CAPÍTULO 31
Gianni
La cena de compromiso de Caterina y Filippo resultaba demasiado fría e impersonal para una unión, aunque fuera concertada.
Al otro lado de la mesa, vi a mi hermana con la mirada clavada en el plato, como si estuvieran a punto de llevarla al matadero. A su lado, su prometido, sin una pizca de tacto, comentaba que debería engordar un poco.
Cerca de nosotros, Dom lo observaba todo con una despreocupación fingida, pero lo conocía lo suficiente para saber que no le hacía ninguna gracia que Caterina se convirtiera en una Romagna.
Él lo permitía por Luigi. Ella lo aceptaba por Luigi.
Las copas tintineaban entre conversaciones forzadas, mientras los demás hombres a nuestro alrededor hablaban de negocios.
—He oído que Nico se ha aliado con el Clan del Golfo… —le dijo uno de ellos a Dominus, que levantó las cejas.
—A Nico no le gustan los disidentes de las FARC.
—Nico odia a los comunistas —murmuré, recordando las veces que lo había repetido: que las ideas marxistas solo eran una forma de que un puñado de personas diera órdenes mientras las masas obedecían a ciegas, a costa de sus propias vidas, de sus valores y de su identidad.
—¿A quién le gustan los comunistas? —gruñó Dom desde el otro lado de la mesa—. Lo cierto es que Nico lo está haciendo bien. Es imprescindible en Colombia.
El hombre asintió, mientras otra persona me llamaba la atención.
Madeline…
Mi esposa.
Todo había empezado mal, como todo en este mundo sucio.
Pero aquella noche… estaba distinta. Me había aceptado.
Había aceptado el papel que tendría que desempeñar en mi vida.
Cuando una diseñadora vino a casa la semana anterior para anotarle el encargo de un vestuario nuevo, no rechazó nada. Lo entendió. Se lo agradecí.
Y ahora el vestido azul cielo le ceñía el cuerpo con una elegancia que me hizo olvidar, por un instante, el olor a pólvora que llevaba grabado en la memoria.
Le tomé la mano, que descansaba sobre la mesa, y me la llevé a los labios. Un beso, solo para recordarle que estaba allí.
—Tu hermana parece muy infeliz —murmuró muy cerca de mi oído, y después encogió un hombro con aire igual de desdichado.
Mi mirada volvió a Caterina. El tenedor giraba en un bucle interminable entre la pasta y la salsa de nata.
Era hermosa, más de lo que ella jamás podría imaginar.
Por supuesto, siempre la habían comparado con Francesca y siempre había salido perdiendo, porque Francesca era irreal, pero Caterina tenía un encanto que la distinguía de todas las demás.
Ojalá pudiera verse a sí misma, aunque fuera una sola vez.
Una parte de mí quería acabar con aquel compromiso, decirles que pararan, que aquello no iba a funcionar. Pero otra parte sabía que no tenía ningún derecho.
De pronto, un ruido me cortó el hilo de los pensamientos.
No fue un estallido fuerte. Solo un chasquido seco, amortiguado. Controlado. Profesional.
El cristal estalló en pedazos. La primera bala pasó justo al lado de mi oído. La segunda se incrustó en la pared, donde segundos antes había estado la cabeza del prometido.
Madeline gritó de miedo mientras yo la empujaba hacia el suelo. Fue una suerte que los niños no estuvieran allí. No podía creer que alguien se atreviera a enfrentarse a Romagna en su propia casa, la noche de su compromiso.
¿O… el objetivo era Dominus?
Por instinto, mantuve a mi esposa pegada al suelo mientras miraba hacia mi hermana.
—¡Quédate en el suelo! —le grité a Caterina, pero ella no me miró.
Saqué la pistola de la funda que llevaba bajo la chaqueta. Una Beretta APX negra. Fiable. Eficiente. Miré hacia la ventana. Sonó otro disparo. Fuera había hombres, tanto nuestros como de Romagna, y se había desatado un tiroteo.
Intentaban entrar por la terraza de atrás. Reconocí a uno de ellos.
Rinaldi… el armero de nuestro primo.
—¡Es Vicenzo! —le grité a Dominus, y lo vi transformarse al instante.
El cabrón se había atrevido… Después de años escondido en un agujero, se creía con derecho a venir a por nosotros.
¡Hijo de puta!
El comedor se convirtió en un caos. Filippo bramaba órdenes; los hombres de seguridad intercambiaban disparos con los intrusos.
Avancé hacia la ventana. Apunté, respiré, disparé.
Uno cayó. El segundo intentó huir y tropezó con un camarero muerto.
Dos tiros al pecho, uno en la frente. El tercero titubeó.
