Capítulo 3 #2
—Eso díselo a la de la tienda de cosméticos de enfrente, no a mí.
—La mujer que trabaja allí no me soporta. Dice que doy mala espina. Tú también lo sabes, ¿no? A la gente de este barrio le repugna verme pagar con estos billetes sucios, ganados a fuerza de servir copas y regalar sonrisas.
Ran-i llevaba relativamente poco tiempo en el barrio.
¿Tres años, quizá? Antes vivía en una habitación diminuta, a apenas una manzana de la zona de bares.
Aun así, aquel lugar había sido muy importante para ella: era la primera casa que había logrado comprar en Seúl después de ahorrar durante años.
No era de alquiler ni un jeonse; ¶¶ le pertenecía.
Había escogido a propósito un edificio recién construido, con la esperanza de que, si todo a su alrededor era nuevo, tal vez ella también pudiera empezar de nuevo.
Sin embargo, un día, alguien la siguió al salir del trabajo y la ilusión de estrenar aquella casa nueva se esfumó.
Al oír unos pasos a su espalda, Ran-i no se atrevió a entrar y siguió dando vueltas por el barrio, fingiendo que caminaba sin rumbo, hasta que aquella presencia que le pisaba los talones acabó desapareciendo.
No era la primera vez que alguien la acosaba de aquel modo y, si a eso podía llamársele experiencia, ya sabía cómo actuar.
Convencida de que por fin se había librado de él, esperó hasta casi el amanecer para regresar a casa.
Su piso ocupaba el semisótano de un edificio recién construido y, cuando se disponía a bajar las escaleras, vio a un hombre plantado frente a su puerta.
Ella seguía arriba, en lo alto de los peldaños, pero bastó la sonrisa de él para comprender que era ella quien había quedado atrapada.
Era un cliente habitual del bar, uno de los hombres que solían ir a buscarla y que, hasta entonces, le había parecido de los menos desagradables.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era solo miedo al hombre que la había seguido, sino también la amarga decepción de descubrir que se había equivocado al creerlo, al menos, un poco decente.
«Claro. Todos los que vienen a buscarme son iguales.
Creen que pueden tratarme como les dé la gana.
Y yo había sido tan ingenua como para pensar que quizá él me respetaba».
Ran-i entró en casa y permaneció largo rato sentada en el suelo, incapaz de moverse.
Durante un tiempo se encerró en aquella habitación diminuta, completamente sola.
No tenía dinero para mudarse, ni tiempo para buscar otro sitio, ni fuerzas para intentarlo.
Hasta que un día regresó y encontró la puerta de su casa abierta de par en par.
Entonces comprendió que debía marcharse cuanto antes.
Pero ni siquiera allí, entre aquellas cuatro paredes, se permitió mostrar su decisión.
Temía que el simple deseo de escapar la delatara, que alguien descubriera que por fin había reunido el valor para irse.
Temía que le arrebataran aún más de aquella vida cotidiana que ya le habían destrozado.
Y, sobre todo, temía que alguien acabara diciéndole que, siendo quien era, se lo tenía merecido. Por eso guardó silencio.
Así fue como acabó mudándose a toda prisa al barrio H.
Se instaló en un piso viejo donde, hasta hacía poco, había vivido sola una anciana.
La casa conservaba por todas partes las huellas de una vida ajena y, aun así, le pareció más segura que aquel apartamento nuevo en el que ya no podía confiar.
En un barrio donde apenas había bares, soportar las miradas recelosas de los vecinos resultaba más fácil que vivir con el miedo de que alguien volviera a seguirla.
No quería encontrarse nunca más con unos ojos como aquellos aguardándola al otro lado de la puerta.
Cuando pensaba en todo lo que había hecho para escapar de aquella habitación, Ran-i sentía que sería capaz de cualquier cosa.
Por eso creyó que también podría abandonar aquel mundo.
Sin embargo, terminó regresando a él, como si desde el principio no hubiera existido otro lugar para ella.
«Claro, ¿hasta dónde iba a llegar yo? Es más fácil caminar por los caminos que una ya conoce, y yo no he conocido otra cosa.
Mi vida empezó cuando me vendieron de niña a un bar de copas.
Allí aprendí a lavar platos y a pasar la bayeta.
¿Qué iba a cambiar después? Este es mi límite. No estoy hecha para más».
Una vida así apenas dejaba espacio para otra cosa que seguir adelante: abrir los ojos cada mañana, respirar y llegar al día siguiente. Bebía hasta emborracharse casi todas las noches. Porque sí. Porque ella era así. Porque siempre lo había sido. Como si no hubiera nacido para ninguna otra vida.
—¿No te preocupa lo que me pase, unni?
—Claro que sí. Eres una clienta habitual. Y muy buena, además: siempre pagas en efectivo y nunca pides recibo.
