La farmacia de noche Capítulo 2 #7
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Capítulo 2 #7

Hee-yeong bajó la vista hacia el botiquín abierto sobre la mesa.

Por lo que había oído comentar al equipo, había dado por hecho que, al apagar las luces, Bo-ho cerraría la farmacia por aquella noche.

Sin embargo, allí estaba, con una mesa desplegada junto al local y los medicamentos cuidadosamente ordenados, dispuesta a atender a cualquiera que apareciera.

¿De verdad estaba dispuesta a llegar tan lejos por mantener abierta la farmacia?

—¿Y cuánto gana trabajando así? Si le comprara ahora todo lo que hay en el botiquín, ¿le compensaría?

—No. Además, no podría vendérselo todo. ¿Y si luego viene alguien que lo necesita de verdad?

Menuda manera de llevar un negocio, pensó Hee-yeong con una sonrisa.

Bo-ho se limitó a encogerse de hombros. En el botiquín había algunos medicamentos de uso habitual, pero también otros que no se encontraban en las tiendas de conveniencia de la avenida principal.

Era pequeño, sí, aunque no contenía nada superfluo: solo aquello que alguien podía llegar a necesitar de verdad.

—Entonces, la mejor forma de ayudarla es terminar el rodaje cuanto antes, ¿no?

—Exacto. En cuanto acabéis, volveré a encender las luces de la farmacia.

—De acuerdo. Entonces procuraré correr bien.

—¡Cámara… preparados… acción!

La voz del director resonó en el callejón silencioso.

Enseguida se oyó el repiqueteo de los pasos de Hee-yeong al echar a correr y, a continuación, el movimiento acompasado del equipo, que avanzaba con ella siguiendo el ritmo de la escena.

A Bo-ho, aquel alboroto le resultó extrañamente reconfortante.

Además, los pasos de Hee-yeong sonaban mucho más ligeros que la noche anterior.

«Menos mal. Parece que ha dormido bien».

Bajo la mesa, la punta de su pie empezó a moverse al mismo compás.

Poco después de que comenzara el rodaje, Hwan-gyeong apareció frente a la farmacia. Llegó jadeando hasta la mesa donde estaba Bo-ho, y ella encendió la pantalla del móvil para mostrarle la hora.

—Llegas tarde. Vaya, tres horas. Ya pensaba que habías dimitido.

—Ay, lo siento muchísimo, de verdad. Todavía no me he acostumbrado al cambio de horario. Anoche, cuando salí del trabajo… Bueno, esta madrugada, no conseguí pegar ojo y, cuando por fin me quedé dormido, ya era por la tarde. Lo siento de verdad.

Hwan-gyeong tenía las orejas encendidas de vergüenza. Había subido la cuesta a la carrera, con el corazón en un puño y una sola idea martilleándole la cabeza: por muy encubierto que fuera aquel trabajo, ¿cómo podía presentarse tres horas tarde después de llevar tan poco tiempo allí?

Hasta entonces, sus únicas virtudes habían sido saludar con entusiasmo y llegar siempre puntual. Y ahora también había fallado en eso.

Bo-ho suspiró al verlo con la cabeza hundida entre los hombros.

Hwan-gyeong aseguraba que, cuando salía de la farmacia al amanecer, pasaba el día viendo vídeos en YouTube para aprender cuanto pudiera sobre el mundo de los farmacéuticos.

Desde que lo vio aparecer con los ojos enrojecidos, ella supo que aquello acabaría ocurriendo.

Sacó una pequeña linterna, de las que caben en la palma de la mano, e iluminó su rostro inclinado.

Al sentir la luz, Hwan-gyeong levantó la cabeza.

—Te lo digo porque parece que se te olvida a menudo, pero este no es tu verdadero trabajo.

Tú ocúpate del tuyo y yo me ocuparé del mío.

¿O piensas quedarte aquí para siempre? ¿Quieres convertirte en empleado de farmacia?

No estás aquí para atender el mostrador, cobrar y ordenar medicamentos.

Hay algo que tienes que encontrar. Si te digo que vigiles la farmacia y te limitas a eso, ¿de qué sirve que estés aquí?

No era en absoluto lo que Hwan-gyeong esperaba oír. Solo entonces empezó a comprender, aunque todavía de manera confusa, el verdadero significado de las miradas con que Bo-ho lo había observado durante aquellas semanas.

—Hoy es un buen día para salir a patrullar, ¿no? Además, la farmacia está cerrada.

—¡Ah, sí!

—Haz tu trabajo. Yo haré el mío.

Bo-ho le tendió la linterna. Al notar que el miedo que le atenazaba el pecho comenzaba a ceder, Hwan-gyeong estuvo a punto de echarse a llorar.

Ella agitó apenas la mano, impaciente, y él se apresuró a cogerla.

Sí, tenía que esforzarse. Mientras recorría las calles silenciosas del barrio H, Hwan-gyeong repitió para sus adentros: «Que hoy tampoco pase nada».

Bo-ho esbozó una leve sonrisa al ver cómo Hwan-gyeong se internaba en la oscuridad del callejón, dispuesto a comenzar la ronda.

Hasta de espaldas transmitía aquella obstinada determinación por hacerlo bien.

Tal vez fuera eso a lo que se refería Ji-hwan, el cliente habitual que soñaba con ser actor, cuando decía que el cuerpo también habla aunque no se vea el rostro.

Pero la sonrisa se le apagó enseguida. No pudo evitar preguntarse si aquella noche, de haber habido tanta gente en el callejón, las cosas habrían sido distintas.