La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Madeline

—Mamá, ¿puedo coger este chocolate?

Miré hacia él. Mi niño sostenía una tableta con la etiqueta SIN AZÚCAR. Ya sabía lo que necesitaba. Una parte de mí se sentía orgullosa de ver crecer a Noah; otra solo se fijaba en el precio.

Miré el precio en la etiqueta de abajo. No era caro, pero tampoco barato.

Y mi marido lo pagaba todo. Nunca se quejaba.

Me había puesto la tarjeta de crédito en la mano y jamás miraba los recibos, aunque yo se los dejaba sobre la mesa para cuando llegara a casa.

Aun así, me sentía culpable por todo lo que no fuera imprescindible.

Necesitaba un trabajo. Y pronto.

—Puedes cogerlo —le dije, y metió la tableta en el carrito pequeño que yo empujaba.

Entonces vio la fruta al final del pasillo y echó a correr hacia allí con sus piernecitas ansiosas y torpes. Le grité que no se alejara mucho mientras yo recorría con la vista una de las estanterías y cogía los cereales.

En ese momento, alguien detrás de mí dijo «perdón» y alargó la mano hacia una caja que estaba junto a los cereales.

Me quedé paralizada un instante.

Imágenes crueles me asaltaron la mente a ráfagas mientras miraba a aquel hombre alto, de ojos marrones y cara cuadrada. Me miró apenas un segundo y siguió su camino.

Jean no me reconoció.

No sabía qué sentir al respecto. ¿Alivio? ¿Vergüenza? Me temblaban tanto las manos que renuncié al resto de la compra. Empujé el carrito a toda prisa por el pasillo, encontré a Noah y tiré de él hacia la caja.

—Mamá, quiero plátanos —dijo.

Pero le dije que no.

—Nos vamos a casa —le dije, sujetándole la manita.

Estaba aterrorizada y no podía disimularlo. Me sonaban campanas en los oídos que avisaban de la tormenta que se avecinaba.

Jean no me había reconocido, intenté razonar conmigo misma, pero no era suficiente.

Estaba en el pueblo, cerca, y su memoria podía volver en cualquier momento.

No sabía a cuántas mujeres había hecho daño en su vida, probablemente a muchas, para que su mirada me pasara de largo.

Pero no podía fingir que no estaba pasando y seguir con mi rutina como si nada.

Estaba demasiado cerca. De mí. De Noah.

Llegué a casa temblando de pies a cabeza, pero intenté disimularlo.

Mi marido ya había vuelto del trabajo y estaba en la ducha.

Noah se fue a jugar al salón mientras yo guardaba la compra.

Me temblaban las manos y el corazón me latía desbocado de ansiedad cuando oí un sonido que venía de la mesa de la cocina.

Me volví a mirar. Era el teléfono de Gianni.

Podía ignorarlo, porque no debía contestar su teléfono.

Nunca me había dado permiso para tocarlo y yo no quería cruzar ninguna línea.

Pero cuando vi el nombre de Filippo brillando en la pantalla, recordé enseguida que era su jefe, pues no era la primera vez que llamaba. Y no quería dejar a su jefe esperando.

Lo cogí y contesté.

—¿Diga?

Hubo un silencio al otro lado que duró unos cinco segundos. Cuando por fin habló, su voz sonaba casi estupefacta.

—¿Quién es?

Debía de creer que se había equivocado de número.

—Es el teléfono de Gianni, pero está en la ducha. ¿Quiere dejarle algún mensaje?

—¿Quién es usted? —repitió, esta vez preguntando por mí.

—Soy la esposa de Gianni Peletier.

—¿Peletier?

Repitió el apellido de mi marido y luego pareció apartarse del teléfono para decirle algo a alguien que estaba cerca. Creo que fue una maldición en italiano. Después de eso, no dijo una palabra más. Simplemente colgó y me dejó pasmada con semejante grosería.

El jefe de Gianni era un imbécil, no había duda. Un hombre que no respetaba el tiempo de nadie y que esperaba que mi marido estuviera constantemente viajando por negocios o haciendo jornadas absurdas. Pero seguía siendo el jefe, y me aguanté las ganas de decirle cuatro cosas.

Dejé el teléfono a un lado y volví a guardar la compra. Unos momentos después, noté una mano que se posaba en mi cintura. Gianni me atrajo hacia él, me dio un beso rápido en el cuello y preguntó:

—¿Qué hay para cenar?

—Todavía no he hecho nada —respondí con una sonrisa.

—¿Quieres que pida una pizza? Podríamos ver una película en la tele.

Negué con la cabeza. Incluso con masa integral, me seguía poniendo nerviosa darle pizza a Noah.

—Me quedo con él en el salón —me dijo Gianni. Luego se volvió hacia la mesa, donde había unas cuantas bolsas de la compra—. Hoy no has comprado mucho —observó.

Ni la mitad de lo que había salido a comprar. Pero no podía hablarle de Jean, así que me encogí de hombros.

—Estaba demasiado cansada para ponerme a hacer la compra.

Le estaba mintiendo. La culpa me inundó el corazón. Gianni era la mejor persona que había conocido en mi vida. Era mi marido, mi amigo, mi compañero, y yo le estaba mintiendo.

—Te ha llamado tu jefe —dije, cambiando de tema, cuando pareció que iba a salir de la cocina.

Gianni se quedó inmóvil. Se volvió hacia mí. Por primera vez, su rostro era imposible de leer.

—Filippo, ¿no? Vi que sonaba el teléfono y contesté. Le pregunté si quería dejar un mensaje, pero colgó.

Mi marido asintió despacio, como si recibiera la noticia con aprensión. No entendí por qué, pero no pregunté.

—Vale —murmuró.