Capítulo 3 #3
Aquellas palabras lo desencadenaron todo.
Ran-i soltó un grito y arremetió contra una de las estanterías metálicas apoyadas en la pared.
Las tiritas y los parches analgésicos se desparramaron por el suelo.
Agarró uno de los tónicos energéticos y lo estrelló contra las baldosas; el frasco se hizo añicos con un chasquido seco.
«¿Que no soy capaz de hacer nada? ¿Yo?» Durante un buen rato siguió descargando su rabia contra las estanterías, una tras otra, con tanta violencia que ni siquiera advirtió cuándo empezó a sangrarle la mano.
Cuando ya había derribado cuatro, Bo-ho salió de detrás del mostrador y la sujetó.
—Antes habrá que darte algo para que se te pase la borrachera, ¿no?
—¿Me sueltas?
—Mírate. Estás tan borracha que ni siquiera notas que estás sangrando.
A partir de aquel momento, los recuerdos de Ran-i quedaron reducidos a fragmentos inconexos.
A la mañana siguiente despertó en su habitación y descubrió que tenía los dedos cubiertos de tiritas, colocadas con un cuidado casi meticuloso.
Apenas recordaba nada. Nunca había perdido la memoria de aquella manera, por mucho que bebiera.
Por eso, la madrugada siguiente regresó a la farmacia de noche a la misma hora: las cuatro.
Bo-ho estaba detrás del mostrador, exactamente igual que la víspera.
Todo se encontraba limpio y ordenado, como si allí no hubiera ocurrido nada.
Ella tampoco parecía alterada. Con su habitual indiferencia, le hizo la misma pregunta de siempre.
—¿Qué medicamento necesita?
Lo que más asustaba a Ran-i era la serenidad de Bo-ho, aquella expresión imperturbable que no dejaba entrever si la noche anterior había ocurrido algo o no.
La aterraba no encontrar en su rostro una sola pista que le permitiera reconstruir lo sucedido.
Pero, por encima de todo, le daba miedo pensar que aquello que ella había olvidado permanecía intacto en la memoria de otra persona.
—¿Qué pasa? ¿Qué demonios hice?
Ran-i hizo una mueca. La cabeza le palpitaba con un dolor sordo y persistente. De pronto, una profunda sensación de desamparo se apoderó de ella. La inquietud, apenas perceptible al principio, creció con una rapidez feroz hasta cerrarse sobre su pecho y dejarla sin aire.
Desde niña, Ran-i había tenido una memoria prodigiosa.
Cuando la vendieron al bar, su cometido consistía en recordar todo aquello que la dueña olvidaba y recordárselo después.
Era una forma de ganarse su favor, pero también un instinto de supervivencia.
Se acordaba hasta de los detalles más insignificantes.
Cuando alguien le preguntaba cómo podía retener tantas cosas, ella entornaba los ojos, sonreía y respondía:
—Para trataros bien.
Y los demás sonreían, complacidos. Pero, en realidad, lo hacía por sí misma.
Se aferraba incluso a los recuerdos que todos aconsejaban olvidar.
Los conservaba, fueran dulces o insoportables, porque solo así sentía que podía protegerse, que seguía siendo dueña de sí misma.
Daba igual que la llamaran «eh, tú», «zorra» o Ran-i, el nombre artístico que utilizaba para trabajar.
Mientras pudiera recordarlo todo, mientras pudiera decirse que aquello también le había ocurrido a ella, seguía existiendo como un «yo».
Para los demás quizá no fueran más que recuerdos sórdidos, incómodos, de esos que conviene dejar atrás.
Pero, si ella los conservaba, incluso el peor de aquellos días seguía siendo un día que había vivido y al que había sobrevivido.
Desde que se aferró a esa idea, jamás había perdido la memoria de aquella manera.
Nerviosa, Ran-i empezó a dar golpecitos con la uña sobre una de las tiritas que Bo-ho le había puesto.
La farmacéutica bajó la vista hacia sus dedos.
Eran tiritas buenas, de las caras, incluso impermeables.
Además, tarde o temprano tendría que cobrarle los destrozos de la noche anterior, así que quizá lo mejor fuera contárselo. Pero aun así…
—Si no lo recuerdas, tal vez podrías dejarlo pasar. Quizá sea algo que tú misma querías borrar. Por vergüenza, por ejemplo.
—No quiero. Si ni siquiera yo recuerdo quién soy, nadie va a hacerlo por mí.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Ran-i. Bo-ho sostuvo la mirada de aquellos ojos enrojecidos y vio el leve temblor que le recorría el cuerpo. Eran los ojos de alguien que ansiaba vivir. Había en ellos una fuerza obstinada, una vida que se negaba a apagarse.
—Está bien. Si eso es lo que quieres. ¿Empiezo por cuando destrozaste la farmacia?
—Todo. También lo que dije.
—Te lo contaré, pero ten en cuenta que no son tus recuerdos, sino los míos.
Es la forma en que yo te recuerdo, y quizá no salgas muy bien parada.
