Capítulo 2 #2
No sabía con exactitud cuándo había empezado, pero desde hacía un tiempo sentía una opresión persistente en el centro del pecho.
A veces el dolor surgía de pronto, agudo y punzante, y desaparecía con la misma brusquedad.
Otras se instalaba poco a poco, casi sin que se diera cuenta, para desvanecerse antes de que pudiera hacer nada.
Como aparecía y remitía de forma tan imprevisible, nunca encontraba el momento de ir al médico.
Si hubiera sido constante, habría podido describir los síntomas y someterse a las pruebas necesarias.
Sin embargo, cada vez que se decidía a pedir cita, la molestia parecía esfumarse.
Ni siquiera sabía muy bien a qué especialista debía acudir.
Para encontrar una cura, primero había que saber qué era lo que dolía, y ella no tenía claro si el problema estaba realmente en el corazón, si era consecuencia del estrés o si procedía de alguna otra parte del cuerpo.
Así que, cada vez que volvía a sentir aquella opresión, respiraba hondo y trataba de llevar el aire hasta lo más profundo del pecho.
De algún modo, el dolor remitía un poco.
Tal vez no fuera más que un remedio improvisado, pero, por el momento, le bastaba.
Min-gyeong se decía que aún podía aplazar un poco más la visita al médico.
Al fin y al cabo, en medio de un rodaje no era tan fácil admitir que una no se encontraba bien.
La convicción de que el barrio H era el escenario perfecto se vino abajo en cuanto comenzó el rodaje y surgió el primer contratiempo.
Hee-yeong, la protagonista de la película, echó a correr de un extremo al otro del callejón.
Llevaba unos botines de tacón bajo, vaqueros negros y una chaqueta de cuero ceñida, un atuendo pensado para la escena de persecución.
Para imprimir más fuerza a sus movimientos, se había recogido el largo cabello negro en una coleta alta.
Los operadores de cámara y el equipo de iluminación avanzaban a su lado, acompasados a su carrera.
Entonces, cuando Hee-yeong apenas había llegado a mitad del callejón, ocurrió.
—¡Corten! ¿Qué coño es eso?
La voz del director retumbó entre los edificios. Hee-yeong frenó de golpe y un dolor agudo le atravesó el tobillo.
—Ay…
Conteniendo el dolor, volvió la cabeza hacia el intenso resplandor que bañaba un lateral del callejón. Procedía de una farmacia que no solo tenía todas las luces del interior encendidas, sino también la fachada iluminada por varios focos. ¿Una farmacia abierta a esas horas?
Detrás de la cámara, Min-gyeong tuvo la impresión de que el instante en que el director reparaba en aquella luz se alargaba de forma irreal.
Lo vio volver despacio la cabeza y recorrer el callejón con la mirada, en busca de alguien a quien pedir explicaciones, mientras a ella se le encogía algo por dentro.
Allí estaba: una franja de luz en mitad de la oscuridad, un detalle que se le había escapado durante la búsqueda de localizaciones.
La farmacia de noche. La explicación era sencilla.
Aquel callejón no era el que habían elegido en un principio.
El director había descartado a última hora la localización propuesta por Min-gyeong porque, al verla en persona, no le había parecido lo bastante «bonita», y había ordenado trasladar el rodaje a aquella otra calle.
Maldita estética. Cuando el equipo empezó a montar, la farmacia aún estaba cerrada y todas las luces permanecían apagadas.
Por eso nadie había hablado con los propietarios, ni pedido permiso, ni comprobado siquiera el horario de apertura.
El director, furioso, llamó a Min-gyeong.
—¿Qué coño has hecho? ¿Ni siquiera sabes escoger bien una localización?
—Yo… es que el callejón que propuse después del reconocimiento era el de al lado…
Min-gyeong inspiró hondo y soltó el aire despacio, procurando que el director no lo notara. Por suerte, el voluminoso abrigo de plumas disimulaba tanto sus hombros caídos como la leve curvatura de su espalda.
—Ya lo sé. Por eso, cuando fui a verlo en persona, me pareció una mierda y lo descarté. Te dije que rodaríamos directamente en este callejón, ¿no?
—Sí… pero la farmacia estaba cerrada cuando llegamos. Pensé que hoy no abriría.
—Soluciónalo.
—¿Cómo?
—¡Que lo soluciones! ¿Qué te crees que estamos rodando, una comedia?
¡Esto es un thriller! ¡En esta escena no puede haber luz!
Necesito una oscuridad opresiva, asfixiante, de esas que cortan la respiración.
¿De verdad tengo que explicártelo todo? La única iluminación debería ser la de la cámara.
Solo así conseguiré la imagen que tengo en la cabeza.
En un rodaje, lo más importante era el tiempo y lo más prescindible, las personas.
Min-gyeong bajó la cabeza y echó a correr directamente hacia la farmacia de noche.
Para colmo, era el primer día de la menstruación y notaba cómo la irritación le hervía por dentro, pero la contuvo con una fuerza de voluntad casi feroz.
