Capítulo 2 #5
—¿Y qué piensas hacer? ¿Ir a despertarla ahora, después de que haya pasado toda la noche atendiendo la farmacia? Qué poca consideración.
—No, no es eso…
Jeong-bun la cortó con firmeza.
—Espera. Espera a que abra.
Min-gyeong no tuvo más remedio que esperar a que Bo-ho abriera la farmacia de noche.
Se sentó en el banco de madera del Super Anjeon, la tienda de ultramarinos situada justo enfrente, y empezó a comerse uno de los boniatos que se asaban junto a la estufa.
Durante unos minutos experimentó una sensación desconocida: la de haberse refugiado en el calor de una casa de campo que nunca había tenido, como si aquella tibieza sencilla le entonara el cuerpo en pleno invierno.
Después de haber pasado tanto frío en el rodaje, quedarse allí calentándose las manos y los pies le resultaba casi demasiado agradable.
Sumida en aquella placidez, hasta le pareció que los dolores menstruales, que la punzaban de vez en cuando, iban apagándose poco a poco.
—Señora, esto es como estar en Little Forest † .
—¿Qué estás diciendo?
—Es una película. Bueno, primero fue un manga japonés y después hicieron una versión coreana.
Cuenta la historia de una veinteañera cansada de vivir en Seúl que regresa a su pueblo natal, en el campo.
Allí cultiva sus propios alimentos, prepara comidas sencillas, vuelve a echar raíces y, poco a poco, empieza a sanar…
—Pero estamos en Seúl.
Jeong-bun cortó de raíz el arrebato romántico de Min-gyeong. Sin embargo, la joven, lanzada ya a hablar de la película, no se detuvo.
—Precisamente por eso. Yo he vivido siempre en Seúl y, cada vez que veía una película así, pensaba que también me gustaría encontrar mi propio Little Forest . Señora, este sitio es precioso.
—¿Precioso? Pero ¿tú me has oído? ¡Que esto es Seúl!
Min-gyeong apenas prestó atención a las protestas de Jeong-bun. Lo cierto era que se sentía extrañamente tranquila. Por una vez, podía enderezar los hombros y permitir que su cuerpo bajara la guardia, liberándose de aquella tensión que llevaba siempre aferrada a ellos.
—Una estufa de petróleo como las que solo había visto en los dramas, boniatos recién hechos, este banco de madera y todos aquí sentados de charla… ¿No tiene su encanto? Además, con una chica joven y alegre como yo rondando por aquí, hasta las señoras parecen más animadas.
—Ay, hija… Qué manera de hablar.
La anciana que tenía al lado soltó un suspiro, como si ya no le quedaran fuerzas para seguir escuchándola.
El banco ya era estrecho antes de que Min-gyeong se instalara allí y, con ella, todos habían quedado un poco más apretados de la cuenta.
Sin embargo, no era la falta de espacio lo que los incomodaba, sino aquella joven desconocida que hablaba de la tienda como si acabara de descubrir un rincón idílico en mitad de Seúl.
Los mayores sonreían por compromiso, intercambiaban miradas furtivas y enseguida volvían los ojos hacia la estufa.
Min-gyeong, en cambio, no parecía darse cuenta de nada.
Seguía tan contenta, como si incluso aquel silencio incómodo formara parte del encanto del lugar.
—Yo… creo que voy a entrar ya. Ay…
Los mayores fueron marchándose poco a poco, uno tras otro, hasta que el banco quedó vacío.
Min-gyeong, ajena a todo, continuaba entonando su oda al barrio H.
Jeong-bun, entretanto, solo podía pensar en una cosa: que Bo-ho abriera la farmacia de una vez.
Quién le iba a decir que acabaría aguardando con tanta impaciencia a aquella farmacéutica de trato tan frío.
—Pero ¿por qué abre solo por la noche? ¿No será… un vampiro? Como en las películas.
—Deberías dejar de ver tanto la tele.
—No, pero usted seguro que lo sabe, señora Jeong-bun. Lleva más de treinta años con esta tienda.
—¿Y qué más da el motivo? Lo importante es que abre todos los días. Anda, vete ya, que está a punto de ponerse el sol.
Vaya, ya era hora. Min-gyeong miró el reloj y comprobó que, en efecto, empezaba a anochecer. Se levantó de un salto, hizo una reverencia exageradamente profunda y salió de la tienda en dirección a la farmacia.
Clic.
Jeong-bun alzó la vista hacia el cielo, que se oscurecía poco a poco, y encendió la guirnalda de pequeñas bombillas que colgaba bajo el toldo de la entrada.
Se la había encargado por internet a su nieta; eran adornos para el árbol de Navidad, o algo por el estilo, según le había explicado.
Frente a la farmacia de noche, el Super Anjeon era el único otro establecimiento que ponía algo de luz en el callejón.
La tienda no permanecía abierta hasta muy entrada la noche, pero, al caer la tarde, Jeong-bun siempre dejaba encendida aquella guirnalda junto a las luces de la farmacia. Para que no se sintiera sola.
Al caer la tarde, la puerta del segundo piso del edificio, que había permanecido cerrada hasta entonces, se abrió y Bo-ho apareció en el umbral.
Con su habitual expresión impasible, bajó las escaleras y se encontró a Min-gyeong esperándola frente a la farmacia.
La joven, que estrechaba contra el pecho los boniatos asados que Jeong-bun le había preparado, la recibió con una sonrisa radiante.
