Prólogo #3
Mantuvo la sonrisa, para restarle importancia al asunto.
Bo-ho reparó entonces en el cuello arrugado de la camisa del uniforme, que asomaba bajo una chaqueta pulcra y bien puesta.
Las heridas y el pasado de las personas eran así: por mucho que uno se esforzara en ocultarlos, siempre encontraban alguna rendija por la que salir a la luz.
Como aquella camisa desaliñada bajo una chaqueta impecable, la historia que el muchacho llevaba a cuestas terminaba delatándose por algún detalle. Bo-ho decidió cambiar de tema.
—Por cierto, ¿por qué sigues llevando el uniforme si te has fugado? Ninguno de los otros chicos iba vestido así.
—No lo sé. Dejé el instituto justo antes de graduarme, pero ahora que ya no voy a clase es cuando más me apetece ponérmelo.
—Qué chico tan raro eres.
Al oírla, Da-in se acomodó la chaqueta del uniforme y esbozó una sonrisa tímida.
En una de sus mejillas apareció lo que, a primera vista, parecía un hoyuelo.
En realidad, no era un hoyuelo, sino una pequeña cicatriz que, al sonreír, se marcaba justo en el mismo lugar.
Bo-ho se dio cuenta enseguida: después de tantos años viendo heridas a diario en la farmacia, sabía reconocerlas incluso cuando se confundían con otra cosa.
—Sí. Supongo que, si hubiera aguantado un poco más, me habría graduado.
—Seguro que tendrías tus motivos —respondió Bo-ho sin darle demasiada importancia, mientras rebuscaba en los cajones que había detrás del mostrador, como si acabara de recordar algo.
La sonrisa tímida de Da-in se fue apagando.
Alzó la vista hacia el reloj de pared, no porque quisiera saber la hora, sino porque necesitaba algún lugar donde posar los ojos.
El segundero avanzaba sin descanso, sin vacilar ni desviarse jamás.
¿De verdad había tenido algún motivo para no aguantar un poco más?
¿O simplemente no había sido lo bastante fuerte?
Tal vez debería haberse quedado en casa y haber soportado aquella mirada.
Entonces regresó, de golpe, el recuerdo del ardor en la mejilla.
La llama de la vela de cumpleaños rozándole la piel.
Da-in pensaba —o quería pensar— que había sido su hermano, aunque no estaba del todo seguro.
Lo consideraba como tal y deseaba con todas sus fuerzas que lo fuera, incluso si la realidad decía otra cosa. Se llevó una mano a la cicatriz.
El segundero continuaba avanzando, tictac.
Aún no había amanecido. Da-in permaneció inmóvil, contemplando la oscuridad al otro lado del escaparate.
En el cristal solo se reflejaba la figura de un adolescente exhausto y desaliñado.
Mientras huía, todo había estado tan oscuro que su único deseo era encontrar un lugar iluminado.
Pero, al recobrar el aliento, comprendió que aún seguía huyendo.
Se había refugiado en aquella farmacia para escapar de la oscuridad, solo para descubrir que había entrado en otra distinta. Su reflejo seguía teñido de negro.
—¡Ajá! Aquí está —exclamó Bo-ho, triunfante.
Al oír su voz, Da-in se volvió hacia Bo-ho, que le tendía un pastelito de yanggaeng. ‡
—¿Y esto? ¿A qué viene de repente? —preguntó.
—Chico, hoy es el solsticio de invierno. ¿Y sabes qué significa eso? Judías rojas. Hoy toca comer judías rojas.
—Ah… Señora, es usted de la vieja escuela. No pensaba que fuera tan mayor.
—Eh, que es para espantar la mala suerte, ¿vale?
Da-in vaciló al oír aquello de «espantar la mala suerte», pero al final no supo cómo negarse y aceptó el dulce.
Lo sostuvo entre las manos, preguntándose si de verdad algo tan pequeño podía cambiar las cosas.
¿Dejarían de ocurrirle desgracias? ¿Podría vivir tranquilo, sin que quienes se hacían llamar su familia volvieran a aprovecharse de él?
