La farmacia de noche
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Prólogo
La farmacia de noche
La farmacia de noche abría sus puertas.
Clic.
Bo-ho encendió las luces mientras veía a la gente apresurarse de regreso a casa al caer la tarde.
El cielo nunca parecía tan hermoso como en aquellos instantes previos a la oscuridad, cuando cambiaba de color a cada instante.
Aún absorta en aquel degradado natural, encendió el ordenador.
La pantalla negra parpadeó en azul y se apagó de inmediato.
—Uf, otra vez no.
Le dio un par de golpes a la torre, remedio infalible para cualquier máquina vieja y achacosa.
El ordenador obedeció y volvió a arrancar con un murmullo.
Como farmacéutica, Bo-ho podía dar por cumplida la primera tarea de la jornada.
Mientras esperaba a que aquella antigualla terminara de ponerse en marcha, fue a la puerta trasera a recoger el pedido del día.
Comprobó el albarán, revisó las existencias y colocó las etiquetas con el precio en las cajas de medicamentos de venta libre.
Como era de esperar, los remedios para el resfriado eran los más vendidos de aquel mes, así que repuso las estanterías con distintas variedades.
Ocupaban una página entera de la lista de pedidos.
La epidemia de gripe, que todos creían ya superada, no había dado tregua en todo el invierno y parecía haber regresado con renovada virulencia.
En teoría, el aumento del número de enfermos era una buena noticia para Bo-ho: al menos no tenía que preocuparse por el exceso de existencias, como ocurría con otros productos menos solicitados.
Pero la prosperidad de unos medicamentos era siempre la desgracia de otros.
Con un pequeño cepillo, quitó el polvo de las cajas que llevaban demasiado tiempo acumulándose sin que nadie las comprara.
Cuando terminó, solo le quedaba una cosa por hacer: apostarse tras el mostrador y mirar hacia la calle.
Esperar a que, en algún momento, alguien hiciera sonar la vieja campanilla de la puerta se había convertido en la tarea que más tiempo ocupaba sus días.
De la puerta de cristal colgaba una campanilla tan antigua que Bo-ho ni siquiera se atrevía a imaginar cuánto tiempo llevaba allí.
Pero de una cosa estaba segura: su tintineo sonaba alto y claro.
Casi siempre anunciaba la llegada de un rostro conocido.
Podía ser Ji-hwan, por ejemplo, que pasaba las mañanas trabajando a tiempo parcial en cualquier sitio y las noches ensayando con su compañía de teatro; o Ran-i, que trabajaba en el bar situado al otro lado de la parada de autobús; o Yoon-nui, que hacía horas extra casi todas las noches y se había convertido en una de sus clientas más fieles.
La farmacia de noche era el refugio de quienes no podían permitirse el lujo de meterse en la cama al caer la noche.
Bo-ho había acabado aprendiendo de forma natural los nombres de los clientes más asiduos, sin necesidad de preguntar.
Algunos se presentaban por iniciativa propia; otros lo decían entre balbuceos, vencidos por la borrachera; a veces lo descubría por una tarjeta de visita caída por descuido, y en otros casos ni siquiera recordaba cómo había llegado a saberlo.
Bastaba con observarlos para comprender que casi todos estaban condenados a permanecer despiertos hasta el amanecer.
Era inevitable en una farmacia que abría durante las horas más oscuras y cerraba cuando empezaba a clarear.
Allí acudían personas cuya vida se adivinaba en el cansancio del rostro: gente que seguía trabajando sin descanso incluso de noche.
Era noche cerrada cuando Da-in se detuvo en un callejón del barrio H para recuperar el aliento.
Jadeaba con fuerza, mientras a su espalda resonaban los pasos de varias personas que se acercaban sin tregua.
El corazón le golpeaba el pecho con tanta violencia que parecía sacudirle todo el cuerpo.
Aun así, se agachó, tiró con fuerza de los cordones mal atados de las zapatillas y echó a correr de nuevo.
¿Por qué tenían que perseguirlo de aquella manera?
, pensó mientras se internaba por el callejón oscuro.
¿Hasta cuándo iba a pasarse la vida huyendo?
La pesada mochila roja le hundía los hombros a cada zancada.
Todo le resultaba demasiado familiar: era igual que aquel día, casi un año atrás, cuando había metido a toda prisa sus pertenencias en una bolsa y había huido de casa.
Tal vez todo se remontara a su primer recuerdo: el día en que conoció a sus padres.
Lo recordaba con absoluta nitidez. Aquel día lo miraron con una sonrisa incómoda que, después de ese primer encuentro, no volvió a aparecer jamás.
