La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Madeline

La casa estaba demasiado silenciosa después de que Gianni se marchara al trabajo. Se había llevado a Noah y dijo que lo dejaría en el colegio. Aprovechando la soledad, decidí hacer un bizcocho para darles la bienvenida esa tarde.

La casa estaba demasiado silenciosa... Resultaba extraño.

Pensé en ir al salón y encender la televisión, solo por tener algo de ruido, pero me enfrasqué en mezclar la masa y se me olvidó.

Aun así, el silencio me incomodaba. Ni un soplo de viento, ni un crujido de las tablas del suelo, nada.

Solo silencio... y esa sensación inquietante, como si alguien me estuviera observando.

El timbre sonó justo entonces. Gianni se había marchado hacía media hora. Se me ocurrió que habría olvidado algo, porque era el único que podía estar llamando al timbre. Las llaves, seguro.

Me lavé las manos a toda prisa y cogí un paño de cocina mientras caminaba hacia la puerta.

El pomo estaba allí mismo, delante de mí, pero se me quedó la mano paralizada antes de llegar a tocarlo.

No podía explicar por qué. Era como si una parte de mí supiera exactamente lo que había al otro lado...

pero tenía que abrir. Tenía que mirar. Tenía que enfrentarme a ello.

Así que reuní valor y lo giré. El pánico fue creciendo a medida que la puerta se abría. Se apoderó de todo mi cuerpo y me subió a la garganta como algo espeso y asfixiante. Me estrangulaba igual que unas manos invisibles mientras contemplaba la figura de Jean Smith.

Quería echar a correr. De verdad que quería. Pero las piernas no me obedecían. Las paredes empezaron a cerrarse sobre mí; el pasillo se alargaba, se deformaba, como un túnel de pesadilla.

Así que grité.

Y me desperté.

Desperté sobresaltada, jadeando, con Gianni a mi lado, que me sacudía con suavidad.

—Made... —susurró en la oscuridad previa al amanecer.

Me invadieron unos sollozos desesperados mientras me aferraba a mi marido.

—Solo era una pesadilla, Made...

Su voz profunda me envolvió y calmó el pánico.

—¿Una pesadilla? —murmuré, consciente poco a poco de que estaba a salvo, junto a Gianni, en nuestra cama.

Jean no me había reconocido en la tienda. Para él era una figura insignificante. No había riesgo de que me hiciera daño ni de que intentara nada contra mí. Estaba a salvo, intenté convencerme, mientras las manos de Gianni me acariciaban la cara con un consuelo que solo él sabía dar.

Pero el llanto venía en oleadas que no lograba contener. Un dolor tan profundo, como una herida en carne viva que nunca cicatriza. Llevaba años fingiendo que no estaba ahí, pero ver a Jean la había hecho sangrar de nuevo.

—¿Qué ha pasado, Made? ¿Quieres hablar de ello?

No. No quería ni recordarlo. Y nunca podría contárselo. Era demasiado vergonzoso. Le daría asco, estaba segura. Y ya lo quería lo suficiente para tener miedo de perderlo.

—No, estoy bien —dije, y me incorporé en la cama para coger el vaso de agua de la mesilla. Encendí la lámpara antes de cogerlo—. Creo que... ni me acuerdo de lo que he soñado —mentí.

—Vale... son cosas que pasan, las pesadillas —murmuró, y me deslizó la mano derecha por la mejilla. Solo cuando atrapó una lágrima me di cuenta de que seguía llorando.

Hacía tanto tiempo que no lloraba...

—No te preocupes. Yo cuidaré de ti —dijo.

Sonreí. Sabía que haría todo lo posible por estar siempre a mi lado, pero el dolor que llevaba en el corazón iba mucho más allá de lo que Gianni podría arreglar jamás.

—Siento haberte despertado. ¿Qué hora es?

Gianni miró el reloj.

—Las cinco y diez. De todas formas, en un rato me tocaba levantarme para ir a trabajar.

—Aun así, has perdido casi una hora de sueño. Lo siento de verdad.

—No hay nada que sentir. ¿Qué hombre no querría despertarse con su mujer agarrada a él como si fuera su mundo entero? —bromeó.

Le sonreí mientras alargaba la mano hacia su mandíbula. Le acaricié la barba áspera y rasposa. Siempre iba tan impecable. Seguro que se afeitaría en la ducha de la mañana, pero en ese momento resultaba de lo más humano.

Me gustaba así.

