

Cada vez que Bo-ho lo reprendía por exigirse demasiado, por intentar abarcar el día y la noche como si el cuerpo no tuviera límites, Ji-hwan respondía con una sonrisa de oreja a oreja:

—Soñar también cuesta dinero.

—¿Y piensas gastártelo todo en curarte?

A eso no sabía qué responder, así que se limitaba a reír con aquella expresión despreocupada suya y cambiaba de tema.

Ji-hwan acudía a la farmacia con frecuencia porque siempre acababa haciéndose daño de una forma u otra.

Ya habían pasado diez años desde la primera vez que se conocieron.

Aquel muchacho que había entrado en la farmacia incapaz siquiera de explicar dónde le dolía, con la sangre brotando de una herida abierta, se había convertido en un adulto capaz de señalar con precisión el lugar exacto del dolor.

También se había convertido en alguien muy hábil a la hora de ocultar sus molestias tras un sencillo «estoy bien».

Bo-ho le entregó una venda y unos parches para la muñeca. Al tratarse del pulgar, quizá necesitaría incluso una férula. Ji-hwan tomó ambas cosas, sonrió con cierta timidez y preguntó:

—Eh, farmacéutica… Es que soy diestro y me duele el pulgar derecho, así que…

—¿Quieres que te lo ponga?

Ji-hwan asintió con entusiasmo. Bo-ho abrió la puerta del mostrador con un suspiro de resignación y salió.

Él se sentó en una de las sillas de la farmacia y le tendió la mano derecha.

Al examinar el pulgar de cerca, comprobó que podía moverlo, pero la articulación estaba hinchada y ya empezaba a aparecer un moratón.

Lo más sensato sería que acudiera al traumatólogo y se hiciera una radiografía, aunque solo fuera para asegurarse.

«No entiendo por qué la gente se empeña en no ir al hospital», pensó.

—Tengo la impresión de que siempre acabas lesionándote en el trabajo. ¿No podrías tener un poco más de cuidado?

—Siempre tengo cuidado. Por eso nunca me hago daño dos veces en el mismo sitio. Cada vez es una parte distinta. La última vez fue el dedo anular izquierdo, ¿se acuerda?

—¿Y eso te parece algo de lo que presumir?

—¿Acaso las cicatrices del cuerpo no son un mapa de la vida?

Ji-hwan lo dijo con cierto orgullo y se arremangó la camisa para mostrarle las marcas que llevaba en los brazos: los arañazos que le habían dejado unas varillas de acero en alguna obra, la larga quemadura que casi tenía el mismo tamaño que la sartén de hierro donde servían los filetes en aquel restaurante familiar.

Bo-ho apoyó un dedo sobre una de aquellas cicatrices, ahora mucho más tenue que la primera vez que se la había visto.

La herida que entonces tanto le había dolido ya no estaba, pero había dejado atrás su rastro.

Porque no existen heridas que desaparezcan por completo.

Algunas marcas permanecen durante años, como una prueba silenciosa de todo aquello que una vez nos hizo daño.

—Ay, qué imprudente eres.

Ji-hwan se bajó la manga de la camisa y, dijera lo que dijera Bo-ho, se limitó a reír con aquella despreocupación suya, insistiendo en que no era nada. Bo-ho sacó una pequeña férula y le vendó el pulgar con cuidado.

—Esto no se arregla con un simple parche. Tienes que ir al médico. Parece que hay inflamación, así que ponte algo frío, ¿entendido?

—Se me pasará enseguida. Créame, después de todos los golpes que me he llevado, ya sé cómo funciona esto.

—Vaya, todo un experto. Si hasta ahora has podido seguir así, es porque eres joven.

Mientras se lo decía, Bo-ho recordó las palabras de Jeong-bun: «¿Cuándo va a dejar de trabajar a estas horas de la noche?

Ha podido seguir con este ritmo porque era joven, pero usted también está cumpliendo años.

Ya no es una jovencita». Había sido una regañina, sí, pero también una advertencia.

«¿Así es como me ve Jeong-bun a mí también?

». Bo-ho sintió que se le encendían un poco las mejillas.

Aquella mujer tenía un talento especial para tocar justo aquello que ella intentaba mantener escondido, para removerle cosas que preferiría no mirar de frente.

Ji-hwan, ajeno a lo que pasaba por su cabeza o quizá simplemente sin darle importancia, seguía sonriendo.

—Farmacéutica, todavía soy joven.

—Pues parece que tienes prisa por dejar de serlo.

Bo-ho guardó el resto de la venda y los parches en una bolsa de plástico y se la tendió.

—Trabajas de día y trabajas de noche. Estás abusando de tu cuerpo.

—¡Pero si no he venido para que me regañe! ¡He venido porque tengo una noticia buenísima!

—¿Cuál?

Bo-ho lo preguntó con aparente indiferencia, pero los rizos de Ji-hwan parecían tener vida propia. Se alzaban con alegría cuando algo bueno ocurría y se desinflaban cuando las cosas no salían como esperaba. Aquella noche, sin duda, eran rizos de buenas noticias.

—¡Por fin me han dado un papel protagonista! He pasado la audición para la obra de la que le hablé la otra vez.

Ji-hwan lo anunció rebosante de entusiasmo, y Bo-ho respondió con la misma voz neutra de quien repite una frase aprendida de memoria:

—Muy bien. Enhorabuena.

Aunque la respuesta de Bo-ho no contenía ni rastro de emoción, Ji-hwan no se desanimó y siguió hablando con la misma alegría. Aquel grado de reacción, en ella, ya podía considerarse bastante cercano al entusiasmo. Era la intuición de quien llevaba diez años conociéndola.

—Empezamos a ensayar la semana que viene y estrenamos dentro de dos meses. Después estaremos otros dos meses en cartelera… ¿Le apetece venir a ver la obra esta vez? Es mi primer papel como protagonista…

Ji-hwan sabía que probablemente volvería a decirle que no, pero aun así se atrevió a invitarla.

La obra estaba dirigida por un director reconocido y, además, era la primera producción comercial en la que participaba.

Por muchos motivos, quería que Bo-ho lo viera sobre un escenario, no siempre llegando a la farmacia con algún golpe, alguna herida o alguna venda nueva.

Al fin y al cabo, había sido ella quien lo había animado a perseguir ese sueño.

Además, el personaje que interpretaría era el de un joven que había crecido en el sistema de acogida.