La farmacia de noche Capítulo 4
47%

Capítulo 4

Medicamento del día Una vez abierto, no utilizar durante periodos prolongados

A las once y media de la noche, Su-bin entró en la farmacia con el uniforme escolar todavía impecable.

Ya era marzo, y había llegado la época de la vuelta al cole.

Al verla, Bo-ho se acordó de repente de Da-in, que seguía ingresado en el hospital.

Cuando hacía unos días le había preguntado a Mun-seong por él, le había dicho que aún se estaba recuperando.

También había comentado que, como era joven, se pondría bien enseguida.

Pero ¿de verdad tenía algo que ver la edad con la rapidez con la que alguien se recuperaba?

A veces, por mucho que uno quisiera apresurar las cosas, lo único que hacía falta era tiempo.

—Señora, quiero eso de ahí.

Su-bin venía de la sesión de estudio nocturna y tenía todo el aspecto de una alumna ejemplar.

No pasaba muy a menudo por la farmacia, pero, cuando lo hacía, siempre era a esa hora.

Solía llevar en la mano una pequeña libreta de esas que caben en la palma; algunos días estaba llena de vocabulario en inglés y, otros, de problemas de matemáticas.

Una vez, cuando Bo-ho le preguntó por qué hacía ejercicios de matemáticas allí, Su-bin le respondió que los resolvía mentalmente.

En la farmacia casi siempre compraba una sola cosa, siempre la misma.

—Quería las gotas oculares de la caja azul, por favor.

—¿Las que vienen formato roll-on?

—Sí. ¿Son esas que, al ponérselas, dejan una sensación de frescor en los ojos?

—Sí.

Bo-ho cayó entonces en la cuenta de que Su-bin compraba aquellas lágrimas artificiales por la misma razón por la que Hwan-gyeong se aplicaba aquel roll on bajo los ojos: para combatir el sueño.

La próxima vez que volviera a pedírselo, le recomendaría las gotas.

Al menos, las lágrimas artificiales cuidarían sus ojos.

Aunque, como con cualquier cosa, tampoco era bueno abusar.

—Úsalas solo cuando las necesites. Te lo digo cada vez que las compras, pero esto no sirve para mantenerte despierta.

—Ya lo sé. Pero estas cosas también están bien, ¿no? Tener tus propios trucos. Me lo enseñó mi hermana mayor. Cuando tengo muchísimo sueño, me echo unas gotas y consigo despejarme.

—Qué aplicada eres. Siempre haciendo caso a tu hermana.

Bo-ho pasó la tarjeta por el datáfono y, junto con las lágrimas artificiales, le dio unas vitaminas infantiles masticables. Su-bin las sostuvo entre las manos con una sonrisa, como si aquel pequeño detalle le hubiera hecho una ilusión inesperada.

—¿Y esto qué es? ¿Un premio?

—Sí. Por hacerlo tan bien.

—¿Qué pasa? Nunca me había regalado nada así.

—Si no las quieres, me las devuelves.

—No, no. Me las tomaré. Si son buenas para los niños, también lo serán para una estudiante en época de exámenes.

—Ah, y supongo que ya lo sabes, pero, aunque no hayan caducado, no debes tomarlas si ha pasado más de un mes desde que abriste el envase. Aunque todavía queden.

—Qué desperdicio…

—Si algo ya no está en buen estado, ya no sirve como medicina. ¿Entendido?

—¡Sí!

—Venga, vuelve a casa. Es tarde.

Cuando Su-bin se volvió para marcharse, Bo-ho reparó en la mochila que cargaba a la espalda.

Estaba tan llena de libros que sobresalía como el caparazón de una tortuga.

Decían que los jóvenes de hoy estudiaban con tabletas, pero ella ni siquiera parecía planteárselo.

Era una chica que había aprendido demasiado pronto a no desear más de lo necesario.

Antes de salir, levantó una mano con un gesto despreocupado, como si quisiera decirle que no se preocupara, y abandonó la farmacia.

«¿Así son los chicos de ahora?». Su-bin avanzaba con aquel paso suyo tan característico: enérgico, animado y firme.

Al verla alejarse dando pequeños brincos, Bo-ho casi tuvo la impresión de que podía oír la música alegre que seguramente sonaba en sus auriculares.

Entonces una mujer se acercó a ella. Debía de ser su hermana mayor, aquella de la que Su-bin hablaba siempre, la única familia que tenía y de la que nunca parecía cansarse de hablar.

La mujer le quitó la pesada mochila de los hombros y las dos emprendieron juntas el camino de vuelta a casa.

Bo-ho contempló en silencio sus siluetas alegres alejándose juntas.

Por un instante, sonrió apenas. Pero entonces sintió que sus pies se volvían pesados, como si hubieran echado raíces en el suelo.

Ella lo sabía bien. Había elegido a propósito unas zapatillas con algo de tacón y sin apenas amortiguación.

A ella no le estaban permitidos pasos tan ligeros y luminosos como aquellos.

«Si yo también hubiera escuchado la voz de mi hermana, como esa niña…

¿habría ocurrido aquello?». El arrepentimiento se convirtió en una oscuridad cada vez más espesa, hasta envolverla por completo.

