La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Madeline

Es increíble cómo, aunque nunca hayas tenido nada en toda tu vida, te acostumbras a lo bueno. Te acostumbras a la ropa bonita. A la buena comida. Te acostumbras a no tener que preocuparte por el dinero. El camino hacia la paz es mucho más fácil cuando hay estabilidad económica.

No soy tan hipócrita como para fingir lo contrario.

El tiempo pasó en mi nueva vida. No deprisa, pero tampoco se hizo eterno.

Aprendí a conducir y ahora llevaba yo misma a mi hijo al colegio de niños ricos, un colegio al que nunca imaginé que él pudiera asistir algún día.

Verlo con su uniforme en el asiento trasero del coche blindado era lo más adorable del mundo.

Le sonreí a su reflejo en el espejo retrovisor mientras maniobraba y aparcaba frente al enorme edificio de tres plantas.

Los chillidos alegres de los niños me envolvieron cuando abrí la puerta. Rodeé el coche y abrí la de Noah. Me dio sus manitas para sostenerse mientras lo ayudaba a bajar.

Mi hijo me sonrió y se ajustó la mochila a los hombros.

—Pórtate bien —le dije mientras una de las profesoras se acercaba—. Escucha y haz todo lo que te diga tu maestra —le indiqué.

Asintió. Siempre era un niño bueno.

Saludé rápidamente a la nueva profesora y me dispuse a volver al coche. Pero no llegué. Antes de que pudiera siquiera poner la mano en la manilla, unas manos firmes me agarraron del brazo.

Giré la cabeza y lo vi. Y lo reconocí al instante. El mismo hombre que me había salvado de Jean aquella vez en el bar. Recordé que había estado buscando a mi marido, así que seguramente también andaba metido en asuntos ilegales. Me preparé para gritar, pero me interrumpió.

—Por favor, solo quiero hablar. Me llamo Vicenzo Carbone. Soy primo de tu marido.

—Y su peor enemigo —le advertí, dejándole claro que conocía la verdad.

—Eso es lo que él cree —admitió.

—Eso es lo que yo vi. Lo atacaste.

—A él no. Ataqué a Romagna.

Para mí era lo mismo. Filippo ya era de la familia.

—Por favor, te lo ruego. Reúnete conmigo en la cafetería de la esquina. Es un lugar público; estarás a salvo. Necesito hablar contigo.

Había algo en sus ojos, no sabía qué. No era peligro. Era desesperación. Asentí. Conocía bien esa sensación.

—Voy para allá —dije.

Me soltó y se alejó. Me subí al coche y podría haberme marchado sin más. Pero me descubrí conduciendo hacia la cafetería.

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La campanilla de la puerta tintineó cuando entré en la cafetería. El aroma a café molido y a pan recién hecho me inundó la nariz mientras lo buscaba con la mirada.

Vicenzo estaba en una mesa junto a la ventana, donde la luz del sol se filtraba a través de las cortinas de lino y proyectaba sombras delicadas sobre la madera gastada.

Me senté frente a él y me fijé en su traje impecablemente entallado, oscuro como la medianoche, y en su pelo negro intenso, tan parecido al de Gianni. El parecido era asombroso.

—¿Te apetece un café o prefieres un capuchino?

—Café. Solo. Sin azúcar.

Pareció impresionado, pero levantó la mano y llamó al camarero. Cuando el hombre anotó nuestro pedido, sus ojos volvieron a mí y un escalofrío helado me recorrió la espalda.

«¿Qué demonios estoy haciendo aquí?». No estaba bien reunirse con el enemigo de Gianni, pasara lo que pasara.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté, atreviéndome a ignorar el peso silencioso de su mirada.

Vicenzo no respondió de inmediato. En vez de eso, con una calma meticulosa, se acomodó mejor en la silla.

—Soy el padre de Luigi.

Juro que intenté sorprenderme, pero no lo conseguí. Porque en mi sobrino se veían rasgos inconfundibles de Vicenzo.

—Eres un cobarde —dije, indignada.

—Lo soy.

—Abusaste de Caterina…

—No —negó, y por un momento pensé que iba a usar el mismo argumento que Jean.

Que ella lo había querido—. La quiero. Ella me quiere…

o puede que ya no… Han pasado años; debe de odiarme.

Pero entonces no hubo ningún abuso por mi parte.

