CAPÍTULO 20
Gianni
Observé a mi imponente hermano bajar del todoterreno oscuro en cuanto el conductor le abrió la puerta. Respiré hondo, agradecido a Dios de que Beniamino estuviera cumpliendo su parte del trato.
Hacía frío. Los copos de nieve caían con suavidad. Yo estaba acostumbrado, pero, después de haber vivido en el calor de Veracruz, a Ben el viento helado se le haría insoportable. Me acerqué sonriendo y le abrí los brazos en cuanto se apartó del coche.
—¡Hermano!
No soy muy sentimental, pero estaba tan contento de que Beniamino me salvara de Chiara que alargué el abrazo bastante más de lo que suele durar una muestra de afecto entre hombres.
—¿Ya han llegado los demás? —preguntó.
Quería saber del resto de la familia. Le había dejado creer que Dom se enteraría del cambio, pero no podía contárselo.
Dom nunca lo habría aceptado. Francesca y Caterina no guardarían el secreto.
Y Nico estaba demasiado ocupado para algo así.
De modo que no me había quedado más remedio que hablar solo con mi tío Afonso y con mi hermano pequeño.
—Solo Rocco —respondí—. Nico tiene problemas en Colombia —dije, dando el primer paso en la sarta de mentiras—.
Luigi ha tenido fiebre, pobrecillo, así que Caterina y Fran no han podido venir.
El embarazo de Ava es complicado... Tiene diabetes gestacional y hace unos días tuvo un sangrado.
Está en reposo y Dom no se separa de ella.
—Pero ¿está de acuerdo con el intercambio que hicimos?
Me había acorralado con esa pregunta.
—Ajá.
Por la mirada que me lanzó supe que me había pillado.
—Lo prometiste, Gianni...
—Tranquilo. Está hasta arriba de problemas y...
Dom no puede pensar en esto ahora mismo.
Empecé a sacar el tema de la boda y me cortó para hablar de Ava y del bebé.
—Más mentiras—. Está preocupado y no quiero echarle esto encima justo ahora.
Francesca dijo que le explicará mejor la situación en cuanto pueda.
Era cierto que Dom estaba desbordado y que Ava tenía diabetes.
Pero jamás, ni una sola vez, había sacado el tema con el Capo cuando lo llamaba.
Y hasta me habría gustado hacerlo, la verdad.
Podría haberle dado a Ava algunos consejos para el embarazo, porque en los últimos meses me había convertido en un experto en alimentación saludable. Pero no podía decir nada.
Tenía la sensación de pasarme todas las horas de mi vida mintiendo a todo el mundo.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
Rocco me llenaba de orgullo. Se había convertido en un hombre fuerte y decidido. Y de verdad había guardado mi secreto sobre la boda de Ben. Ahora, allí, ante el altar donde se encontraba el obispo, mientras veía a Ben y a Chiara intercambiar sus votos, me sentía el hombre más afortunado del mundo.
Rocco me dio una palmada en el hombro mientras veíamos a Ben jurar que amaría y protegería a la insulsa y descolorida Chiara.
—¿Por qué te has tomado tantas molestias, hermano? —preguntó, y demostró así que era más perspicaz de lo que yo pensaba.
—Simplemente, no quería casarme con ella.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? No tienes por qué guardártelo todo.
¿Qué se estaría imaginando?
—No hay ningún secreto, Rocco. Es que no quería, y punto.
Me estudió un momento más, pero enseguida lo interrumpieron los vítores del final de los votos.
Estaba hecho. Ni siquiera Dominus podía hacer que nos echáramos atrás.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
—Deberías contárselo a Ben —sugirió Filippo mientras veíamos a Chiara subir al coche que se la llevaría muy lejos—. Comparte el secreto, o la carga se te hará demasiado pesada, Gianni.
—Ninguno de ellos lo entendería.
Filippo no pareció estar de acuerdo, pero se dirigió hacia los recién casados.
Lo vi despedirse de su hermana... La quería, a su manera retorcida, pero la quería.
Deseaba un buen futuro para ella, un matrimonio decente, y había hecho lo que estaba en su mano para conseguirlo.
Simplemente, no sabía resolver las cosas de otra manera.
—Cuida de mi hermana —le pidió a Ben.
—Cuenta con ello.
Entonces me despedí de Ben. Poco después se marcharon, y la vida habría vuelto a la normalidad si no hubiera sido por la petición urgente de Filippo.
—Tenemos que hablar.
El tío Afonso y Rocco ya se habían ido. Ben y Chiara también.
La boda había terminado, así que sabía que no quedaba nada que tratar al respecto.
Solo quedaba el trabajo. Y, por la mirada de Filippo, era algo serio.
Lo seguí hasta su despacho, y el aire caliente de la calefacción central me acarició la cara.
—He oído que Vicenzo Carbone ha estado por tu zona —me dijo en cuanto entramos, y se me erizó el vello de los brazos.
¿Cómo no me lo había dicho antes? Aunque entendía el motivo: la boda.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pero se dice que estuvo preguntando por ti en el pueblo.
Me acerqué a la ventana. A través del cristal empañado se veía la nieve que caía con fuerza sobre el jardín.
—Que venga —murmuré.
—No creo que pretenda matarte. Para eso no vendría en persona.
No me importaba lo que quisiera Vicenzo. Yo solo quería matarlo. No pensaba escuchar ni una palabra de lo que dijera. Si se me ponía delante, sacaría la pistola y le metería una bala en la cabeza con mucho gusto.
—Tienes que sacar del pueblo a tu mujer. Y a tu hijo —me advirtió Filippo—. Puede que Carbone no quiera tocar a tu familia, claro, pero siempre hay un riesgo.
Tenía razón. Pero, aunque meses atrás Madeline me había pedido que nos mudáramos a Montreal, ahora se había hecho a la vida del pueblo y estaba contenta. Tenía trabajo, a Noah le iba bien en el colegio…
—Me ocuparé de ello —murmuré.
—Hay otra cosa…
Siempre había algo más.
—Mis hombres, ya sabes… están en todas partes. Tengo gente en los negocios del pueblo, en las empresas de transporte… En fin… Uno de ellos, que vive en la zona, me ha dicho que hay un tipo preguntando por Madeline.
«¿Perdona?»
—¿Quién?
—Compró un edificio abandonado cerca de tu casa. Puede que solo sea… un admirador… Pero también anda rondando el colegio de Noah. Creo que deberías hablar con tu mujer del asunto.
Asentí y le di las gracias a Filippo por la información.
—¿Cómo se llama?
—Jean Smith —me dijo Filippo—. Espero que ya haya elegido una lápida bonita.
Sonrió.
La iba a necesitar.