CAPÍTULO 26
Madeline
Jean me había atado. Las muñecas me quemaban por culpa de la cuerda áspera, pero no grité. Suplicar no serviría de nada. Levanté la vista y observé a mi verdugo ir de un lado a otro, con pasos desiguales y sin apartar los ojos de mí.
Sabía lo que le pasaba.
Era soledad.
Estaba completamente solo en el mundo y ahora veía en Noah la oportunidad de tener a alguien. Yo sabía lo que era la soledad. Sabía lo densa y desesperada que podía volverse esa sensación, cómo podía empujarte a cualquier cosa.
Sentí un destello breve y fugaz de compasión. La soledad me había llevado a casarme con un hombre que mentía sin piedad. La soledad me había hecho ignorar las señales.
Quería llorar. La tarde se acababa; la noche llegaba temprano en aquel rincón helado del mundo. La luz, antes más intensa, apenas lograba colarse ya por los cristales rotos. Una bombilla amarillenta brillaba sobre la cabeza de Jean mientras seguía dando vueltas.
De pronto se detuvo. Un escalofrío me recorrió la espalda. No supe si era miedo o el frío húmedo que subía del suelo. Intenté mantener la calma mientras me miraba fijamente, metía la mano en el bolsillo y sacaba un documento.
—¿Qué es eso?
Tenía los ojos vidriosos cuando levantó el papel.
Y de repente vi al mismo monstruo de años atrás, capaz de cualquier cosa para conseguir lo que quería.
Esa cara todavía me perseguía en las pesadillas.
Pero no conseguiría quebrarme. Porque estaba Noah.
Y estaba todo lo que Noah significaba para mí... Lo era todo.
—Vas a firmar esto —dijo, señalándolo—. Ahí reconoces que soy el padre de Noah y me cedes la custodia del niño.
—¿Qué?
Dejó caer el papel justo a mis pies.
—¿Has perdido la cabeza? —pregunté.
—Es mi derecho. ¡Soy su padre!
¿Su derecho?
—No eres su padre. Eres el hombre que me violó.
Negó con la cabeza. Fue entonces cuando me di cuenta de lo fuerte que era. Tenía miedo, pero por mucha rabia o intimidación que usara, no le daría a mi hijo. No firmaría jamás. Nunca le entregaría a mi pequeño a ese cabrón.
—¡Fírmalo de una vez! —gritó.
—Aunque lo firmara, no tendría ningún valor legal —le advertí—. ¿Has hablado siquiera con un abogado?
De repente, me reí.
—Claro que no. Estás desesperado. Estás sin blanca —señalé—.
Y puedes amenazarme, gritarme, pegarme, darme una paliza...
pero no vas a conseguir nada. Con ningún papel.
Porque si a mí me pasa algo, Noah se queda con mi marido.
Estoy casada, casada legalmente. Y Gianni ha criado a Noah.
Es su padrino; estuvo conmigo en el hospital.
Ningún juez del mundo se lo quitaría a Gianni para dárselo a un loco que no puede ni mantener a un niño.
Vi un rastro de lucidez cruzarle la cara. Era muy improbable que algún día llegara a comprender de verdad todo lo que había hecho, pero, aún así, era una posibilidad. Así que fingí comprensión para que me desatara.
—Puedo colaborar contigo, Jean. De verdad que puedo. Pero no puede pasar de un día para otro. Noah ni siquiera te conoce... No puedes plantarte delante de él exigiendo derechos.
Veía cómo se iba calmando.
—Ya lo verás... Noah será mucho más feliz conmigo.
Sus pensamientos confusos se desbordaban.
—Merece saber quién soy. Merece saber que tiene un padre...
El nombre de mi hijo en su boca... era como veneno. Cerré los ojos y me tragué el pánico. Intenté mantener la farsa.
—Lo sabrá. Solo... solo desátame. Por favor. Colaboraré, te lo prometo.
Retrocedió un poco, como si lo estuviera considerando. Se enderezó despacio. Y entonces... algo cambió. La sonrisa desapareció. Frunció el ceño. Entrecerró los ojos.
—Me estás mintiendo, ¿verdad? —escupió—. Me odias. ¡Nunca me dejarás acercarme a mi hijo!
De pronto estaba encima de mí, con las manos alrededor de mi cuello. Tenía los ojos desencajados, enloquecidos de furia. Las cuerdas me impedían defenderme; me retorcí, me faltaba el aire y el mundo empezó a girar.
Luché por respirar, por ganar unos segundos. Quizá por Noah. Era lo único que me mantenía consciente. Porque sabía que, si me mataba allí, no sería por mí. Sería por poder. El mismo poder que había tenido sobre mí casi cuatro años antes.
Tenía que sobrevivir... por Noah. No podía dejar a mi hijo a merced de ese cabrón.
