La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Gianni

Una vez que abandoné la idea de anular mi matrimonio, emprendí una campaña para convencer a Ben de que se casara con Chiara.

Filippo tardó semanas en aceptar el cambio y ahora solo quedaba convencer a Ben de que era lo correcto. No podía ser tan difícil, ¿no? Apenas les miraba la cara a las mujeres con las que se acostaba. Y se moría por tener una ruta en el norte, algo que conseguiría con Filippo.

Aun así, me dijo que no. Dos veces. Así que tuve que decirle a mi esposa que volvía a irme de viaje.

—¿Otra vez?

—Es normal, Made… Son solo dos días. Estaré en casa antes de que te dé tiempo a echarme de menos.

Se la vio desanimada, pero no dijo nada. De pie ante los fogones, mientras preparaba la sopa, parecía pensativa y cansada.

—¿Qué te pasa?

—¿Por qué no nos mudamos a Montreal?

Era la segunda vez que lo sugería. Pero Montreal, con lo grande que era, no era un lugar seguro para mí. No con Filippo respirándome en la nuca y con una familia que esconder, una esposa y un hijo, del jefe de la mafia.

—No puedo permitirme un piso de dos habitaciones como este en Montreal, Made. Si vendiera este, tendría que financiar el siguiente y pagar solo la entrada. Y nuestra calidad de vida bajaría mucho.

Dios santo, había tantas mentiras que ni yo mismo sabía de dónde sacaba las fuerzas para seguir hablando.

—Está bien. Perdona que te lo haya pedido —dijo mi esposa, con aire culpable.

—A ti te gustaba este pueblo. ¿Qué ha pasado? —pregunté, porque no era propio de ella pedir nada.

—Me sigue gustando, es solo que…

Puede que me echara de menos. Era extraño pensar que alguien pudiera echarme de menos. Nadie más lo hacía. En ninguna parte del mundo.

Di dos pasos hacia ella, le tomé la cara entre las manos y le di un beso suave en los labios.

—Todo va a salir bien, esposa —dije.

Esbozó una sonrisa preciosa.

—Me gusta cuando me llamas así…

Alcé las cejas. Sabía que no era habitual que la gente usara títulos con sus parejas. Las personas «normales» que nos rodeaban llamaban a sus mujeres «cariño» o por su nombre. Pero en los Lupi Sanguinari siempre llamábamos a nuestras mujeres «esposa».

Porque era algo sagrado. Algo que importaba. Y me gustaba cómo sonaba en mis labios.

Le besé la boca. Madeline era una mujer increíble. La amaba. Y a mi corazón le iba a salir caro estar lejos de ella. A mi polla le dolería cada maldito día que pasara fuera.

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Aquel lugar era el infierno en la tierra. Incluso con el aire acondicionado encendido, notaba cómo el sudor frío me bajaba por la espalda. Incluso dentro de una fortaleza con vistas a la playa, el aire era espeso, cargado de calor y humedad.

—Por favor —supliqué una vez más.

Tantas veces… Tantas veces suplicando. Necesitaba que se casara con la hermana de Filippo, o mi vida se convertiría en un tormento. Que se descubriera una sola mentira y quedaría señalado como traidor.

—Dom debería saberlo —refunfuñó Beniamino.

Estaba sentado frente a mí en su despacho, tamborileando con los dedos sobre el escritorio, impaciente.

Aun así, no se oponía del todo a la idea.

Daba la impresión de que aceptaría, siempre que Dominus lo supiera.

Pero si Dom se enteraba, todo se iría a la mierda.

Dominus nunca aceptaría el cambio, porque era un cabezota y porque jamás accedía a nada que no fuera idea suya.

—Yo me encargo de Dominus. Está ocupado con el embarazo de su mujer y con su propia guerra contra Vicenzo. Por favor, te lo suplico…

—¿Filippo está de acuerdo?

Asentí rápidamente.

—Él cree que así es incluso mejor. Eres el segundo al mando.

—¿Y dejaría que su hermana se mudara a México?

—Sí. Quiere abrir un corredor entre Tennessee y Ohio para mover contrabando. Tenerte en Veracruz le vendría bien para eso. Sabes que ahora mismo el territorio pertenece a Vicenzo, y nadie más tendría huevos para colar hombres allí, salvo un Lupi Sanguinari.

Un destello de tentación asomó en los ojos de Beniamino.

Era ambicioso. Sinceramente, si no fuera por el orden de nacimiento, él sería el Capo.

Tenía una determinación feroz y, a diferencia de Dominus, que lo había arriesgado todo por una mujer, Beniamino no dejaría que nada se interpusiera en su camino hacia el éxito.

Y había más. La mención de Vicenzo le removía la rabia por dentro. El nombre de nuestro primo seguía alimentando mucha ira en todos nosotros. Pensar en Vicenzo nos llevaba automáticamente de vuelta a Caterina, y a la mujer rota y apagada que era ahora.

—Vale… —murmuró—. Pero ¿qué pasa con mi reputación? Sabes que no puedo dejar de ser quien soy…

Ben era un cabrón. En ese mismo momento, mientras hablábamos, tenía cinco amantes en la casa.

