Capítulo 1
Medicamento del día Evítese el contacto con los ojos
La Farmacia de noche era un establecimiento bastante conocido en el barrio H.
Su fama se debía a su peculiar horario: abría exactamente al caer el sol, a una hora distinta cada día, y cerraba al amanecer.
Mientras hubiera luz, la puerta permanecía cerrada por más que alguien llamara, aporreara el cristal o pidiera a gritos que le abrieran.
Pero, en cuanto anochecía, la farmacia encendía sus luces y aguardaba en silencio a cualquiera que pudiera necesitarla.
El único negocio de los alrededores era el Super Anjeon, una pequeña tienda de ultramarinos situada en la esquina de enfrente.
El barrio H era una zona tranquila, de calles poco transitadas y edificios residenciales.
Sin embargo, bastaba con recorrer la distancia de una parada de autobús para que el paisaje cambiara por completo.
Hacia la derecha se extendía una avenida repleta de restaurantes y bares; hacia la izquierda, un enorme mercado tradicional que cobraba vida al amanecer.
Entre ambos bullicios, el barrio permanecía sumido en una oscuridad serena, iluminado únicamente por el resplandor de la farmacia.
Tal vez por eso su luz destacaba tanto. Al fin y al cabo, cuanto más oscuro es un lugar, más brilla cualquier destello.
Cuando el sol desaparecía tras el horizonte y el cielo se volvía negro azabache, Bo-ho accionaba el pequeño interruptor situado junto al mostrador.
Al instante, las luces del exterior se encendían una tras otra y bañaban la calle con su resplandor.
Las había instalado ella misma, poco a poco, hasta reunir un total de ocho.
Podía parecer un lujo excesivo para un negocio que apenas lograba mantenerse a flote, pero Bo-ho llevaba doce años resistiendo allí y estaba decidida a seguir haciéndolo, costara lo que costase.
—Solo aguanta porque es dueña de todo el edificio.
Las palabras las había pronunciado uno de los ancianos sentados en el pyeongsang, * la tarima elevada situada frente al Super Anjeon, mientras contemplaba el escaparate a oscuras.
La tienda de ultramarinos llevaba más de treinta años en aquel mismo lugar, justo enfrente de la Farmacia de noche.
Era uno de esos comercios de barrio que funcionaban con una filosofía sencilla: lo que había, se vendía; lo que no, no hacía falta.
Jeong-bun, su propietaria desde hacía tres décadas, se negaba a llenar las estanterías solo para que parecieran más abundantes.
Su lema era no complicarse la vida y vender únicamente aquello de lo que disponía.
Con el paso de los años, el Super Anjeon, al que cuidaba como a un hijo, se había convertido en toda una institución del barrio H y en el punto de reunión habitual de los vecinos de más edad.
Cada día, los ancianos se congregaban en la tarima de la entrada.
La oficina del distrito había inaugurado hacía poco un centro para mayores, pero se encontraba al pie de la colina sobre la que se alzaba el barrio, y ninguno estaba dispuesto a bajar hasta allí para luego enfrentarse a la cuesta de regreso.
Así fue como el Super Anjeon acabó convirtiéndose en el centro de mayores improvisado del barrio y, de paso, en el lugar donde nacían y circulaban todos los cotilleos.
La Farmacia de noche, situada justo enfrente y a la vista de todos, no tardó en convertirse en uno de sus temas predilectos.
Mientras se calentaban las manos junto al viejo calefactor que Jeong-bun había colocado al lado de la tarima, los ancianos alzaban la vista hacia el edificio de dos plantas del otro lado de la calle, calculaban cuánto podía valer y discutían acaloradamente sobre cómo una mujer tan joven había logrado hacerse con él.
—¿Cómo demonios consiguió comprar ese edificio?
—Ay, ¿es que todavía no te has enterado? En ese edificio murieron dos personas, ni más ni menos.
—¿Qué? ¿Hubo un asesinato? ¿Aquí, en nuestro barrio?
—Fue espantoso. El suelo parecía un mar de sangre. Daba escalofríos —aseguró uno de los ancianos más exaltados.
Jeong-bun acababa de salir de la tienda con una bandeja de garaetteok † recién tostados sobre un pequeño hornillo de gas cuando escuchó aquel comentario.
Por poco se le cayó al suelo; pero logró contenerse, se acercó al que encabezaba el corrillo y le propinó un buen golpe en la espalda.
El anciano soltó un quejido y la fulminó con la mirada, aunque no se atrevió a replicar: Jeong-bun era cuatro años mayor que él.
—¡Ya está bien de contar tonterías, jovencito! Y más tú, que no llevas ni diez años viviendo aquí.
—¡Lo juro! Se lo oí al hombre que vive calle abajo, por allí…
Antes de que pudiera terminar, Jeong-bun le metió en la boca un garaetteok todavía caliente.
—Come y calla.
Después fue repartiendo los demás pasteles de arroz, aún humeantes, entre el resto de los ancianos.