Caterina aceptó huir conmigo. Se escapó de la Tana y vino a mí.

Íbamos a desaparecer un tiempo, casarnos en secreto, pero…

—Respiró hondo, como si los recuerdos se le hubieran vuelto borrosos—. Confié en el hombre equivocado.

—¿Qué quieres decir?

—Dominus descubrió que yo era quien se la había llevado. Se corrió la voz y él iba a atacar uno de mis bastiones. Me fui a la guerra y la dejé con un soldado en el que confiaba como en un hermano. Él la violó…

—¿Y cuando apareció embarazada pensaste que podía ser hijo del violador…?

—Sí.

—¿Y la dejaste sola para afrontar las consecuencias… aunque fuera culpa tuya?

—Maté a ese hombre y la devolví a su hermano —admitió.

—Embarazada. Humillada. Enviada de vuelta como un objeto.

—¿Crees que estoy orgulloso de eso? —Pareció empequeñecerse—. Me he arrepentido desde el instante en que subió al avión que la llevó a Alaska.

—Es tu prima —insistí.

No sentía ni una pizca de lástima por él.

—¡Eres un monstruo!

—No por sangre. Caterina es hija de uno de los soldados de Paolo. Francesca engañó a mi tío.

Ya había oído los rumores alguna vez, de boca de Filippo. Nadie lo sabía con certeza y, como Paolo había reconocido a todos los hijos mientras vivía, nadie se atrevía a decirlo.

—¿Y cómo puedes estar seguro de que Luigi es tu hijo?

—Desde que Caterina se marchó… he tenido gente que me mantiene informado… He visto fotos del niño… Es mío. Es igual que yo.

Titubeó, como si hubiera algo más que aún no estuviera dispuesto a decir.

Era cierto. Salvo, por supuesto, aquellos ojos de un azul intenso cuyo origen nadie conocía, aunque todos sospechaban que venían del hombre que la había violado.

—No voy a permitir que se case con Filippo Romagna —advirtió.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Cómo vas a impedirlo? No tienes derecho a nada.

—Ese no va a darle su apellido a mi hijo. Luigi es un Carbone de verdad. Mi hijo. Lo quiero conmigo. Necesito que me ayudes.

—No hay nada que yo pueda hacer.

Llegó el café. Nos quedamos en silencio mientras yo daba un sorbo largo. Tenía notas de chocolate que me gustaron, pero me guardé el cumplido. No quería hablar ni ser amable con nadie allí.

—Eres madre —dijo él en cuanto el camarero se marchó—. Te suplico que me ayudes. Solo quiero verlo. Unos minutos, tenerlo en brazos…

—De ninguna manera. No tienes derecho a nada. Abandonaste a su madre, la dejaste indefensa en un mundo que conoces muy bien. ¿Sabías que intentaron obligarla a interrumpir el embarazo?

Un destello de culpa le cruzó la mirada.

—No lo habría hecho —dijo él—. Yo le pedí que lo interrumpiera. Le dije que podíamos dejarlo atrás y empezar de nuevo. Me dio una bofetada y nunca volvió a mirarme…

—Qué fácil es deshacerse de un hijo, ¿verdad? No estás dispuesto a cuidarlo, así que te lo quitas de encima. Qué sencillo es para vosotros, los hombres… No tienes ni idea de lo que eso le hace al cuerpo y al alma de una mujer.

Vicenzo bajó la vista, con la vergüenza escrita en la cara.

—Sé que no vas a coger a Luigi y traérmelo, pero ¿podrías llevarle un mensaje a Caterina? ¿O a Francesca, su madre? Diles que lo siento, que no quiero una guerra y que todos mis ataques hasta ahora han sido un intento de desgastar las defensas de Dominus para poder acercarme.

—No tienes ese derecho.

—Madeline, lo sé —dijo él—. Pero estoy desesperado. Te juro que intenté seguir adelante. Probé con otras mujeres, intenté fingir que Caterina no existía, que Luigi no existía… Pero no puedo… Necesito ver a mi hijo.

Me puse de pie. Saqué un billete del bolso para dejar claro que no le iba a permitir pagarme ni el café. Lo dejé sobre la mesa y salí sin darle una sola respuesta.

Vicenzo Carbone no iba a conseguir nada de mí. Ni siquiera compasión.