Capítulo 3 #5
—Claro. Antes, cuando una farmacia abría a estas horas, venía muchísima gente que se había hecho daño de una forma u otra y aquello se convertía en un auténtico caos.
Ahora hay cada vez más hospitales con atención nocturna y más lugares a los que acudir, pero hace unos años no era así.
Los matones se peleaban entre ellos y luego aparecían aquí suplicando ayuda. Era un desastre.
Bo-ho le contó que, entre quienes habían acudido a la farmacia de noche, hubo una vez un matón que llegó con un cuchillo de cocina clavado en el abdomen.
Lo más absurdo era que el mismo hombre que le había asestado la puñalada era quien rogaba que lo ayudaran, asegurando que nunca había querido matarlo.
A Bo-ho le resultaba casi ridículo verlo aterrorizado ante la posibilidad de acabar en prisión.
Aunque les insistió una y otra vez en que fueran cuanto antes a urgencias, ellos se negaban a moverse y le exigían que lo solucionara allí mismo, plantados en mitad de la farmacia mientras la sangre caía al suelo.
Hwan-gyeong se concentró en la voz de Bo-ho, que se extendía por la farmacia silenciosa con su tono sereno.
Absorbido por la historia, consiguió olvidarse durante unos instantes del dolor punzante de la espinilla.
La farmacéutica terminó de cubrirle la herida con una gasa y le vendó la pierna con cuidado.
Entonces, al recordar aquel episodio, añadió:
—Fue muy difícil quitar las manchas de sangre después de que se marcharan. Quién sabe… Si ahora echáramos luminol, quizá todavía aparecerían restos.
Bo-ho relataba aquel episodio, casi imposible de imaginar para Hwan-gyeong, con la misma calma con la que habría contado cualquier otra anécdota. Mientras hablaba, se limitaba a recoger el desinfectante abierto y la venda que había sobrado.
—¿No le dio miedo? ¿Por qué no llamó a la policía?
—No había tiempo para eso. En aquel momento tenía que prestarle los primeros auxilios adecuados. Parecía que aquel hombre iba a morir de verdad.
Bo-ho alzó una ceja. Después recogió los apósitos, la venda y el desinfectante que había utilizado para curarlo, los guardó en una bolsa de plástico y se la tendió a Hwan-gyeong.
—Son 10 000 wones. 3500 por los apósitos para cerrar heridas, 2000 por la venda y 4500 por el desinfectante… No te cobro la mano de obra.
—¿Eh?
—He metido en la bolsa lo que ha sobrado, así que puedes guardarlo como botiquín de emergencia. Con ese trabajo que haces, seguramente te harás daño a menudo.
Hwan-gyeong soltó una pequeña risa. Sí, era verdad. Sacó la tarjeta del bolsillo; el único efectivo que llevaba encima eran los dos mil wones de antes. Miró la pierna vendada y pensó:
«Esto no tiene precio».
—Gracias.
—No me las des. Lo he hecho por dinero. Y esto es un corte, así que, cuando vayas al hospital, no digas que te lo hiciste al caerte. Cuenta lo que ocurrió de verdad. Si intentas hacer pasar una herida así por una caída, resultará sospechoso.
Bo-ho tomó la tarjeta de Hwan-gyeong y la pasó por el datáfono con toda naturalidad.
En la farmacia se alternaban el tintineo de la terminal y la respiración pausada de Ran-i, que seguía profundamente dormida.
Hwan-gyeong parecía incómodo y, sin saber muy bien qué decir, acabó preguntando en voz baja:
—¿Tanto se nota?
—Claro que se nota. Las heridas no son todas iguales. Depende de cómo se han producido y de la gravedad que tengan.
Hwan-gyeong asintió y bajó la mirada hacia la espinilla que Bo-ho acababa de curarle. Sobre el corte solo quedaba el rastro del esfuerzo de unas manos que se habían tomado la molestia de impedir que la herida fuera a peor.