Ran-i dejó escapar una risa baja, a medio camino entre la incredulidad y la diversión.
Aquella unni no cambiaba nunca. En el silencio de la farmacia solo se oía el siseo del pulverizador que Bo-ho sostenía en la mano.
Ran-i permaneció un rato con los ojos cerrados, hasta que el sonido empezó a irritarla.
—Ay, como sigas regándola así, vas a matarla.
Cuando abrió los ojos, descubrió que Bo-ho no estaba rociando la maceta, sino el aire.
—¿Qué estás haciendo, unni?
—Nada. El ambiente está un poco seco.
Sí, aquella unni era incorregible. Ran-i recordó entonces el día en que la había conocido.
En realidad, aquella noche no necesitaba ningún medicamento.
Era una de esas noches en que a una le entran ganas de meterse con alguien sin saber muy bien por qué.
Pero, pasadas las cuatro de la madrugada, apenas quedaba nadie despierto a quien importunar.
Entonces vio una luz encendida y entró, borracha perdida, sin reparar siquiera en el letrero de «Farmacia de noche».
—Eh, unni.
—¿Qué medicamento necesitas?
Bo-ho respondió con su habitual sequedad, sin alzar la voz ni hacer el menor esfuerzo por sonreír.
No fue descortés, pero tampoco intentó disimular que aquella clienta le resultaba una molestia.
Su indiferencia despertó de inmediato en Ran-i el deseo de sacarla de quicio.
¿Acaso aquello no era un negocio abierto al público?
¿No era ella la clienta? Entonces, ¿por qué la recibía con semejante frialdad?
Por aquel entonces, Ran-i aún no sabía que aquella impasibilidad era la seña de identidad de Bo-ho.
Solo quería resquebrajar su expresión serena y verla perder la compostura, aunque fuera por un instante.
—¿Aquí vendes de todo?
—Depende de lo que busques.
Vaya, vaya. Ran-i se había dirigido a ella de una manera algo insolente, y Bo-ho le había respondido en el mismo tono, sin molestarse en guardar las formas.
Aquello bastó para que le entraran ganas de bajarle los humos.
Le irritaba imaginar que, siendo farmacéutica, habría sacado siempre buenas notas, recorrido sin tropiezos el camino reservado a la gente brillante y crecido protegida de cualquier dificultad, como una flor de invernadero.
Para colmo, parecía de su misma edad. Entonces le llegó el olor a alcohol que desprendía su vestido y el mal humor se le avivó todavía más.
Un cliente le había derramado una copa encima.
Bo-ho, en cambio, llevaba una bata blanca impecable, perfectamente planchada, y verla tan pulcra despertó en Ran-i el mezquino deseo de amargarle la noche.
Era uno de esos días en que necesitaba descargar su frustración sobre cualquiera.
Quería ser desagradable, insolente; convertirse en esa pequeña desgracia capaz de arruinarle la jornada a alguien.
Si aquella noche a alguien le tocaba pisar una mierda, Ran-i estaba dispuesta a ser esa mierda.
—Dame una pastilla para abortar.
—De eso no tengo.
—Pues menuda farmacéutica. No sirves para nada.
—Entonces, márchate.
Bo-ho señaló con la mano la puerta de cristal, abierta de par en par. Ran-i dejó escapar una risa incrédula.
—¿Perdona? Soy una clienta.
¿Y qué le dijo después? Ni siquiera lo recordaba bien. Tal vez descargó sobre ella una retahíla de insultos, expresiones vulgares y despreciativas que, en su imaginación, aquella señorita farmacéutica de buena familia no habría oído jamás. Pero Bo-ho no se inmutó lo más mínimo.
—No has comprado nada, así que todavía no eres una clienta.
Si vas a dirigirte a mí, ahórrate los insultos y háblame con un mínimo de educación.
Y, si tanto empeño tienes en que te trate como a una clienta, compra algo.
Los medicamentos básicos nunca están de más en casa.
Aunque, en realidad, tampoco tienes mucho que decir, ¿verdad?
Por eso sigues ahí plantada, sin hacer nada más que hablar por hablar.
Por desgracia, aquellas palabras dieron justo donde más le dolía a Ran-i.
Aquel día ya le habían ordenado quedarse quieta, y ella había tenido que obedecer al pie de la letra: inmóvil, sin apartarse, sin levantar siquiera un dedo.
Había aparecido un cliente con aquella repugnante costumbre de paralizar a los demás con una sola orden y contemplarlos después, como si disfrutara precisamente de su impotencia.
A Ran-i le desagradaba, pero no podía negarse.
Había cobrado, y debía comportarse como se esperaba de ella.
—¿Que no puedo hacer nada?
—Eso es. Ahora mismo estás ahí plantada, sin hacer nada.