Un error de aficionado frente a un asesino profesional como yo. Disparé sin pensar.
Me volví para comprobar cómo estaban las mujeres. Made seguía allí, acurrucada bajo la mesa, pero Caterina…
Entonces la vi. Se dirigía hacia la salida con una pistola en la mano. En un instante comprendí el peligro y corrí hacia mi hermana.
Va a morir… No… ¡No puedo permitir que eso pase!
Pero Caterina fue más rápida. Ya estaba en la terraza, con el cuerpo expuesto a todas las balas, y disparaba.
Disparaba…
No sabía a quién apuntaba, pero el fuego del otro lado cesó. Nadie le disparó. Nadie. Y ella siguió disparando hasta vaciar el cargador. Y siguió apretando el gatillo incluso cuando ya solo se oía el clic en vacío.
Llegué hasta ella casi al mismo tiempo que Dominus. Él también la había visto y había tenido el mismo instinto de salvarla. Cuando la tomé en mis brazos, estaba temblando.
—¿Te has vuelto loca? —grité, pero ella no me oía.
Parecía que toda la vida se le hubiera borrado del rostro. Tenía los ojos vacíos. Se le descolgó el brazo y la pistola cayó al suelo. La metimos dentro, pero los disparos ya habían cesado. La pelea había terminado. Los hombres de Vicenzo simplemente habían huido en cuanto ella apareció.
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—¿Estás bien?
Madeline asintió mientras uno de los empleados le acercaba un vaso de agua.
Parecía estarlo. El vestido no tenía ni un desgarrón y en su rostro no se apreciaba ninguna señal visible de angustia.
—¿Esto pasa a menudo? —preguntó.
—Esto no había pasado nunca. Fue una jugada audaz, incluso para Vicenzo —expliqué—. Las familias son sagradas. Nunca han atacado los lugares donde están las mujeres…
—Vicenzo es un maldito bastardo que no respeta ninguna regla —dijo Dominus.
Temblaba de rabia y, aun así, no apartaba los ojos de nuestra hermana.
—¿Te has dado cuenta? —le murmuré, porque no quería que lo oyeran todos los presentes.
—Detuvieron el ataque cuando apareció Caterina. ¿Por qué?
Entonces fue hacia ella. Intenté detenerlo, porque ya sabía en qué iba a acabar aquello, pero Dominus era, sencillamente, imparable. La agarró por los brazos y la levantó del banco en el que estaba sentada.
—¿Qué quiere Vicenzo de ti? —exigió con dureza, pero ella no dijo nada.
No iba a hablar. No sabía si era un voto de silencio o si simplemente se quedaba sin voz cada vez que se mencionaba a Vicenzo. Y, si era así, pasaría meses sin emitir un solo sonido.
Pasos cerca de nosotros. Giré la cabeza y vi a Romagna, conmocionado.
—¿Cómo entró?
—Vicenzo es un parásito. Se cuela en cualquier parte —dijo Dominus—. Hace años me robó a Caterina de mi propia casa mientras yo dormía en la habitación de al lado. Es un bastardo.
«O tuvo ayuda». Me contuve de plantearle la idea a Dominus porque no quería empeorar las cosas. Algo no encajaba, y aquello parecía una bomba de relojería a punto de estallar.
—Lo siento mucho, Dominus. No sé cómo disculparme —dijo Filippo, con una vergüenza que parecía sincera—.
Esto nunca debería haber ocurrido. —Se volvió hacia Madeline, que seguía sentada en la silla junto a la mesa—.
Señora Carbone, su primera cena familiar y pasa algo así… Estoy profundamente avergonzado.
—Por favor, lo entiendo —dijo Madeline, con tanta compostura que me sorprendió—. Sabía que podían pasar cosas así, y lo acepto. No nací en la mafia ni crecí en ella. Pero ahora forma parte de mi vida.
—No debería ser así —dijo Dominus—. Pero, mientras quede un Carbone con vida, nunca te quedarás sin protección —le aseguró—. Creo que deberíamos irnos a casa. Esta cena se ha terminado, de todas formas.
Sabía que Dominus quería decir más. Que no solo se había terminado la cena, sino también el compromiso.
Total, aquella mierda no iba a funcionar nunca.
Pero no lo dijo. No lo haría, no ahora, con los nervios de todos a flor de piel.
Sabía que lo pensaría, que aclararía sus ideas y que, en el momento adecuado, hablaría con Filippo.
—¿Vamos? —Me acerqué a mi esposa y le cogí la mano—. Ya basta de emociones por esta noche.
Sonrió, y eso me reconfortó. Todo estaba bien, al menos para Madeline. Una preocupación menos en mi cabeza, ya destrozada por la tensión.