La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Madeline

—Aquí entra gente de todo tipo —me advirtió la dueña, la señora Avenir—. Tendrás que saber lidiar con ellos.

Asentí. Ya había trabajado en un sitio así y sabía que siempre habría alguien grosero o borracho, y que tendría que apañármelas sin montar una escena.

—Ningún problema.

No fui capaz de adivinar si a Gianni le gustó oírlo. Cuando se lo conté, su cara era un muro. Solo me recordó que no tenía por qué hacerlo, y me pareció tierno cómo intentaba protegerme y cuidar de mí, pero no era justo que fuera el único que aportaba.

Aquella mañana me levanté temprano, me puse el uniforme nuevo y salí con Noah hacia el colegio.

Lo dejé allí sobre las siete y media y después me dirigí al restaurante.

Allí ya estaban otras dos mujeres, que acababan el turno de noche; me saludaron deprisa y luego me explicaron cómo le gustaba a la señora Avenir que se hicieran las cosas.

—Mantén siempre los ingredientes preparados en la nevera —dijo Marion Dame, una chica de poco más de veinte años, de piel muy oscura y con el pelo recogido en un moño bien tirante—. Cuando se acaben, haces más. Así, cuando alguien pida, el plato sale antes.

—Entendido.

Trabajar allí acabó siendo una de las mejores cosas de mi vida.

Sobre todo porque ellas dos, Marion y Alicia, eran muy amables, y siempre me reía con las historias que contaban del turno de noche.

Solo coincidíamos unas horas, porque se marchaban cuando yo llegaba, pero en esos ratos tan breves nació una amistad.

Durante el día, los clientes eran más razonables y simpáticos.

La mayoría eran familias que viajaban por la autopista y paraban a comer algo, o camioneros de paso.

Incluso atendí a un cliente de Saint-Jérôme.

Se me llenó el corazón al comprobar con cuánto cariño me seguían recordando en Saint-Jérôme.

Los días empezaron a pasar. Luego, las semanas.

Noah iba bien en el colegio. Gianni mantenía su rutina de viajes diarios a Montreal. A veces volvía a casa agotado, a veces pensativo, pero nunca permitió que el trabajo le robara tiempo a la familia.

Mi marido siempre reservaba un sábado o un domingo para salir con Noah. También se sentaba a su lado en el salón y lo ayudaba con los deberes, que en realidad no eran más que garabatos y cosas así. Gianni siempre estaba ahí para escuchar las historias de Noah.

Creo que esa fue nuestra mejor época. Pero, como todo lo bueno, no duró. Un día, cerca del mediodía, entró un cliente en el restaurante.

Lo saludé sin levantar la vista y le ofrecí una mesa. Hasta que no acabé de meter unos billetes en la caja no levanté la cara hacia él. Y me quedé helada.

—Hola, Madeline…

Jean Smith sabía quién era yo. Sabía mi nombre. Sabía dónde trabajaba. Sentí que el pánico me ahogaba mientras buscaba una salida. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Atacarme allí mismo, en el restaurante?

Por suerte, a esa hora había otra gente alrededor. Y él era un cobarde. Nunca haría nada que pudiera dejarlo en evidencia delante de otros.

—Ya sé lo de Noah —dijo antes de que yo pudiera hablar, y tuve que agarrarme al mostrador para no derrumbarme. Me quedé sin fuerzas—. Necesito conocerlo.

Algo dentro de mí se congeló. No solo el cuerpo, sino el alma entera.

Cada célula de mi ser gritaba. ¿Quién se creía que era para atreverse a pedir algo así?

¿Quién? Cabrón… cabrón… Me quedé mirándolo, y esta vez le estudié la cara.

Era el mismo Jean. Esa expresión de arrepentimiento no me conmovió, porque era la misma mirada que todavía me perseguía y me aterraba.

Había envejecido, pero no había cambiado en nada.

Seguía viéndome como una presa.

—¿Qué? —Mi voz salió baja, pero cortante.

Él sonrió. Como si tuviera derecho. Como si no me hubiera arrancado más de lo que a nadie se le debería poder arrancar.

—Te reconocí en el supermercado. Después te seguí. Vi al niño. Hice las cuentas. Pero incluso sin eso… el crío es el retrato clavado de mi padre.

Se me revolvió el estómago.

—¡Vete al infierno!

