CAPÍTULO FINAL
Madeline
Respiré hondo y me fijé en lo bien que encajaba Noah en la Tana, como si hubiera nacido para estar aquí. Jugaba despreocupado cerca de nosotras, junto a su primo, con una soltura que casi sorprendía.
Y yo... yo también encajaba a la perfección...
Y era increíble la calidez con la que me habían acogido las mujeres, además de Caterina.
Gianni tenía razón sobre Francesca. Su belleza intimidaba un poco al principio, pero me bastaron unos minutos para entender lo especial que era.
Una mujer joven, madre y abuela, a la que habían entregado a un Capo cuando era demasiado joven.
Creo que escondía sueños que nunca llegó a revelar, quizá por miedo a fracasar.
En cualquier caso, sus hijos y sus hijastros la adoraban.
Y era ella, básicamente, quien dirigía la Tana.
Más que Ava.
Sobre todo porque Ava parecía más preocupada por su hija y por su invernadero que por darle un toque femenino a la fortaleza. Tampoco era un problema para nadie. Todo funcionaba a la perfección sin que la mujer del Capo repartiera órdenes.
—Parece un bollito —murmuró Ava, sonriéndole a Noah, que jugaba con su primo Luigi junto a la chimenea.
—¿Solo piensas en comer? —la regañó Caterina, y Ava se echó a reír.
—Pensaba que era cosa del embarazo, pero tengo un hambre terrible desde que nació Olivia... —suspiró Ava.
—Puede que estés embarazada otra vez —apunté.
—No. Jamás. Olivia será hija única. No podría con otro embarazo.
Lo entendía, aunque a mí me habría encantado volver a quedarme embarazada. Por desgracia, había perdido el útero. No volvería a ocurrir nunca.
—He oído que la hermana de Filippo también está embarazada —dije, refiriéndome a Chiara—. Me muero de ganas de conocerla.
—Te va a encantar —dijo Caterina—. Es un amor.
—De las buenas, ¿sabes? De las que hacen obras de caridad, de las que se preocupan de verdad... —añadió Ava.
Me costaba imaginármela así, porque me costaba separarla de Filippo, que era bastante egocéntrico.
De pronto oí voces que venían del pasillo. Dominus y Gianni caminaban uno al lado del otro. Olivia iba en brazos de su padre, y la expresión seria de Dominus me dijo que habían estado hablando de la guerra que preparaban.
Me pregunté si Gianni le habría contado a Dominus lo que sabía. No lo creía. La verdad no cambiaba nada. A Caterina la habían apartado y echado como si no fuera nadie. Tenían el deber moral de devolverle la honra.
—Los activistas antiminería le están jodiendo la operación a Nico —nos dijo Dominus a todos, sin dirigirse a nadie en particular. Me había dado cuenta de que siempre compartía las noticias más importantes con las mujeres.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Francesca—. ¿Qué tenemos nosotros que ver con la minería?
—Los mineros protegen el negocio. Pero los ecologistas están en contra de ellos porque la minería daña el bosque.
—Así que Nico está teniendo una crisis existencial, porque él también quiere proteger la naturaleza —señaló Caterina—. ¿Qué ha dicho?
—Está viendo qué hacer... Se niega a talar árboles para plantar más coca. Pero entiende el papel de los mineros. El dinero que les cobramos ayuda a financiar nuestras operaciones.
—¿Les cobráis? —pregunté—. ¿Como un impuesto? ¿Se lo cobra el gobierno?
—No. Los grupos armados —explicó Gianni—. Solo pueden explotar las minas si reparten el oro con los clanes. El nuestro incluido.
Era todo complicadísimo.
—Creo que todo esto de la mafia era más sencillo en los tiempos de la Prohibición. Solo guerras por el alcohol.
Dominus se rio.
—Es cierto. Pero hoy el poder es global. Y hay tantísimos clanes y grupos armados. Es una lucha que no se detiene nunca.
A pesar de nuestro comienzo desastroso, ahora podía entenderlo. Vivía en la cuerda floja, donde cualquier error podía poner en riesgo la vida de todos. No sabía ni cómo conseguía dormir por las noches.
Más tarde, después de la cena, deambulé por la Tana y me detuve ante los retratos de los antepasados Carbone que colgaban de las paredes de los pasillos, y entendí el lugar que ocupaba cada uno en la historia de la familia.
De repente, sentí a mi marido a mi lado.
Me atrajo con suavidad, me recorrió los brazos con las manos y me envolvió en un abrazo tierno.
—Este es mi tío —dijo, señalando a un hombre con sotana—. Es obispo en Boston, pero todos dicen que pronto será cardenal. Tenemos vínculos fuertes y estrechos en el Vaticano. Ahí es donde tenemos el dinero a salvo.
—¿Va a ser papa? —bromeé.
—Sería un papa maravilloso. Tiene un don para la fe, para la gente. Un hombre con verdadera vocación.
Me había encariñado con toda su familia y me encantaba pasar tiempo con ellos. Me moría de ganas de conocer a los que aún no conocía, incluido el obispo.
Era increíble. Era feliz. Incluso dentro de una organización criminal. Mi brújula moral se había desviado bastante.
Quizá porque amaba muchísimo a este hombre. Gianni era mi vida.
Y él había convertido esa vida en algo maravilloso.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Me volví hacia él y lo besé. Nuestras lenguas se enredaron mientras el beso se volvía cada vez más intenso.
—Estoy pensando en irme a la cama.
Sonrió mientras yo caminaba hacia el dormitorio. Lo miré por encima del hombro.
Mi hombre me observaba con un aire de misterio. Pero en lo que sentíamos los dos no había ninguna sorpresa. Era real.
Gianni era mi amigo. Mi compañero.
Mi marido.
La vida siempre encuentra la manera de sorprenderte. Justo cuando creía que ya no quedaba nada, él apareció y convirtió mis días en momentos que merecía la pena vivir.