Capítulo 2 #6
Min-gyeong alzó la vista con esfuerzo. Bo-ho sostenía varios analgésicos entre las manos. A simple vista parecían iguales; solo cambiaba el color de las cajas. ¿No servían todos para lo mismo? ¿Qué diferencia podía haber entre unos y otros?
—No se trata de aguantar sin más. Tiene que probar distintas maneras de aliviar el dolor. Solo así sabrá cuál le va mejor.
—Ah… Sí. Tiene razón.
Bo-ho, que había empezado a hablar con cierta brusquedad, moderó el tono al ver cómo Min-gyeong se encogía cada vez más. No entendía por qué los jóvenes de ahora se sentían regañados en cuanto alguien alzaba un poco la voz. Procurando sonar algo más amable, añadió:
—Lo que quiero decir es que, aunque el problema sea el mismo, cada persona tiene que encontrar la forma de afrontarlo que mejor le funcione.
Tome. Este cuesta tres mil wones. Es de alta concentración y, si está en el segundo día, probablemente tendrá más dolor y un flujo más abundante. Ahora mismo debería irle bien.
Min-gyeong tomó el medicamento y, todavía dándole vueltas a sus palabras, preguntó:
—Entonces… ¿usted cómo afronta los problemas cuando aparecen?
Bo-ho pasó la tarjeta por el datáfono con un gesto experto antes de responder:
—Hay problemas que ni siquiera intento resolver. Simplemente aprendo a convivir con ellos.
—¿Para siempre?
—Para siempre.
—Pero eso tiene que ser muy duro.
—Es mi manera de hacerlo.
Bo-ho le devolvió la tarjeta junto con el recibo. Min-gyeong seguía allí plantada, cada vez más confundida, como si ni siquiera reparara en la tarjeta que le tendían.
—Yo no podría vivir así —murmuró.
—Pues tendrá que encontrar su propio camino.
Min-gyeong desvió la mirada, pensativa. Al cabo de unos segundos, sus ojos se iluminaron.
—Entonces… si quisiera convencerla de que cerrara la farmacia un rato, ¿qué método debería probar?
Así que, al final, era eso lo que quería preguntarle. Bo-ho la observó unos instantes y respondió con una serenidad casi orgullosa:
—No quiero que este callejón se quede a oscuras. Eso es lo que deseo.
Que el callejón no se quedara a oscuras.
Min-gyeong guardó por fin la tarjeta que Bo-ho aún sostenía y volvió a sumirse en sus pensamientos.
De pronto, dio una palmada, como si acabara de encontrar la solución, y empezó a proponer una idea tras otra para mantener iluminado el callejón y convencerla.
—¿Y si cerramos la farmacia solo durante el rodaje y utilizamos los focos del equipo? El director quiere que la película tenga una estética muy oscura, así que hemos prescindido de algunos, pero podríamos instalarlos aquí.
—Aun así, habrá menos luz que con la farmacia abierta.
—Pero habrá mucha gente moviéndose por el callejón. El equipo es muy numeroso. Entiendo que le preocupe dejarlo a oscuras, de verdad, pero sería solo mientras rodamos…
Las palabras empezaron a atropellarse en la cabeza de Min-gyeong. Buscó la forma adecuada de expresarlo y, al final, soltó:
—Yo… podría hacer de doble de la farmacia de noche.
Quería decir que podía ocupar su lugar por un rato, como una actriz de apoyo que entra en escena cuando la protagonista necesita apartarse.
La primera vez que Min-gyeong asistió a un rodaje conoció a una doble.
La protagonista interpretaba dos papeles y debían filmar una escena en la que se enfrentaba a sí misma y rompía a llorar.
Para rodarla, necesitaban a otra actriz frente a ella.
La cámara apenas captaba a la doble: tan solo se intuían, desenfocados, un hombro y la nuca en un extremo del encuadre.
Sin embargo, mientras sostenía la mirada de la protagonista y seguía el curso de la escena, también ella acabó llorando.
Cuando terminó la toma, Min-gyeong recogió su ropa y le preguntó:
—Cuando la persona que tienes delante llora, supongo que al final tú también acabas llorando, ¿no?
—¿Cree que he llorado porque la estaba imitando?
—Ah… ¿No?
—Yo también estaba interpretando el guion.
La doble soltó una risa y le explicó que aquellas lágrimas también formaban parte de su interpretación.
Había llorado a propósito, dejándose llevar por la emoción de la protagonista.
Min-gyeong se preguntó por qué alguien se esforzaría tanto en algo así.
Al fin y al cabo, la cámara apenas la captaba; seguramente nadie llegaría a saber nunca quién era.
Como si le hubiera leído el pensamiento, o quizá porque simplemente quería explicarse, la actriz añadió:
—Ser doble no significa limitarse a sustituir a alguien. No es que yo no tenga un papel; este es mi papel. Y estoy dando lo mejor de mí para interpretarlo. Además, ¿no tiene mérito hacer bien algo así?
