La farmacia de noche Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Entonces debería volver a casa y tomarse las que le recetaron.

—Me queda bastante lejos. Me sirve cualquier somnífero de venta libre que tengan.

—¿Cualquiera?

—Sí, cualquiera.

«Cualquiera… Qué manera tan irresponsable de hablar». Bo-ho dejó escapar un suspiro mientras observaba a Hee-yeong, que seguía con la gorra baja y la cabeza gacha. Al verla tan encogida, pensó que debía de tener el cuello contracturado.

—¿Hace estiramientos últimamente?

—¿Perdón?

—Pruebe a girar el cuello.

Bo-ho, con el mismo rostro inexpresivo de siempre, giró primero su propio cuello. Crac. El sonido salió de su cuello.

—Vaya… lo tiene bastante cargado —murmuró para sus adentros.

Hee-yeong pensó que aquella farmacéutica era rarísima.

¿A qué venía ponerse a girar el cuello de pronto delante de ella?

Por un instante creyó que se estaba burlando y notó cómo la irritación le subía de golpe.

Aquella susceptibilidad, aquellos cambios bruscos de humor…

también eran consecuencia de la falta de sueño.

—Si no quiere vendérmelo, no lo haga.

—De acuerdo, entonces váyase.

Bo-ho respondió con toda naturalidad, y Hee-yeong se quedó plantada en mitad de la farmacia, desconcertada.

¿De verdad existía una farmacia que no parecía tener el menor interés en vender medicamentos?

Hwan-gyeong contemplaba la escena en silencio, temiendo que la clienta acabara marchándose ante la frialdad de Bo-ho.

Aunque no llevaba las cuentas, después de dos semanas allí había llegado a la conclusión de que, sin clientes, la farmacia terminaría cerrando tarde o temprano.

Bo-ho, sin embargo, actuaba como si aquello no tuviera nada que ver con ella y seguía comprobando que la lista de pedidos coincidiera con las existencias.

Hee-yeong continuaba inmóvil, sin decidirse a irse ni a quedarse.

Movido por la compasión, Hwan-gyeong dio a Bo-ho unos golpecitos discretos para llamar su atención.

Ante aquella muda insistencia, ella acabó dirigiéndose a Hee-yeong sin apartar la vista de la lista.

—¿Por qué no se marcha?

—¿No tiene intención de venderme nada? Esto es una farmacia.

Ante la pregunta, algo incrédula de Hee-yeong, Bo-ho respondió como si fuera lo más evidente del mundo.

—No todo se soluciona con medicamentos. Hay muchas maneras de recuperar el sueño: empiece a hacer algo de ejercicio, no mire el móvil antes de acostarse, acostumbre el cuerpo a una rutina… cosas así.

Hee-yeong se sintió incómoda. Le molestaba que Bo-ho ni siquiera la mirara al hablarle, aquel fastidio apenas disimulado y el tono indiferente con que parecía quitar importancia a su insomnio. Pero, por encima de todo, le molestaba que hablara como si supiera mejor que ella lo que necesitaba.

—Llevar una vida equilibrada… no es tan fácil.

Ante la brusquedad de Hee-yeong, Bo-ho apartó por fin la vista de la lista de medicamentos. Hasta entonces, la actriz había permanecido con los ojos bajos, pero en ese momento sus miradas se cruzaron. Bajo la sombra de la gorra, Hee-yeong tenía los ojos enrojecidos. Bo-ho se fijó en ello y dijo:

—No, no es fácil. Pero eso no significa que pueda recurrir a los medicamentos sin más. El cuerpo se acostumbra y termina necesitando dosis cada vez mayores. Así es como se crea la dependencia.

—Lo que necesito ahora es un somnífero. Y lo necesito ya.

—¿Le sirve cualquiera?

—¡Sí, cualquiera!

—Ese es precisamente el problema. Si le da igual cuál tomar, no puedo darle uno sin más. Además, ni siquiera con las pastillas consigue dormir de verdad, ¿me equivoco?

Hee-yeong se quedó callada. Bo-ho había dado justo en el punto que más le dolía y no encontró nada que responder.

—Su cuerpo se ha acostumbrado a ellas. Si de verdad quiere dormir, debería probar antes otras alternativas.

Era cierto. Últimamente, ni siquiera los somníferos le garantizaban un sueño profundo.

—¿Qué alternativas? ¿De verdad cree que no lo he probado todo?

—¿Qué ha probado?

—¡Todo! He escuchado música para conciliar el sueño, he bebido leche caliente antes de acostarme, he hecho ejercicio hasta caer rendida, me he duchado con agua hirviendo, he leído libros insoportablemente densos, he encendido velas aromáticas…

¡Hasta me he puesto documentales sobre viajes espaciales que recorren el sistema solar desde Mercurio hasta Plutón!

¡He terminado aprendiendo qué clase de planeta es Plutón desde que dejó de considerarse uno!

A medida que enumeraba cada intento, Hee-yeong comprendía con más claridad cuántas cosas había probado en vano.

Y cuanto más hablaba, más se le aceleraba el corazón, como si la frustración que llevaba tanto tiempo conteniendo estuviera a punto de desbordarse.

Incluso se había mudado hacía poco a una casa aislada en la isla de Jeju.

Ella también se había esforzado. Había hecho todo lo posible.

La impotencia le subió de golpe al pecho.

—Pruebe a no hacer nada.

