EPÍLOGO
Nico
No soy un buen tipo.
Es un hecho. Puedo engañar a la gente, porque soy de los que parecen decentes, pero la verdad es que estoy del lado de los villanos, no de los héroes. Respiré hondo mientras la idea se me asentaba dentro y me recordaba quién era en realidad.
—Así están las cosas, jefe… —dijo Jorge Juan, que me sacó de mis pensamientos mientras alzaba la vista al cielo, teñido de tonos dorados al caer la tarde.
El sol se hundía despacio sobre el techo de la selva que rodeaba la ciudad más al sur de Colombia. El calor había cedido, pero sabía que, cuando el sol volviera a salir, todo se volvería espeso y asfixiante, cargado del olor de la selva y del polvo que levantaban los caminos de tierra.
—La cosecha va a ser grande —añadió.
Me volví para mirarlo. Era un colombiano robusto, de bigote espeso y con un sombrero de ala ancha que nunca se quitaba.
—Necesitamos más lanchas —asentí.
—La policía está patrullando los ríos.
—Dominus lo hablará con sus amigos del gobierno.
Tenía que mandar construir una pista de aterrizaje por aquí. Había una en el lado brasileño, pero la Policía Federal brasileña era un grano en el culo. Y allí las autoridades todavía hacían el teatro de combatir el negocio.
—Los disidentes de las FARC se enteraron de que don Nico está ayudando a los rusos en Venezuela y han dicho que van a tomar represalias —me contó, como si yo no lo supiera ya.
Pasé los dedos por las hojas de coca y sentí su textura bajo las yemas.
Eran tan hermosas, verdes, fuertes y sanas.
Era increíble lo bien que les sentaba la tierra colombiana.
Cada una de esas hojas era un pedazo del imperio que los Lupi Sanguinari mantenían a un precio altísimo.
Cada planta era un engranaje de una máquina que nunca dejaba de girar, alimentada por dinero, poder y sangre.
—Me lo esperaba —respondí.
De pronto, algo rompió el silencio. No sabría decir qué era. Un sonido bajo, casi un gemido de angustia, me llamó la atención. Levanté los ojos de las plantas y noté cómo se quebraba la paz de la selva alrededor de mi casa, cerca de Leticia.
—¿Has oído eso? —pregunté, y señalé hacia la selva que teníamos delante.
—¿Qué? —Aguzó el oído para intentar captarlo—. ¿Qué pasa, don Nico?
La selva ocultaba sus propios demonios, y la línea entre aliado y enemigo era demasiado fina para verla a simple vista. Así que empecé a caminar hacia el lugar donde se había roto el silencio.
—Algo apagado —murmuré.
—Será un jaguar.
—Sé cómo suenan los jaguares. No es eso —dije.
Pasos rápidos y firmes. Nos adentramos en la parte más densa del bosque. Sentía cierta vacilación en el pecho; adentrarse en la selva siempre era demasiado arriesgado. Pero no tenía opción, porque sentía que debía ir.
Fue entonces cuando un sonido distinto se mezcló con los ruidos de la selva. Un grito ahogado, casi un gemido, perdido en el susurro de las hojas.
—¿Lo has oído ahora? —Me volví hacia Jorge, que asintió, y el sombrero le bailó en la cabeza.
—Sí, señor… Es una mujer.
Frunció el ceño y luego salimos corriendo en esa dirección. Irrumpimos en un claro y vi de inmediato lo que estaba pasando.
Dos miembros del Clan del Golfo, técnicamente mis aliados, forcejeaban con una joven de diecinueve o veinte años como máximo, con los ojos desesperados. Uno de los hombres la tenía sujeta por los brazos mientras el otro la tiraba al suelo.
—¡Eh! —grité—. ¿Qué estáis haciendo? ¡Este es mi territorio!
—Don Nico —dijeron, como me llamaba todo el mundo por aquí—. Perdone, pero echó a correr hacia este lado.
La joven, cubierta de tierra, levantó la cara y me miró con los ojos muy abiertos, llenos de miedo y de esperanza.
—¿Qué está pasando?
No hacía falta ser un genio para deducirlo. Cómo tenía la ropa desgarrada, cómo uno le sujetaba los brazos mientras el otro se arrodillaba sobre ella…
—Es Sierra López —me dijo uno de los hombres, como si eso lo explicara todo—. La hija de Juan López.
El nombre no me resultaba desconocido.
—¿Y eso debería significar algo?
—Su padre es ese activista que consiguió cerrar las minas cerca de Nazaret.
—¿Y qué hace ella con vosotros?
—Entramos en su casa anoche y pillamos al viejo durmiendo con su mujer. Los matamos a los dos y estábamos llevando a la hija al jefe cuando se nos escapó.
—¿Y de paso decidisteis serviros vosotros? —gruñí.
Pensé que se avergonzarían, pero hombres como ellos hacía mucho que habían dejado de verlo como un delito, y no había ni rastro de vergüenza en sus caras.
—Ya sabe cómo es esto… Somos hombres. Y no pasó nada, jefe…, solo nos estábamos divirtiendo un poco —se atrevió a decir uno de ellos con la voz temblorosa.
Me limité a sonreír. Una sonrisa breve, vacía.
—Claro. Lo entiendo —dije.
Entonces desenfundé rápido el arma y, sin decir una palabra más, disparé al primero. La detonación retumbó en la selva y su cuerpo cayó pesadamente sobre la tierra roja.
El segundo retrocedió a trompicones, con las manos temblorosas levantadas en señal de rendición.
—Por favor, yo…
No iba a escuchar excusas. No me gustan. Así que simplemente apunté y disparé. Otro cuerpo en el suelo.
Enfundé la pistola y miré a la joven, que seguía temblando, con los ojos clavados en los cadáveres.
—Jorge, llévala con Tana —ordené.
—Jefe… esos son hombres del Clan del Golfo…
—Lo sé, por Dios —gruñí—. Llévatela, ahora mismo. Y limpia todo esto. Tira los cuerpos al tramo del río de las pirañas. No quiero ni rastro.
Asintió y yo regresé hacia las hojas de coca, notando cómo el olor a pólvora se diluía en el aire.
PRÓXIMAMENTE
CASADA CON EL DON SALVAJE
Los hermanos Carbone — Libro 4