La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Gianni

Todo lo que Madeline me contó me dejó descolocado en muchos sentidos.

Entendía que hubiera seguido a Vicenzo porque ya lo conocía, de cuando la protegió de Jean.

Aun así, me pareció demasiado arriesgado, y le dejé muy claro que no debía volver a hacerlo nunca. Y luego estaba la historia de Caterina.

—¿Crees que es posible? —preguntó mi esposa.

—No recuerdo haberlos visto juntos, ni que tuvieran nada parecido a una amistad.

Por mucho que rebuscara en la memoria, no me venía nada. Ninguna conversación, ningún momento de cercanía. Eran como dos desconocidos. Puede que hubieran intercambiado un puñado de saludos en las fiestas de los Lupi Sanguinari, pero… no… jamás habían estado solos ni un segundo.

—Tienes que preguntarle a tu hermana.

—No va a hablar —señalé—. Caterina nunca habla de eso.

—Pero puede que sea verdad.

—Al margen de todo eso, la guerra contra Vicenzo va a estallar. No importa cómo, no importa de qué forma. Se acerca.

Y esa demora, el tiempo que tardaba en estallar, era lo que más me frustraba.

Del mismo modo que el clan de Dominus se preparaba para la batalla, yo sabía que Vicenzo hacía lo mismo.

Se había aliado con organizaciones de Oriente Medio y de Europa.

Prácticamente controlaba la Costa Este. Estaba listo para la guerra, pero no disparaba el primer tiro.

De pronto, Madeline me abrazó. Estábamos sentados en la cama al final de aquel día. No esperaba ese abrazo, y mucho menos uno tan lleno de miedo. No quería perderme, y eso me dibujó una sonrisa en los labios.

—No voy a morir, Made.

—Eso no lo sabes con certeza.

—Te juro que no. Soy peor que la mala hierba. No te vas a librar de mí tan fácilmente.

Me abrazó con más fuerza, y yo simplemente me dejé abrazar por Made. Sabía lo que temía. Sabía que se imaginaba que no quedaría nada en pie después de esta guerra, pero yo pensaba sobrevivir. Por ella y por Noah.

Ahora había dentro de mí mucho más que muerte y sangre.

Esta mujer me había cambiado el mundo.

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El motor ronroneaba suavemente mientras avanzábamos por la carretera serpenteante, bordeada de pinos cubiertos de nieve.

El cielo estaba pintado de gris y unos copos pequeños danzaban en el aire y se posaban con delicadeza sobre el parabrisas antes de que el vaivén constante de los limpiaparabrisas los barriera.

Con las manos firmes en el volante, sentía cada bache del camino irregular, y cada curva revelaba otro paisaje de hielo y silencio.

Eso era Juneau. Eso era la Tana.

A diferencia de mis hermanos, que vivían rodeados de seguridad, a mí me gustaba la soledad y prefería conducir yo mismo desde el aeropuerto.

Esta vez no iba completamente solo. Por el espejo retrovisor le sonreí al niño del asiento de atrás, con los ojos muy abiertos mientras contemplaba la belleza del paisaje por la ventanilla.

A mi lado, mi esposa guardaba silencio, con la mirada perdida en el horizonte blanco que parecía no tener fin. Nuestros ojos se encontraron un breve instante y una sonrisa sutil apareció en sus labios, como si compartiéramos un secreto, algo que solo el viento frío y las montañas pudieran entender.

—Mira las montañas, mamá —dijo Noah, señalando una cordillera a lo lejos, con la cara casi pegada al cristal empañado.

Con cada aliento cálido que soltaba aparecían y desaparecían círculos de vaho, pequeños mundos fugaces que él dibujaba con los dedos.

—Ya casi hemos llegado —anuncié, porque sabía lo que les iba a provocar lo que venía a continuación.

Y cuando la carretera se estrechó y el horizonte por fin se abrió, apareció la fortaleza.

La Tana. El escondite. La guarida de todos los lobos.

—Dios mío —dijo ella—. Es un castillo, como en las películas.

Majestuosa, la Tana se asentaba entre las montañas como si formara parte de ellas, con las torres elevándose hacia el cielo nublado, enmarcadas por acantilados nevados.

Un estandarte con un lobo feroz de ojos rojos, la cabeza entre dos espadas, ondeaba despacio en lo más alto, mecido por el viento helado que soplaba desde las montañas lejanas.

Me detuve ante los enormes portones de hierro, que varios guardias armados abrieron.

Unos saludos rápidos y seguí adelante hasta detenerme junto a la inmensa escalinata.

—Ya estamos —murmuré.

Mi esposa me tocó el brazo con suavidad y, en el momento en que ayudé a Noah a bajar de la sillita, el niño salió disparado por la nieve y sus huellas fueron marcando un camino fugaz por la enorme explanada.

Oí un chillido de alegría y luego vi a Francesca bajar las escaleras, envuelta en un grueso abrigo de pieles.

—Me dijiste que era hermosa… Pero nunca imaginé que fuera tan hermosa —se apresuró a decir Made, volviéndose hacia mí.

La puerta principal se abrió con un crujido pesado y dejó al descubierto un interior iluminado por candelabros antiguos. En lo alto vi a Ava, con una sonrisa enorme en la cara. Ya había dado a luz, y estábamos allí para conocer a Olivia, la hija de Dominus.

—Ahora también son tu familia —le dije a mi esposa—. Ve. Ve a conocerlas.