La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Madeline

Si hubiera sido sincera conmigo misma, habría admitido que, desde el primer momento en que conocí a Gianni, algo no encajaba.

Un hombre tan guapo como él, perdiendo el tiempo en un bar en medio de la nada, que entraba cada noche solo para tomar un café.

Y después, años más tarde, la propuesta de matrimonio.

Siempre hubo un hilo suelto en el tejido de nuestra vida cotidiana. Yo, simplemente, elegí no tirar de él.

La casa a la que me llevó no tenía decoración, ni adornos, ni un solo cuadro en las paredes. Nunca había hablado con nadie de su familia, ni siquiera había visto una foto suya. Nunca había cruzado una palabra con ninguna de las personas con las que pasaba los días. Eso no era normal.

¡No lo era en absoluto!

No había querido verlo, eso era cierto. Porque me había enamorado de él. Del buen hombre que pagaba todo sin hacer preguntas. Del marido amable que elogiaba cada comida que yo preparaba. Del hombre que siempre me llevaba a pasear por el parque, de la mano.

Pero la verdad era que ya no podía ignorar lo extraño que era Gianni.

Callado. Ausente la mayor parte del tiempo.

Durante meses había intentado convencerme de que todo estaba en mi cabeza, de que ningún matrimonio es perfecto.

Pero la duda se cuela en silencio y, cuando Marion habló, lo invadió todo.

Llegué a casa con el corazón desbocado. Primero me ocupé de lo que tenía que hacer: bañé a Noah, le preparé una merienda y luego lo senté delante de la tele y le dije que viera una película.

Mientras se bebía a sorbos la leche templada y veía los dibujos medio dormido, empecé a registrar cada rincón del piso.

Cada cajón, cada armario de la cocina. No sabía exactamente qué buscaba, pero entendí lo que no encontré: ni facturas atrasadas, ni papeles viejos, ni recuerdos.

Vacío… el lugar estaba vacío.

Fui al dormitorio. Abrí su lado del armario y empecé a sacar sus abrigos. Rebusqué entre su ropa; su olor me hizo titubear un instante.

¿Estaba realmente preparada para enfrentarme a lo que pudiera encontrar?

Pero ya había cruzado la línea. No había vuelta atrás.

Dos pantalones después, encontré un trozo de papel. Un recibo de una cafetería, a nombre de…

Gianni…

Carbone…

Gianni Carbone…

Algo se me congeló dentro. Había oído ese nombre antes, de los dos hombres del restaurante. Pero no lo había relacionado con mi marido, porque él era un Peletier. De eso estaba segura… Al fin y al cabo, me había casado con él. ¿O no? Había leído su nombre en el certificado de matrimonio… ¿O no?

Me volví hacia mi lado del armario y saqué una caja de un cajón. La verdad era que nunca había tenido ese certificado realmente en las manos. El día de la boda estaba demasiado nerviosa. Y después, bueno, nunca cambié mis propios documentos.

Seguía siendo Madeline Anderson.

Saqué la caja. Me quedé mirando el certificado como si fuera a quemarme las manos antes de cogerlo. No me las quemó. Lo levanté y leí.

«Comparecieron en esta fecha…», empecé a leer, hasta que me topé con mi propio nombre. Madeline Anderson, junto con mi fecha de nacimiento. Después, el nombre de mi marido.

Gianni Carbone. Estadounidense, con ciudadanía canadiense.

Los sollozos me sacudieron por completo. Algo me advertía de que había más. Ese apellido me sonaba de algo, pero no lograba ubicarlo. Aun así, intenté mantener la calma mientras volvía a su lado del armario. Necesitaba seguir buscando.

Rebusqué otra vez entre su ropa. Ya sabía que me mentía, que había mentido sobre su propio nombre, pero necesitaba descubrir por qué.

Entonces, entre mis dedos apareció una hoja arrugada, metida en el bolsillo de unos pantalones. La alisé rápidamente. Era una factura de la luz, pero no de este piso. Su nombre estaba impreso arriba, sí, pero la dirección… era de Montreal.

Así que tenía otra casa. Otra vida.

El corazón se me paró un segundo, como para darme tiempo a comprender.

Tenía otra dirección. Y puede que otra mujer.

Llegué a trompicones hasta la cama, donde descansaba el teléfono que me había dado, sobre las mismas sábanas en las que tantas veces había hecho el amor apasionadamente con Gianni. Marqué un número. No el suyo.

—Hola… Marion… Necesito un favor…

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Gianni me llamó esa noche, pero no contesté.

Solo le mandé un mensaje diciéndole que no podía hablar porque tenía un dolor de cabeza terrible.

Lo intentó unas cuantas veces más, pero no cogí el teléfono.

No quería hablar con él, no por teléfono.

Mis preguntas tenían que contestarse cara a cara, y eso haría al día siguiente.

No dormí esa noche. La factura de la luz estaba a mi lado en la cama, una compañía pesada que no me dejaba cerrar los ojos. Cada vez que la miraba, el dolor volvía, palpitante.

Se me ocurrieron mil posibilidades para intentar perdonarlo. Quizá era una propiedad antigua, quizá estaba ayudando a alguien, quizá… Pero en el fondo ya lo sabía.

