La farmacia de noche Prólogo #2
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Prólogo #2

«Qué raro», pensó Da-in al detenerse frente a la puerta de cristal.

Detrás del mostrador, una mujer con bata blanca contemplaba distraídamente el escaparate.

Debía de ser la farmacéutica. Tenía los ojos entrecerrados y el gesto severo, como una profesora de instituto especialmente estricta.

Da-in tuvo la incómoda sensación de que lo estaba fulminando con la mirada y, antes de darse cuenta, ya había empujado la puerta.

No podía perder más tiempo allí fuera. La campanilla tintineó sobre su cabeza.

Como si hubiera estado esperándolo, la farmacéutica lo miró directamente a los ojos y preguntó con un tono que, más que poco amable, sonó abiertamente molesto:

—¿Qué medicamento necesitas?

Da-in vaciló. Aunque era plena noche y estaban en invierno, sudaba la gota gorda después de la carrera. Le ardía el cuerpo y tenía el estómago revuelto. Pero lo que necesitaba en aquel momento no era un medicamento, sino un lugar donde recuperar el aliento.

—Necesito un sitio donde esconderme —respondió.

La farmacéutica soltó un largo suspiro y abrió la pequeña puerta lateral del mostrador, indicándole que pasara.

Da-in se acercó y reparó en el nombre bordado con hilo azul sobre la bata blanca: «Choi Bo-ho, farmacéutica».

«Qué nombre tan peculiar», pensó. Se quedó inmóvil un instante, indeciso, y ella entrecerró los ojos y empezó a cerrar la puerta, como si quisiera decirle que, si no pensaba entrar, dejara de hacerle perder el tiempo.

Da-in se apresuró a colarse detrás del mostrador.

Era la primera vez que entraba en aquella zona de una farmacia.

Al fin y al cabo, nunca había tenido ningún motivo para hacerlo.

Bajo el mostrador había una caja fuerte y, junto a ella, varias bolsas con medicamentos ya preparados, clasificadas con etiquetas escritas a mano: «REVITALIZANTES» y «ALIVIO DEL CANSANCIO».

Parecían encargos listos para que alguien pasara a recogerlos.

En un rincón se apilaban cajas llenas de pequeños frascos de bebida energética todavía sin abrir.

Más al fondo, separada por un biombo, se encontraba la zona de preparación de fórmulas.

—¿Qué miras? ¿Nunca habías estado en una farmacia?

—Claro que sí. Pero aquí no.

—Pues, si quieres esconderte, será mejor que te agaches —dijo la farmacéutica con impaciencia—. Con lo alto que eres, te descubrirán enseguida.

Da-in estuvo a punto de dar un respingo, pero se agachó bajo el mostrador, dobló las largas piernas y se abrazó con fuerza a la mochila roja. La farmacéutica permaneció en silencio a su lado.

No tardaron en aparecer. Un grupo de adolescentes irrumpió en la farmacia y abrió la puerta de golpe.

Bo-ho siguió con la mirada la hoja de cristal, que se abrió más de noventa grados, y se preguntó por qué en los colegios ya no enseñaban modales.

Las bisagras chirriaron de forma alarmante y, por un instante, le pareció que el cristal temblaba.

Lo primero que pensó fue en cuánto le costaría repararlo.

Mantener aquel negocio en pie durante más de diez años no había sido fácil; había tenido que reformarlo poco a poco, pieza a pieza.

Quizá había llegado el momento de instalar una puerta automática, se dijo.

Sería cara, pero al menos evitaría sustos como aquel.

Los chicos, por supuesto, no prestaron la menor atención a nada de eso.

A simple vista, estaba claro que buscaban al joven escondido tras el mostrador.

Uno de ellos, que parecía ser el líder, avanzó hacia Bo-ho con descaro.

—Oiga, señora, ¿ha visto pasar a un chico con una mochila roja?

El muchacho ni siquiera pareció reparar en la familiaridad con la que se dirigía a ella ni en que la mirada de Bo-ho descendía por un instante hacia el suelo. Bajo el mostrador, Da-in la observaba con los ojos muy abiertos, suplicándole en silencio que lo ayudara.

—No, no lo he visto.

El líder se acercó con aquel andar fanfarrón y tambaleante que parecía venir de serie en ciertos adolescentes problemáticos. Como sigas caminando así, dentro de unos años tendrás la cadera destrozada, pensó Bo-ho con sarcasmo. Aunque quizá solo se haya torcido los dos tobillos.

—Qué raro. Juraría que el cabrón había venido por aquí.

El aliento del chico apestaba a alcohol. Con razón caminaba de aquella manera. Bo-ho contuvo la respiración. Aborrecía el alcohol; incluso su olor le daba sueño.

—Ya te he dicho que no lo he visto.

Sin inmutarse, sacó de debajo del mostrador uno de los remedios para la resaca que tenía preparados. En realidad, era para Ran-i, una clienta habitual, pero aquel muchacho parecía necesitarlo con más urgencia.

—¿Qué tal un remedio para la resaca? Cinco mil wones.

—¿Está intentando hacer negocio con nosotros, señora? Yo no me meto drogas —respondió el líder con sorna.

Sus amigos estallaron en carcajadas.