«¿Por qué tiene que haber, precisamente en este callejón, una farmacia abierta a la una de la madrugada?»
—No.
La negativa, tajante e inmediata, hizo añicos las esperanzas de Min-gyeong.
Bo-ho rechazó su petición sin vacilar. El horario de la farmacia era una norma que había establecido ella misma y que jamás había alterado por nadie.
Min-gyeong insistió, adoptando una actitud cada vez más humilde, mientras por dentro solo podía suplicar: Por favor, deme alguna salida. Ayúdeme a resolver esto.
—Este es un establecimiento privado. Pedirme que cambie el horario o que cierre por una conveniencia personal es una falta de respeto hacia alguien que se gana la vida vendiendo medicamentos.
Por un instante, Min-gyeong llegó a preguntarse si pedirle que cerrara unas horas antes, aunque solo fuera aquel día, no habría sido en realidad una impertinencia. Y lo peor era que no tenía nada que objetar: Bo-ho no había dicho más que la verdad. Así que solo le quedaba suplicar.
—Sí, lo sé… Lo siento de verdad. Lo que ocurre es que, por circunstancias del rodaje, hemos tenido que cambiar de localización en el último momento.
Si hoy se retrasa el plan de trabajo, se verán afectados tanto los actores como todo el equipo técnico.
Por eso me atrevo a pedirle algo así. ¿Sería posible que cerrara, al menos, mientras dure el rodaje?
Por supuesto, le pagaríamos aparte por el uso de la localización.
Aquella era la única carta que le quedaba por jugar y, por lo general, solía bastar. A esas horas, seguramente le resultaría más rentable aceptar el dinero que mantener la farmacia abierta y todas las luces encendidas.
—Entiendo… Es una lástima que se encuentre en esa situación.
En el pecho de Min-gyeong volvió a prender una chispa de esperanza.
Sí, eso era: una situación lamentable. Hundió un poco más las cejas y adoptó su expresión más suplicante, confiando en que aquella farmacéutica de semblante glacial se dejara ablandar.
Convencerla sería mucho más sencillo que buscar otra localización capaz de satisfacer al obstinado director.
—Pero no.
—Ah… ¿Puedo preguntarle por qué abre la farmacia a estas horas? ¿Hay algún motivo en particular?
Bo-ho hizo caso omiso del suspiro de Min-gyeong y respondió como si la respuesta fuera evidente:
—Porque quiero.
Min-gyeong se quedó sin palabras. Con el ánimo por los suelos, salió de la farmacia con los hombros vencidos, como si de pronto se hubiera quedado sin fuerzas.
Bo-ho, por su parte, retomó el inventario como si no hubiera ocurrido nada.
A su lado, Hwan-gyeong, que hasta entonces había permanecido en silencio, se atrevió a preguntar:
—Pero, si se lo están pidiendo así, ¿no podría hacer una excepción por una vez? Incluso le ofrecen dinero.
—Hay cosas más importantes que el dinero. Prometí que la farmacia de noche estaría abierta a estas horas.
—¿A quién se lo prometió?
—A alguien que seguramente no conoces. Y, en cualquier caso, no es asunto tuyo.
La mirada de Bo-ho, siempre teñida de una indiferencia fatigada, despertó en Hwan-gyeong una punzada de decepción.
Llevaba dos semanas sin llegar tarde, presentándose cada día a su hora y saludando a los clientes con todo el entusiasmo del que era capaz —aunque saludar fuera lo único que le permitían hacer—, pero ella seguía tratándolo como si formara parte del mobiliario.
Mun-seong le había advertido de que una organización peligrosa operaba en el barrio H, y, aun así, Bo-ho no mostraba la menor inquietud: se limitaba a seguir con su rutina como cualquier otra noche.
Lo que de verdad angustiaba a Hwan-gyeong era la posibilidad de que ella acabara comprendiendo que su presencia allí era del todo innecesaria, que apenas aportaba nada y que podían prescindir de él sin dificultad.
Aquella sensación de estorbar, de ocupar un lugar en el que nadie contaba realmente con él, le resultaba insoportable.
De vez en cuando llamaba a Mun-seong para decirle que aquello no parecía ningún operativo y que, con toda probabilidad, aquellos tipos ya habían desaparecido de la zona.
Mun-seong soltaba entonces una carcajada y respondía:
—El operativo está donde estés tú, agente. Idiota.
Y Hwan-gyeong se quedaba sin saber qué contestar, con el teléfono aún pegado a la oreja después de que la llamada se hubiera cortado.
Antes de comunicarle al director que no había conseguido resolver el problema, Min-gyeong volvió a inspirar hondo y dejó escapar el aire poco a poco.
Aquello aflojaba un poco la tensión que sentía en el pecho.
Ya estaba preparada. Sin embargo, cuando le dio la noticia, el director respondió sin vacilar:
—Soluciónalo.
—¿Y otro callejón…?
—No.