La farmacia de noche Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

El director había llegado a ese punto en el que ya no había forma de hacerlo cambiar de opinión.

Hasta entonces, nunca era fácil adivinar por dónde saldría: cada decisión podía dar paso a una nueva ocurrencia capaz de alterar el rumbo del rodaje en cualquier momento.

Pero, cuando una idea terminaba de asentarse en su cabeza, se volvía inamovible, como una roca contra la que nada podía hacerse.

A veces, aquel temperamento daba una dirección clara al trabajo y facilitaba las cosas, porque al menos todos sabían hacia dónde avanzar.

Sin embargo, cuando sus decisiones resultaban imposibles de llevar a la práctica, esa misma firmeza se convertía en una obstinación capaz de llevar al equipo entero al borde de la desesperación.

Min-gyeong, al borde ya del agotamiento, se preguntó cómo había acabado trabajando con aquel director.

Tal vez todo hubiera empezado el día en que suplicó a su superior que la recomendara para entrar en su equipo.

¿Y por qué no la había detenido él, cuando aún estaba a tiempo?

Repasó una a una las decisiones que la habían conducido hasta allí, cada impulso y cada entusiasmo mal encaminado, hasta hundirse en un arrepentimiento tan hondo que acabó odiando a aquella versión de sí misma que un día había amado el cine por encima de todo.

¿Qué era lo que tanto la había atraído de él?

Pensándolo bien, quizá precisamente aquello que no comprendía.

En las películas abundaban los personajes que la hacían preguntarse por qué vivían de aquella manera: seres complejos, llenos de aristas, difíciles y heridos, hermosos en su extrañeza.

Min-gyeong había querido entenderlos, llegar hasta el fondo de ellos, aunque para hacerlo tuviera que acercarse tanto que acabaran haciéndole daño.

Hasta entonces había vivido protegida en su propia burbuja, y tal vez por eso deseaba conocer de cerca a quienes eran capaces de vivir de formas que a ella le resultaban incomprensibles; seguir mirándolos, incluso cuando cortaban, incluso cuando dejaban cicatrices, hasta descubrir qué ocultaban en su interior.

Sí, seguramente había sido eso. Pero, en días como aquel, no podía evitar preguntarse: ¿por qué hacía todo aquello?

¿Qué tenía de bueno verse atrapada en una situación así?

A veces, ni siquiera la certeza de estar haciendo lo que uno ama basta para disipar la angustia.

Porque también es posible dedicarse a aquello que se desea y, aun así, no ser feliz.

—Entonces… ¿el rodaje de hoy se da por terminado?

Era la voz de Hee-yeong. La protagonista acababa de anunciar que no pensaba seguir rodando aquel día.

Un desastre absoluto. A Min-gyeong le dolía la cabeza solo de pensar en cómo había podido enredarse todo de aquella manera.

Nadie le decía que no pasaba nada ni que todo saldría bien.

Lo único que recibía eran palabras de ánimo que, en el fondo, no solucionaban nada.

Era la hora de irse a dormir, pero, después de tantos rodajes nocturnos seguidos, la rutina que le había recomendado el médico hacía tiempo que se había ido al traste.

Hee-yeong subió a la furgoneta y buscó con desesperación los somníferos que se había traído de casa, pero no aparecían por ninguna parte.

Rebuscó cada vez con más ansiedad hasta que recordó que se había dejado las pastillas recetadas sobre la mesa de la cocina.

Otra vez lo mismo. Cuando dormía mal, empezaba a olvidarlo todo, y bastaba con que se dijera que tenía que dormir para que el sueño se esfumara, como si aquellas palabras surtieran justo el efecto contrario.

Decían que, cuando llegaba el cansancio, los párpados pesaban tanto que nada podía mantenerlos abiertos; a ella, en cambio, las noches en vela se le acumulaban una tras otra, sin remedio.

Con una vida tan irregular, hasta el ciclo menstrual se le había alterado.

Insomnio, olvidos, ausencia de la regla…

El médico aseguraba que todo mejoraría en cuanto adoptara unos hábitos estables, pero a Hee-yeong aquello le sonaba casi cruel, porque en su vida no había lugar para nada parecido al orden.

Decían que había que aprovechar la corriente cuando el viento soplaba a favor: desplegar la vela, avanzar todo lo posible, no mirar atrás.

Porque en cuanto el viento cambiaba, bastaba una ola mal venida para desviarte de golpe y dejarte a merced de un mar lleno de barcos más rápidos, más nuevos, más dispuestos a ocupar tu lugar.

De Hee-yeong, que había empezado como modelo publicitaria, se decía que había alcanzado la fama demasiado deprisa, que todo se debía a una belleza imposible de pasar por alto.

Y era cierto. Su paso por el anonimato apenas duró.

Aunque no faltaban quienes cuestionaban su talento interpretativo, cada vez que aparecía en pantalla el público era incapaz de apartar los ojos de ella.

