CAPÍTULO 30
Madeline
—Entiendo cómo te sientes.
Miré a Caterina. Yo estaba sentada en la cama de Gianni, con mi nueva cuñada frente a mí. A nuestro alrededor, nuestros hijos jugaban juntos como si se conocieran de toda la vida.
—¿Cómo ibas a entenderlo?
—Aparte de que yo soy hija de la mafia y tú eres una joven que ha caído en este mundo de la nada, somos iguales.
Todavía no me había convencido, pero dejé que se sentara a mi lado. Era tan guapa y olía tan bien que resultaba reconfortante.
—¿Qué quieres decir?
—Soy la quinta hija de Paolo Carbone. Mi padre, el padre de Gianni, era horrible.
Antes de mi madre estuvo casado con otra mujer, y dicen que la mató rompiéndole el cuello.
Apenas lo recuerdo; era pequeña cuando murió.
Pero mi madre vivía aterrorizada. Mi madre, Francesca, era muy joven cuando la entregaron a mi padre, y él ya había pasado de los cuarenta y cinco.
Su vida no fue fácil, ni la de mis hermanos mayores.
Sé que Dom fue grosero contigo, pero la verdad es que no era su intención.
Creo que me vio a mí en ti, y eso removió algo enterrado muy dentro de él que no tuvo el valor de expresar.
Era un completo misterio. Seguí escuchando porque quería saberlo todo. Todo lo que Gianni no me había contado.
—De su primer matrimonio, Paolo Carbone tuvo cuatro hijos.
Dom, el Capo, al que ya conoces. Beniamino, que vive en México.
Gianni, tu marido. Y luego Nicola, que está en Colombia.
Son hombres duros porque tienen que serlo.
Dominus, el mayor, dirige a los Lupi Sanguinari desde que murió mi padre.
Pero lo desafían constantemente. Dudan de él, intentan destruirlo y robarle el liderazgo.
Una parte de mí cree que a él le encantaría que ocurriera, pero sabe que sería la ruina de todos nosotros.
Nadie dejaría vivo a ninguno de los hijos de Paolo para que intentara recuperar el poder.
Así que él... él siempre tiene que ser más duro de lo que realmente es.
—No me lo creo. A mí me parece absolutamente odioso.
—Sí, me lo imagino. Oí lo que te dijo. Pero, insisto, no era a ti a quien hablaba. —Señaló a Luigi con la cabeza—. Soy madre soltera. No tengo marido. En el mundo normal eso no es un problema. En el mundo de la mafia, mi hijo es un bastardo que no debería existir.
Aquello me dejó atónita.
—Cuando volví embarazada, me habían violado —me dijo en voz baja, para que los niños no la oyeran—. Todos exigieron que lo interrumpiera. Somos católicos tradicionales y, aun así, todos querían que me deshiciera del bebé. Pero no podía... Lo entiendes, ¿verdad?
Las lágrimas que llevaba rato intentando contener se me escaparon de los ojos.
—Lo entiendo... No tienes ni idea de cuánto.
—Creo que sí... —Dejó claro que ya sabía lo que me había pasado—.
Dominus estuvo a mi lado. Está criando a su sobrino como un padre.
Tengo la suerte de que su mujer es una persona maravillosa, que no es de las celosas y acepta al niño sin amargarle la vida a nadie. Te caerá bien cuando la conozcas...
—No pienso conocerla. Me voy a divorciar de tu hermano.
—No lo harás, Made. No te estoy imponiendo nada, pero no lo harás. Un Carbone no se divorcia. Y Gianni no es un mal marido.
—Me mintió.
—Todos los hombres mienten. Podría ser peor.
—Lo aceptas todo con mucha facilidad —murmuré.
—Mi hermano hizo todo esto porque te quiere.
Está ahí fuera enfrentándose a Dominus porque te quiere.
¿Crees que ese hombre merece que lo abandonen?
En su lugar, enamorado de ti, ¿qué crees que debería haber hecho?
¿Confesarte que era un asesino a sangre fría?
Te habrías marchado y no te habría vuelto a ver nunca.
