La farmacia de noche Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Bo-ho se lo preguntó con absoluta sinceridad.

De verdad creía que trabajar en la farmacia sería mucho más llevadero para Ja-yeon.

Durante el día, cuando el sol podía hacerle daño, estaría dentro del edificio y no tendría que exponerse a la calle; y, al caer la noche, justo cuando moverse le resultaba más sencillo, ya habría terminado su jornada.

¿No era acaso el trabajo perfecto? A Bo-ho le parecía una solución ideal.

Sin embargo, la expresión de Ja-yeon cambió de repente.

Su rostro adquirió una seriedad que Bo-ho nunca le había visto antes y, sin saber por qué, sintió que algo se le encogía por dentro.

La mirada decepcionada de su hermana hizo que comprendiera que había dicho algo que no debía.

Ja-yeon bajó ligeramente sus finas cejas y la miró con una tristeza contenida.

—Bo-ho, lo mío es comprar ropa para venderla.

—Ya, pero… a mí también me va a costar llevar la farmacia sola. Pensé que quizá a ti te vendría bien un trabajo menos duro. Te lo digo porque me preocupas.

Aquel fue el primer día que Ja-yeon se enfadó con Bo-ho.

—¡Nunca me escuchas! ¡Solo oyes lo que te conviene! ¡Jamás has intentado entender cómo me siento de verdad!

Cuando Ja-yeon se marchó, Bo-ho se quedó sola en la habitación, sin saber qué hacer con aquel silencio repentino.

Lo que más le dolió no fue la discusión en sí, sino darse cuenta de que ella era la primera persona a la que Ja-yeon, que nunca había levantado la voz en toda su vida, había sido capaz de reprocharle algo.

Aquella noche comprendió que la casa y la farmacia, aquellos lugares que habían nacido con la intención de convertirse en un refugio para las dos, en realidad solo habían servido para protegerla a ella.

La noche de su primera discusión era tan oscura como cualquier otra.

Después de pelearse con Bo-ho, Ja-yeon se marchó con el corazón revuelto, aunque sabía que algún día tendría que decirle aquellas palabras.

Suspiró en voz baja y siguió trabajando sin detenerse.

Al fin y al cabo, la compra formaba parte de su compromiso con los proveedores.

Esa noche había tenido suerte, porque entre las prendas vintage había encontrado incluso varias camisetas de marca.

No era fácil dar con ropa de tanta calidad.

Quizá por eso pensó que debía devolverle algo bueno al mundo.

Y por eso, aquella madrugada, cuando volvía a casa y vio a un hombre desplomado en un callejón del barrio H, no fue capaz de pasar de largo.

—¿Se encuentra bien?

—¿Podría… ayudarme?

Nunca se le pasó por la cabeza que aquel «ayúdeme» pudiera significar en realidad «conviértase en mi rehén».

El hombre tenía la mirada perdida, pero la luz tenue de la farola apenas permitía distinguirle el rostro.

No olía a alcohol. Solo vio la rodilla ensangrentada y la sangre que le corría por la piel.

Al escucharlo pedir auxilio, Ja-yeon lo llevó hasta la casa que compartía con su hermana, a pocos pasos de allí.

Bo-ho seguramente seguiría dormida, pero ella era la experta en primeros auxilios y sabría qué hacer.

La farmacia de la planta baja todavía no tenía nombre ni letrero; ni siquiera habían decidido cómo se llamaría.

Aún no había abierto, aunque los medicamentos ya estaban dentro.

Ayudar a alguien herido tenía que ser una buena señal.

«Podría ser el primer cliente de la farmacia».

Así tendría una excusa para hablar con Bo-ho y quizá conseguiría que se le pasara el enfado.

Podrían volver a hablar con naturalidad, como si nada hubiera ocurrido.

Pero cuando llegaron frente al edificio y Ja-yeon aún sostenía al hombre, él le apoyó un cuchillo contra la espalda y le ordenó que lo escondiera de inmediato.

Un escalofrío le recorrió la columna. Era un miedo que no había sentido nunca: el miedo de comprender que podía morir allí mismo.

En la penumbra de una noche de pleno verano, de esas en las que la oscuridad apenas dura unas horas, Ja-yeon murió desangrada frente a la puerta del edificio de la farmacia. Entre sus brazos aún apretaba un montón de prendas vintage de marca. Muchas de ellas eran moradas.

—¿Está bien?

