La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 28
78%

CAPÍTULO 28

Gianni

Atravesé el pasillo sin detenerme y pasé por delante de la habitación donde se alojaban Caterina y Luigi.

Solo estaba el niño, empujando un coche de juguete al lado de Noah.

Parecían ajenos a los horrores que los rodeaban: dos niños felices e inocentes que no hacían más que disfrutar de su infancia.

Era un monstruo por haber deseado alguna vez que ninguno de los dos hubiera nacido. Los quería a los dos, y a Noah más que a nadie. Lo había acunado en mis brazos cuando nació. Había estado a su lado desde que era un bebé y, desde hacía meses, lo criaba como si fuera hijo mío.

Era un ser humano. Tenía sentimientos. Existía.

Dejé a los niños y me fui a la cocina. Caterina estaba allí, preparándose una taza de té, cuando me acerqué. Me miró con curiosidad, pero no pude hacer otra cosa que rodearla con los brazos y apretarla contra mí.

—¿Qué te pasa, hermano? —murmuró.

—Perdóname —murmuré—. Siempre he sido muy duro contigo.

No hacía falta decir nada más. Ella lo entendió.

La había culpado de que hubieran abusado de ella.

La había culpado por no deshacerse del niño.

Ahora que veía a Madeline, una mujer increíble que había sufrido la misma violencia y había pasado por lo mismo...

sabía que no había sido justo. Ni con los niños. Ni con ninguno de los dos.

—Luigi y Noah son bendiciones de Dios —le murmuré al oído—. Gracias a Dios que no me hiciste caso.

—Noah... —murmuró—. ¿Noah es como Luigi?

Asentí.

—No importa. El pasado ya no importa. El futuro es lo único que nos importa ahora.

-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------

—Mis fuentes dicen que Vicenzo Carbone está cerca. Más cerca de lo que creemos.

Me crucé de brazos mientras Filippo soltaba aquellas palabras.

—¿Qué crees que quiere?

—Ni idea. —Romagna se encogió de hombros—. Tu primo es un hombre difícil de descifrar.

Siempre lo había sido. Teníamos prácticamente la misma edad.

Era hijo de la hermana de Paolo Carbone y cabeza de una familia de Nueva York.

Creció entre nosotros, con las mismas inclinaciones por el camino torcido.

Éramos prácticamente la imagen reflejada el uno del otro. Hasta que algo cambió en él.

Un día secuestró a Caterina. La gente decía que quería el poder absoluto y que la usaría como moneda de cambio.

Pero unos meses después nos la devolvieron.

Embarazada. Venía con una carta que decía que el hombre que la había violado estaba muerto.

No sabíamos si era cierto, porque Caterina no quería hablar.

En cualquier caso, nuestro odio, que ya existía por la lucha de poder dentro del clan, se triplicó. Había sido capaz de sacarla de la Tana, pero no había sido capaz de proteger su honor. Ninguno de los hermanos Carbone perdonaría nunca a Vicenzo. Nunca.

Y así empezó una guerra fría por el territorio. Llevábamos años en esa guerra, preparándonos para la aniquilación total. Queríamos destruir a Vicenzo, así que reforzamos nuestros lazos con cárteles y grupos armados de Sudamérica y estábamos negociando con los rusos, nuestros eternos rivales.

Todo para destruir a Vicenzo. Para borrar su nombre del mapa.

—¿Y dónde está mi futura esposa? —preguntó Romagna, y se llevó la taza a los labios.

Estábamos en el estudio. Todavía era muy temprano y Caterina aún no se había levantado. La verdad es que yo no había pegado ojo. Estaba demasiado preocupado por Madeline, por cómo reaccionaría ante todo lo que estaba pasando.

—¿Crees que mi esposa me perdonará? —le pregunté a Filippo.

—Se acostumbrará a la vida de lujos que llevan las mujeres de nuestro mundo. Y será feliz, créeme.

Como si quisiera desmentir las palabras de Filippo, oí un ruido en la puerta de entrada. Me levanté de golpe y me dirigí hacia allí, con Filippo pisándome los talones, solo para encontrarme a Madeline forcejeando con la cerradura, con un Noah somnoliento en brazos.

—¿Adónde crees que vas? —pregunté.

Porque no podía creer que, después de todo, de verdad fuera a dejarme.

—Me voy.

—Pero te lo he explicado...

—Lo que yo sé es que no voy a vivir con un hombre que me miente con la misma facilidad con la que se cambia de camisa. Me miraste a los ojos y me negaste hasta tu verdadero nombre.

—Madeline...

—En lo que a mí respecta, esto se ha terminado. Gracias por deshacerte de Jean, gracias por cuidar de mí todos estos meses, pero ya no confío en ti.

—No te vas a ir —dije con firmeza.

—Creo que el que debería irse soy yo —oí decir a Filippo, que intentaba escabullirse—. Cosas de marido y mujer...

—Exmarido —corrigió Madeline—. Sí, me voy. No vas a tenerme prisionera. ¿O te crees que puedes hacer lo que te dé la gana, como si yo no tuviera voz ni voto?

—Puedo. Yo siempre hago lo que quiero. Ya han intentado detenerme otras veces y todos fracasaron. Siempre fracasan.

De repente, cortando la discusión, sonaron unos golpes en la puerta. Nadie pasaba de recepción si no pertenecía al clan Romagna o a los Lupi. Filippo y yo nos miramos un instante, porque ninguno de los dos esperaba a nadie.

Aparté a Madeline de la puerta. Filippo se interpuso y la cubrió con su cuerpo mientras yo sacaba una pistola de la cintura y apuntaba a la madera.

Creo que intuyó la gravedad del asunto, porque por un instante se quedó completamente callada.

—¿Quién es? —pregunté.

Nada. Pegué la oreja a la madera. Al otro lado, silencio. Ni una respiración. Pero lo notaba, como una niebla que se colaba por el ojo de la cerradura, caliente y amarga.

Giré el pomo despacio, como quien reabre una herida vieja.

—¿Me vas a ahorrar la molestia o vas a hacer ruido? —murmuré.

La puerta se abrió con un chasquido seco y levanté el arma sin titubear. El dedo firme en el gatillo, la mirada gélida.

Y entonces lo vi.

—Baja esa mierda, Gianni.

Dominus estaba allí plantado. Su cuerpo grande y poderoso, su voz grave, un hombre acostumbrado a dar órdenes, no a pedir.

El brazo me tembló medio segundo. Solo medio. Después bajé el arma despacio. El corazón seguía golpeándome en el pecho, como si quisiera echar a correr antes que yo.

Ya estaba. Tenía a una mujer que intentaba dejarme y a un hermano furioso en la puerta.

Me hice a un lado y entró sin pedir permiso, como de costumbre.

Pasó por delante de mí como si el piso fuera suyo, y puede que lo fuera.

Se sacudió el abrigo de los hombros mientras avanzaba y sus ojos se posaron en Filippo y en la mujer menuda que sostenía al niño en brazos, como si eso pudiera protegerla del huracán que tenía delante.

—¿Fue por ella? —preguntó Dominus—. ¿Fue por ella por lo que hiciste sangrar a tu familia, Gianni?