La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Gianni

Dominus estaba furioso. De pie en el enorme salón, delante de toda la familia, me miraba fijamente con una expresión extraña, como si se contuviera para no retorcerme el pescuezo.

—Quiero una explicación, Gianni…

Apenas había puesto un pie en la Tana. Ni siquiera había saludado a mi cuñada, ni a mi hermana, ni a mi madrastra. Aún llevaba la maleta en la mano y la mirada fría, impasible.

«Dile la verdad…». Algo me susurró al oído.

Solo tenía que decirlo. ¡Joder! ¡Ya no había marcha atrás!

Ben se había casado con Chiara, el matrimonio estaba consumado y asunto cerrado.

Dom no podía deshacer lo que ya estaba hecho.

Pero recordé lo que había dicho Filippo…

Todavía había un acuerdo con Oceanía en marcha, y Dom podía usarme para eso…

Así que… «dile la verdad…».

Observé a mi hermano con atención mientras Francesca se levantaba y se interponía entre los dos. Se acercó y me abrazó. Era la mujer más hermosa que ninguno de nosotros había visto jamás. Sinceramente, habría sido una modelo o una actriz de éxito si no la hubieran vendido a mi padre.

—¿Qué ha pasado, Gianni? ¿Por qué has montado todo esto? —me preguntó.

«¡Estoy casado!».

—No me puedo creer que mis propios hermanos hayan desobedecido mis órdenes y hayan hecho lo que les ha dado la gana a mis espaldas. ¿Sabes qué mensaje manda eso a todos los demás? ¡Que nadie tiene por qué hacer lo que ordena el Capo!

«¡Estoy casado!».

«Díselo, Gianni…». La voz seguía susurrándome al oído. «Dile que estás casado. Dile que no puedes casarte con otra mujer. Que ya tienes una familia».

—¡Habla, caspita! —rugió Dominus.

Ahora solo quedaba la familia. Las tres mujeres y mi hermano. Rocco no estaba. Creo que de algún modo había delatado a Ben. No a propósito, claro…, pero estaba avergonzado. Yo no estaba enfadado con él. Seguía siendo un crío y, francamente, aquello no podía mantenerse oculto para siempre.

Solo necesitaba que mantuviera la boca cerrada hasta que el matrimonio de Ben estuviera consumado. Después de eso, ya estaba hecho. Nuestras leyes son muy claras en cuanto al matrimonio. Y Dominus es el más devoto de todos nosotros.

Aun así, era astuto y calculador. Sabía que el mundo estaba cambiando, que las bandas y los cárteles se estaban haciendo fuertes, tan fuertes como las mafias. Y no quedaba otra que fortalecerse mediante lazos de sangre. Dom buscaba honor. El honor es más fuerte que el dinero.

—Entiendo tu frustración —le dije—, pero hice lo que tenía que hacer.

Francesca me apretó el brazo. Supongo que no eran las palabras adecuadas.

—¿Lo que tenías que hacer? ¿Y lo que tenías que hacer era traicionar a tu hermano? —gritó Dominus, y avanzó hacia mí.

Aparté con suavidad a mi madrastra. Entre los hermanos Carbone, las cosas a veces se ponían violentas.

—¿Por qué? ¡Dímelo! —exigió, tan cerca que sentía el calor de su aliento en la cara.

«¡Estoy casado!».

«¡Estoy casado!».

«¡Estoy casado!».

—Soy gay.

¿Qué clase de mentira era esa, joder? Pero fue lo único que salió de mi boca en mi desesperación por proteger la vida que tenía con Madeline.

Vi cómo la cara de Dominus cambiaba de color varias veces. A Ava se le quedó la boca abierta, y Caterina intentó disimular una sonrisa antes de estallar en carcajadas. Sinceramente, hacía años que no la veía reír.

La mano de Francesca, que no se había separado de mi brazo, me apretó con fuerza. Esperaba que Dominus perdiera los nervios y empezara a exigir la verdad, pero retrocedió de golpe, como si sintiera un dolor físico.

—Papà lo decía, pero yo nunca me lo creí —murmuró—. Nunca te he visto con una mujer…

No podía creer que de verdad se lo estuviera tragando.

—Sí, bueno… —murmuré.

Y, para sorpresa de todos, simplemente salió de la sala.

Sin decir una palabra más. Parecía que alguien le hubiera dado un golpe que lo había dejado aturdido y necesitara un momento para recuperarse.

No lo seguí. Me quedé donde estaba y lo vi marcharse.

Al poco, Francesca me soltó y fue tras él.

Caterina no se movió. Se limitó a mirarme como si me estuviera estudiando, pero no dijo nada.

Solo Ava, con ese enorme barrigón, se acercó a mí.

—Vamos, Gianni… Tu habitación te espera.

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—¿Qué llevas en el bolsillo?

Se lo pregunté cuando la pillé metiendo la mano en el vestido y toqueteando algo ahí dentro.

—Nada.

Vi la culpabilidad en la cara de Ava y me acerqué. Estábamos los dos solos en la habitación. Le cogí la mano y se la levanté. Entre los dedos tenía dos galletitas de azúcar.

—¡No me lo puedo creer! —le espeté.

—¡Ya no soporto la comida sana!

—¿Sabes lo que puede hacerle a tu bebé tener el azúcar alto en sangre?

El bebé puede crecer demasiado, nacer antes de tiempo, venir al mundo con el azúcar por los suelos y pasarse los primeros días de vida en la UCIN.

Y esa criatura podría tener un riesgo mayor de desarrollar diabetes tipo 2 más adelante. ¿Es eso lo que quieres?