A pesar de las palabras, mi voz salió muy baja.

—Madeline, por favor. Solo quiero verlo. Conocerlo. Tengo derecho a…

—¿Derecho? ¡Me violaste!

—Era joven…

Esa excusa me rompió.

—Yo también. Diecinueve años, recién salida de un centro de acogida. Sin casa, sin familia. Probando suerte en un trabajo. Y tú me destrozaste.

Él dudó, pero no por culpa. No lo lamentaba. Solo quería reescribir lo que había pasado.

—Tú también querías, Made…

—¡Jamás! Me das asco.

—No gritaste.

—¿Habría servido de algo? ¿Te crees que fuiste el primer hombre que me hizo daño? Sé que querías que gritara para sentirte poderoso, pero no eres más que un pedazo de mierda que consiguió tumbarme porque eras… porque eras un poco más fuerte que yo. Pero eso se acabó.

Él soltó un largo suspiro.

—He cambiado, Madeline. Mi vida ha cambiado. Mi padre murió en un accidente hace dos años. Mi madre, el año pasado. La fábrica quebró y tuve que venderla… Desde entonces estoy solo. Es muy duro. Pero ahora me he enterado de que tengo un hijo…

—¡Tú no tienes ningún hijo!

—Noah es…

—No es nada tuyo. ¡Ya tiene un padre!

—¿Quién? ¿Ese pringado con el que te casaste? ¡Ese tío es patético!

—Es decente. Es un hombre honorable —dije con firmeza—. Lárgate de aquí o llamo a la policía.

—¿Hay algún problema?

Una voz ajena a nuestra discusión me hizo volverme hacia otro hombre que acababa de entrar. Tenía el pelo negro y unos ojos negros e intensos, como los de un demonio. Era tan grande e imponente que me habría dado miedo si no hubiera tenido toda su atención puesta en el hombre que tenía al lado.

—No es asunto tuyo —murmuró Jean.

No era valiente. Era un insensato. Un temerario.

—Qué idiota —murmuró otro hombre detrás del recién llegado—. ¿Sabes con quién estás hablando, gilipollas?

Jean lo estudió. Yo también. La presencia de aquel hombre era demasiado poderosa para ignorarla.

—Vete, Jean —dije por fin—. Antes de que llame a la policía. Antes de que le grite al mundo entero lo que hiciste.

Se quedó mirándome. Luego se fue. Yo seguía temblando cuando salió, con los ojos ardiendo, mientras la rabia, la indignación y la vergüenza me inundaban.

—Muchísimas gracias —le dije al hombre que había entrado—. Por favor, dejad que os invite a un café para agradecéroslo.

Los dos hombres se miraron.

—No tenemos mucho tiempo, Roy —le recordó el de los ojos intensos—. Hemos venido al pueblo a buscar a un hombre que se apellida Carbone. —Se volvió hacia mí—. ¿Lo conoces?

Carbone… Carbone… Ese nombre lo había leído en algún sitio.

—No —respondí con sinceridad—. ¿Y de nombre?

Quizá fuera un cliente y solo lo conociera por el nombre de pila. Los hombres me siguieron hasta una mesa y se sentaron mientras yo iba a por las tazas y la cafetera.

—Gianni —explicó el que se llamaba Roy.

Sonreí.

—Solo conozco a un Gianni. Pero se apellida Peletier. Es mi marido.

Se miraron entre ellos.

—No es el mismo hombre.

Acabé de servirles y añadí:

—Os agradezco de verdad lo que habéis hecho. Me llamo Madeline —me presenté.

—Roy —se presentó el más joven—. Y este es Vicenzo.

Otra sonrisa de agradecimiento. Otro cliente me llamó porque quería algo de la carta. Me alejé para atenderlo. Cinco minutos después, cuando volví a mirar hacia la mesa donde había dejado a los hombres, ya no estaban.

Lo único que dejaron tras de sí fue el peso persistente de su presencia… y un billete de cincuenta dólares sobre la mesa.

No tenían por qué hacerlo.

Pero sonreí al recoger el dinero.

Y de pronto me di cuenta de que me había vuelto más valiente. No iba a dejar el trabajo ni a huir. Iba a enfrentarme a Jean, y sabría que jamás lograría acercarse a mi hijo. Tenía que hacerlo sin que Gianni lo supiera. No quería echar esa carga sobre los hombros ya cansados de mi marido.