La farmacia de noche Capítulo 2
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Capítulo 2

Medicamento del día No supere la dosis recomendada

—Buenas noches. ¿Qué medicamento necesita?

La clienta se quedó desconcertada ante un recibimiento tan efusivo a aquellas horas y, casi por instinto, buscó con la mirada algo familiar a lo que aferrarse.

La encontró en Bo-ho, que la observaba con su habitual serenidad distante, y se relajó al instante.

Hwan-gyeong, al advertirlo, se encogió de hombros con el aire desvalido de un cachorro empapado bajo la lluvia.

—¿Qué medicamento necesita?

—Ah, un analgésico.

—¿Dolor menstrual?

—No. Tengo una hernia discal y quería tomarlo. Tengo que conducir durante mucho tiempo y me duele bastante el cuello.

—Entonces, le daré uno que incluya también un relajante muscular.

Bo-ho escogió un analgésico de uno de los armarios abarrotados de medicamentos y se lo tendió.

—Siempre he tomado el analgésico y el relajante muscular por separado, pero veo que también los hay combinados.

La clienta le dio las gracias por haberle enseñado algo que desconocía y salió de la farmacia de noche. Cuando se marchó, Hwan-gyeong le preguntó a Bo-ho:

—¿Existen distintos tipos de analgésicos?

—Por supuesto. Cada uno contiene principios activos diferentes, así que se eligen en función del uso y, sobre todo, el estado del paciente.

—Ah, ya veo. Tendré que apuntármelo.

—¿Tú, por qué?

Bo-ho lo miró con extrañeza mientras Hwan-gyeong sacaba una libreta para tomar notas.

—Últimamente estoy estudiando farmacia en YouTube.

—¿Y eso para qué?

—¿Para qué? Para poder cuidar bien de esta farmacia.

Hwan-gyeong la miró con los ojos enrojecidos.

El cambio repentino de trabajar de día a hacerlo de noche lo tenía agotado; llevaba varios días sin dormir bien.

Sin embargo, aunque lo lógico habría sido caer rendido al terminar el turno, no conseguía dormir y terminaba viendo vídeos sobre medicamentos en YouTube, en busca de cualquier información que pudiera servirle.

Bo-ho negó ligeramente con la cabeza. Aquella mirada tan intensa la incomodaba.

—Mmm… por si no lo tienes del todo claro, aquí no puedes vender medicamentos. Solo los farmacéuticos pueden dispensarlos. Así que limítate a saludar.

El bolígrafo de Hwan-gyeong se detuvo en seco.

Desde que había empezado a trabajar en la farmacia, llevaba días sintiéndose poco más que un bulto detrás del mostrador.

No quedaba ni rastro de Jeong Pyeong-sik, ni un solo indicio de su paso por allí; lo único que hacía era sentarse tras el mostrador y observar cómo Bo-ho se encargaba de la farmacia.

Los días de Bo-ho transcurrían siempre de la misma manera.

Al caer la noche, bajaba del piso superior y abría la farmacia.

Encendía el ordenador del mostrador, iniciaba el programa de gestión y se ponía a limpiar el local, pequeño pero bien provisto.

Después recogía los medicamentos que habían dejado en la puerta trasera, revisaba el inventario y aguardaba la llegada de algún cliente.

Esperaba. Y seguía esperando. La rutina nunca variaba, pero Hwan-gyeong no podía ocuparse de los medicamentos, ni manejar la caja, ni hacer el cierre.

Ni siquiera le permitían limpiar. Una vez intentó coger el plumero y Bo-ho le dio un leve manotazo.

«Eso no es cosa tuya», le dijo. Lo único que tenía permitido era saludar a los clientes.

Sin embargo, más que no poder encargarse de nada, lo que de verdad le pesaba era la mirada de Bo-ho, aquella desconfianza silenciosa que no se molestaba en disimular.

Hwan-gyeong habría querido serle útil, aunque solo fuera un poco.

Pero la farmacia de noche era el territorio de Bo-ho, un mundo que le pertenecía por entero y en el que él no lograba encontrar su sitio.

Se sentía inútil, convertido en un estorbo.

Era una sensación demasiado parecida a la que había experimentado cuando dejó el atletismo.

—Mmm… A ver, vamos a buscar una solución juntos. Alguna habrá.

Pero en la voz del entrenador no había verdadera esperanza.

Hwan-gyeong siempre había sido un velocista excepcional, imbatible en los cien metros.

Era rápido y quería serlo aún más, hasta que aquella ambición acabó pasándole factura.

Se lesionó y sus piernas dejaron de responderle.