No creo que nadie la hubiera regañado así nunca. Vi la culpa en los ojos de Ava. Creo que, hasta entonces, solo había sopesado el riesgo que corría ella. Me puso las galletas en la mano y juró que no volvería a comerlas.

—¿Cómo sabes esas cosas?

Me encogí de hombros.

—He pasado por situaciones muy distintas en la vida. He aprendido un poco de todo.

Seguí deshaciendo la maleta. Tenía ropa en la Tana, en el armario. Lo único que había traído eran dos o tres cambios de ropa interior. Ava se sentó en la cama y me observó mientras guardaba mis cosas. Sabía que quería decirme algo, pero no sabía cómo sacar el tema.

—¿Qué pasa?

—Gianni, el amor que tu familia siente por ti no va a cambiar —me aseguró.

Me cago en todo.

—Lo sé.

—Tu sexualidad no nos importa a ninguno de nosotros.

Increíble que ninguno lo dudara ni un segundo. Pero mejor que se lo creyeran.

De repente, mi hermano irrumpió en la habitación. Dom me miró fijamente, con una expresión impenetrable, como si estuviera listo para la guerra.

—¡Quiero conocer a tu hombre!

¡Joder!

—¿Qué?

—Tu hombre —explicó—. ¿Quién es ese tipo?

—No estoy con nadie —intenté objetar.

—¿Es Filippo?

La situación era tan irreal que no pude aguantar más y me eché a reír. Creo que nunca me habían visto reír. No soy de los que ríen, ni de los simpáticos. Pero ahí estaba, doblado junto al armario, intentando controlar la risa y las lágrimas.

Por lo demás, silencio. Dominus esperaba, y Ava miraba a su marido con preocupación.

—No, no es Filippo —dije, cuando por fin conseguí parar de reír—. Todo lo contrario. Filippo está pensando en pedir la mano de Caterina.

Dominus parecía demasiado sorprendido para contestar.

—Caterina… Luigi es…

—Filippo lo sabe. Y está pensando en criar al niño como si fuera suyo. Necesita casarse, y quiere estrechar los lazos con nuestra familia.

—Yo… tengo que hablar de esto con Caterina…

Nunca había necesitado hablar con ninguno de sus hermanos para concertar un matrimonio. Simplemente lo anunciaba. Pero Caterina siempre había sido la niña de los ojos de Dominus. Puede que por eso la traición de Vicenzo doliera tanto.

—Está bien, hermano —le dije—. En cuanto a mí, preferiría, si es posible, que no hubiera más bodas. Sinceramente, casarme con la hija de algún mafioso no es la mejor idea para mí.

Dominus no respondió. Pero supe que, por ahora, estaba a salvo.

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—Dominus ha hablado conmigo —dijo mi hermana, y se sentó a mi lado en el sofá.

Estaba tomando una taza de té negro. Le hice un poco de sitio y me fijé en su expresión vacía mientras intentaba darle sentido a toda la situación.

—¿Qué opinas? —le pregunté.

—Es una salida para mí. Luigi tendría un padre. Un apellido. La gente dejaría de señalarlo y de llamarlo…

No terminó la frase. No hacía falta. La observé un momento. Mi hermana parecía desgastada, cansada. No había vuelto a ser la misma desde que mi primo la trajo de vuelta. Ahora se la veía emocionalmente exhausta.

—Será un buen marido. Te lo prometo. O lo mato —juré—. Y él lo sabe. Sabe que lo mataría si te tratara mal.

Nadie que nazca en la mafia cree de verdad ser libre. Somos producto de matrimonios concertados y seremos figurantes en nuestra propia vida durante toda nuestra existencia. Yo me había atrevido a hacer las cosas de otra manera, y por eso vivía una mentira absoluta. Desde hacía mucho tiempo.

—No eres gay, ¿verdad? —preguntó ella.

En realidad no era una pregunta. Lo estaba afirmando.

—No entiendo cómo se lo ha creído Dominus —admití. No iba a mentirle.

—Porque creen que todo hombre tiene que vivir entre las piernas de una mujer.

No entienden a la gente que es más… como tú —dijo, señalándome—.

Tú no tienes esa necesidad. Pero, de vez en cuando, he visto cómo tus ojos se detenían en una mujer.

Un instante, nunca mucho tiempo… pero… lo he visto.

Y, sobre todo, nunca los he visto detenerse en un hombre.

Era perceptiva, inteligente. Le acaricié la mejilla con suavidad.

—Quiero que me lleves a Canadá. Antes de aceptar a Filippo, quiero probar un poco cómo es la vida allí.

Me sorprendió. No había salido de su caparazón en años.

—No tengo mucho tiempo para cuidar de ti —dije.

—Lo sé. Puedo quedarme en tu apartamento, encerrada.

Allí hay seguridad. De vez en cuando, cuando puedas, podré ir a hablar con Filippo, contigo presente, por supuesto.

Quiero ver cómo se porta con Luigi. Dominus me ha dicho que puedo rechazar la propuesta, pero solo lo haré después de comprobar con mis propios ojos cómo reacciona Romagna ante Luigi.

Era fría. Calculaba cada paso. Y no haría nada que pusiera a Luigi en peligro.

Pero no siempre fue así. Antes era la luz de esta casa: descarada, deslenguada, rebosante de vida. Le encantaban los grupos de rock y criticaba sin tapujos las decisiones de Dominus. Discutía, peleaba… jugaba, reía…

Y entonces, a los dieciocho, la secuestraron. Meses más tarde, nos la devolvieron embarazada. Habían abusado de ella. Y cambió.

Recordar cómo era Caterina antes y ver lo que le costaba sacar adelante cada día… dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Por muchos secretos que tuviera que guardar, no la dejaría atrás.

—De acuerdo, hermana.