Capítulo 3
Medicamento del día Lea las instrucciones de este medicamento y consulte al farmacéutico
De madrugada, un hombre borracho se había quedado dormido en una de las sillas de la farmacia de noche.
Media hora antes había comprado un remedio para la resaca y había intentado tomárselo allí mismo, pero tenía las manos tan torpes por el alcohol que ni siquiera consiguió abrir el frasco.
Al final, la borrachera pudo con él. Bo-ho lo observó durante unos instantes con expresión cansada, pero no hizo ademán de despertarlo ni de echarlo.
—¿Lo despierto?
—Déjalo. Voy a dejarlo tranquilo hasta que se despierte.
—¿Por qué?
—Aún hace frío.
Después de casi un mes trabajando en la farmacia de noche, Hwan-gyeong había llegado a una conclusión sobre Bo-ho: era terriblemente torpe a la hora de expresar lo que sentía.
Tal vez no dejaba que aquel hombre permaneciera allí únicamente porque hiciera frío.
Quizá comprendía que también él necesitaba un lugar donde quedarse un rato, sin que nadie lo molestara.
Antes de dormirse en la silla, el borracho se había desahogado largamente sobre la humillación que acababa de sufrir durante una cena de trabajo, delante del presidente de una empresa cliente.
Después se había echado a llorar. No era un llanto cualquiera, sino el de un hombre al que apenas le quedaban unos años para jubilarse.
Dejar que se le deshincharan un poco los ojos, ofrecer un rato de silencio a quienes llegaban vapuleados por la vida: aquella era, a su manera, una de las recetas de Bo-ho.
Aun así, su paciencia tenía un límite. Al cabo de un rato, miró al borracho con cierta prevención.
—Más le vale no vomitar —murmuró.
Al oírla, Hwan-gyeong se levantó de golpe.
—Lo acompaño a casa.
—¿Eh?
Antes de que Bo-ho pudiera reaccionar, abrió la portezuela del mostrador, se acercó al hombre, le sacó la cartera del bolsillo trasero y buscó en el documento de identidad la dirección de su domicilio.
—¿Qué estás haciendo?
—Si alguien se queda tirado por ahí de borrachera, mi trabajo como policía es despertarlo y asegurarme de que llegue sano y salvo a casa. Por la dirección, vive cerca. ¡Ahora vuelvo!
Hwan-gyeong ayudó al hombre a incorporarse y salió con él de la farmacia.
Al verlo marcharse con aquel brillo repentino en los ojos, Bo-ho volvió a pensar que estaba hecho para la calle, no para pasar las horas sentado entre aquellas cuatro paredes.
Desde que ella le había recordado que su verdadero trabajo debía ir por delante, no había vuelto a llegar tarde ni una sola vez.
Al contrario: se había ofrecido a ordenar los medicamentos recién llegados y a encargarse de la limpieza.
Decía que, si quería pasar por un auténtico empleado de farmacia, tenía que meterse bien en el papel, hasta el punto de no despertar sospechas en nadie que cruzara la puerta.
A esas alturas, incluso sabía manejar la caja y hacer el cierre del día.
Poco a poco, Hwan-gyeong se estaba convirtiendo en el empleado perfecto.
Y, sin embargo, sus ojos solo cobraban verdadero brillo cuando salía a patrullar.
Entonces se le encendían con una vitalidad distinta, la de quien vuelve por fin a hacer aquello para lo que está hecho.
En cuanto Hwan-gyeong desapareció calle abajo, Bo-ho encendió con más intensidad las luces exteriores. A él le tocaría regresar por aquellas calles oscuras; a ella, permanecer allí con la farmacia iluminada, para que pudiera encontrar el camino de vuelta de un solo vistazo.
Al quedarse sola en la farmacia, Bo-ho recordó que aún no había regado la planta y sacó el pulverizador de debajo del mostrador.
Hee-yeong se la había regalado unos días antes, sin previo aviso.
Le había explicado que, al ser una suculenta, apenas necesitaba agua, pero a Bo-ho le gustaba contemplar las gotas temblando sobre las hojas y siempre acababa rociándola más de la cuenta.
Entre el siseo breve y repetido del pulverizador se abrió paso la voz de Ran-i.
—¡Unni, algo para la resaca!
Bo-ho alzó la vista hacia el reloj. Eran las cuatro de la madrugada, la hora exacta a la que Ran-i, una de sus clientas habituales, solía aparecer por la farmacia de noche.
La puerta se abrió de golpe y su voz, como siempre, llenó todo el local.
Bo-ho dejó sobre el mostrador, casi por reflejo, el paquete que ya tenía preparado para ella: una combinación de remedios contra la resaca.
Sin embargo, su atención seguía puesta en la suculenta y no reparó en el gesto molesto de Ran-i.
A la joven no pareció hacerle ninguna gracia que ni siquiera la mirara, así que dejó caer ocho mil wones sobre el mostrador con un golpe seco.
Guiándose por el sonido, Bo-ho recogió los billetes, impregnados de olor a alcohol, y los guardó en la caja.
—Por cierto, ¿dónde se ha metido el chico?
Ran-i preguntó con la barbilla apoyada en el mostrador. Desde que Hwan-gyeong había salido para acompañar al borracho a casa, no había vuelto a saberse nada de él. Tal vez se estuviera demorando porque llevar a alguien en semejante estado no debía de ser tarea fácil.