Con el tiempo, Min-gyeong comprendió que aquellas palabras habían sido una de las razones que la impulsaron a seguir en el cine: la fuerza de continuar aunque nadie mirara, aunque nadie supiera tu nombre ni reconociera lo que habías hecho.
Ella también quería poseer esa clase de fortaleza y, algún día, construir una historia en torno a ella.
Por eso llevaba tiempo prometiéndose que, tarde o temprano, escribiría un guion sobre los dobles.
Así que, para Min-gyeong, ofrecerse como «doble» de la farmacia era la forma más sincera de expresar hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Tras un largo silencio, Bo-ho asintió por fin, con aquel rostro impasible que no dejaba entrever nada.
—Entonces hágalo.
—¡Sí!
Min-gyeong gritó, incapaz de contener la emoción.
Antes de que Bo-ho pudiera reaccionar, le tomó las manos y se las estrechó con entusiasmo, como si aquella respuesta mereciera un agradecimiento que las palabras no alcanzaban a expresar.
Al verla así, Bo-ho recordó lo ocurrido unas horas antes.
Vivía sola en el pequeño piso de la segunda planta, justo encima de la farmacia.
Le había dicho a Hwan-gyeong que dormía profundamente durante el día, pero no era del todo cierto.
La mayoría de las tardes las pasaba sentada en una habitación a oscuras, al otro lado de unas cortinas opacas.
Bastaba con entreabrirlas para ver el banco del Super Anjeon.
Aquella tarde, al oír la voz de Min-gyeong en la calle, había apartado un poco la cortina y la había descubierto allí, hablando sin parar durante horas.
Pensó que acabaría cansándose y se marcharía, pero, cuando bajó a abrir la farmacia, seguía esperándola delante del edificio.
No podía darle la espalda a alguien que se había empeñado de aquella manera.
Tal vez, aquella noche, la primera persona que necesitaba ayuda fuera precisamente ella.
—A cambio, yo también formaré parte del grupo de dobles.
—¡Por supuesto!
—Ves cómo sí podías hacerlo. Bien hecho. Te lo has currado.
Cuando Min-gyeong comunicó al director el acuerdo al que había llegado con Bo-ho, este la felicitó.
Aquellas palabras aliviaron de forma inesperada el dolor que le punzaba en el pecho.
No sabía si se debía al analgésico que le había dado la farmacéutica o al elogio del director, pero poco importaba.
Era como si, de pronto, hubiera descubierto unas cuantas maneras más de hacer que el cuerpo doliera menos.
—¡Señorita, por aquí!
Junto a la farmacia, ahora a oscuras, Min-gyeong llamó a Bo-ho mientras arrastraba con esfuerzo una mesa plegable de plástico.
Se la había pedido prestada a toda prisa al equipo de utilería para improvisar, tal como habían acordado, un pequeño puesto junto al local.
Una vez desplegada, acercó también una silla de rodaje.
—Es la mejor silla del set.
La mesa y la silla se convirtieron así en la farmacia provisional de Bo-ho.
Tras apagar las luces del establecimiento, la farmacéutica colocó encima un botiquín de primeros auxilios con los medicamentos que más solían pedirle a aquellas horas: antigripales, analgésicos, digestivos…
También llevaba tiritas y vendas. Por último, encendió una pequeña lámpara sobre la mesa.
Su luz tenue y difusa envolvió el improvisado puesto en una calma casi somnolienta.
«Dijo que era la mejor silla… y parece que tenía razón».
Bo-ho se acomodó en ella. Fue entonces cuando Hee-yeong se acercó.
—¿De verdad piensa mantener la farmacia abierta así?
Estaba a punto de entrar a rodar y llevaba el maquillaje y el peinado impecables. No parecía la misma mujer que la noche anterior había llegado con la gorra calada hasta los ojos y la cabeza gacha.
—¿Necesita algo más? No tengo datáfono portátil, así que solo puedo aceptar efectivo.
Hee-yeong esbozó una leve sonrisa. Su rostro estaba mucho más despejado que el día anterior.
—Gracias a usted, ayer dormí por primera vez en mucho tiempo.
Bo-ho asintió desde su silla, con el aire de un director en pleno set.
Dormir era el mejor remedio. Aunque, como farmacéutica, dispensaba toda clase de medicinas, no conocía ninguna tan eficaz como un sueño reparador.
Mucho menos para alguien que iba por el mundo buscando precisamente eso: dormir.
Ella, en cambio, pertenecía más bien a quienes huían del sueño.
—No es más que una de tantas maneras de conseguirlo. Me alegro de que a usted le funcionara.
—A mí me ha ido de maravilla.
—Puede que algún día deje de servirle. Si ocurre, no piense que ha fracasado ni que el método era equivocado. Será simplemente el momento de probar otra cosa.
Bo-ho sostuvo la mirada de Hee-yeong. A diferencia del día anterior, ya no tenía los ojos enrojecidos.
Era la prueba de que su consejo había surtido efecto.
Su expresión apenas cambió, pero bajo la mesa movió ligeramente la punta de un pie.
Aquella era su forma de mostrar satisfacción: un gesto tan leve que nadie habría sabido interpretarlo.