La farmacia de noche Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Recibimos un aviso. Al parecer, hay miembros de una organización de narcotraficantes operando por esta zona.

—¿Narcotráfico? ¿En este barrio?

—Exacto. Cuesta creerlo, ¿verdad?

Bo-ho arqueó las cejas. Era uno de esos gestos que solía hacer cuando se ponía a pensar.

—Pero usted está en la Brigada de Delitos Graves, no en la de Narcóticos.

—Es cierto, pero esta organización tiene vínculos con los mafiosos a los que llevamos tiempo persiguiendo, así que es una especie de operación conjunta. Por eso antes había tantos agentes por los callejones.

—Ah.

Bo-ho asintió con la cabeza. Conque era eso. Ya le había extrañado que hubiera tantos agentes. Aunque había pasado varios años, recordaba perfectamente cuando Mun-seong se plantó en la farmacia, quejándose de que les faltaba personal.

—El problema es que aún no tenemos claro dónde ni cómo compran y venden la droga. Llevábamos casi un mes vigilando este barrio, y hoy se nos ha ido todo al traste. No solo han descubierto nuestra presencia, sino también que llevamos tiempo apostados en la zona.

—Vaya, qué pena.

Bo-ho dijo esto con una voz ya desprovista de todo interés. Luego añadió en voz baja:

—Ánimo.

A Mun-seong le molestó aquella manera de desentenderse, como si el asunto no fuera con ella. Picado, estaba a punto de replicarle cuando la campanilla de la farmacia tintineó en el local.

Tilín.

Hwan-gyeong, instalado al otro lado del mostrador en lugar de Bo-ho, atendió con una voz alegre y energética.

—¡Buenas noches! ¿Qué medicamento necesita?

«¿Qué ocurre?». A Bo-ho le extrañó que Hwan-gyeong atendiera al cliente sin preguntarle siquiera qué debía hacer.

Se acercó en silencio a la estrecha abertura que comunicaba la sala de elaboración con el mostrador y asomó la cabeza para mirar al otro lado.

Frente al mostrador había un hombre de complexión imponente.

Mun-seong siguió la dirección de su mirada, se inclinó para observar por la misma rendija y se quedó rígido al instante.

Bo-ho notó que se estremecía. «¿Quién demonios será? ».

—No recuerdo haberlo visto antes por aquí.

El hombre, con su voz grave y profunda, observó a Hwan-gyeong con desconcierto.

Bo-ho sintió al instante la misma extrañeza.

En todos los años que llevaba al frente de la farmacia de noche, no recordaba haberlo visto nunca.

Y no era alguien fácil de olvidar: enorme, con el pelo rapado casi al cero y una cicatriz vertical que le descendía desde el lóbulo de la oreja.

Bo-ho tenía, además, una memoria excelente para los rostros; le bastaba con que alguien entrara una sola vez para recordarlo después, y aquella facultad era una de las razones por las que conservaba una clientela tan fiel.

¿Cómo podía saber entonces un desconocido que Hwan-gyeong no trabajaba allí?

Al ver que el inspector vacilaba y no acertaba a responder, Bo-ho salió a intervenir.

—Ah, es el auxiliar que he entrevistado hoy para la farmacia. Después de tanto tiempo llevando esto sola, empezaba a necesitar ayuda. Pero dígame, ¿qué medicamento necesita?

—Ah, bueno… ¿Tienen algo para el resfriado?

—¿Para quién sería?

—Para mí.

Bo-ho lo observó un instante. Aquel hombre parecía rebosar salud, pero no hizo ningún comentario y se volvió hacia los cajones en busca de un antigripal.

Se movió despacio, demorando cada gesto cuanto pudo.

No era una sospecha razonada, sino algo más inmediato, casi instintivo. Aquel hombre era peligroso.

—¿Tiene tos?

—No mucha.

—¿Congestión nasal?

—Deme cualquier cosa.

—No puedo darle cualquier cosa. Necesito saber qué síntomas tiene para ofrecerle el medicamento adecuado. Esa es mi política de trabajo.

El hombre cruzó los brazos y la observó desde su imponente altura sin decir palabra.

Bo-ho no apartó la mirada, como retándolo a que siguiera.

Todo era cuestión de aplomo. A aquellas horas nunca sabía quién podía atravesar la puerta y, para salir airosa, había aprendido una regla elemental: no mostrarse débil.

Aquella firmeza, casi desafiante, era una de sus mejores defensas.

Algunos la tomaban por antipática, pero no le importaba.

Era el precio de no dejar que nadie la intimidara.

—¿Fiebre?

—Ja…

—Si no se encuentra muy mal, se le pasará sin necesidad de tomar nada. Casi le vendría mejor comprarse unas mandarinas y comérselas. A menos, claro, que haya venido por otra cosa.

—Antes he oído sirenas. ¿Qué ha pasado?

Como era de esperar, el hombre preguntó por lo ocurrido. Parecía mucho más interesado en aquello que en cualquier medicamento para el resfriado. Apoyó una mano pesada sobre el mostrador y tamborileó con los dedos.

—Ah, eso… Pues no sabría decirle. Un cliente entró de repente, se desplomó en mitad de la farmacia y nos dio un susto de muerte.

Mi auxiliar salió a pedir ayuda y, por una de esas casualidades, aparecieron varios policías para hacerse cargo de la situación.