Era demasiado hermosa, y esa belleza era, por entonces, su único talento indiscutible.

El miedo llegó con los papeles protagonistas.

Ya no era la secundaria que robaba una escena desde el margen, sino la actriz sobre la que debía sostenerse toda la obra; y, al ocupar el centro del encuadre, todo quedó expuesto.

Las debilidades que antes podía disimular al amparo de otros actores salieron a la luz en cuanto dejó de tener a nadie alrededor que las ocultara.

Desde entonces, las críticas empezaron a adherirse a su nombre como una sombra: era hermosa, sí, pero no tenía magnetismo.

La belleza y el atractivo pertenecían a territorios distintos, y Hee-yeong acabó relegada a papeles en los que lo único que se esperaba de ella era que se dejara mirar.

En esos casos, el público aceptaba sin resistencia la conclusión más cómoda: sí, la belleza, por sí sola, también podía sostener una ficción.

Para Hee-yeong, que hasta entonces había interpretado los papeles que el público esperaba de ella, aquel nuevo proyecto suponía un cambio radical.

Encarnar a una detective en una película de suspense no tenía nada que ver con los personajes a los que estaba acostumbrada.

Había aceptado porque empezaba a percibir que la gente se cansaba de verla siempre igual.

En las redes sociales circulaban montajes que reunían capturas de sus escenas en distintos dramas, colocadas unas junto a otras hasta que la repetición se volvía imposible de ignorar.

Era absurdo: había encadenado cuatro éxitos y, sin embargo, en todos ellos parecía interpretar exactamente al mismo personaje.

Para retener una atención que podía esfumarse en cualquier momento, nunca se había permitido descansar de verdad.

En aquella profesión, caer en el olvido equivalía a desaparecer.

Tenía que seguir haciéndose visible, recordar al público que aún estaba allí.

Solo así podía conservar su sitio. Era la lógica implacable de aquel mundo.

Había logrado superar como podía cada crisis que se cruzaba en su camino, pero al final lo único que recibía eran burlas fáciles.

En la agencia le repetían que aprender a soportar aquella clase de comentarios formaba parte del camino para convertirse en una estrella, y por eso le habían propuesto asumir un nuevo reto con aquel guion.

Hee-yeong, sin embargo, estaba agotada. Antes incluso de ponerse en la piel de un personaje, ya la aterraba pensar en las críticas que llegarían después.

Desde que aquel miedo se había instalado en ella, el insomnio se había vuelto una presencia constante.

Solo aceptar el papel había bastado para hacerle temblar las manos.

Aun así, dijo que sí porque le gustaba que la protagonista pasara toda la película corriendo, sin detenerse, luchando de principio a fin. En eso, al menos, se parecía a ella.

Desde que decidió aceptar aquel papel, su cuerpo parecía haberse olvidado de cómo descansar.

Vivía en un estado de tensión constante, con el corazón acelerado sin motivo, y cuanto más se desbocaba, más difícil le resultaba conciliar el sueño.

Cada noche la alejaba un poco más de aquella vida ordenada que le habían recomendado.

No era que no quisiera cuidarse; sencillamente, ya no sabía cómo hacerlo.

Por eso le parecía absurdo que dormir, algo que debería llegar de manera natural, exigiera cumplir una lista interminable de condiciones: mantener horarios regulares, descansar las horas necesarias, hacer ejercicio moderado, comer bien, rodearse de personas en las que pudiera confiar, personas que no cambiaran de un día para otro…

Como si alguien ignorara que todo aquello era lo saludable, lo correcto, lo que convenía hacer.

Hee-yeong, sin embargo, terminó aferrándose a la única salida que todavía le resultaba sencilla: las pastillas.

Tomar un somnífero antes de acostarse se había convertido en una costumbre, casi en un requisito para dormir.

Ni siquiera importaba si funcionaba de verdad; tenía que tomarlo.

«A estas horas no habrá ninguna farmacia abierta…

». Y entonces recordó la que había interrumpido el rodaje.

—¿Tiene somníferos?

Hee-yeong entró en la farmacia con la visera de la gorra bien calada y, sin levantar apenas la mirada, se dirigió a Hwan-gyeong, que estaba detrás del mostrador.

Al reconocerla, al muchacho se le iluminaron los ojos con una emoción difícil de disimular.

Era una famosa. Sin embargo, poco podía hacer por ella.

—No soy farmacéutico, así que no puedo dispensarle ningún medicamento.

—Entonces, ¿quién…?

Bo-ho salió de la sala de elaboración sin hacer el menor ruido.

—¿Toma somníferos habitualmente?

Hee-yeong dio un leve respingo. ¿De dónde había salido? Se movía como un fantasma.

—Ah… Suelo tomar unas pastillas que me ha recetado el médico, pero hoy me las he dejado en casa.