Bo-ho lo dijo con absoluta calma, como si la angustia de Hee-yeong no tuviera nada de extraordinario.

—¿Cómo?

—No haga nada. Túmbese y vaya relajando el cuerpo poco a poco, desde la punta de los pies hasta las manos. Ahora mismo tiene el cuello completamente agarrotado. ¿Cómo pretende dormir así?

—¿Relajar el cuerpo?

—Sí. Quédese quieta y deje que la tensión vaya cediendo. No intente hacer nada más. Concéntrese solo en eso: en aflojar el cuerpo, parte por parte.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo. No puede dormir porque se empeña demasiado en conseguirlo.

Al final, Hee-yeong salió de la farmacia de noche sin los somníferos. Cuando subió a la furgoneta, su mánager, Gi-jun, le preguntó:

—¿Ha conseguido las pastillas? Tendría que haberme ocupado yo de esto…

—Da igual. ¿Dónde nos quedamos hoy?

—He reservado un alojamiento no muy lejos de aquí. Intente descansar un poco.

Hee-yeong se recostó en el asiento y soltó una risita al recordar las palabras de Bo-ho: «No haga nada».

¿De verdad podía quedarse dormida así, sin más?

Aun así, como no tenía nada que perder, se dejó caer un poco más y cerró los ojos.

Trató de concentrarse únicamente en relajar el cuerpo, desde la punta de los pies hasta los dedos de las manos.

Pero ¿cómo se hacía eso? Mientras intentaba averiguarlo, volvió a oír la voz de Bo-ho en su cabeza: «Concéntrese solo en relajar el cuerpo, en dejar que la tensión vaya cediendo».

«No puede dormir porque se esfuerza demasiado».

Hee-yeong comenzó a respirar despacio, dejando que el aire entrara y saliera con calma.

Después trató de aflojar el cuerpo poco a poco, empezando por los pies y ascendiendo hacia los tobillos y las pantorrillas.

Al principio no le resultó fácil. Estaba convencida de que no hacía fuerza, pero, en cuanto prestó atención, descubrió que seguía manteniendo los músculos en tensión.

«Déjalo estar», pensó.

Poco a poco, concentrada únicamente en la respiración, dejó inmóviles hasta los dedos de los pies.

A medida que la tensión iba abandonando su cuerpo, empezó a advertir sensaciones que hasta entonces le habían pasado inadvertidas.

Solo entonces reparó en que mantenía los tobillos ligeramente en alto, como si incluso en reposo siguiera preparada para echar a correr.

Los dejó caer. La molestia sorda que había sentido al detenerse después de la carrera regresó un instante y luego comenzó a disiparse.

Mientras contaba en silencio, los latidos de su corazón fueron haciéndose cada vez más lentos:

«Uno, dos, tres…».

—Nuna, * hemos llegado.

En ese momento, Hee-yeong comprendió que se había quedado dormida durante unos instantes.

Mientras trataba de aprender a relajar todo el cuerpo, el sueño la había vencido sin que se diera cuenta.

Apenas había sido un parpadeo, pero hacía una eternidad que no lograba dormir así, aunque solo fueran unos minutos.

La llamada de Gi-jun la había despertado de golpe y, aun así, el hecho seguía ahí: se había dormido sin recurrir a los medicamentos.

—Vaya… Así que sí puedo dormir sin pastillas.

Al oírla murmurar, Gi-jun preguntó:

—Nuna, ¿ha dicho algo?

—Ah… No, nada. Que está bien.

—¡A que sí! El hotel está bien. Pase.

Cuando bajó de la furgoneta, Hee-yeong notó que el dolor del tobillo había desaparecido por completo. Al apoyar el pie en el suelo, este le respondió con una ligereza inesperada.

A primera hora de la mañana siguiente, cuando aún apenas había amanecido, Min-gyeong llegó a la farmacia de noche con una determinación renovada.

La puerta de cristal estaba cerrada con llave y en ella se leían dos carteles: «Abierto todo el año» y «Del ocaso al amanecer».

Mientras se asomaba al interior oscuro del local, alguien le asestó de pronto un golpe en la espalda.

—¿Eres una ladrona?

Era Jeong-bun, la propietaria del supermercado Super Anjeon.

Y lo que acababa de descargar sobre la espalda de Min-gyeong no era un rascador de madera ni un abanico, sino un palo de golf.

Se lo había llevado su nieta durante una visita a la tienda, empeñada en que lo pusiera a la venta.

Sin embargo, saltaba a la vista que la muchacha no había heredado el buen ojo de su abuela para los negocios: el palo llevaba tanto tiempo acumulando polvo en el inventario que Jeong-bun había acabado encontrándole otros usos.

—¡Ay, señora! ¡Qué golpe me ha dado!

—¿Y qué querías que hiciera si pensaba que eras una ladrona? ¿Acariciarte?

—No, no es eso… Solo quería hablar con la farmacéutica. Hoy la farmacia tiene que permanecer cerrada. Tiene que cerrar sí o sí.

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Por qué iba a cerrar?

—Es una historia larga. En cualquier caso, convencerla es cosa mía.

Jeong-bun alzó la vista hacia el cielo, todavía limpio y azul, y dijo:

—Si quieres verla, tendrás que esperar a que se ponga el sol.

—¿Y no hay forma de saber dónde vive? Parece que debe de vivir cerca…