A la mañana siguiente, después del turno de Marion, dejé a Noah con ella. Lo llevaría al colegio y lo recogería después si yo no había vuelto todavía. Hasta la hora de clase, se quedaría con ella. Me deseó suerte, pero no había suerte en mi futuro.

Cogí un Uber hasta la dirección. El papel arrugado me temblaba en las manos y, con cada kilómetro, el corazón me latía más fuerte.

Llegamos a un barrio rico. Casas de lujo, mansiones que me dejaban con los ojos como platos, hasta que nos detuvimos cerca de un edificio de unas cinco plantas, también de lujo a todas luces.

—Señora, ¿está segura de que esta es la dirección correcta? —preguntó el conductor.

Claro. Veía mi ropa corriente, y aquel era un lugar para famosos.

—Sí, es aquí —murmuré.

Bajé del coche y el conductor arrancó. Me quedé a cubierto, junto a un árbol, al lado de un parque, con la factura de la luz en la mano, intentando recuperar el aliento antes de entrar a preguntar por Gianni en la recepción de su edificio.

Pero él apareció antes.

Mi marido.

Solo que no era mi marido.

No con esa ropa, ese abrigo negro que a todas luces costaba una fortuna. No al volante de un Ferrari. No saliendo de él como si fuera lo más natural del mundo, para luego dar la vuelta al coche y abrir la puerta del copiloto.

Entonces vi a la mujer. Impecablemente vestida.

Dolorosamente hermosa. Pelo oscuro, piel pálida.

Había algo suave, delicado, en la forma en que tomó la mano de Gianni para bajar del coche.

Dijo algo; creo que se estaba quejando, porque tenía una expresión extraña en la cara.

Pero luego se echó a reír, se acercó a él y lo abrazó.

Fuerte.

Él se dejó y le devolvió el abrazo.

Se separaron un momento después. Él volvió al coche, echó el asiento un poco hacia delante y vi aparecer a un niño pequeño. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenía la edad de Noah…

Se me heló la sangre en las venas.

Lo vi agacharse para coger al niño en brazos. Pero algo lo detuvo y, por un instante, pareció que le dolía. Entonces se volvió hacia la mujer y le pidió que lo hiciera ella. Cuando ella lo cogió en brazos, Gianni echó a andar delante de ellos hacia el edificio.

Me quedé allí, invisible, un buen rato, simplemente mirando. Con las manos temblorosas y la garganta seca. Una parte de mí quería golpearlo; la otra comparaba nuestras dos realidades.

Empecé a caminar hacia ellos. A Gianni no le costó ni dos segundos verme. Se le fue todo el color de la cara, mientras la mujer me miraba con curiosidad.

—Madeline… —murmuró, pero yo ni siquiera fui capaz de oír su voz.

Entonces le di una bofetada y descargué en ese único golpe todo mi dolor y toda mi indignación.

—¿Quién es esta loca, Gianni? —preguntó la otra.

Me daba igual lo que pensara. Que se apañara él solo con su otra vida. No estaba enfadada con ella; probablemente no era más que otra de sus víctimas.

—Nunca debí confiar en ti —dije.

Eché a andar mientras sacaba el móvil para pedir otro Uber. La mano de Gianni me agarró del brazo justo entonces.

—Espera, Made… Puedo explicártelo.

—Claro que puedes. Carbone —dije, porque quería que supiera que había descubierto que incluso me había mentido sobre su propio nombre—. Carbone… Todo en ti es mentira.

—Made…

—No se te ocurra seguirme. Nuestro matrimonio ha terminado.

Fui tan firme que me sorprendí a mí misma.

—¿De verdad creías que podrías engañarme para siempre?

Solo entonces me soltó. Con los ojos desbordados de lágrimas, me marché. La fantasía romántica que me había construido no era real. El amor no existe para la gente como yo. No sabía cómo había conseguido engañarme a mí misma durante tanto tiempo.

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Llegué a casa aturdida. El mundo de fuera parecía borroso y lejano, como si viera la vida a través de una ventana agrietada.

El conductor de Uber que me recogió en Montreal me llevó de vuelta en completo silencio; debió de notar que no estaba bien.

Pero no dijo nada. Simplemente paró delante de mi edificio y yo bajé después de pagar.

El cielo ya empezaba a oscurecerse, teñido de gris. Iba a llover. Hoy no hacía tanto frío, así que no caería nieve. Pensé que necesitaba llorar un rato en la cama antes de ir al colegio a recoger a Noah.

Fui hacia las escaleras. Empecé a subir despacio, sin darme cuenta del momento en que alguien apareció detrás de mí.

Me hice a un lado con un paso vacilante para dejar pasar al vecino que fuera, pero la sombra se movió rápido al borde de mi visión y, antes de que pudiera gritar, algo frío —¿una navaja? — se apretó contra mi cuello.

—Madeline —susurró una voz de hombre, baja, arrastrando las palabras—. Quiero a mi hijo.

Se me paralizó el cuerpo. Intenté girarme, pero Jean me agarró los brazos con fuerza y me arrastró fuera del edificio.