Tenía un aire muy salvaje. Me deslicé hacia él y me subí a su regazo. Gianni se limitó a recibirme y me agarró de la cintura mientras yo balanceaba las caderas despacio, adelante y atrás.

Era un ritmo delicioso. No tardó en besarme la boca, con la respiración entrecortada, hambriento de más. Llevaba puestas las braguitas, así que no me penetró. Solo jugábamos así, deslizándonos, disfrutando de la erección matutina que siempre despertaba con el alba.

—¿Tienes sueño? —pregunté mientras me tomaba los pechos entre las manos.

—Ya no.

El juego no duró mucho. Consiguió levantarme lo justo para bajarse el pantalón del pijama y los bóxers por las caderas. No necesité más aliciente para quitarme yo también las braguitas.

Gianni me hacía sentir libre. Humana. No una cosa, sino alguien a quien amar. Su tacto me daba calor, y su voz llegaba a un lugar dentro de mi corazón que no sabía explicar.

Creía que lo amaba. De verdad que lo creía.

Quizá eso era el amor: que el corazón me latiera con tanta fuerza siempre que lo tenía cerca.

Pero no podía contarle mi secreto, porque sabía que su manera de mirarme cambiaría.

Y me gustaba cómo me miraba ahora. Como si fuera una mujer cualquiera.

Con un pasado, sí, a la que quizá algún novio dejó embarazada, y nada más.

No alguien a quien habían roto mucho antes de que tuviera la oportunidad de estar entera, que había traído al mundo a un hijo nacido de la violencia.

Quizá me juzgaría. Yo me juzgaba por las noches, cuando nadie me veía.

—¿Made? —preguntó él. Creo que me había alejado del momento por pensar demasiado.

Así que volví a él. Volví a restregar mi coño palpitante contra su polla, sin dejarlo entrar, solo sintiendo, y la sensación era deliciosa. Piel contra piel, todo mi cuerpo sensible a mi marido.

Respiraba de forma agitada. Y supe que luchaba por alargar el juego, por estirar el tiempo entre nosotros. El calor de su cuerpo quemaba, y el deseo salvaje me provocó una oleada de humedad caliente entre las piernas.

—Vas a hacer que me corra solo de frotarte así contra mí —dijo él.

Me encantaba ver con qué entrega se rendía a mí. Yo tenía el control, y era una sensación maravillosa. Los susurros que le salían de la boca eran roncos y dulces, y aun así delataban su hambre.

Una oleada de excitación me desgarró por dentro. Sin aliento, me acomodé para recibirlo mejor, abierta, entregada a él. Gianni dejó que lo guiara.

Nos fundimos en uno. Solo había deseo y entrega absoluta.

Intenté respirar mientras se hundía en mí, un poco brusco, lleno de energía.

Mi marido me dio la vuelta en la cama para ponerse encima y, al hacerlo, salió de mí un instante.

Cuando volvió a entrar, tenía la punta de la polla aún más hinchada, y mi coño lo absorbió, ávido.

Empezó a entrar y salir, cada vez a un ritmo más frenético, con la boca buscando la mía y la lengua marcando el mismo compás que su polla.

Levanté la pierna y la deslicé arriba y abajo por la parte de fuera de su muslo. Él se quedó inmóvil unos segundos y luego empezó a follarme con desesperación.

Empecé a correrme de lo hondo que llegaba. Se me implosionó la mente de puro éxtasis mientras bombeaba dentro de mí, cada vez más rápido.

Era tan intenso que rozaba la brusquedad. Y, sin embargo, seguía habiendo un fondo de ternura que no sabría explicar.

—Made… Me voy a correr —dijo él.

Seguí moviéndome con él mientras se derramaba dentro de mí; quería retener cada segundo de ese momento único, cada latido suyo en mi interior.

No usábamos preservativo, porque yo no tenía útero y no había ninguna posibilidad de quedarme embarazada.

Y no había nadie más, ni para él ni para mí.

De eso estaba segura. Casados. Marido y mujer.

Éramos sagrados el uno para el otro.

—Te quiero —le susurré al oído.

Se detuvo un instante, con la polla todavía palpitando, el cuerpo entero paralizado. Luego me sonrió y me besó en la boca antes de contestar.

—Yo también te quiero, Made… Más que a nada en esta vida… Córrete en mi polla, cariño…

Me hormigueaba la piel hasta la locura y grité cuando el nirvana me arrolló.

Me entregué al placer, desbordada por un amor que nunca imaginé que pudiera merecer. Y luego nos dejamos caer, agotados y entre risas, saboreando aquel momento tan especial.