Hwan-gyeong acababa de regresar de su ronda cuando encontró a Bo-ho con la mirada perdida. Ella asintió ligeramente. Hacía mucho tiempo que las siluetas de las dos hermanas caminando juntas habían desaparecido de aquel lugar.

—Tiene mala cara. ¿No estará enferma?

Bo-ho negó con la cabeza. Desde que se había hecho cargo de una farmacia que permanecía abierta todos los días del año, enfermar no era una opción.

Si caía enferma, no tendría más remedio que cerrar.

Había aprendido a ignorar cualquier señal de su cuerpo, pero, al escuchar la pregunta del agente, sintió un escalofrío recorrerle la piel.

¿Estaría incubando un resfriado? «Mira que tener que preguntármelo ahora».

Decidió que más valía tomar algo para el malestar antes de que aquello fuera a más.

—No, estoy bien. ¿Qué tal la ronda?

Hwan-gyeong se estiró y respondió:

—El barrio H sigue igual que siempre. Un lugar tranquilo y aburrido.

«Espera. ¿Qué ha dicho?».

Bo-ho miró a Hwan-gyeong, que seguía estirándose, y preguntó:

—¿Has vivido en el barrio H?

—Sí. Nací y crecí aquí. Me fui después de aquel incidente.

—¿Qué incidente?

«No será ese incidente, ¿verdad?».

Sin darse cuenta del peso que escondían aquellas palabras, Hwan-gyeong respondió con naturalidad:

—Ah, ¿no lo sabe? Aquí, delante del edificio de la farmacia, murió una persona.

La mirada de Bo-ho se dirigió hacia la puerta por la que Hwan-gyeong acababa de entrar. Allí había estado Ja-yeon. Sus ojos se quedaron fijos en el lugar donde su hermana había yacido aquella noche. Sin siquiera atreverse a mirar de nuevo al agente, preguntó:

—Ah… entonces tú también lo sabes. No es un caso tan conocido…

—Ah, es que yo lo vi.

En ese instante, Bo-ho sintió que el corazón se le detenía.

Por fin tenía delante a alguien que recordaba lo ocurrido aquella noche.

Alguien que conocía incluso una parte de la historia que ella ignoraba.

Quería preguntarle tantas cosas. Ella no había visto la escena del crimen hasta que amaneció y la policía llegó haciendo sonar las sirenas.

Y, aun así, nunca había sido capaz de preguntar.

¿Cómo había estado su hermana justo antes de morir?

¿Había dicho algo en sus últimos momentos?

¿Podría repetirle unas palabras que ella ya nunca tendría la oportunidad de escuchar?

Ojalá algún día apareciera, aunque solo fuera en un sueño. Su dulce hermana debía de seguir siéndolo incluso al otro lado. Y, sin embargo, ni siquiera allí había vuelto a verla.

Bo-ho quería llenar el vacío de aquel día que nunca pudo presenciar.

Nadie le había contado qué había llevado a su hermana hasta ese final, ni cuáles habían sido sus últimas palabras.

Aquel hueco sin respuesta, condenado a permanecer abierto para siempre, le robaba el sueño tanto de día como de noche.

Esas horas en las que, con las cortinas opacas cerradas, permanecía despierta sin conseguir conciliar el sueño eran un secreto que solo ella podía guardar, algo que no podía confiarle a nadie.

Desde aquel día, no había vuelto a dormir bien ni una sola noche.

Cuando tiempo atrás le dijo a Hwan-gyeong que durante el día descansaba profundamente, le había mentido de principio a fin.

Bo-ho esperaba el momento en que, por fin, aquel vacío pudiera llenarse.

Creía que, si lograba descubrir qué había ocurrido aquella noche, quizá volvería a dormir.

Y, aun así, sabía que nunca sería capaz de preguntarle al chico por lo sucedido.

Por si las últimas palabras de su hermana habían sido una acusación contra ella.

Por si le había dicho que la odiaba. Por si había gritado que todo había sido culpa suya. No se atrevía.

—¿Ah, sí? Yo… no lo sé muy bien.

—Es normal que no lo sepa. Cuando ocurrió aquello, esta farmacia todavía no existía como tal. Era una farmacia corriente. Si aquella noche las luces hubieran estado encendidas… ¿cree que esa persona se habría salvado?

Bo-ho no pudo responder a la pregunta de Hwan-gyeong. En lugar de hacerlo, se limitó a recordarle que ya era hora de cerrar la farmacia. Eran las 7.40. El amanecer empezaba a despuntar.