Bo-ho permaneció inmóvil, absorta en su propio reflejo sobre la puerta de cristal de la farmacia.

«Sí. A mí me sienta mejor la noche. Vivir bien, comer bien, prosperar bajo la luz del día…

sería demasiado atrevido». Clavó con fuerza las suelas de sus zapatillas contra el suelo.

En teoría, las zapatillas existían para que los pies descansaran; las suyas, sin embargo, tenían una suela tan rígida que resultaban incómodas incluso después de llevarlas durante horas.

Lo sabía perfectamente y, aun así, nunca se decidía a comprarse un calzado más cómodo.

Como siempre, Bo-ho elegía la incomodidad.

Doce años atrás, en el asesinato ocurrido en el barrio H, Bo-ho había sido la única superviviente.

«Nuestro futuro empieza con la protección de la naturaleza».

Todo empezó antes incluso de que naciera la hermana mayor.

Sus padres aún no habían decidido qué nombre ponerle a su primera hija cuando vieron aquel anuncio institucional.

De pronto, tuvieron una idea absurda: la primera se llamaría Ja-yeon, «naturaleza»; la segunda, Bo-ho, «protección».

Para Bo-ho, aquel juego de palabras acabaría convirtiéndose en una condena que la acompañaría toda la vida.

Las dos hermanas solo se llevaban un año y crecieron con unos nombres que parecían destinados a ir siempre unidos: naturaleza y protección.

Como habían nacido en años consecutivos, fueron juntas al colegio durante toda su infancia.

Y los profesores, cada vez que las veían aparecer, no tardaban en repetir la misma broma:

—Tienes que proteger bien a tu hermana. Al fin y al cabo, ese es tu nombre.

—Profesor, sabe que esa broma no tiene ninguna gracia, ¿verdad?

—¿Por qué no? Vas a escucharla toda la vida.

—¡No! ¡Me cambiaré el nombre!

—¿Crees que cambiarse el nombre es tan sencillo? Sería como borrar todos los años que has vivido con él y empezar de nuevo.

—Pues mejor. Llevo escuchando lo mismo desde que nací.

—Qué remedio. ¡Tú eres la más fuerte!

A simple vista, Ja-yeon y Bo-ho eran muy distintas. Ja-yeon era menuda, bajita y de aspecto delicado, mientras que Bo-ho era mucho más alta y de complexión robusta; juntas, no parecían hermanas. Pero había algo en lo que resultaban inconfundibles: los ojos.

Ambas tenían los párpados dobles muy marcados, las pestañas largas y unos ojos ligeramente alargados hacia los extremos.

Era un parecido tan evidente que incluso quienes no las conocían bien se daban cuenta enseguida al mirarlas.

Sin embargo, sus diferencias no se limitaban al aspecto físico.

También eran completamente opuestas en su forma de ser.

Mientras Ja-yeon era dócil y reservada, Bo-ho decía lo que pensaba sin morderse la lengua ni detenerse a medir sus palabras.

Lo que más detestaba era sentirse obligada a callar.

Si había algo que decir, había que decirlo hasta el final, porque no había nada más absurdo que esforzarse por ocultar lo que uno pensaba de verdad.

Por eso, muchas veces escuchaba que Ja-yeon, pese a ser la mayor, parecía intimidada por Bo-ho, su hermana pequeña. Cada vez que alguien hacía ese comentario, la pequeña Bo-ho protestaba con toda la indignación del mundo:

—¡Pero si yo no he hecho nada! ¿Por qué siempre me regañan a mí?

A Bo-ho le enfurecía que dijeran que Ja-yeon hablaba más despacio, que estudiaba peor, que era más bajita o que lloraba con más facilidad por culpa de tener una hermana pequeña con tanto carácter.

Pero lo que más le molestaba era que Ja-yeon, en lugar de rebatir aquellos comentarios, se limitara a sonreír.

Al final, la que siempre necesitaba protección era Ja-yeon, y la que debía protegerla era, tal y como dictaba su propio nombre, Bo-ho.

«Porque tú eres más alta, porque tienes más carácter, porque sacas mejores notas, porque estás más sana».

La gente siempre encontraba una razón, una explicación tras otra, para justificar por qué Bo-ho debía cuidar de su hermana.

—Esta es la crema hidratante. La que usa mi hermana.

—Gracias.

Lo cierto era que Ja-yeon había nacido con una piel extremadamente sensible.

Las cremas hidratantes normales no le servían; necesitaba unas mucho más caras que solo podían comprarse en farmacias.

Además, era alérgica al sol y no podía exponerse demasiado tiempo a su luz.

Bastaba con que recibiera más de la cuenta para que la piel se le enrojeciera, se irritara y empezara a dolerle.

Si no podía contener las ganas de rascarse, la zona acababa supurando, volvía a inflamarse y el picor se convertía en un tormento insoportable.

En esos momentos, era Bo-ho quien tenía que limpiarle con cuidado aquella secreción, intentando causarle el menor dolor posible.

Por eso, cada vez que la crema se terminaba, era Bo-ho quien tenía que ir a la farmacia a comprar otra.

De todos los recados que podía hacer por su hermana, aquel era el que más odiaba.

—Pero si esa crema ni siquiera es para mí. ¿No puedes ir tú a comprarla?