Para él, el coño era una tentación a la que simplemente no podía resistirse.

Le gustaba la variedad. Tenía mujeres de todo tipo.

Curiosamente, pensé en Chiara, en su figura apagada, delgada, sin formas, con toda esa larga melena negra que le caía sin vida sobre los hombros.

—Nadie espera que cambies —respondí.

Porque, sinceramente, ¿qué mujer en la mafia esperaba eso? Yo era un caso raro: no me movía el sexo. Pero nadie más era así. Había una palabra para lo que yo era. La había visto una vez en un programa de televisión. Demisexual…

Y ser así era un auténtico coñazo. Solo sentía atracción por alguien si tenía una conexión emocional.

A Madeline misma no la deseé al principio.

Solo empecé a desearla después de enamorarme de ella.

Era extraño, y lo veía reflejado en los ojos de mi hermano.

Pero no estaba allí para ganarme la simpatía de nadie ni para hablar de asuntos privados.

—Hermano, por favor... Ir a decirle a Romagna que otro Carbone más rechaza a su hermana... Es un insulto tan grande que perderemos al aliado.

Podía haberme contestado que, en ese caso, no la rechazara yo. Esperé que lo dijera, pero Beniamino me miró con esos ojos negros, enormes y penetrantes, como si me estudiara. Y entonces dijo:

—Está bien. ¿Qué más da? Tengo mujeres fogosas de sobra para entretenerme. Una cosita calladita del norte helado será un cambio. —Se rio—. Dile a Filippo que la cuidaré bien. Tendrá una casa grande, hijos... Y una vida tranquila, como merece toda mujer. Lo único que no puedo prometer es amor.

—Chiara no espera amor —dije—. ¿Qué mujer lo espera?

Madeline sí. Lo veía en sus ojos cada vez que la tocaba. Nunca le había dicho que la amaba, pero la amaba. Siempre le había dejado claro lo reales que eran mis sentimientos, pero nunca había tenido el valor de decirle nada más profundo. No hasta que ella me dejara claro que sentía lo mismo.

—Gracias —le dije a mi hermano. Él solo asintió y giró la silla hacia los ventanales, hacia el golfo de México.

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Llegué a casa sobre las dos de la tarde.

No me había quedado en México ni un minuto más de lo necesario: había sido un viaje rápido de dos días, con un objetivo concreto, y había salido bien.

Quería celebrarlo con alguien, pero no podía contarle mi plan a nadie.

Aun así, entré por la puerta de buen humor.

Pero todo cambió cuando vi la tristeza en los ojos de Madeline, sentada a la mesa.

—Hola —dije, y me senté a su lado—. ¿Qué pasa?

—No conseguí el puesto en la tienda de ropa —me contó—. Ni el del supermercado. No sé qué hacer...

No necesitaba hacer nada, pero parecía preocupada.

—Made, no corras... Ya saldrá algo...

—No es justo que tengas que trabajar como un burro, viajar todas las semanas... Yo tenía que llegar a tu vida para sumar algo, y en cambio te estoy quitando tiempo... Tienes que mantener a dos personas, y sé que estás trabajando el doble.

No supe qué decir. Se estaba martirizando de verdad por no aportar dinero a la casa.

—Made... De verdad que no me importa...

—No está bien —insistió.

—Gano suficiente. Ni siquiera me preocupa. Soy un hombre a la antigua. Si me casé contigo, es porque puedo mantenerte a ti y a Noah. Por mí, si trabajas fuera de casa es solo porque tú quieres. No es algo que te esté pidiendo.

—Sé que no —dijo, y se le hundieron los hombros—. Aun así, me siento culpable. —Suspiró hondo—. ¿Qué tal Houston?

—Fue bien. Cerramos el trato.

Me sonrió y me cogió la mano encima de la mesa.

—Estoy muy orgullosa de ti. Trabajas muchísimo.

Crecí en el seno de la mafia. Maté a mi primer hombre a los dieciséis. Era un asesino cruel que nunca había tenido alma ni sentimientos. Pero, por primera vez en mi vida, me avergonzaba de quién era.

Y era consciente de lo mucho que la decepcionaría si supiera la verdad.

—Made... —murmuré.

—¿Sí? —dijo ella en voz baja.

Su olor, su cercanía, todo en ella hacía que la verdad se me atascara en la garganta. Quererla me había vuelto vulnerable de formas que nunca había imaginado. Tenía miedo de perderla. No podría soportarlo.

El silencio se volvió un poco incómodo, porque me tragué como una píldora amarga lo que estaba a punto de confesar. Intenté pensar en otra cosa, pero no se me ocurrió nada. Abrí la boca y volví a cerrarla.

¿Qué iba a decirle? No soy contable. En realidad soy un asesino que pertenece a una organización llamada Lupi Sanguinari. Por mucho que nos hubiéramos acercado, haría las maletas y se iría en el acto.

—¿Qué te parece un pícnic este fin de semana?