Puede que, para mí, no fueras más que una clienta insoportable que irrumpió borracha, sin intención de comprar nada, porque necesitaba descargar su rabia sobre alguien; una mujer que apenas logra salir adelante y que aquella noche vino aquí a montar un escándalo.
Ni más ni menos. ¿De verdad quieres oírlo?
Ran-i permaneció de pie frente a ella, temblando, con los ojos muy abiertos y la mirada clavada en Bo-ho. Se esforzaba por no llorar, pero una lágrima terminó escapándose de aquellos ojos tensos y desafiantes.
—Tengo que escucharlo. Solo así podré recordar qué clase de persona soy, incluso cuando yo misma lo olvide.
Ran-i llevaba tanto tiempo creyendo que había nacido para una vida como aquella que ya estaba acostumbrada a que la señalaran.
Ni siquiera quería malgastar fuerzas en explicaciones tan miserables como «si acabé así fue porque…
». Hubo un tiempo en que confió su pasado a la persona en quien más creía, movida por el deseo de recibir, aunque solo fuera, un poco de compasión.
Demasiado tarde comprendió que aquella compasión no había sido más que una forma de retenerla en el bar y manipularla durante años.
También descubrió que el dolor que había contado con tanta vergüenza circulaba ahora como una hazaña ajena: la historia de cómo aquella persona había rescatado a una pobre muchacha digna de lástima.
Desde entonces, Ran-i entendió que abandonarse en manos de alguien sin miedo era un privilegio reservado a quienes eran fuertes de verdad: a quienes podían confiar sus recuerdos más dolorosos sin quedar indefensos, porque sabían que la otra persona sería capaz de sostenerlos y restarles peso.
Ella no se sentía así de fuerte. Por eso necesitaba que aquella farmacéutica huraña le contara lo ocurrido, aunque lo que tuviera que decirle fuera cruel.
Nada le resultaba más inquietante que saber que otra persona conservaba un instante de su vida que ella misma había perdido.
—¡Ahora mismo!
Ran-i, que hasta entonces había gritado con la voz quebrada, se dejó caer al suelo entre sollozos entrecortados y rompió a llorar. Al verla así, Bo-ho abrió la puerta del mostrador y salió. Llevaba en la mano un remedio para la resaca.
—Está claro que lo primero será darte algo para que se te pase la borrachera.
Bo-ho se acercó a Ran-i y le entregó el remedio, pero ella lo apartó de un manotazo. El frasco salió despedido, se estrelló contra el suelo de la farmacia y se hizo añicos.
—No estoy borracha… Me encuentro p-perfec… perfectamente.
Bo-ho le sujetó la mano justo cuando Ran-i se abalanzaba sobre ella. Ran-i forcejeó, pero no tardó en verse reducida por la fuerza de la farmacéutica, curtida tras años cargando y colocando cajas de medicamentos sin ayuda.
—¿Sabes una cosa? El alcohol también es una droga. Que sea legal no cambia lo que es: una sustancia adictiva que ralentiza el sistema nervioso y altera el estado de ánimo.
—¿Qué demonios quieres decir con eso? ¿Que estoy así porque he bebido?
—Exactamente. Que pierdas los estribos, destroces lo que no es tuyo y ni siquiera recuerdes después lo ocurrido… todo eso se debe al alcohol.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que se te pase la borrachera y recuperes la lucidez. Solo entonces podrás saber quién eres de verdad. Ahora mismo, es normal que no lo sepas.
Bo-ho obligó a Ran-i a sentarse en una de las sillas de la farmacia. Cuando, vencida por su fuerza, dejó de resistirse, la farmacéutica fue hasta el dispensador, llenó un vaso de agua fría y se lo puso en la mano.
—Esto es lo que necesitas ahora. Bebe agua y quédate aquí un rato, en silencio, hasta que te encuentres mejor. No voy a reprocharte nada.
Después sacó una escoba, barrió los cristales del frasco roto y regresó detrás del mostrador como si nada hubiera ocurrido.
Ran-i vaciló unos instantes, pero acabó llevándose a los labios el vaso de agua fría que Bo-ho le había dado y bebió a grandes tragos.
Más que cualquier remedio para la resaca, fue aquella agua helada la que empezó a despejarle la mente.
Psch, psch. El sonido del pulverizador de Bo-ho llenó la farmacia.
—¿Quieres que te compre un humidificador? Para eso sí me llega.
—A mí también me llega. ¿O es que no sabes que soy la dueña de este edificio?
—Lo sé. Y también sé que todos los meses tienes que pagar la hipoteca.
—Por eso mismo eres una clienta tan valiosa.
—Entonces préstale a tu valiosa clienta unas cuantas sillas.
—Hazme el favor de irte a casa y tumbarte.
Ran-i terminó de beberse el café caliente y, haciendo caso omiso de las palabras de Bo-ho, juntó tres sillas y se tendió en ellas.
—Solo diez minutos —murmuró, con una voz cansada que se iba apagando, y enseguida se quedó dormida.