Capítulo 3 #4
Bo-ho la cubrió con una manta. No era la primera vez; ocurría a menudo.
Ran-i solía decir que no había lugar donde durmiera mejor que en uno bien iluminado.
«¿Qué tendrá de especial la luz blanca de una farmacia?
», pensó Bo-ho. Siempre había oído que, para descansar, lo mejor era dormir a oscuras.
A veces se preguntaba si aquella costumbre tendría algo que ver con lo que había obligado a Ran-i a mudarse al barrio H, aquel episodio que le había mencionado de pasada.
Pero nunca quiso hurgar en ello. Ahora dormía con una expresión tan serena que parecía, por fin, a salvo.
Bo-ho no dijo nada. Encendió una de las luces exteriores de la farmacia y apagó una de las del interior.
Era el servicio de descanso reservado a sus clientas habituales.
Durante un buen rato, la farmacia quedó sumida en el leve rumor de la respiración de Ran-i.
Hasta que el tintineo de la campanilla anunció la llegada de alguien.
Quien entró, con una ligera cojera, fue Hwan-gyeong.
—¡Oiga…!
Hwan-gyeong entró hablando con su habitual estrépito, pero Bo-ho le indicó enseguida que bajara la voz.
Él entendió al instante, se contuvo y avanzó de puntillas por la farmacia.
Por suerte, Ran-i apenas se removió bajo la manta y no llegó a despertarse.
Al ver que Hwan-gyeong se había quedado parado en mitad del local, rígido y algo desmañado, Bo-ho le preguntó:
—¿Te has hecho daño?
—Solo un poquito.
Hwan-gyeong se acercó al expositor de las tiritas, rebuscó durante unos segundos y escogió la más grande que encontró.
—Dos mil wones.
Él se volvió hacia Bo-ho, desconcertado. Ella lo miró con toda naturalidad.
—En cuanto sales de detrás del mostrador, vuelves a ser cliente. ¿Efectivo o tarjeta?
Hwan-gyeong frunció los labios, como si quisiera hacerle saber lo mezquina que le parecía, y sacó del bolsillo dos billetes arrugados de mil wones.
Bo-ho los recibió satisfecha, los alisó con cuidado y los guardó en la caja.
Con la tirita en la mano, Hwan-gyeong fue a sentarse en la única silla libre.
Se remangó la pernera derecha y dejó al descubierto una herida larga y horizontal en la espinilla, de la que aún brotaba sangre.
Al verla desde el otro lado del mostrador, Bo-ho abrió enseguida la portezuela.
«¿De verdad piensa taparse eso con una tirita? »
Hwan-gyeong contemplaba el corte sin saber muy bien por dónde empezar ni cómo colocar aquel apósito cuando Bo-ho apareció de pronto a su lado.
Él dio un pequeño respingo. Ella ni siquiera pareció advertirlo: se inclinó y examinó la herida con atención.
El corte era bastante profundo y, aun así, Hwan-gyeong pretendía cubrirlo con una tirita que apenas alcanzaba a taparlo, sin haberlo desinfectado siquiera.
Como farmacéutica, Bo-ho no podía quedarse de brazos cruzados ante semejante intento de primeros auxilios.
—¿Has comprado esa tirita para ponértela ahí?
—Sí…
La mirada de Bo-ho se endureció. Hwan-gyeong se encogió un poco más antes de preguntar, con cautela:
—¿No sirve?
—¿Qué haces tú trabajando en una farmacia? ¿No lo ves a simple vista? Ni siquiera es del tamaño adecuado, ni has desinfectado la herida, ¿y de verdad crees que basta con pegarle encima una tirita?
Hwan-gyeong respondió con el ánimo por los suelos.
—Me he tropezado con mi propio pie mientras corría. Como un idiota.
Después de salir de la farmacia con el borracho a cuestas, Hwan-gyeong se encaminó hacia la dirección que figuraba en su documento de identidad.
El hombre, completamente desmadejado, pesaba mucho más de lo que aparentaba.
Sosteniéndolo como podía, avanzó con dificultad por el callejón que se extendía al este de la farmacia de noche.
«¿Siempre había sido tan largo?» Cuando ya empezaba a faltarle el aire, llegó por fin al domicilio indicado.
Exhausto, dejó al borracho apoyado junto a la puerta de entrada y pulsó el timbre.
Al cabo de unos segundos, la voz entrecortada de una mujer de mediana edad crepitó a través del interfono.
—¿Quién es?
—Soy policía. Este hombre está bastante borracho y, por la dirección que figura en su documento, parece que vive aquí.
—¿Qué? ¡Ay, el padre de Geum-i † ! ¡Espere un momento, por favor!
La voz de la mujer sonaba tensa, cargada de preocupación, como si llevara horas temiendo que hubiera ocurrido algo.
Cuando salió a abrir, confesó que estaba a punto de denunciar su desaparición al ver que no regresaba.
Después dio las gracias a Hwan-gyeong y, sin perder la ocasión, le propinó a su marido un buen manotazo en la espalda.
