La farmacia de noche Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Bo-ho se acordó de Da-in, que había pasado por allí hacía cosa de un mes.

También él se había sentado en aquella silla y se había quedado un buen rato antes de marcharse.

Quizá debería deshacerse de ella, pensó, aunque ni siquiera la había comprado ella.

Tiempo atrás, un hombre la había llevado con el pretexto de tener un sitio donde sentarse cuando pasara por la farmacia.

En realidad, lo normal era que los clientes entraran, compraran lo que necesitaban y se marcharan.

Pero la dichosa silla había terminado sirviendo para todo lo contrario: quienes se sentaban en ella siempre acababan quedándose más de la cuenta.

Hwan-gyeong se recostó en la silla y cerró los ojos.

«Eso es cosa del dolor, no de haberse espabilado».

Las palabras de la farmacéutica seguían resonándole en la cabeza.

Dolor… Siempre había creído que, si había llegado a ser inspector, se lo debía en parte a aquel bálsamo líquido que le había permitido soportar interminables horas de estudio y las clases más soporíferas.

Sin embargo, al escucharla, comprendió de pronto algo que nunca se había planteado.

Tal vez aquel producto no le había servido para espabilarse, sino para castigarse a sí mismo.

Aquellos años habían estado marcados por la ansiedad, por el miedo a quedarse atrás frente a los demás aspirantes y por una vergüenza sorda que se empeñaba en ocultar.

«Sí. Por aquel entonces no hacía más que castigarme».

El bálsamo apenas le servía para mantenerse despierto, pero aun así seguía aplicándoselo por pura inercia.

Después de escuchar a la farmacéutica, no pudo evitar pensar que había malgastado el dinero.

Hwan-gyeong aferró el frasco de dos mil cuatrocientos wones y cerró los ojos.

Bo-ho lo observó, dejó escapar un suspiro y consultó el reloj de la pared.

«Diez minutos. ¡Ni uno más!», pensó. En la farmacia no se oía más que el tictac del segundero.

Cuando faltaba poco para que se cumplieran los diez minutos, Bo-ho pensó que ya era hora de despertar a aquel cliente tan extraño, pero no sabía muy bien cómo hacerlo.

¿Con una palmada? ¿Con un carraspeo? ¿Dejando sonar una notificación del móvil con el volumen al máximo?

Mientras aún dudaba entre una opción y otra, el reloj marcó las tres de la madrugada.

En ese instante, una mano ensangrentada se aferró al pomo de la puerta.

Un joven cubierto de heridas entró tambaleándose y, apenas cruzó el umbral, se desplomó sobre el suelo.

¡Pum!

La calma de la farmacia se quebró de golpe.

Bo-ho apartó la portezuela del mostrador y salió a toda prisa, mientras Hwan-gyeong, que apenas había empezado a adormecerse, abría los ojos sobresaltado al oír el cuerpo desplomarse contra el suelo.

Bo-ho corrió hasta el muchacho y lo volvió con cuidado para dejarlo boca arriba.

No sabía dónde le habían golpeado, pero tenía el rostro cubierto de sangre, como si acabaran de darle una paliza.

Solo lo reconoció por el uniforme escolar y por el nombre bordado en la etiqueta: Yoo Da-in.

Entonces recordó el rostro limpio y sereno del chico que había pasado por allí hacía cosa de un mes.

Jamás habría imaginado volver a verlo así, tan desfigurado que apenas quedaba rastro de aquel muchacho de tez clara y aspecto pulcro.

Una sensación de impotencia empezó a apoderarse de ella.

«Otra vez», pensó. «Está pasando otra vez.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que ocurrir algo así?

». Miró la sangre que le manchaba las manos y sintió que el suelo cedía bajo sus pies.

Entonces Hwan-gyeong abrió de golpe la puerta de la farmacia y gritó pidiendo ayuda hacia la calle oscura, hacia el callejón desierto.

—¡Ayuda!

Por mucho que gritara, la ayuda no iba a aparecer de la nada.

Sin embargo, aquel grito, agudo y desesperado, bastó para sacar a Bo-ho de su estupor.

Se inclinó sobre Da-in y comprobó primero que respiraba.

Ya iba a llamar al 112 cuando, de pronto, varios coches aparcados en los callejones cercanos encendieron las sirenas uno tras otro y se dirigieron hacia la farmacia.

Bo-ho se quedó inmóvil, con el dedo suspendido sobre la pantalla.

«¿Qué…? ¿Quién demonios era aquel hombre?

». De uno de los vehículos que acababan de rodear la farmacia bajó un hombre de mediana edad cuyo rostro le resultaba familiar.

Bo-ho lo reconoció en cuanto sus miradas se cruzaron.

Él también pareció reconocerla y la saludó con un leve asentimiento.

Luego el hombre entró en la farmacia, y Hwan-gyeong lo llamó desde el interior.

—¡Jefe…!

¿Lo llamaba jefe? Bo-ho no terminaba de entender qué estaba pasando.

¿Acaso aquel cliente tan extraño era inspector?

El hombre de mediana edad le hizo a Hwan-gyeong un gesto discreto para indicarle que no se acercara; al ver que su superior fingía no conocerlo, Hwan-gyeong se detuvo en seco y se quedó pegado a la pared de la farmacia.