¿Sería capaz de salir adelante solo, sin nadie a su lado?
Bajó la mirada hacia el yanggaeng. Qué absurdo.
¿Quién creía todavía en la buena suerte?
¿Podía alguien como él tenerla siquiera?
Tal vez todo hubiera estado decidido desde el principio: desde que nació…
o, mejor dicho, desde que lo abandonaron en el orfanato.
Mientras contemplaba el dulce con la mirada perdida, Bo-ho le hizo un gesto impaciente para que se lo comiera.
—¿Está segura de que no está caducado? —preguntó Da-in, receloso.
—Pero qué pregunta tan absurda. ¿De verdad crees que te daría algo que pudiera sentarte mal? Soy farmacéutica. Mi trabajo consiste en ayudar a la gente a encontrarse mejor, no en ponerla enferma.
Da-in miró a Bo-ho de reojo, rasgó el envoltorio y dio un mordisco al pastelito.
Estaba dulce. Hacía tanto tiempo que nadie tenía con él un gesto de amabilidad que ya casi había olvidado lo que se sentía.
Ni siquiera le gustaba demasiado aquel dulce y, aun así, le supo delicioso.
Dio otro mordisco, y luego otro. Cuando ya se había comido la mitad, Bo-ho habló:
—Son mil wones.
—¿Qué?
Da-in la miró con absoluta incredulidad.
¿No se lo había ofrecido para que se lo comiera?
Él ni siquiera había dicho que quisiera comprarlo.
Con los ojos muy abiertos y medio pastelito aún en la mano, comprendió que había dado por sentado que era un regalo.
Bo-ho señaló la mochila que seguía tirada en el suelo.
—Has dicho que tienes dinero, ¿no? Esto no es una ONG. Soy autónoma y tengo un negocio que mantener. Así que paga y vete.
—Pero si esto ni siquiera es medicina…
—Es medicina para el alma, ¿vale? Y espera, que el niñato de antes también dijo que te apuntara la bebida para la resaca. En este mundo no hay nada gratis.
—Argh, vale, vale. Qué tacaña. Coja usted misma el dinero.
Con el pastelito aún en la mano, Da-in le tendió la mochila. Bo-ho la cogió sin miramientos, abrió la cremallera y rebuscó en su interior hasta encontrar un fajo de billetes arrugados. Sacó exactamente seis mil wones.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.
Da-in la observó contar mientras seguía masticando el yanggaeng.
—Muy bien —dijo Bo-ho, después de contar los seis billetes una vez más—. Ya puedes irte.
Pero Da-in no se movió. Al contrario, se guardó el trozo de yanggaeng que le quedaba y se sentó en una de las pocas sillas de la farmacia.
Bo-ho, que aún sostenía la mochila, le lanzó una mirada fulminante que decía a las claras «lárgate ya».
Da-in comprendió perfectamente el mensaje, pero fingió no darse cuenta.
—Oiga, señora —preguntó—, ¿por qué abre la farmacia a estas horas de la noche?
—¿Y por qué iba a contarte nada?
—Yo le he explicado por qué sigo llevando el uniforme. Lo justo es que usted también me responda.
Bo-ho dejó la llamativa mochila roja en el suelo. Pesaba demasiado para seguir sujetándola con una sola mano.
—Porque durante el día ya hay mucha gente dispuesta a ayudar. De noche, no tanta.
Da-in fingió no advertir la mirada impaciente de Bo-ho y siguió comiendo el yanggaeng, saboreándolo despacio.
Aquel lugar le transmitía una seguridad que hacía mucho tiempo que no sentía. Casi había olvidado cómo era estar en paz. Allí, al menos por el momento, no tenía nada que temer.
* El won es la moneda oficial de Corea del Sur. (N. de la T.)
† Tipografía coreana que imita los trazos hechos con pincel elegantes y formales de la caligrafía de la corte real. (N. de la T.)
‡ Un postre de gelatina espesa hecho con anko (pasta endulzada de frijol rojo azuki, agar-agar y azúcar). (N. de la T.)