La farmacia de noche Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Piénsalo, Bo-ho. Quienes acuden a nosotros suelen estar enfermos, heridos o preocupados por alguien.

Llegan nerviosos, asustados, a veces incluso a la defensiva.

No siempre se expresan bien ni reaccionan como cabría esperar.

Por eso somos nosotros quienes debemos conservar la calma.

Solo así podremos entender qué necesitan y ofrecerles el tratamiento adecuado.

—Puede ser, pero sigo pensando que conocer bien los medicamentos es más importante que tener paciencia.

El viejo farmacéutico esbozó una leve sonrisa.

—¿Por qué sonríe? ¿No está de acuerdo?

—No, en absoluto. Es solo que me recuerdas a mí mismo, Bo-ho.

Yo también pensaba así. Pero una farmacia de barrio es muy distinta de un hospital.

Aquí no vendrán pacientes de urgencias ni personas recién operadas.

Lo que más venderás serán parches, antiácidos y analgésicos corrientes.

Habrá quien se levante la camiseta para pedirte que le pongas un parche en la espalda, quien te pida que le abras un frasco porque no tiene fuerzas ni para girar la tapa, o quien solo necesite un vaso de agua para tomarse una pastilla.

La gente llegará con los hombros agarrotados por la tensión, el estómago revuelto por los nervios o un dolor que lleva horas soportando porque no ha podido detenerse antes.

Por eso, Bo-ho, no basta con dispensar medicamentos.

A veces también hay que ofrecer un poco de humanidad.

Por aquel entonces, Bo-ho no acababa de comprender a qué se refería.

¿Cómo se ofrecía algo tan intangible? ¿Y qué ocurría si la otra persona ni siquiera se daba cuenta de que lo había recibido?

Le parecía poco razonable entregar algo que no podía medirse ni envolverse, sobre todo si nadie garantizaba que algún día se lo devolverían.

Y, sin embargo, había algo en el viejo farmacéutico que le hacía pensar que sabía perfectamente de qué hablaba.

—Entonces supongo que venderme este edificio también ha sido un gesto de amabilidad por su parte, doctor.

El viejo farmacéutico se limitó a sonreír, y Bo-ho continuó con toda naturalidad.

—La verdad es que jamás habría imaginado que podría comprar un edificio como este por tan poco dinero.

Y era cierto. Llevaba tiempo buscando una farmacia y un nuevo hogar, pero nunca había pensado que pudiera encontrar en Seúl un lugar que reuniera ambas cosas y que, además, estuviera a su alcance. La oferta del anciano había sido como un rayo de luz en mitad de una búsqueda interminable.

—En ocasiones necesitamos que alguien nos recuerde que los sueños también pueden hacerse realidad —respondió el viejo farmacéutico—. Considéralo un golpe de suerte.

Y no le faltaba razón. Que Bo-ho hubiera podido comprar, siendo aún tan joven, un edificio entero de dos plantas, con la farmacia abajo y una vivienda arriba, había sido un verdadero golpe de suerte.

También lo había sido encontrarse con un farmacéutico tan generoso como aquel anciano.

Pero no todo se lo debía al azar. Bo-ho llevaba mucho tiempo buscando un lugar propio y había recorrido sin descanso los barrios más antiguos de la ciudad, siguiendo pistas inciertas y visitando locales que nunca terminaban de encajar, hasta que aquel edificio apartado, en lo alto de la colina, apareció ante ella como si hubiera estado aguardándola.

La verdad era que Bo-ho soñaba con abrir su propia farmacia desde que había empezado a trabajar en el hospital.

Cada vez que aparecía un local disponible, corría a visitarlo con la esperanza de que, por fin, fuera el adecuado.

Pero siempre surgía algún obstáculo: una ubicación poco conveniente, un precio imposible, otro comprador que se adelantaba o una duda que llegaba en el peor momento.

Aun así, nunca dejó de buscar. Necesitaba un espacio propio, un lugar en el que pudiera sentirse a salvo junto a las personas que quería, un hogar que le perteneciera de verdad.

Se había convencido de que era responsabilidad suya construir aquel refugio.

Y, después de tanto ir de un lado a otro persiguiendo ese sueño, la generosidad del viejo farmacéutico y aquel edificio apartado habían llegado a su vida como la receta que necesitaba.

De aquello habían pasado ya más de diez años.

Por desgracia, la amabilidad que él había tratado de enseñarle no había tardado tanto en caducar.

—¡Un analgésico de roll-on, por favor!

Hwan-gyeong estaba tan aturdido que ni siquiera se había dado cuenta de que había abierto el envase y empezado a aplicárselo antes de pagar.

El mundo entero se le desdibujaba ante los ojos.

Si los cerraba un instante, estaba seguro de que se quedaría dormido allí mismo, de pie.

Llevaba siete noches seguidas vigilando aquel lugar sin apenas descansar.