La presión en la garganta no dejaba de aumentar. Los ojos se me llenaron de lágrimas y la visión ya se me cerraba por los bordes. Pero entonces sonó un estallido. Un estruendo seco y violento que sacudió todo el edificio.
El impacto hizo que el monstruo me soltara el cuello. Se volvió hacia la entrada, desconcertado, y retrocedió a trompicones. El humo llenó la sala y lo engullió todo en un velo gris. Y entonces, entre los escombros y el polvo suspendido en el aire, aparecieron dos siluetas.
Pistolas en mano.
Con los ojos entreabiertos, los reconocí a los dos. Uno era mi vecino, Luca. El otro era mi marido...
—¿Gianni...?
Mi voz salió ronca y desgarrada, como si la hubieran arrancado de muy dentro de mí. Tosí, intentando entender qué estaba pasando.
Porque era difícil de entender. Mi marido —el contable— estaba allí, vestido de negro de la cabeza a los pies, con una pistola humeante en la mano y una expresión fría, indescifrable. Ni siquiera parecía la misma persona.
Sí, ya sabía que tenía una doble vida, pero aún así me costaba comprender cómo el hombre que había acunado a Noah en brazos tantas veces, con tanta dulzura, podía ser el mismo que avanzaba hacia Jean sin pestañear.
Gianni se detuvo frente a él. Lo miró fijamente y luego le hizo una seña a Luca con dos dedos.
Luca se adelantó de inmediato, agarró a Jean y lo apartó de mí.
Solo entonces Gianni se volvió hacia mí y se arrodilló a mi lado.
Le temblaban las manos mientras cortaba las cuerdas con un cuchillo que no le había visto sacar.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? —Ahora su voz era otra, aún tensa pero cargada de emoción, mientras me examinaba el cuello.
No contesté. Estaba dividida entre la gratitud y la rabia. Me había engañado tantas veces, me había mentido durante años. No iba a olvidarlo solo porque hubiera hecho de héroe.
Gianni dejó de mirarme y bajó la vista al suelo. El papel estaba allí tirado. Lo recogió y lo leyó.
—¿Es el padre biológico?
Él nunca sería padre.
—Me dejó embarazada, si es eso lo que preguntas. Pero no es el padre de Noah.
—Si te dejó…
—Me violó —le dije, porque ya no me importaban las consecuencias—. Tenía diecinueve años, acababa de salir del centro de acogida. Mi primer trabajo de verdad fue en la empresa de su familia. Limpiaba la fábrica al cerrar. Un día entró, me tiró al suelo y…
No pude seguir. Un sollozo me desgarró al salir, cargado de un dolor del que nunca había escapado de verdad.
Y hasta ese momento no había sabido cuánto seguía doliendo.
La mano de Gianni se posó un instante en mi hombro.
Quería mostrarme comprensión y apoyo, pero yo también estaba furiosa con él.
Furiosa porque me había hecho creer que las cosas podían ser distintas, que no todos los hombres eran iguales, cuando en el fondo no era más que un mentiroso nato.
Así que me zafé de su mano. Ya tenía los brazos libres, de modo que lo empujé.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—¿Cómo que qué hago aquí, Made? Soy tu marido.
—Mentiroso… Tienes otra familia… ¡Los he visto!
—Es mi hermana. Te la presentaré, te lo prometo.
—¿Tu hermana? ¿Y entonces por qué me mentiste en todo, incluso en tu nombre? ¡No hay nada de ti que pueda creer!
Otro hombre entró en la sala. Luego otro. Y otro. En cuestión de segundos, el lugar se llenó de hombres vestidos de negro. Una parte de mí quiso entrar en pánico, pero la calma absoluta de Gianni acabó por tranquilizarme. Los conocía.
—Gianni. —Uno de los hombres se acercó. Era alto y poderoso—. ¿Así que esta es tu señora?
—Sí —respondió Gianni antes de volverse de nuevo hacia mí—. Mi jefe, Madeline… Filippo Romagna.
De pronto, recordé el nombre. Recordé haber oído hablar de ellos. Mafiosos poderosos, gente imponente que se había hecho con el control absoluto del país. Una familia italiana construida sobre acero y sangre.
—¿Estás en la mafia? —le pregunté a mi marido.
—No es un Romagna —respondió Filippo por él—. No pertenece a nuestro clan, sino a un aliado. Una de las organizaciones más grandes del mundo. Los Lupi Sanguinari. Los Lobos de Sangre.
LS… Lo llevaba tatuado en el cuerpo. Me había dicho que eran las iniciales de una antigua novia.
—¿Cuánto me has mentido? —pregunté.
—No empezó a propósito… —murmuró—. Después hablamos y te lo explico todo, ¿vale? Pero ahora tengo que ocuparme de… —Se giró para mirar hacia atrás—. No le perdonaré la vida a Jean Smith. Como tampoco se la perdonaré a Vicenzo Carbone. Los dos son culpables del mismo crimen.