Una parte de mí quería agarrarse a esas palabras como a un salvavidas. Porque... quería quedarme. Era vergonzoso incluso pensarlo, pero lo pensaba. No me imaginaba lejos de Gianni. Ahora que había probado la felicidad, no quería renunciar a ella. Era como una adicción al pecado.
—Además, Vicenzo Carbone ya sabe de tu existencia. Podría llevarte y usarte como arma contra mi hermano. Y al niño también.
De repente comprendí la magnitud de todo aquello. Sí, algo se había removido ya dentro de mí al ver a Gianni en alerta, empuñando la pistola junto a la puerta. Pero oír ahora las palabras de Caterina me abrió los ojos.
—Te quedas, ¿verdad? —Me sonrió—. Tienes que quedarte para mi compromiso... —me invitó, y por primera vez algo de todo aquello me pareció casi normal.
—¿Compromiso?
—El hombre que estaba con Gianni. Nos vamos a casar. Es el Capo de la familia Romagna y ha dicho que criará a Luigi como si fuera suyo.
Escucharla dolía de verdad. Era todo tremendamente triste.
—¿Lo quieres?
Su sonrisa apagada respondió por ella.
—¿Y entonces por qué te casas sin amor?
—Porque estoy condenada. Una mujer que es...
¿Cómo lo llamó Dom? Las sobras de otro hombre.
Eso es lo que soy. Por eso te digo que no te hablaba a ti.
Iba dirigido a mí. Son palabras que no tiene el valor de decirme a la cara.
—Suspiró hondo—. ¿Qué puedo hacer? Mi hijo necesita un padre.
Necesita un apellido. Necesita que la gente olvide lo que es, para poder crecer con respeto. Filippo Romagna me lo prometió.
—¿Te quiere?
Su risa burlona me atravesó.
—Le gustan las mujeres con curvas. Yo no tengo ninguna. Desnuda con la mirada a mi cuñada Ava cada vez que la ve. Pero yo soy una opción porque soy una Carbone. Quiere estrechar lazos. Su hermana Chiara ya está casada con mi hermano Ben…
Le cogí la mano. Noté que el gesto la sorprendía. No sabía si estaba acostumbrada a la amabilidad de otras mujeres, pero yo compartía su dolor.
—Cuando tu hermano me pidió que me casara con él, yo no estaba enamorada. Solo quería casarme con él para darle un padre a Noah —le dije—. Pero me enamoré de él.
Su mirada se perdió a lo lejos.
—A mí no me pasará. Nunca podría querer a Romagna.
Quizá amaba a otro hombre. Quizá. No quise indagar. Sentía que llegaríamos a ser buenas amigas, pero no iba a presionarla.
—Gracias, Caterina… —murmuré—. Lo que has dicho me ha ayudado muchísimo.
Su sonrisa fue sincera. Me alivió tenerla como aliada.
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Por la tarde llegó ropa al apartamento. No dejaba de entrar y salir gente. Me presentaron a los nuevos tutores de Noah mientras se gestionaba su nuevo colegio, y también al personal de limpieza, al servicio… tantísima gente para proteger la casa, y a mí, y a mi hijo.
Apenas vi a Gianni en todo el día. Pero sí vi a Dominus.
Se quedó en el apartamento, encerrado en el despacho casi todo el tiempo.
En un momento dado me habló para disculparse por la primera impresión que me había causado.
No supe hasta qué punto era sincero, pero no soy de las que alimentan la rabia y el rencor.
Así que, al final de la noche, cuando Gianni entró por fin en el dormitorio, ya sabía que no había marcha atrás: aquella sería mi vida a partir de entonces.
—¿Ahora lo entiendes? —preguntó al verme sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y el cuerpo cubierto por aquella sábana de lino carísima.
—No sé si este es mi mundo. Puede que nunca lo sea.
—Pero no puedo dejarte ir. Ya no.
—Caterina ha dicho que podrían hacerle daño a Noah.
—Podrían. Pero no permitiré que eso ocurra. Confía en mí, tendrás una vida protegida, como todas las mujeres Carbone.
Se acercó a la cama y se sentó a mi lado. Su colonia seguía siendo la misma, pero era lo único en él que se parecía al hombre con el que me había casado. Su ropa era distinta, su expresión, su manera de moverse.
—Me quedo —dije.