—Ha salido un momento.
—Qué pena.
—¿Por qué?
—Porque es joven y simpático. Además, es guapo, habla bien y siempre va tan limpio y arreglado que da gusto verlo.
Bo-ho apenas le prestaba atención; se limitaba a rociar la maceta con el pulverizador. Chis, chis. Ni siquiera advirtió que aquel sonido empezaba a sacar de quicio a Ran-i, que terminó alzando la voz.
—Por cierto, unni, para la píldora del día después hace falta receta, ¿verdad?
—Claro.
—Qué rollo… ¿No podrías dármela sin más?
—Ve al médico.
Bo-ho contestó como si aquello no tuviera demasiada importancia, sin apartar la atención de la maceta a la que ya había bautizado como «Suculenta», aunque aquello era más una descripción que un nombre. Ran-i la miró de reojo, irritada.
—Bah, unni, como sigas echándole tanta agua, vas a matarla.
—¿A quién?
—A la planta. Se le pudrirán las raíces.
Bo-ho detuvo por fin el pulverizador y levantó la vista hacia ella.
Ran-i llevaba, como siempre, un maquillaje llamativo, tacones altísimos y un abrigo corto de plumas negro sobre un vestido que le dejaba las piernas al descubierto.
Era su atuendo habitual, tan invariable como poco apropiado para aquel frío.
—¿De verdad vas a hablarle así a una planta que acabas de conocer?
—Ahora sí me miras cuando te hablo —replicó Ran-i, cargada de reproche.
—Estaba regándola.
—¿Y no podrías prestarme un poco de atención a mí, que llevo años viniendo, en vez de a una maceta que conoces desde hace cuatro días?
—Si no te prestara atención, ¿crees que tendría preparado de antemano el lote de medicamentos que compras siempre?
—Tsk.
Ran-i sacó del bolsillo un sobre de café soluble, vertió el contenido en un vaso de papel junto al dispensador y lo llenó de agua caliente.
Después se acomodó en una de las sillas de la farmacia.
Bo-ho siguió con la mirada aquella rutina, que Ran-i llevaba a cabo con la naturalidad de quien se encuentra en su propia casa.
Entre ella y el borracho de antes, empezó a preguntarse cuántas sillas tendría que retirar para evitar que cierta clase de clientes se instalara allí.
«Para eso ya están las cafeterías abiertas las veinticuatro horas», estuvo a punto de decir.
Pero, como siempre, se guardó la queja. Se había hecho farmacéutica para ayudar a cualquiera que necesitara un medicamento, fuera la hora que fuese.
Además, cuando se hizo cargo del local, ¿no le había dicho el anciano que también debía recetar calma?
Bo-ho respiró hondo y trató de armarse de paciencia.
Entonces Ran-i removió el café con el propio sobrecito y le dijo:
—Tampoco me dices nunca que deje este trabajo.
Bo-ho se limitó a alzar apenas los hombros antes de responder.
—¿Y quién soy yo para decirte algo así? Ni siquiera puedo ofrecerte otro trabajo. No hay nada más irresponsable que aconsejar a alguien que abandone algo sin darle una alternativa. Y tampoco pienso hacerme cargo de tu vida.
Ran-i arrojó a la papelera el envoltorio del palito con el que había removido el café.
Acertó a la primera. Aquella unni siempre hablaba así, como si nada de aquello fuera realmente asunto suyo.
Y, sin embargo, precisamente por eso le gustaba.
Cuando escuchaba a Bo-ho, incluso los problemas más graves parecían perder peso, como si tampoco fueran para tanto.
Daba igual lo mal que fueran las cosas o cuánto se tambaleara después de beber: para Bo-ho, todo aquello no era más que un mal momento que acabaría pasando.
A Ran-i le gustaba que no se preocupara por ella antes de tiempo, que no se adelantara a su dolor.
La tranquilizaba aquella distancia tan exacta: ni demasiado cálida ni demasiado fría.
Había quienes miraban a Ran-i con lástima y se preocupaban en voz alta por su futuro, como si no alcanzaran a comprender cómo había logrado vivir hasta entonces.
En el fondo, sabía que aquellas palabras nacían del afecto.
Pero tanta compasión, tanto aspaviento en torno a su vida, acababan sonando casi como una sentencia: Ran-i estaba perdida.
Y a veces, por culpa de aquel dramatismo, incluso las cosas que ella habría preferido dejar atrás —pensando que, si su vida ya estaba hecha pedazos, poco más podía romperse— terminaban volviéndose todavía más terribles.
—Por cierto, unni, ¿qué haces para tener la piel tan blanca? Me das envidia.
—Prueba a salir solo de noche. Se te pondrá blanca sola.
—Pero si yo también salgo siempre de noche.
—Entonces deja el alcohol y el tabaco.
—Ay, no, eso es imposible.
Ran-i negó con la cabeza, envolvió con ambas manos el vaso de papel lleno de café caliente y se recostó en la silla. Después cerró los ojos. En aquel lugar, el sueño siempre parecía encontrarla con demasiada facilidad.
—Ay, qué seca tengo la piel. Tendría que cuidármela.