El hombre se acercó a Bo-ho, que seguía junto a Da-in, tendido en el suelo.

—Cuánto tiempo sin verte.

—Ya lo creo, señor. No tengo ni idea de qué está pasando, pero este chico tiene que ir al hospital ahora mismo…

—Lo sé.

Con un simple gesto, el hombre indicó a los demás policías que levantaran a Da-in del suelo.

Entre varios lo sacaron de la farmacia y, al pasar junto a Hwan-gyeong, que seguía apoyado contra la pared, le lanzaron una mirada fulminante.

Esta vez sí que estaba acabado. Pero ¿qué se suponía que debía haber hecho?

Le habían ordenado que pidiera refuerzos siempre que los necesitara, y un muchacho cubierto de sangre acababa de desplomarse a sus pies.

Si aquello no era una emergencia de verdad, ¿qué podía serlo?

El hombre de mediana edad se volvió entonces hacia Bo-ho y le pidió discretamente:

—¿Te importaría prestarme la farmacia un momento?

Los coches que habían irrumpido con las sirenas encendidas desaparecieron de los callejones en cuestión de segundos.

Bo-ho volvió a colocarse detrás del mostrador, como si nada hubiera ocurrido.

Los agentes que se habían llevado a Da-in le habían confirmado que había llegado bien al hospital y que ya estaba en manos de los médicos.

Había perdido mucha sangre, pero lo habían atendido a tiempo y su vida no corría peligro.

Bo-ho apenas acababa de dejar escapar un suspiro de alivio cuando, desde la trastienda, le llegó el quejido ahogado de Hwan-gyeong.

La sala de elaboración, oculta tras un biombo al fondo del mostrador, estaba destinada a preparar los medicamentos con receta y a organizar los productos de uso diario.

En aquel momento, sin embargo, se había convertido en el escenario de una conversación bastante tensa entre Mun-seong, jefe de la Brigada 1 de Delitos Graves, y Hwan-gyeong, el inspector novato.

Mun-seong le asestó a Hwan-gyeong una patada seca en la espinilla, sin alzar la voz. Habló en un tono bajo, casi sereno, que solo hacía la reprimenda más intimidante.

—Te dije que podías pedirme ayuda cuando la necesitaras. ¿Pero qué te hizo pensar que debías salir a gritarlo a pleno pulmón?

—Es que… la víctima estaba perdiendo mucha sangre y…

—¿Y qué? ¿Era esa víctima el delincuente al que estábamos buscando?

Tendrías que haber llamado al 112 o haberle dado primeros auxilios, ¡y ya está!

¿Sabes lo que acabas de hacer? Ha sido como plantarte en mitad del barrio y anunciarles a esos cabrones que la policía los tiene vigilados. ¿Te enteras?

Mun-seong levantó su mano ancha y pesada con intención de descargarla sobre la cabeza de Hwan-gyeong, pero entonces Bo-ho se asomó en silencio a la trastienda.

—Nada de violencia. No les he prestado mi farmacia para eso.

Mun-seong bajó el brazo despacio y miró a Bo-ho de reojo. Ella seguía clavándole esa mirada capaz de intimidar a cualquiera.

—¿Nos ha visto?

—Hay cámaras en el mostrador. ¿O es que se cree que tengo ojos en la nuca?

Mun-seong miró disimuladamente hacia el techo y comprobó que, en efecto, había una cámara apuntando en su dirección.

Bo-ho entró entonces en la sala y vio a Hwan-gyeong encogido contra la pared, completamente abatido.

Más que un inspector, parecía un novato recién incorporado al trabajo al que acababan de echarle una bronca monumental.

Al parecer, había entrado en la farmacia para descansar un momento mientras trabajaba de incógnito.

Bo-ho decidió incluso pasar por alto el olor rancio que llevaba un rato percibiendo.

Después de todo, con aquel grito de auxilio, Hwan-gyeong prácticamente había anunciado a los cuatro vientos que la policía vigilaba el barrio, de modo que la reprimenda era más que merecida.

Pero una cosa era regañarlo y otra muy distinta golpearlo.

Al menos, dentro de la farmacia de Bo-ho.

—Les he prestado mi farmacia, así que tendrá que explicarme qué ha ocurrido. De lo contrario, los denunciaré por entorpecer mi trabajo.

—Soy inspector.

—¿Y eso le da derecho a obstaculizarme?

Mun-seong sostuvo la mirada fría de Bo-ho y comprendió que no le quedaba más remedio que hablar.

—¿Está segura de que podemos confiar en él?

Bo-ho pidió a Hwan-gyeong que se ocupara un momento del mostrador y se quedó a solas con Mun-seong en la sala de elaboración.

—La campanilla suena cada vez que alguien abre la puerta. Si la escucha, sal a atender.

—Es novato. Nunca se había visto en una situación así…

—Es comprensible. Parece joven. En fin, ¿qué está pasando? ¿Por qué va vestido de paisano? No me diga que se trata de un robo.

—No. No es un robo.

Mun-seong dudó un instante. Bo-ho le dirigió una mirada glacial, y aquella vieja culpa volvió a removerse en su interior. Al final, decidió no ocultarle nada y le explicó lo ocurrido sin rodeos.