—¿Estás segura? —Vi cómo se le iluminaba la cara. Noté que estaba más relajado.
—¿Y tú? ¿Estás seguro de que quieres que me quede? No soy elegante como tu hermana. Desde luego, no me parezco en nada a las demás mujeres de la mafia.
—¿Crees que todas las mujeres de la familia son tan elegantes como Caterina?
Ava es una payasa de primera y Chiara parece un fantasma —se rio—.
Dios, Madeline… Te quiero en mi vida. Eres el aire que respiro.
Me das fuerzas para sobrellevar los días.
Sin ti, vacía como estaba mi vida, me habría rendido hace años…
Y entonces me estampó la boca contra la mía. No sabía si quería devolverle el beso, pero mi cuerpo me traicionó por completo. No podía negar lo que sentía: el calor, la necesidad, la certeza de que pertenecía a ese hombre y de que no era capaz de dejarlo atrás.
El beso se volvió pura necesidad, más que cualquier otra cosa. Una necesidad desesperada de recordarnos el uno al otro que seguíamos ahí. Seguíamos juntos.
Se me escaparon gemidos suaves, excitados, dentro de su boca. Aquello despertó algo en Gianni, porque en cuestión de segundos se alzó sobre mí, se arrancó la camisa, se quitó la ropa a tirones, sin aliento, con ganas de perderse en lo que estaba creciendo entre nosotros.
Era el único hombre que me había hecho sentir así. Nadie antes de él, y nunca habría nadie después de él. Y por mucho que una parte de mí desconfiara y quisiera apartarlo, otra parte sabía que no había vuelta atrás. No se trataba solo de cómo me miraba ni de cómo me encendía.
Se trataba de amor. De amar. De comprender ese sentimiento y aprender de él.
Había estado sola toda mi vida, pero ahora mi corazón latía al ritmo del suyo.
Me quité el camisón y después el sujetador, con las manos temblorosas. Había algo especial en su mirada embelesada. Sonreí mientras me bajaba las braguitas. Cuando estuve completamente desnuda, le hice un gesto para que viniera. Incluso balanceé las caderas adelante y atrás para animarlo.
No hubo que decírselo dos veces. Se arrancó el resto de la ropa y vino hacia mí, con las manos recorriéndome y los besos repartidos por todas partes.
La cara, el cuello, los pechos. Los dos éramos personas complicadas y rotas, pero de algún modo habíamos conseguido encajar las piezas. Yo lo agradecía.
—Ti amo con tutto il cuore… —dijo, y como sabía que no lo entendía, añadió la traducción—. Te quiero con todo mi corazón.
Aquellas palabras me conmovieron. Me rodeó con los brazos. La cercanía fue especial, y el beso fue más suave esta vez. Me deleité con su sabor, desbordada de felicidad por estar a su lado y saber que era su mujer.
Luego Gianni me agarró las caderas y me levantó para recibirlo dentro. No había nada como la sensación de mi coño abriéndose para acogerlo. Era como ser libre y pertenecer a la vez. Me encantaba, y me aferré a sus hombros mientras lo recibía, con nuestros cuerpos ardiendo y llenos de vida.
Me miró a los ojos mientras me follaba. Nos quedamos así todo el tiempo, como si el otro pudiera desaparecer en cualquier momento. El vaivén generaba fricción y esa sensación tan rica del sexo. Su polla palpitaba al compás de mi corazón desbocado.
Embistió, y embistió… me folló una y otra vez hasta que su cuerpo se tensó, y ni una sola vez apartó la mirada. Sus ojos siguieron clavados en mí, incluso cuando los primeros destellos del orgasmo me hicieron apretar los párpados solo para sentirlo con más fuerza.
—Córrete... conmigo... ahora... juntos —murmuró con voz seductora.
Una oleada de placer me atravesó y solo entonces Gianni se permitió cerrar los ojos. Ni la mandíbula apretada pudo contener el rugido mientras se derramaba en lo más profundo de mí.
Fue brusco y delicioso... y lleno de sentimiento, todo a la vez.
—Te quiero —murmuré cuando se desplomó sobre mí con todo su peso.
Sonrió.
Sabía que la vida podía ser muy dura, pero, al lado de Gianni, estaba dispuesta a afrontar lo que fuera.