CAPÍTULO 17
Gianni
—¿Está malo? ¿Quieres que te prepare otra cosa?
La voz de mi esposa resonó en mis oídos. Dije que no y me llevé a la boca un bocado de verduras al vapor. Noah, a mi lado, me contaba lo increíble que había sido su día en el colegio, y yo intentaba prestarle atención mientras parloteaba emocionado.
Pero no podía. La atención se me iba otra vez al plato. Me quedé mirándolo casi un minuto entero. Un instante después, la voz de Madeline volvió a traerme de vuelta al preguntarme si me pasaba algo. Su esfuerzo me hizo sentir culpable.
Se moría por complacerme. Hacía todo lo posible por mantener la casa limpia y ordenada, cocinaba cada noche, se esforzaba a todas horas por que naciera cariño entre nosotros. Era la esposa perfecta.
La amaba.
Pero aquella noche había cometido un error grave, sin saberlo.
Había contestado mi teléfono. Era culpa mía. Lo había dejado sobre la mesa. Ni siquiera lo había apagado. Ese tipo de descuido no era propio de mí. Pero ahora solo podía lamentarlo y esperar a ver qué pasaba.
—Gianni —dijo mi esposa, captando mi atención—. ¿Estás enfadado?
Negué con la cabeza.
—Claro que no.
Inquieto era la palabra. Mi vida iba a quedar patas arriba si no lograba que Filippo mantuviera la boca cerrada.
—Hoy fui al supermercado. Dejé el recibo en la mesa, pero no lo has mirado.
Por Dios, debería haber forzado al menos una sonrisa, pero no lograba concentrarme.
—Le compré un capricho a Noah —dijo ella.
Asentí, esforzándome por parecer interesado.
—¿Es un problema?
¿Era una pregunta con trampa? Miré al niño y luego otra vez a Made.
—No lo sé. ¿Lleva azúcar?
—No, era sin azúcar. —Suspiró—. Te pregunto si es un problema que haya gastado ese dinero, Gianni.
Maldita sea… ¿De verdad creía que estaba de morros por unos céntimos de una tableta de chocolate? Alargué el brazo por encima de la mesa y le cogí la mano, intentando tranquilizarla cuando apenas podía tranquilizarme a mí mismo.
—No gano tan poco, Made —dije, intentando calmarla.
Ella creía que yo vivía al día, cuando en realidad ayudaba a dirigir un imperio mafioso que se extendía por todo un país.
Las cifras que manejábamos eran inimaginables para Madeline.
Agradecía la pequeña ayuda económica que le daba aquí, y este piso pequeño y seguro, cuando la verdad era que debería haberla llevado a mi piso de lujo de Montreal.
No era justo que fuera la única mujer de los Carbone que no vestía ropa de diseño ni tenía el lujo de gastar dinero sin pensárselo dos veces.
—Puedes usar la tarjeta sin problema. Gasta hasta el límite. Ese límite entra de sobra en mi presupuesto. No tienes que preocuparte —dije.
Ella asintió, sin saber que no había ningún límite.
Más tarde me senté en el sofá, inquieto, esperando un mensaje de Filippo en el que me preguntara qué estaba pasando.
Noah volvió a contarme cosas del colegio y yo hice un esfuerzo por seguirle la conversación.
No podía permitir que Filippo me robara la paz, pero la verdad era que mi miedo se centraba en que se lo contara todo a Dominus.
No sabía qué iba a hacer con mi hermano mayor. Nadie actúa a espaldas de Dominus. Nadie hace nada sin su orden. Y yo me había construido una vida entera, con esposa e hijo, sin que él lo supiera.
Madeline lavaba los platos y en la televisión echaban algún concurso. El ruido de Noah completaba la escena. Me enseñó un dibujo que había hecho en el colegio y yo intenté una vez más quitarme los problemas de la cabeza.
—¿Quién es este?
—Mamá y papá —dijo, señalando dos monigotes garabateados bajo un árbol.
Se me heló la sangre. Papá. Nunca había preguntado cuánto sabía Noah de su padre.
—¿Quién es este? —repetí, señalando la figura masculina.
—¡Tú! —exclamó, y lanzó los brazos al aire como si fuera lo más obvio del mundo.
Una emoción poderosa se apoderó de mí. Atraje al pequeño hacia mí y lo abracé. Tenía razón. Yo era su padre. Y no iba a renunciar a él, por mucho que la mafia de los Carbone quisiera otra cosa.
