La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Madeline

Mi marido era un hombre ocupado. Pero nunca estaba realmente ausente.

Podía pasar todo el día fuera de casa, igual que pasaba algunas noches en Montreal, pero su presencia seguía siendo constante.

Con el paso de las semanas había aprendido a vivir esperándolo, deseando que volviera a mí, me tomara en sus brazos y me hiciera feliz.

Ni siquiera sabía que algo así existiera. Ese dolor en el pecho cuando se marchaba. La felicidad que me desbordaba cuando volvía a entrar por la puerta.

Gianni tenía que ser la mejor persona del mundo. No podía creer que un hombre pudiera ser tan bueno…

—Si alguna vez soy demasiado duro con Noah, dímelo —dijo aquella noche, después de reñir suavemente a mi hijo por negarse a recoger los juguetes que había desparramado por el suelo del salón.

Sonreí.

—Lo has hecho perfecto —lo tranquilicé—. Has sido firme con él sin ser brusco.

Nos tumbamos uno al lado del otro en la cama.

—Yo no tuve eso, ¿sabes? Si dejaba algo tirado, mi padre no me pedía que lo recogiera. Me daba una paliza para que entendiera que nunca debía fallar en nada. No quiero que Noah crezca así.

Revelaba muy poco de sus heridas. Yo quería conocerlo mejor. Antes de acostarnos había preparado dos tazas de té que dejé en la mesilla. Le pasé una y sostuve la otra para calentarme los dedos, mientras lo observaba perdido en sus recuerdos.

—Cuéntame, Gianni… Tengo mucha curiosidad por tu vida. ¿Cómo se llama tu padre?

—Paolo.

—Paolo Peletier… —murmuré—. Es un nombre bonito… ¿Es italiano?

—Sí, mi familia viene de Italia.

—Dicen que las madres italianas gritan mucho. ¿Es verdad?

—No lo sé. Yo tenía la edad de Noah cuando la mía ya no estaba.

Bajó mucho la voz. Suspiré, me acomodé contra él y apoyé la cabeza en su hombro.

—¿Cómo murió?

Silencio. Parecía costarle hablar de ello.

—Si no quieres hablar de eso…

—Es solo que me incomoda —admitió—. Todavía duele… ¿sabes?

Capté el matiz. Gianni era como la caja de Pandora; lo notaba. Si la abría, quizá no estuviera preparada para lo que saliera. Así que lo dejé estar.

—Me gustaría conocer a tus hermanos —murmuré—. ¿Les has contado que te has casado?

Otro silencio profundo.

—No he tenido ocasión de hablar con nadie. Pero lo haré, te lo juro.

Gianni se terminó el té y dejó la taza a un lado. Luego apagó la lámpara de su lado. La habitación se quedó a oscuras, pero no había nada opresivo en ello. Si algo había descubierto de mi marido en esas semanas, era lo bien que sentaba estar a oscuras con él.

—¿Estás cansado? —pregunté al verlo arrebujarse bajo las mantas.

Su mano se deslizó entre los dos. Sonrió; pude verlo gracias a la lámpara que seguía encendida detrás de mí, a mi lado. Me acarició la cara con cariño.

—Hoy me he levantado muy temprano —me recordó—. A las seis de la mañana.

—Sí, lo sé… Sigo sin entender por qué tienes que ir hasta Montreal. Podrías buscar trabajo aquí.

—No estoy dispuesto a correr ese riesgo. Mi trabajo en Montreal es seguro, y ya no estoy solo. Ahora tengo que pensar en ti y en Noah. Hablando de eso, ¿cómo le va a Noah en el colegio?

—Se ha adaptado sin problema —le conté.

—He visto en el extracto de la tarjeta que has estado cogiendo muchos Ubers para llevarlo al colegio.

Me sonrojé. La verdad era que podía llevarlo andando, pero tenía miedo de cruzarme con Jean Smith por la calle.

—Lo siento —murmuré.

Arqueó las cejas.

—Iba a decirte que podríamos comprar un coche. Uno de segunda mano, algo barato… solo para que te resulte más fácil moverte. ¿Sabes conducir?

Yo creía que iba a regañarme por el gasto. La propuesta me sorprendió. Negué con la cabeza.

—Puedo enseñarte. ¿Quieres aprender?

Me giré de lado y dejé la taza vacía en mi propia mesilla. Rocé la lámpara con los dedos y la apagué enseguida. Apenas me había vuelto a tumbar cuando la poderosa mano de Gianni me agarró la cintura y me atrajo hacia él.

Me retorcí y gemí, encantada de lo fuerte que era.

—¿No estabas cansado? —lo piqué.

—Bueno, todavía me queda toda la noche para descansar. —Su sonrisa asomó en la oscuridad.

