CAPÍTULO 33
Gianni
Llevaba una camisa blanca holgada y vaqueros oscuros. Ocupaba toda la pantalla mientras Nicola ajustaba la cámara del móvil y la apoyaba contra algo para poder hablar conmigo con las manos libres.
Libres de todo, salvo del diminuto tití pigmeo que no dejaba de corretearle por los brazos y los hombros.
—Las cosas están un poco complicadas en la frontera venezolana —me dijo. La imagen parpadeó entre interferencias un segundo antes de fijarse en el rostro preocupado de Nicola. Detrás de él se veía el muro verde de la selva, la humedad suspendida en el aire como un trapo mojado.
Parecía Pablo Escobar, con la camisa empapada de sudor medio abierta y un cigarrillo colgando de la comisura de los labios. Si hubiera estado en Medellín, habría jurado que estaba hablando con el mismísimo difunto.
—¿Complicadas en qué sentido? —pregunté, reclinándome en el sillón de cuero de mi despacho—. He oído que Beniamino hizo un trato con los rusos para conseguir armamento militar.
—Así es. A cambio, los ayudamos a entrar en territorio venezolano.
—¿Y qué os lo impide?
—Los disidentes de las FARC. Esos tipos son buenos. Saben lo que hacen.
—Tú también eres bueno.
Nico soltó una risa despectiva.
—Soy bueno. Pero aquí camino por la cuerda floja.
Los disidentes de las FARC por un lado, el Clan del Golfo por el otro.
Te juro que no sé qué es peor. Y en medio de todo hay gente inocente.
—Terminó el cigarrillo y tiró la colilla al suelo—.
Aquí la señal es mala. No sé por qué; en Leticia va de mal en peor.
Vivía al norte de Leticia, en San Sebastián. Un lugar completamente aislado, en lo más profundo de la selva.
—Pero está dando resultado. La hoja viene fuerte este año. Las semillas que conseguimos en Perú van mejor de lo esperado.
Asentí y lo observé con más atención. Le había crecido la barba y tenía el ojo izquierdo más hinchado de lo habitual. Por allí había habido pelea.
—¿Y los hombres del Clan del Golfo?
—Aquí tengo un ejército. Pero no cuento con la lealtad de todos.
Van a donde está el dinero. Me traicionarían si les pagaran lo suficiente.
Aun así, ya tengo un buen número de hombres armados que controlan la selva y a los campesinos.
Con la guerra entre el Clan del Golfo y los disidentes de las FARC, encontré un hueco y me metí.
La gente está harta de ellos y a mí me es fiel.
Reconstruí la iglesia católica de Leticia y conseguí un cura que dijera misa. La gente lo agradece.
Suspiré y me pasé una mano por el pelo. Las cosas avanzaban demasiado rápido.
—Sabes lo que esto significa, ¿no?
—No puedo esperar, hermano —confesé—. ¿Te has enterado de que Caterina y Filippo se han comprometido?
—Eso no va a funcionar —dijo él.
—Lo sé. Pero están comprometidos. Por ahora. Vicenzo atacó la fiesta de compromiso.
Se quedó callado un momento. Miré por la ventana de mi despacho, hacia el parque tranquilo que se veía a lo lejos. Fuera, los niños jugaban entre los árboles, ajenos a que pronto la sangre correría por toda Colombia.
—No podemos esperar más. Cada vez se atreve a más.
—No puedo empezar la guerra yo solo —replicó Nico—. Todavía tengo que ayudar a los rusos a entrar en Venezuela.
Se me endureció el rostro.
—Necesitamos más dinero. Así podremos incluso vender más barato que los disidentes de las FARC. Haz correr la voz entre los cultivadores. Dobla la producción este mes. Tenemos mercado para venderlo; necesitamos más producto.
Asintió. Sabía que no tenía elección.
—Dominus me habló de tu matrimonio.
Ladeé la cabeza.
—Sí.
—¿La obligaste a quedarse contigo?
—No podía hacer eso. Ella eligió.
—Eligió lo que tú querías, ¿verdad? La habrías obligado a quedarse si hubiera querido marcharse.
Era cierto. Cuando Made quiso irse, no la dejé. No le di la libertad hasta que dejó claro que estaba conmigo.
—Te conozco, Gianni. Me alegro de que hayas encontrado un puerto seguro. Un hombre necesita una compañera.
Alcé la mirada hacia mi hermano.
—Lo dices tú, que no tienes ninguna.
—Yo tengo de sobra.
Negué con la cabeza. No entendía ese tipo de relación y trataba de no discutírselo. Siempre había creído que el cuerpo era un templo sagrado y que no debíamos compartirlo con cualquiera.
—Sobre el compromiso de Caterina. ¿Por qué crees que atacó Vicenzo?
¿Tenía él las mismas sospechas que yo?
—¿Sabes algo de eso? —preguntó.
—No suelta palabra.
—A veces me dan ganas de sacarle la verdad a golpes —murmuró, tan bajo que fue más para sí mismo que para mí.
—¿La verdad sobre qué?
—¿Sabías que Vicenzo también atacó un convoy en el que iba Francesca? Si quieres mi opinión, intentaba llevársela.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pero ahora ataca allí donde está Caterina. Creo que aquí pasa mucho más de lo que se ve a simple vista.
Las piezas empezaban a encajar. Una certeza empezó a apoderarse de mí. Pero ¿cómo íbamos a saber la verdad si mi hermana no decía una sola palabra de nada?
—Algo no encaja —dije.
—Vicenzo nunca ha atacado a matar. ¿Te has dado cuenta?
—Intentó matar a Filippo Romagna. La bala le pasó a unos centímetros del cráneo.
—Sí. Al prometido.
Eran observaciones importantes, pero ni Nico ni yo deberíamos dejar volar la imaginación. Así que intenté quitarme la idea de la cabeza.
—Casi es la hora de ir a recoger a mi hijo al colegio —le dije—. Hablamos mañana.
—De acuerdo. Si no contesto, es la señal.
Asentí.
—No perdamos de vista a ese maldito Vicenzo. Es lo único que nos importa.
Nico estuvo de acuerdo.