CAPÍTULO 25
Gianni
—¡Explícate, Gianni! —me espetó Caterina en cuanto se cerró la puerta de mi apartamento.
Sabía que aquello no podía durar eternamente. Que en algún momento las mentiras empezarían a tropezar unas con otras. Pero nunca imaginé que todo se derrumbaría un día cualquiera, tan rápido que a duras penas pude asimilarlo.
Estaba con mi hermana, Caterina, cuando apareció Madeline.
Ocurrió todo muy deprisa. Me enorgullezco de tener ojos en la nuca, pero no la vi hasta que Made estuvo justo a mi lado, con el rostro rebosante de indignación y humillación.
Me cruzó la cara y se dio media vuelta. Pensé en salir tras ella en ese mismo instante, pero sabía que las cosas solo empeorarían si lo hacía.
Lo primero que haría Caterina sería llamar a Dom y contarle lo que pasaba.
Así que me quedé, porque necesitaba que mi hermana no me traicionara.
Mientras la acompañaba dentro, saqué el móvil y le escribí a Luca. Seguía allí. No se marcharía hasta que yo volviera. Le dije que vigilara a Made para que no hiciera ninguna locura. Me contestó con un ok.
Apenas había leído la respuesta cuando me arrebataron el móvil de las manos.
—¿Qué cojones es esto? —quiso saber Caterina—. ¿Quién es esa mujer? ¿Y por qué necesita protección?
Suspiré.
—Tengo dos vidas, Caterina. Dos vidas separadas. En una, soy tu hermano y el hermano del Capo. Soy un asesino que vive en las sombras y cumple órdenes sin cuestionarlas. Pero en la otra…
Se me quebró la voz, pero la mirada penetrante de Caterina era demasiado intensa para detenerme ahí.
—Soy contable. Un tío más que cobra un sueldo. Casado. Con un niño pequeño. Vivo en un pueblo no muy lejos de aquí…
Se le abrió la boca de asombro y pareció quedarse sin fuerzas. Caminó hasta el sofá y se sentó al lado de Luigi, que jugaba a algo en una consola portátil.
—Estás de broma…
—No bromeo. —Fui hasta el sofá y me arrodillé frente a ella—. Dominus no puede enterarse.
—¡Tienes que estar de broma! —repitió ella, esta vez más enfadada—. ¿De verdad crees que puedes seguir viviendo esta mentira?
—Él no lo entenderá… Madeline no viene de una familia mafiosa. Es una mujer normal, y…
—Pero tendrá que entenderlo. Porque tienes un hijo, ¿no?
—No exactamente. No biológicamente. Quiero al niño como si fuera mío, pero no lo es. Cuando la conocí, ya estaba embarazada…
Solo entonces Caterina comprendió la magnitud del asunto. En realidad, decirle a Dominus que era gay habría sido mejor que confesarle que le había costado una alianza matrimonial sólida para la familia y, además, había traído a casa a un niño que no llevaba nuestra sangre.
—Vale. Pero lo hecho está hecho. Tienes que ir a buscar a tu mujer y arreglar esto. Dile que soy tu hermana, y…
De pronto, una imagen me cruzó la mente. Hasta ese momento había estado tan aturdido por el hecho de que Madeline hubiera descubierto mi vida secreta que no había caído en que me había llamado Carbone…
—Sabe que soy un Carbone —murmuré.
—¿Cómo que lo sabe? ¿No lo sabía?
—Claro que no. También le mentí sobre mi apellido. Es una larga historia.
—Así que sabe que eres un Carbone. Si lo busca, descubrirá que perteneces a una de las mafias más poderosas que existen. Y, además, cree que tienes otra mujer y otro hijo, porque cuando me miró se le notaba a la legua lo traicionada que se sentía. Dios…
Caterina soltó un suspiro pesado. Pese a lo increíble de la historia, era práctica y parecía que solo quería arreglarlo todo.