Los adolescentes se rieron entre dientes al ver el remedio para la resaca que Bo-ho les había ofrecido.

Sola, en medio de aquellas risas despectivas, se convirtió en el blanco de sus burlas.

La examinaron de arriba abajo, como si fuera una adulta ridícula.

Bo-ho permaneció impasible. Ni siquiera pestañeó.

No era la primera vez que atendía a clientes así; había visto ya a demasiados borrachos como para conceder importancia a algo semejante.

Le daba exactamente igual que la miraran con extrañeza o se rieran de ella.

Lo único que le importaba era preservar aquel lugar como lo que era: una farmacia.

Un espacio cuya razón de ser consistía en ofrecer a cada cliente el medicamento que necesitaba en ese momento.

Mientras pudiera seguir cumpliendo con esa función y ayudar a quienes más lo necesitaban, Bo-ho se daba por satisfecha.

—¿Qué pasa, piensas que en las droguerías venden drogas? —dijo ella—. Esto es una farmacia.

Desconcertados, los adolescentes la miraron como si hubiera perdido la cabeza. Bo-ho, sin inmutarse, se acercó a uno de los armarios y sacó un tónico para el cansancio.

—Si cinco mil wones os parece demasiado caro, también tengo tónicos por tres mil. Tampoco van mal para la resaca.

El líder agarró el remedio para la resaca de cinco mil wones que había sobre el mostrador, desenroscó el tapón y se lo bebió de un trago. Por supuesto, no se molestó en pagarlo. Después dejó el envase vacío sobre el mostrador con un golpe seco.

—Si ve al tipo de la mochila roja, cóbreselo a ese gilipollas —se burló antes de salir de la farmacia.

Acto seguido, soltó una carcajada y salió con el resto de la pandilla.

Cuando el local volvió a quedar en silencio, Bo-ho los siguió con la mirada y guardó de nuevo el tónico en el armario.

Estaba demasiado acostumbrada a aquel tipo de situaciones como para sorprenderse.

«Pensándolo bien, podría haber sido peor», se dijo.

Esperó hasta que la pandilla se perdió de vista y entonces hizo una seña al chico para que saliera.

Da-in, que había estado conteniendo la respiración, dejó escapar por fin un suspiro de alivio.

Tenía las piernas entumecidas, así que aflojó el abrazo con el que aún mantenía la mochila roja apretada contra el pecho, la dejó en el suelo y se inclinó para masajearse los músculos doloridos.

Bo-ho lo observó un instante antes de preguntarle:

—¿Qué has hecho para que esos niñatos te persigan?

—Me largué con su dinero.

En cuanto lo oyó, Bo-ho abrió de golpe la portezuela del mostrador.

—Así que eres un ladrón. Y yo creyendo que estaba haciendo una buena obra —dijo con un suspiro—. Tendré que llamarlos para que vuelvan.

Da-in se aferró con urgencia al bajo de su bata. La mano le temblaba.

—¡No, espere! Era mi dinero. Bueno… era suyo, pero en realidad era mío. ¡Me lo habían robado! Por favor, no los llame. No quiero volver a tener nada que ver con esos tipos.

Da-in, que hasta entonces había permanecido acurrucado en el suelo, se puso en pie de golpe y habló con una voz cargada de frustración e impotencia.

Bo-ho lo observó en silencio, examinándolo con detenimiento.

A pesar de su altura, había algo infantil en su manera de encogerse y mantener el cuerpo rígido, como si el miedo lo hubiera dejado paralizado.

—Últimamente se están metiendo en cosas serias. Quería largarme antes de acabar metido en un lío de verdad —continuó.

—¿Tienes adónde ir?

Da-in vaciló un instante y apartó la mirada.

—Ya encontraré algún sitio. Hay muchas familias que viven huyendo. Siempre aparece otra.

Bo-ho volvió a suspirar. La vacilación del chico había sido respuesta suficiente: no tenía adónde ir.

Pese a sus esfuerzos por aparentar seguridad, resultaba evidente que estaba asustado.

Sacaba pecho y trataba de mantenerse erguido, como si así pudiera parecer mayor y más fuerte de lo que era.

Con aquel uniforme escolar y habiéndose presentado en la farmacia a altas horas de la madrugada, no cabía duda de que todavía iba al instituto.

Era sorprendentemente alto, de cabello lacio y castaño claro, pero su piel blanca, tersa y juvenil delataba su edad.

Ni siquiera la comisura del labio, partida y todavía ensangrentada, conseguía endurecerle el rostro.

No era más que un crío. La mirada de Bo-ho se detuvo primero en la herida y después descendió hasta el nombre bordado en el lado izquierdo del uniforme, con la caligrafía tradicional gungseo-che † Yoo Da-in.

—A ver —dijo ella, exasperada—, ¿de qué te sirve buscar otra familia de fugitivos si, al final, vas a seguir viviendo en la calle?

Si no eres capaz de valerte por ti mismo y necesitas refugiarte en una pandilla, ¿qué sentido tiene haber huido?

Aprende a sobrevivir solo. No te estoy diciendo que vuelvas con tus padres, pero estarías mejor por tu cuenta.

—No viviría así si tuviera elección. No tengo ningún hogar al que regresar. Por eso estoy aquí —respondió Da-in con una sonrisa cansada.