Él, sin embargo, seguía completamente inconsciente.
—Gracias. De verdad, él no suele ser así.
Entre tantas muestras de agradecimiento, Hwan-gyeong sintió una alegría casi infantil, como si por fin, después de mucho tiempo, hubiera vuelto a ser policía.
Aquella misma noche, la noche en que había tenido que correr cuando creía que sus piernas ya no volverían a responderle, había comprendido algo: mientras se tratara de ayudar a alguien, todavía podía hacerlo.
Por eso había elegido aquella profesión.
Quería correr detrás de los casos, perseguir a los delincuentes y resolver investigaciones.
Quería dejar de ser visto como el muchacho ingenuo que solo sabía hacer ejercicio y demostrar que también era un agente de verdad.
Y, al fin y al cabo, acompañar a un borracho hasta su casa para asegurarse de que llegara sano y salvo también era una labor policial.
Aquella madrugada, por pequeña que fuera la hazaña, Hwan-gyeong se sintió orgulloso.
De regreso a la farmacia, se adentró en la parte más profunda del callejón oriental, una zona a la que ni siquiera él, que había nacido y crecido en el barrio H, había llegado nunca.
Tampoco había tenido demasiados motivos para hacerlo.
Allí no había tiendas ni supermercados, solo hileras de casas particulares apretadas unas contra otras, y ni siquiera el autobús del barrio se aventuraba por aquellas calles.
Durante la investigación, además, habían descartado aquel lugar como uno de los principales puntos de vigilancia: lo importante era localizar las zonas donde se producían los intercambios de droga y sorprender a los implicados en el momento preciso.
Aun así, aprovechó el camino de vuelta para patrullar y observar los alrededores con calma, avanzando despacio, atento a cada detalle.
Eran las cuatro de la madrugada y casi todas las casas permanecían a oscuras.
Solo una vivienda de dos plantas seguía completamente iluminada, desde la planta baja hasta el segundo piso.
La luz que escapaba por las ventanas proyectaba sobre la calle la sombra alargada de un gran caqui plantado en el patio.
«¿Qué demonios pasa en esa casa?» Hwan-gyeong se quedó mirando la vivienda durante unos instantes, incapaz de apartar la vista.
Estaba a punto de acercarse cuando, en la urbanización de enfrente, una luz se encendió de pronto y un grito rasgó el silencio.
—¡Un ladrón!
Hwan-gyeong vio salir corriendo de la urbanización a un ladrón vestido de negro y se lanzó tras él sin vacilar.
El frío de la madrugada le llenó los pulmones y, de pronto, algo en aquella sensación le resultó familiar.
Como si su cuerpo recordara antes que él.
Sin darse cuenta, sus piernas aceleraron por sí solas.
Doce años atrás también había sido un robo.
Mientras perseguía al ladrón que se había colado en su casa, Hwan-gyeong comprendió que una necesidad tan intensa, un deseo tan desesperado de alcanzar a alguien, podía obligarlo a correr de nuevo.
Fue la primera vez que corrió a toda velocidad desde la lesión.
Aquella madrugada volvió a correr con todas sus fuerzas y alcanzó al ladrón justo cuando intentaba escapar saltando un muro.
Después lo entregó sin contratiempos a los agentes que acudieron tras recibir el aviso.
Para un policía infiltrado en el barrio H, había sido una intervención impecable.
No fue hasta que regresaba, después de despedirse de los agentes, cuando notó la punzada en la espinilla.
Se remangó la pernera desgarrada y descubrió un corte largo y horizontal.
Al parecer, durante la persecución había rozado el mismo muro que el ladrón al saltarlo y se había abierto la piel con los fragmentos de botellas de soju ‡ incrustados en lo alto para impedir el paso.
Cuando miró la hora, comprobó que había pasado mucho más de una hora desde que había salido de la farmacia.
Ya era momento de volver. Hwan-gyeong avanzó cojeando hacia el final del callejón, hacia aquel lugar que permanecía iluminado.
Bo-ho suspiró. Luego sacó desinfectante, unos apósitos para cerrar heridas y una venda, se acuclilló frente a Hwan-gyeong y examinó el corte.
—Primero voy a desinfectarte la herida, te pondré un apósito para cerrarla y te la vendaré. Mañana ve directamente al traumatólogo para que te den puntos. Si no, puede infectarse.
Como si esto ocurriera a menudo, Bo-ho roció con destreza el desinfectante sobre la herida, sin prestar la menor atención a los quejidos de Hwan-gyeong, y le puso un apósito para cerrar heridas, y no una tirita corriente.
A diferencia de estas, al tirar de los extremos, los bordes abiertos de la piel se juntaron, como si una puntada invisible los hubiera cosido.
—Este apósito sirve para evitar que la herida se abra más.
Hasta una tirita hay que saber usarla bien.
No se pega en cualquier sitio y ya está.
Las heridas que no deben mojarse requieren un apósito impermeable.
En cambio, a las que necesitan respirar no se les pueden poner ni impermeables ni húmedos.
—También se le da muy bien curar heridas, ¿no?