De pronto, el muchacho prodigio que siempre cruzaba primero la meta se convirtió en alguien incapaz siquiera de situarse en la línea de salida.

Cuando un joven se quedaba sin rumbo, los adultos solían decirle que seguro había algo para lo que servía.

A Hwan-gyeong, encerrado en casa, se lo repitieron una y otra vez.

Sin embargo, él solo oía lo que aquellas palabras ocultaban: que, por el momento, no servía para nada.

Creía haber dejado atrás aquella época, pero bastaba una ligera molestia en la rodilla para que los recuerdos regresaran.

Ahora podía volver a correr y, aun así, la articulación operada seguía enviándole un hormigueo leve y persistente.

Hwan-gyeong frunció el ceño y se frotó la rodilla.

Bo-ho, sin embargo, ni siquiera pareció advertirlo.

Tampoco se fijó en si había retomado las notas o si el bolígrafo continuaba inmóvil.

Mantenía la vista clavada en la oscuridad de la calle, pendiente de que entrara algún cliente.

Miraba una y otra vez hacia fuera, aunque en el cristal ennegrecido no se reflejaba más que su propia figura.

En el barrio H, sumido en un silencio casi obstinado, hasta la menor novedad acababa convertida en rumor y se extendía como la pólvora.

Como era de esperar, no tardó en correr la noticia de que había una cara nueva en la farmacia de noche: un joven solícito, de trato amable y modales impecables.

El cotilleo, como casi siempre, había empezado en el banco situado frente al supermercado Super Anjeon.

Tanto Ji-hwan, que había acudido en busca de una venda tras torcerse la muñeca durante un ensayo de teatro, como Ran-i, que aparecía cada madrugada, puntual a las cuatro, para comprar algo que le aliviara la resaca, o Jeong-bun, que pasó al cerrar su tienda a las nueve para pedir un parche, coincidieron en lo mismo: resultaba extraño ver a Hwan-gyeong junto a Bo-ho detrás del mostrador.

Nunca antes habían visto a la farmacéutica trabajar acompañada.

Yoon-ui, en cambio, que había entrado a comprar un antiácido como de costumbre después de su turno de noche, no pareció concederle la menor importancia.

O, para ser más exactos, le daba igual que Hwan-gyeong estuviera allí o no.

Al fin y al cabo, no sentía el menor interés ni por el muchacho ni por la farmacia de noche.

En cualquier caso, la llegada de Hwan-gyeong estuvo a punto de convertirse en todo un acontecimiento en el barrio H, pero la novedad apenas tuvo tiempo de correr de boca en boca.

Antes de que nadie pudiera prestarle demasiada atención, ocurrió algo mucho más importante, y el nuevo ayudante de la farmacia quedó relegado de pronto a un segundo plano.

Lo que acabó revolucionando el barrio H fue el rodaje de una película.

Los vecinos no terminaban de creérselo. ¿Qué pintaba un equipo de cine en un lugar como aquel?

¿Dónde pensaban rodar? La explicación, en realidad, era bastante sencilla: habían escogido el barrio precisamente por su aspecto apartado y sombrío.

La película era un thriller y necesitaban rodar una persecución en una zona poco iluminada incluso de noche.

El conjunto residencial del barrio H, sin una sola tienda de conveniencia en los alrededores, reunía todas las condiciones.

Min-gyeong, que llevaba semanas volcada en la búsqueda de localizaciones, sintió por fin un leve alivio al llegar al barrio H.

Después de innumerables objeciones, aquel era el primer lugar que conseguía el visto bueno.

Encontrar una localización adecuada para una película distaba mucho de ser sencillo.

Los espacios que reunían buenas condiciones de rodaje y podían utilizarse sin demasiadas complicaciones ya habían aparecido hasta la saciedad en películas y series.

Los demás solían quedar descartados por algún impedimento: vecinos reacios a conceder permiso, calles demasiado estrechas o falta de espacio para estacionar los vehículos del equipo.

Y ni siquiera dar con un lugar que cumpliera todos los requisitos garantizaba nada.

Cada detalle de una película era el resultado de una larga cadena de propuestas, rechazos, alternativas buscadas a contrarreloj y permisos obtenidos tras largas negociaciones.

Por muchas etapas que hubieran superado, bastaba con que la localización no convenciera al director para que todo el proceso comenzara de nuevo.

Así, después de incontables reuniones y visitas de reconocimiento, acabaron dando con el conjunto residencial del barrio H.

—Uf…

Justo antes de reunirse con el director, famoso por lo exigente que era, Min-gyeong inspiró hondo y dejó escapar el aire lentamente. Aquello se había convertido, desde hacía algún tiempo, en una especie de ritual antes de incorporarse al rodaje.