—Ve a buscarla, Gianni… Y arregla esto. Luigi y yo nos quedaremos aquí. Mañana ven a recogerme para que pueda conocerla. Luego hablaremos con Dominus. Estaré de tu lado, te lo prometo.
—¿Crees que será tan fácil? Es una mujer trabajadora. ¿Crees que va a aceptar a un mafioso? —Estaba furioso.
Y avergonzado. Por primera vez en mi vida, avergonzado de quién era.
Caterina me observaba, inmóvil, como si intentara descifrar lo que estaba viendo.
—¿Cómo pudiste mentir tanto, hermano? ¿A una esposa? ¿A tu propia familia?
No lo sabía. Simplemente había sido más sencillo mantener a cada uno en su compartimento que arrastrar a Made a los planes de Dom.
—No te delataré ante Dom, pero tienes que contarle la verdad.
Dominus está concertando un matrimonio para ti en Oceanía.
Allí hay un clan poderoso, y una joven a la que usarán para unir a las familias.
Tienes que avisarle antes de que asuma otro compromiso que no podrá cumplir.
Ya ocurrió una vez, con Filippo… y van dos…
la gente habla, Gianni… Hace que parezca un Capo débil.
Tenía razón.
Pero en ese momento estaba embotado, incapaz casi de reaccionar allí de pie, frente a ella.
—Una parte de mí creía que podría vivir en las sombras para siempre —confesé.
Caterina alzó la mano hasta mi cara. Me acarició la sien como hacía cuando éramos más pequeños, siempre que quería consolar a alguno de nosotros por cualquier cosa.
Cómo pasan los años. Ahora estaba tan crecida, tan firme.
Giré la cabeza y miré a Luigi. Tenía unos ojos intensamente azules que brillaban con la luz de la pantalla.
—¿De verdad vas a aceptar a Filippo?
—Estoy marcada, y a mi hijo lo señalan como bastardo, fruto de… —No siguió—. Haré lo que haga falta para darle una vida a Luigi. Una vida con respeto.
—Pero si Filippo ni te gusta.
—Eso no importa. Lo que importa es Luigi. Si Filippo puede tratar a mi hijo con dignidad, me casaré con él.
—Sabes… A Filippo le gustan con curvas.
—Lo sé. En la boda lo vi desnudar a Ava con la mirada. Ya sé que tendrá amantes de sobra. Ya no espero amor, hermano. Eso se acabó hace mucho.
Asentí. De todos nuestros destinos, el suyo era el peor, porque no tenía nada por delante. Solo vivir. Y ver crecer a Luigi. Me levanté y fui hacia la puerta.
—El piso está listo para ti. El edificio tiene seguridad en cada planta. Voy a por Madeline. Estás en tu casa, Caterina.
Salí antes de ver asentir a mi hermana.
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Ya estaba en la autopista cuando sonó el teléfono.
—¿Gianni?
La voz de Luca sonó entrecortada por los altavoces del coche.
—Dime, Luca.
—Estaba siguiendo a tu mujer. Ese tipo, Jean, la ha agarrado cerca de tu casa. Voy justo detrás de ellos; no tiene ni idea de que lo he seguido. Le aprieta un cuchillo casi contra las costillas para obligarla a caminar. Así que no me he acercado demasiado, para que no haya accidentes.
Apreté las manos en el volante, pero no cambié de expresión mientras escuchaba.
—De acuerdo —dije.
—Están en ese edificio que compró. Voy armado, pero todavía no he entrado. Podría matarlo, si quieres. Todavía no le ha hecho daño a Madeline. La tiene sentada en el suelo, hablándole. —Eso me dijo que Luca estaba observando por una ventana—. ¿Tengo luz verde para disparar?
—No. Necesito saber por qué está haciendo esto —dije con firmeza—. Aguanta ahí. Si intenta algo contra ella, dispara.
—Tengo el dedo en el gatillo y la nuca de ese tipo en el punto de mira —dijo él—. ¿Cuánto tardarás en llegar?
—Diez minutos.
—Bien.
—No lo pierdas de vista. Llego enseguida y voy a acabar con esto. De una vez por todas.