Sin embargo, ni siquiera el garaetteok con el que Jeong-bun había intentado hacerlos callar consiguió frenar los comentarios.
Primero se preguntaron cómo podía ganarse la vida la farmacéutica con un negocio semejante; después, alguien aseguró que cada noche parecía esperar a una persona en particular.
De ahí pasaron al rumor de que sus parches para el dolor obraban milagros porque era capaz de ver los fantasmas que la gente llevaba prendidos a los hombros.
Luego concluyeron que debía de padecer una enfermedad grave, pues tenía la piel tan pálida como la nieve, y acabaron discutiendo sobre cuándo demonios pensaba casarse aquella joven.
La conversación se alargaba y se retorcía sin fin, como los propios garaetteok, y aunque los ancianos podían pasar horas enteras haciendo conjeturas, nadie conocía la verdad sobre la farmacia.
Al fin y al cabo, Choi Bo-ho nunca salía del apartamento que ocupaba en la segunda planta hasta que caía el sol y llegaba el momento de abrir.
—Ahora que lo pienso, ¿cuántos años tendrá?
—Cuando abrió la farmacia era casi una niña, así que ahora debe de andar por los cuarenta.
—Ay, qué joven.
—Pues a mí esa chica me da un poco de miedo.
—A mí también. Tiene algo extraño en la mirada, ¿no?
—Mientras sus parches sigan funcionando tan bien, a mí me da igual.
Los ancianos siguieron charlando y riendo en la tarima hasta que el frío empezó a calarles y fueron levantándose uno tras otro para regresar a sus casas. La farmacia de noche, sin embargo, permaneció a oscuras hasta que el sol terminó de ocultarse.
Como cada tarde, en cuanto empezaba a oscurecer, la luz con sensor de la planta superior parpadeaba y se encendía después de haber permanecido apagada todo el día.
Era la señal de que Bo-ho, aquella farmacéutica a la que todos en el barrio H conocían pero de la que nadie sabía gran cosa, acababa de salir de casa.
Alta y delgada, bajaba la empinada escalera de piedra del viejo edificio vestida únicamente con su bata blanca, sin abrigo pese al frío del invierno.
Su media melena, ligeramente ondulada, se mecía con cada paso.
Al llegar a la planta baja, levantaba la persiana metálica de la farmacia.
Treinta segundos. Eso era todo lo que tardaba en llegar al trabajo.
Como vivía justo encima, nunca se molestaba en abrigarse para un trayecto tan breve.
Los vecinos, sin embargo, veían en aquella costumbre algo inquietante y murmuraban que tenía un aspecto enfermizo, incluso que quizá no fuera del todo humana.
Bo-ho nunca se molestaba en corregirlos, aunque tampoco nadie se habría atrevido a preguntarle.
Su expresión seria y su mirada poco amable solían resultarle útiles: bastaban para que nadie la tomara a la ligera.
También mantenían a raya las preguntas indiscretas, incluida la que más curiosidad despertaba en el barrio: cómo había llegado a ser la propietaria de todo el edificio.
Lo irónico era que, si alguien se hubiera atrevido a preguntárselo, ella habría respondido sin ningún inconveniente.
Mucho antes de que Bo-ho se hiciera cargo de la Farmacia de noche, el establecimiento había pertenecido a un farmacéutico de más de setenta años.
La planta baja albergaba el local, mientras que en la superior había un pequeño apartamento con dormitorio, sala de estar y una cocina estrecha, suficiente para una sola persona.
Unos diez años atrás, al entregarle las llaves del edificio, el anciano le había dicho:
—Me prometí que dejaría el oficio cuando ya no pudiera bajar estas escaleras sin esfuerzo —había dicho el viejo farmacéutico—. Y parece que ha llegado el momento. Aunque, para alguien joven, no existe un trayecto al trabajo más cómodo: treinta segundos y ni un solo atasco.
Bo-ho, que por entonces trabajaba como farmacéutica en un hospital universitario, había asentido sin pensárselo.
Cada día empleaba más de dos horas en ir y volver del trabajo, y el trayecto en metro era, con diferencia, la parte que más detestaba.
A la hora punta viajaba embutida en vagones abarrotados, como una sardina en lata, y, cuando el tren se internaba en la oscuridad de los túneles, las ventanillas reflejaban una sucesión de rostros exhaustos y vacíos.
Nadie parecía conservar fuerzas para sonreír.
Tampoco ella. Frente a aquello, tardar apenas treinta segundos en llegar al trabajo le parecía casi un sueño.
—Cuando uno está agotado, resulta difícil ser amable —dijo el viejo farmacéutico—. Y en nuestro oficio la amabilidad importa más de lo que parece.
—¿En nuestro oficio? ¿Por qué lo dice? —preguntó Bo-ho, ladeando la cabeza.
Para ella, un farmacéutico debía, ante todo, conocer bien los medicamentos y saber actuar con rapidez y precisión. En un hospital, donde las recetas se acumulaban sin descanso, no había demasiado margen para la serenidad ni para las delicadezas.