—Para curar bien una herida, primero hay que saber qué tipo de herida es.
No sé si te cortaste con una botella rota mientras perseguías a alguien, pero está claro que no te lo hiciste al caerte.
Es un corte provocado por algo afilado, y además es profundo.
Así que deja de intentar ocultarlo y ve a que te lo curen como es debido.
No tienes por qué esconderlo. Al final, estas cosas siempre acaban saliendo a la luz.
Hwan-gyeong, consciente de haber sido descubierto por completo, intentó escabullirse de nuevo detrás del mostrador, sintiéndose un poco avergonzado. Sin embargo, ella cerró la puerta desde dentro antes de que pudiera entrar. Él se quedó mirándola, desconcertado.
—¿Por qué ha hecho eso?
—Eres un cliente. Vete ya a casa y descansa.
—¿Cómo? Pero si aún no ha salido el sol.
—Ve a descansar, rápido. Mañana, antes de venir a trabajar, pásate por el hospital. Eso es lo que tienes que hacer ahora.
—Pero…
—¿De verdad tengo que repetírtelo varias veces?
Bo-ho lo empujó fuera de la farmacia. En el exterior, la noche seguía cerrada y Hwan-gyeong emprendió el camino de vuelta bajo el aire frío de la madrugada.
Se sentía extraño. Aquella noche tenía algo que lo descolocaba en todos los sentidos.
El trayecto de regreso a casa, a aquellas horas en que el amanecer aún no había llegado, se le antojaba de pronto desconocido; la farmacia, donde antes incluso sentarse le resultaba incómodo, empezaba a parecerle un lugar tranquilo; Bo-ho, a quien apenas conocía, le había mostrado una faceta que nunca había imaginado.
Y, sobre todo, después de recordar lo ocurrido doce años atrás, había creído ver en los ojos de Bo-ho la mirada de aquella mujer.
Como si ambas imágenes se hubieran superpuesto por un instante. Nada parecía estar en su sitio.
Ran-i, que había caído en un sueño profundo, empezó a despertarse poco a poco. La manta, impregnada de un aroma agradable, cayó suavemente al suelo.
—¿Ya estás despierta?
—¿Qué hora es?
—Está a punto de amanecer. Vete ya.
—¿Y el chico?
—Lo he mandado a casa mientras dormías. ¿Por qué?
—No, por nada.
Ran-i no quería dejar sola a Bo-ho, así que permaneció en la improvisada cama, remoloneando hasta poco antes del amanecer. Al final, cuando el cielo empezaba apenas a clarear, Bo-ho tuvo que echarla prácticamente a la fuerza.
De camino a casa, Ran-i sintió una mirada que ya había percibido alguna vez.
Una mirada helada, repulsiva, que le erizó la piel.
Cuando aceleró el paso hacia el callejón oeste, donde se encontraba su casa, aquella sensación desapareció.
Entonces comprendió que aquella mirada no iba dirigida hacia ella, sino hacia la farmacia donde estaba Bo-ho.
Por si acaso, deshizo sus pasos y regresó a los alrededores del local.
Allí descubrió a un hombre extraño que observaba la farmacia oculto tras un coche aparcado en dirección al callejón este.
Nunca lo había visto por el barrio. No necesitó pensarlo demasiado para saberlo: algo no iba bien. Aquello era una señal de peligro.
* Un sistema de alquiler de vivienda surcoreano basado en un gran depósito inicial que el propietario devuelve al finalizar el contrato, en lugar de cobrar una renta mensual. (N. de la T.)
† En la sociedad coreana es habitual que, cuando una pareja tiene hijos, los cónyuges dejen de llamarse por su nombre o por apelativos cariñosos y pasen a dirigirse el uno al otro mediante la fórmula «nombre del hijo mayor + padre/madre». (N. de la T.)
‡ Bebida alcohólica coreana, tradicionalmente destilada a partir de arroz u otros cereales, de sabor suave y graduación variable. (N. de la T.)