—Hola, farmacéutica. Soy Woo Min-gyeong, la que vino ayer.
—Ah… Sí.
Bo-ho respondió con cierta torpeza mientras sacaba una llave del bolsillo de la bata.
Levantó la persiana y abrió después la puerta de cristal, sintiendo durante todo el proceso la mirada de Min-gyeong clavada en la nuca.
En cuanto pudo entrar, la joven se deslizó tras ella, casi pisándole los talones, sin soltar los boniatos asados que Jeong-bun le había preparado.
Los apretaba contra el pecho, aferrada a aquel calor como si de él pudiera sacar el valor que le faltaba.
—Permítame insistir una vez más. Llevo esperando desde esta mañana para poder hablar con usted.
—Ya le dije que no. Tengo que mantener este lugar abierto. Es la promesa que le hice al barrio… y también a mí misma.
—Lo sé. Por eso, después de pasar todo el día aquí, he estado pensando que…
Al ver que Bo-ho se disponía a rechazarla de nuevo, Min-gyeong estrechó aún más los boniatos contra el pecho, buscando refugio en su calor. El dolor menstrual empezaba a extenderse por la zona lumbar y, al mismo tiempo, necesitaba evitar que la voz le temblara al hacer aquella petición.
—Creo que debe de tener sus motivos para abrir solo por la noche… y que no tienen nada que ver con el dinero. Así que se me ha ocurrido proponerle… bueno…
Cuanto más hablaba, más se le cerraba la garganta. Había imaginado que podría explicarse con soltura, pero las palabras se le atascaban y, de pronto, notó la boca seca.
Bo-ho la observó en silencio unos instantes antes de preguntar con calma:
—¿Quiere un analgésico?
—¿Perdón?
Era lo último que Min-gyeong esperaba oír. ¿Tan mala cara tenía? ¿Parecía enferma? La duda le cruzó de pronto por la cabeza.
Bo-ho siguió hablando, como si le hubiera leído el pensamiento:
—Ayer ya me pareció que le dolía algo. Lleva la espalda encorvada y no deja de apretar esos boniatos contra el cuerpo. ¿Es dolor lumbar o menstrual? ¿Sabe qué analgésico suele irle bien?
—Ah… No. Pero ¿cómo lo ha sabido?
—¿El qué?
—Que me duele. ¿Se me notaba?
Min-gyeong sintió que el calor le subía de golpe a las mejillas.
Era como si la hubieran descubierto. Había intentado disimularlo, respirar hondo y comportarse con normalidad, pero, por lo visto, no lo había conseguido.
Bo-ho la miró de reojo y, sin darle mayor importancia, colocó varios analgésicos sobre el mostrador.
—He visto a mucha gente con dolor. Eso es todo. La mayoría ni siquiera se habría fijado. ¿Es menstrual o lumbar?
—Menstrual. Es el segundo día.
—Entiendo. ¿Cuál suele tomar?
Min-gyeong recorrió con la mirada las cajas que Bo-ho había dispuesto frente a ella. ¿Cuál le sentaba mejor?
Ante la pregunta de cuál le iba mejor, Min-gyeong trató de recordar si algún analgésico le había aliviado el dolor de forma especial. Hasta entonces, nunca se había parado a pensarlo.
—Siempre pedía el más fuerte. Así el efecto duraba más.
—¿Le duele siempre que tiene la regla?
—Antes no tanto. Pero quería que se me pasara cuanto antes, así que tomaba el más fuerte.
—¿Aunque el dolor no fuera intenso?
—Solo quería acabar con él rápido.
—¿Y ahora?
—Cada vez me duele más.
—¿Ha ido al médico?
A medida que las preguntas de Bo-ho se volvían más breves, su ceño se iba frunciendo. Min-gyeong soltó una risita nerviosa, intentando aliviar la tensión que de pronto había invadido la farmacia, y empezó a pensar que quizá había escogido a la persona menos indicada para convencer.
—No… Al final siempre se me pasa. Nunca pensé que hiciera falta ir al médico.
Nada más decirlo, Min-gyeong vaciló. ¿Había metido la pata?
Al fin y al cabo, no tenía nada de malo pensar que el dolor acabaría pasando, ¿no?
Era una forma positiva de afrontar las cosas.
Eso era lo que repetía todo el mundo en las redes sociales.
Entonces, ¿qué había dicho para que Bo-ho la mirara de aquella manera?
Daba miedo. ¿Sería esa la mirada de la que habían hablado las mujeres del banco?
—O sea, como le pasa todos los meses y al final siempre se le quita, se toma el analgésico más fuerte y ya está. Sin saber siquiera cuál le sienta mejor. Qué insensatez.
Así que, al final, se había ganado otra reprimenda.
Incapaz de sostener aquella mirada de reproche, Min-gyeong bajó los ojos.
Había algo más temible que el dolor menstrual: que Bo-ho la mirara de aquel modo, como si la obligara a reconocer todo aquello que llevaba tanto tiempo evitando.
Que vivía sin prestar atención a su propio cuerpo.
Que fingir que todo iba bien y sonreír cuando no era así no significaba estar bien.
Entonces, varias cajas de analgésicos entraron en su campo de visión. Bo-ho acababa de colocárselas justo delante.
—¿Por qué mira al suelo? ¡Tiene que mirar los medicamentos para elegir uno!