Aplicarse analgésico bajo los ojos era una costumbre que Hwan-gyeong creía haber dejado atrás.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que recurría a aquel roll-on casi a diario.

Cuando era joven, se había visto obligado a abandonar el atletismo, al que había dedicado tantos años, y cambiar la línea de meta por un escritorio estrecho y los exámenes de acceso al cuerpo de policía.

Para alguien cuya vida había transcurrido corriendo en círculos, con la vista fija en el carril y la meta, permanecer horas sentado resultaba un auténtico suplicio.

Encerrado en la diminuta habitación de un goshiwon ‡ sin una sola ventana, pasaba los días luchando contra bostezos interminables y aplicándose una y otra vez aquel roll-on bajo los ojos para mantenerse despierto.

Ahora, después de siete noches seguidas de vigilancia, volvía a tenerlo entre las manos, aunque el viejo truco apenas surtía efecto.

«¿Me habré vuelto inmune a esta mierda?», se preguntó.

Había cosas a las que uno se acostumbraba enseguida y otras que parecían imposibles de soportar, por muchas veces que se repitieran.

Hwan-gyeong siempre había pensado que aquel escozor pertenecía al segundo grupo, pero, al parecer, incluso el dolor más intenso acababa reduciéndose a un simple cosquilleo.

Entonces recordó una película que había visto años atrás, en la que el protagonista utilizaba algo parecido para ahuyentar a un alienígena, aunque no lograba acordarse de si funcionaba.

Absorto en aquellos recuerdos de juventud y en la mueca ridícula que hacía al frotarse el producto bajo los ojos, no advirtió que Bo-ho lo contemplaba con la boca entreabierta, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—Yo intentaría dormir, aunque solo fueran diez minutos —dijo Bo-ho.

Hwan-gyeong no supo si aquello era una muestra de preocupación o una forma poco sutil de echarlo de la farmacia.

—Pero si he comprado esto precisamente para mantenerme despierto…

Bo-ho frunció el ceño.

—Pues no sirve para eso. Es un analgésico y antiinflamatorio de uso tópico, indicado para aliviar contusiones y dolores musculares. No para restregárselo debajo de los ojos y espabilarse. Lo está usando mal.

Mientras hablaba, se señaló un ojo con el dedo y añadió:

—Y no debería tomárselo a la ligera. Si le entra en los ojos, podría dañarle la retina. Que se venda sin receta no significa que sea inofensivo.

—¿De verdad? Pues a mí me hace más efecto cuando me lo aplico directamente sobre los párpados.

—Entonces debería hacer caso a su cuerpo, ¿no cree? Si tiene sueño, lo que necesita es dormir. Solo así podrá recuperarse.

Con los ojos enrojecidos, Hwan-gyeong volvió la vista hacia el reloj de pared. Eran las 2.50 de la madrugada. Bo-ho, en cambio, tenía la mirada tan despejada como si fuera pleno mediodía.

—Entonces, ¿usted cómo lo hace? —preguntó—. ¿Cómo consigue mantenerse despierta toda la noche en la farmacia?

—Duermo profundamente durante el día —respondió Bo-ho con total naturalidad—.

Tengo el horario cambiado, nada más. Así que duerma un poco ahora, aunque solo sean diez minutos.

No sirve de nada obligarse a seguir despierto.

Puede que al frotarse eso en los ojos recupere algo de lucidez, pero no es más que una reacción al dolor; el sueño sigue ahí.

«Si el cerebro se volvía más lento, ¿no le ocurriría lo mismo al cuerpo?

». Hwan-gyeong movió sin pensar el tobillo derecho y la articulación crujió.

Aquel día había logrado dormir profundamente por primera vez en mucho tiempo.

Tal vez por eso había conseguido correr a toda velocidad, incluso medio dormido.

Para alguien que había llegado a creer que jamás volvería a hacerlo, aquel instante fue como despertar de un largo letargo: todos sus sentidos cobraron vida, hasta el punto de que aún recordaba el olor del aire de aquella noche, los latidos desbocados de su corazón y las gotas de sudor que le resbalaban desde la coronilla hasta la barbilla.

Aquella noche, Hwan-gyeong se enfrentó por primera vez a la muerte. Había sido una muerte muy silenciosa.

—Pero en diez minutos puede pasar cualquier cosa. Los accidentes ocurren en un abrir y cerrar de ojos. Todo puede cambiar en una fracción de segundo.

Bo-ho pensó que aquel hombre no iba a dar su brazo a torcer.

—Lo único que puedo decirle es lo mismo que antes: váyase a casa y duerma de una vez.

Bo-ho estaba convencida de que, después de hablarle con tanta firmeza, Hwan-gyeong se marcharía enseguida. Sin embargo, en lugar de salir de la farmacia, se dejó caer pesadamente en una de las sillas.

—Entonces, ¿puedo quedarme aquí unos diez minutos?