Desde que comprendió que algo no encajaba, Da-in hizo cuanto le pedían: obedeció a los adultos, estudió con empeño, sacó buenas notas y ganó numerosos premios.
Sin embargo, por mucho que se esforzara, sus padres apenas reparaban en él.
Casi habría preferido que lo reprendieran o fruncieran el ceño; cualquier reacción habría sido mejor que aquella indiferencia, que sus rostros inmóviles y sus bocas siempre inexpresivas.
La certeza de que, hiciera lo que hiciera, nunca conseguiría ganarse su afecto fue carcomiéndolo poco a poco, hasta abrir una grieta en su interior.
Al principio era diminuta, casi invisible, pero no dejó de crecer y acabó alterando la forma en que se veía a sí mismo y al mundo.
Su hermano pequeño, en cambio, apenas tenía que hacer nada para arrancarles una sonrisa.
Da-in lo observaba en silencio y se repetía que sus padres sí sabían sonreír, que eran su familia y que el problema debía de ser él.
No era suficiente. Tenía que esforzarse más.
Pero no tardó en descubrir que tampoco aquello era cierto.
La explicación era tan sencilla como devastadora: sus padres no le sonreían porque no era su hijo biológico.
Cuando la verdad cayó sobre él, la frágil maquinaria que aún seguía funcionando en su interior empezó a fallar, a lanzar chispazos, hasta apagarse por completo.
Lo habían adoptado por pura necesidad, siguiendo el consejo de un viejo chamán que les había asegurado que, si querían tener un hijo propio, antes debían criar al hijo de otros.
Fue su hermano pequeño quien se lo contó.
De pronto, todas las piezas encajaron. Por eso su primer recuerdo era el momento en que había conocido a sus padres: aquel día lo habían elegido en el orfanato.
También había sido el instante más feliz de toda su infancia y, quizá por eso, el que había quedado grabado con mayor nitidez.
No fue hasta que golpeó a su hermano por llamarlo «huérfano de mierda» cuando sus padres reaccionaron.
Para ellos, aquellas palabras no eran más que la verdad, y Da-in no tenía derecho a enfurecerse por ellas.
Lo miraron con desprecio, como si fuera una criatura desagradecida a la que nunca debieron acoger.
Da-in sintió aquellas miradas como cuchillas que se le clavaban en la piel.
No podía soportarlo. Si seguían mirándolo así un segundo más, acabarían por destruirlo.
Tenía que huir, escapar con lo poco que aún quedaba de él antes de que ya no pudiera hacerlo.
Corrió a su habitación, metió sus pertenencias en una mochila sin apenas pensar y abandonó la casa.
Aquel fue el segundo y último recuerdo que conservó de la mirada de sus padres.
Durante el año siguiente vagó de un grupo de adolescentes fugados a otro.
Los llamaban «familias fugitivas»: una nueva familia para quienes habían abandonado la anterior, cansados de sus vínculos, sus heridas y sus obligaciones.
Al principio, Da-in se convirtió en lo que llamaban un «saltamontes».
Iba saltando de una familia a otra sin echar raíces en ninguna, y aquello le parecía bien.
Al fin y al cabo, allí nadie cuidaba realmente de nadie.
Se limitaban a encontrar cierto consuelo al comprobar que no eran los únicos miserables, a servirse de la compasión ajena y a repartirse el dinero que lograban reunir.
Pero el último grupo en el que había caído era distinto.
No dejaban marcharse a nadie. Le habían quitado hasta el último won * que había ahorrado y lo mantenían prácticamente atrapado.
Eran de la peor clase: muchachos que avanzaban a ciegas, sin detenerse a pensar hasta dónde podían llegar las consecuencias de sus actos.
Si lo atrapaban huyendo, lo marcarían como traidor y lo relegarían al último escalón de la jerarquía.
Su vida sería todavía más miserable. No podía seguir viviendo así.
Tenía que escapar de ellos aquella misma noche, costara lo que costase.
Por eso, unas horas antes, Da-in había agarrado una mochila de un rojo chillón, sin saber siquiera a quién pertenecía, y la había llenado a la fuerza con todo cuanto encontró a su alcance, igual que el día en que huyó de casa.
Después echó a correr a ciegas por los callejones, ya sumidos en la oscuridad.
El corazón le latía con más fuerza a cada zancada y el aire invernal le abrasaba la garganta con cada bocanada.
Necesitaba encontrar un escondite. No, lo necesitaba con desesperación.
Entonces vio una grieta de luz en medio de la noche: una farmacia situada en la intersección donde convergían varios callejones del barrio H.
En el letrero rojo se leía «Farmacia de noche», y en la puerta de cristal había un cartel con el horario de apertura.
ABIERTO TODO EL AÑO
DEL ANOCHECER AL AMANECER