Ya ve, parece que se toman muy en serio la seguridad del barrio.

Bo-ho respondió encogiéndose de hombros, como si no supiera nada.

—¿Y no dijo cómo había acabado así?

—Qué va. Apenas podía hablar. Y créame, en todos los años que llevo al frente de esta farmacia, no recuerdo haber visto entrar a nadie en semejante estado.

—Entonces, ¿adónde se llevaron a ese cliente?

—No tengo ni idea. Pero, si se lo llevó la policía, supongo que estará en buenas manos.

—Ah, ¿se lo llevó la policía?

—Sí. Imagino que, con las sirenas puestas, era más rápido trasladarlo ellos mismos que esperar a una ambulancia.

Hwan-gyeong, todavía inclinado junto al mostrador, tragó saliva. En la sala de elaboración, Mun-seong también escuchaba la conversación entre Bo-ho y aquel hombre, inmóvil junto a la rendija, sin atreverse a apartar la vista.

—¿Era eso lo que quería saber? —preguntó Bo-ho con voz impasible.

El hombre no respondió. Se limitó a coger una caja de tiritas del expositor. Los medicamentos se guardaban detrás del mostrador; al alcance de los clientes solo había parches, tiritas y tónicos.

—Me llevo esto. ¿Cuánto es?

—Tres mil wones.

El hombre dejó el dinero sobre el mostrador y se marchó.

Tilín.

Tras él solo quedó el tintineo de la vieja campanilla, suspendido unos instantes en el aire.

La tensión que había atenazado la farmacia se deshizo de golpe.

Hwan-gyeong, que había permanecido rígido durante toda la conversación, se apoyó en el mostrador y dejó escapar por fin el aliento.

Mun-seong asomó apenas la cabeza desde la sala de elaboración y recorrió el local con la mirada, como para cerciorarse de que el hombre se había marchado de verdad.

Bo-ho, en cambio, se limitó a encogerse de hombros, desconcertada.

—¿Quién es ese para que os pongáis así?

—Jeong Pyeong-sik. El segundo al mando de la organización que estamos persiguiendo —respondió Mun-seong en voz baja.

Hwan-gyeong asintió con gravedad. Llevaban un mes vigilando la zona sin encontrar el menor rastro de él. Si había detectado el alboroto y se había presentado en persona en la farmacia, las sospechas cobraban fuerza: su guarida tenía que estar en H-dong.

«¿Lleva un mes escondido para aparecer ahora por un simple crío al que se han llevado al hospital?».

La mente de Mun-seong empezó a atar cabos. Había algo en todo aquello, una posibilidad que comenzaba a perfilarse.

Bo-ho, en cambio, dio el asunto por zanjado con un breve asentimiento y se volvió hacia los dos.

—Bien, ya sé lo que quería saber. Ahora pueden marcharse.

Mun-seong no se movió. Se quedó pensativo, con una mano en la barbilla. Poco a poco, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios. Acababa de ocurrírsele algo.

—No. Esto aún no ha terminado.

—¿Cómo que no? ¿No debería volver al trabajo? Esa organización a la que llevan tanto tiempo siguiendo ya sabe que la vigilan, así que saque a sus hombres de mi farmacia cuanto antes y busque otra forma de continuar la operación.

—¿Y por qué crees que ese tipo ha venido hasta aquí? Quería comprobar qué estaba pasando.

Bo-ho dejó escapar un suspiro. A saber qué se le habría ocurrido ahora a aquel hombre.

Después de lo ocurrido doce años atrás, Mun-seong había empezado a pasarse por la farmacia cada vez que tenía un rato libre.

No había un motivo en particular: decía que estaba de patrulla y que solo había entrado a descansar un momento.

La farmacia acababa de abrir por aquel entonces, y fue él quien llevó allí aquellas sillas, con el pretexto de que necesitaba un sitio donde sentarse durante sus visitas.

Pero una amabilidad que nadie ha pedido puede acabar convirtiéndose en una intromisión, y Bo-ho terminó dejándole claro que no volviera a hacer nada parecido.

No es que no comprendiera su preocupación.

La comprendía, al menos con la cabeza. Sin embargo, cada visita de Mun-seong le recordaba lo mismo: había sobrevivido sola. Y sola seguía.

—Señor, deje de venir.

—¿No es mejor esto que estar sola?

—Si viene a todas horas, no hace más que recordarme lo sola que estoy. Venga solo cuando lo necesite. O cuando yo lo llame.

Pero Bo-ho no lo llamó ni una sola vez. Mun-seong, aun así, seguía apareciendo de vez en cuando.

Abría la puerta de la farmacia, entraba y se sentaba en una de aquellas sillas como si tuviera todo el derecho del mundo.

Era tenaz hasta resultar exasperante. A veces, para eludir la mirada suspicaz de Bo-ho —que, en cuanto lo veía aparecer, ya le preguntaba a qué había venido—, se colaba detrás de algún cliente.

Una vez dentro, empezaba a contar historias de toda clase.

Y cuando se enfrascaba en relatar, con más entusiasmo del necesario, los casos que había resuelto, Bo-ho tenía que contenerse para no taparse los oídos.

—¿De verdad puede ir por ahí contando cosas de sus casos tan alegremente? ¿Quiere que lo denuncie?

—De todas formas, tampoco tienes a nadie a quien contárselo.