La farmacia de noche Capítulo 2 #8
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Capítulo 2 #8

El recuerdo regresó con una nitidez insoportable.

La sangre extendiéndose frente a la farmacia, el frío de aquella mañana, la certeza de seguir atrapada allí.

Bajo la mesa plegable, justo donde un instante antes sus pies se habían mecido al compás de la carrera de Hee-yeong, el charco comenzó a formarse de nuevo.

Avanzó hasta alcanzarla, pero Bo-ho no se apartó.

Dejó que la sangre le cubriera los pies y permaneció inmóvil.

No había pasado un solo día sin que recordara aquella noche.

El aire helado del amanecer la perseguía con una crueldad obstinada, como si le exigiera que no olvidara, que permaneciera para siempre en aquel instante.

Y ella había prometido hacerlo. Por eso, cuando terminaba la jornada y salía a la calle poco antes del amanecer, regresaba directamente a casa.

En cuanto percibía la claridad del nuevo día, corría las cortinas opacas y se entregaba al sueño, como si así pudiera borrar del mundo las horas que seguían a la salida del sol.

Al despertar en la oscuridad de la habitación, volvía a recorrer aquella noche de principio a fin.

No intentar olvidar y conservar el edificio donde todo había ocurrido eran también formas de seguir adelante.

Bo-ho había aprendido a sobrevivir conviviendo con aquel dolor, encontrando cada día una razón para permanecer a su lado.

«Si yo olvido aquella noche, ¿quién la recordará? Sí. Así es como debo vivir».

—Señora, yo también quiero un palo selfi. ¿Cuánto cuesta este?

Poco después de que terminara el rodaje, el Super Anjeon empezó a llenarse de visitantes.

Jeong-bun no entendía por qué, de pronto, se vendían tantos palos selfi.

Quienes los compraban se apresuraban a fotografiarse en el banco de madera situado frente a la tienda, como si aquella imagen fuera el recuerdo imprescindible de una peregrinación.

Los ancianos del barrio H, que hasta entonces habían ocupado aquel lugar como si les perteneciera por derecho propio, contemplaban el ir y venir de desconocidos sin comprender muy bien qué estaba ocurriendo.

Incluso la nieta de Jeong-bun la llamó, entusiasmada, para decirle que tenía que acercarse cuanto antes al supermercado de su abuela.

Todo había empezado con el autógrafo que Hee-yeong, a petición de Min-gyeong, había firmado para el Super Anjeon.

Después publicó en sus redes sociales una fotografía sentada en el banco de madera de la entrada y, desde ese momento, el barrio H, hasta entonces sumido en una quietud casi inalterable, comenzó a agitarse.

Bastó con que una actriz famosa hubiera pasado por allí para que aquel rincón discreto de Seúl se convirtiera, de la noche a la mañana, en un pequeño lugar de peregrinación.

El revuelo no solo trajo curiosos. Desde que una persona había muerto allí, algunos vecinos se habían aferrado a la idea de que H-dong seguía siendo seguro precisamente porque casi nadie se acercaba. Para ellos, cualquiera que llegara de fuera era una presencia extraña, casi una amenaza.

Las callejuelas de la zona residencial de H-dong se abrían hacia los cuatro puntos cardinales, con la farmacia de noche en el centro.

Si uno tomaba el callejón del este y seguía adentrándose en él, cada vez más, acababa llegando a una casa vieja: una vivienda unifamiliar de dos plantas, con el ladrillo rojo desvaído, el tejado azul marino y un gran caqui en el patio.

En aquella casa, de día y de noche, las luces no se apagaban nunca.

En el sótano de aquella vivienda, Pyeong-sik le preguntó a un hombre de complexión muy delgada:

—¿No deberíamos cambiar de escondite? Últimamente vienen muchos forasteros al barrio y todo está más revuelto.

Nada más terminar de hablar Pyeong-sik, el hombre delgado le devolvió la pregunta:

—¿Y tú? ¿Ya has encontrado eso? Vale mil millones de wones.

—No. Lo siento, hyungnim. ‡

El hombre delgado, a quien Pyeong-sik había llamado hyungnim , lo sostuvo con la mirada durante unos segundos.

Luego, sin previo aviso, le asestó una patada en la parte posterior de la rodilla.

Las piernas cedieron y Pyeong-sik cayó de bruces.

Antes de que pudiera incorporarse, el hombre le hundió la bota en la nuca.

—Pyeong-sik, si hubieras hecho bien tu trabajo, no estaríamos metidos en este lío, ¿verdad?

—Lo siento, hyungnim .

—No podemos marcharnos hasta encontrarlo. Ese objeto era la pieza clave de toda la operación.

La bota presionó con más fuerza.

—Averigua ahora mismo dónde está ese cabrón.

Cuando por fin lo soltó, Pyeong-sik se incorporó trabajosamente y consiguió responder:

—Se lo llevó la policía… y no es fácil averiguar a qué hospital lo trasladaron.

—Por eso tenías que haber vigilado mejor la mercancía desde el principio. Para que ese hijo de puta no pudiera llevársela. ¿Eh? ¡Ponte a trabajar, Pyeong-sik!

Algo se estrelló contra su cabeza con un golpe seco y, durante un instante, todo se volvió negro. Luego sintió los fragmentos de vidrio enredándose en el pelo y la sangre resbalándole por la frente hasta nublarle la vista. Pyeong-sik inclinó la cabeza y apoyó la frente contra el suelo.

—¡Lo siento! ¡Lo arreglaré cueste lo que cueste!

—Más te vale. Porque, si no, el próximo en morir serás tú. ¿Entendido?

Pyeong-sik permaneció con el rostro pegado al suelo, la boca entreabierta, respirando con dificultad.

* Término coreano que emplean los hombres para dirigirse a una hermana mayor o a una mujer de más edad con la que mantienen una relación cercana o de confianza. (N. de la T.)

† Little Forest es una película japonesa, adaptada también en Corea, sobre una joven que regresa al campo y recupera el sosiego a través de la cocina y la vida rural. (N. de la T.)

‡ Tratamiento coreano empleado por un hombre para dirigirse a otro de más edad o rango. Su significado literal es «hermano mayor», aunque en organizaciones criminales se utiliza para reconocer la autoridad de un superior y expresar respeto y lealtad. (N. de la T.)