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Me senté en la silla del despacho, decidido a que a Romagna le quedara claro que no estaba tratando con un cobarde. Todavía no había llegado, pero oía sus pasos resonar en el pasillo.
Enmascaré mis emociones, pero tenía miedo. El miedo es algo bueno; siempre lo había entendido así. El miedo te vuelve cauteloso. El valor puede volverte imprudente. Seguía vivo porque nunca había actuado con valentía.
—Gianni Carbone…
La voz de Filippo llenó el despacho. Cruzó desde la puerta hasta su escritorio y se sentó detrás de él. Tenía los ojos clavados en mí, interrogantes.
—Explícate —ordenó.
—No eres mi Capo —le repliqué.
—Muy bien. Entonces llamemos a Dominus Carbone. —Sacó el teléfono, pero me levanté de un salto y lo detuve antes de que pudiera marcar nada.
—Pasó hace unos meses —admití—. Antes de la boda de Dominus.
—¿Ya estabas casado cuando Dom te ordenó casarte con Chiara?
—Sí.
—¿Y por qué no lo reconociste entonces? ¿Por qué no dijiste la verdad?
Lo miré como si se hubiera vuelto loco.
—Podríamos haberlo arreglado —dijo—. ¿De qué familia es la chica?
Negué con la cabeza.
—Ni siquiera sabe quién es su padre. No tiene familia. Creció en un centro de acogida.
—¿Cómo la conociste?
—Era la camarera que me atendía cuando solía desaparecer, aquellas veces… ¿Te acuerdas?
Suspiró.
—Sí, lo entiendo. Hice que la investigaran. El niño ya tiene tres años…
—Noah no es mi hijo biológico.
Decidí ser del todo sincero.
Se quedó muy sorprendido.
—¿No?
—Made estaba a punto de dar a luz cuando la conocí.
—¿Te casaste con una madre soltera? —Solo entonces empezó a comprender la magnitud del problema—. ¿Estás loco? Dominus Carbone anulará ese matrimonio en el acto.
—No lo hará si no sabe que estoy casado. No se lo digas, Filippo.
Por increíble que parezca, si hubiera sido frío y racional, me habría dado cuenta de que Filippo no tenía ningún motivo para serme leal.
Lo había engañado y le había mentido. Me había comprometido con su hermana estando ya casado.
Pero entre nosotros había un vínculo de amistad que a esas alturas ya era sólido.
—He oído que Dominus está intentando expandirse a Oceanía. Ya está negociando un matrimonio entre Ben y una mujer de una familia de allí. Pero Ben viene aquí a casarse con Chiara. Cuando Dominus se entere, seguramente haga el cambio contigo. Tienes que arreglar esto antes de que Dom lo descubra.
Ahí estaba. A pesar de todos los problemas que nos rodeaban, Filippo demostró una amistad verdadera.
—Quiero conocer a tu esposa —dijo—. Organiza una comida y tráela.
—No puedo traerla. No lo entendería…
—¿Qué no entendería?
—Cree que soy un contable sin un duro. No sabe que trabajo para organizaciones tan poderosas.
—¿Le mentiste? —Abrió mucho los ojos—. ¿Y el apellido? ¿No le sonaba Carbone de algo?
—Le mentí: le dije que era un Peletier. Y nunca prestó atención al certificado de matrimonio. Es madre. Apenas tiene tiempo para respirar. Y no tiene motivos para dudar de mí.
Filippo se recostó en la silla. Soltó un suspiro profundo mientras sopesaba la situación.
—Tu hermano viene para la boda con Chiara. Me centraré en eso, pero en cuanto se hayan marchado, quiero que organices un encuentro con tu esposa. Me da igual dónde. Puede ser en esa caja de zapatos que llamas casa. Quiero conocerla.
Asentí.
—Eres un idiota, Gianni. Pero eres mi amigo. Mi único amigo. Y me ofende que no hayas podido confiarme un secreto tan importante.
Filippo era, sin duda, la única persona que podía llamarme idiota y quedarse tan ancho. Por primera vez comprendí la profundidad de nuestra amistad.
—Tendrás que decírselo algún día. Y a tu hermano. Las cosas no pueden seguir en secreto para siempre. Dominus tiene que saberlo.
—Mientras pueda mantener mis dos mundos separados, lo haré.