Entre nosotros saltaban chispas salvajes. La mano de Gianni bajó hasta mi culo. Me lo agarró, y eso no hizo más que intensificar la tensión que ya había. Me encantaba cómo me tocaba, cómo apretaba, cómo me daba palmaditas mientras me pegaba más a él.

Este hombre despertaba en mí una atracción abrumadora.

Su boca volvió a reclamar la mía. Nunca en mi vida me había sentido tan excitada. Le puse las manos en el pecho. Tenía la piel ardiendo y se me cortó la respiración. La oscuridad que nos rodeaba guardaba un misterio poderoso que solo nos encendía más.

—¿Sabes qué estaba pensando? Podríamos mudarnos a Montreal. ¿Qué te parece? Así no estarías tanto tiempo fuera.

Nuestros labios chocaron; ninguno de los dos llevaba la iniciativa, solo hacíamos lo que nos salía de forma natural. El gemido ronco de Gianni me animó y lo apreté con fuerza contra mí.

—Quizá… Pero tendría que vender este apartamento para comprar otro allí, y Montreal es… —Se acomodó sobre mí y se sacó la polla dura de los pantalones—. Allí todo es carísimo…

Yo quería irme de esta ciudad por Jean. Pero en ese momento me limité a asentir y a darle la razón, porque se me iban todas las fuerzas mientras él me bajaba el pantalón del pijama.

Ya llevábamos un mes casados. En ese tiempo había viajado por trabajo aquellos primeros días y había hecho uno o dos viajes más. Por lo demás, había estado conmigo todas las noches, y todas las noches me había hecho el amor con esa misma pasión que solo él tenía.

Sentí cómo los dedos de su otra mano me subían la camiseta. No me había puesto ropa interior, porque sabía que me desearía esa noche. Y yo lo deseaba tanto.

Me gustaba quedar expuesta ante él, porque no me veía como una cosa, como un objeto. En mi marido veía sentimientos, y eso me hacía más feliz de lo que nunca había sido. Me cogió un pecho y lo amasó mientras su lengua se hundía en mi boca.

Gemí contra su boca, sin separarme del beso.

Enredé los dedos en su pelo oscuro. Movía las caderas adelante y atrás contra Gianni. Se lo estaba pidiendo. Pero, en vez de eso, dejó un reguero de besos por mis labios. Estaba mojada, caliente, necesitada de alivio. Ese mismo alivio que siempre me regalaba el mejor sueño de mi vida.

Su boca siguió bajando. Una procesión de besos desde el mentón hasta el cuello, y más abajo. Me atrapó un pezón con la boca, y luego el otro. Era pecaminoso y delicioso en la medida exacta.

—Gianni… —supliqué.

—¿Qué, amore mio?

Arrastró la lengua entre mis pechos mientras yo me retorcía, intentando liberar las manos para poder tocarlo. Me moría por bajar la mano, cogerle la polla, grande y gruesa, y guiarla dentro de mí.

Pensamientos de loca. No podía detenerlos.

Gianni tenía el cuerpo duro por todas partes, incluida la polla. Sabía que él también necesitaba su alivio, pero no dejó de besarme y fue bajando hacia mi vientre. Contenía la respiración mientras seguía descendiendo, con los dedos ásperos clavados en mi muslo.

—Gianni…

—Tu coño está empapado por mí, esposa… —Su aliento me rozó la entrada húmeda al hablar, y gemí por el calor de su voz—. Mira eso. —Llevó un dedo a mi entrada y lo deslizó por todo mi sexo, recogiendo la humedad resbaladiza que me chorreaba.

Y avergonzada.

Se me escapó un gemido ahogado de la garganta cuando su dedo volvió a mi clítoris.

Me recorrieron escalofríos cuando empezó a dar golpecitos justo sobre ese punto tan sensible.

Le agarré el pelo y tiré sin querer, mientras jugaba allí: golpecitos, círculos, presión, caricias.

Me dijo algo en italiano, pero no lo entendí.

Tenía la voz demasiado ronca, y yo no hablaba el idioma.

Cuando Gianni hundió la lengua entre mis pliegues, el grito de placer que se me arrancó del pecho fue imposible de controlar. Me abrió con la lengua, se adentró en mí como si fuera un banquete, y me encantó la sensación.

Nadie me había hecho eso antes. Gracias a Dios. Porque, al menos en una cosa, él fue el primero.

El primero en tocarme con esa clase de intimidad. El primer hombre al que amé.

Amor…

Dejé caer la cabeza hacia atrás; el cuerpo se me retorcía de placer.

Gianni fue el primer hombre al que amé, y sería el último, porque sabía que nunca podría tener esto con nadie más. Lo que había despertado en mí no era solo cuestión de ese momento, sino de toda la confianza que se había ganado con los años.

Era grande y poderoso, pero yo no le tenía miedo.

Incluso ahora, con Gianni jugando con mi clítoris y follándome con la lengua, no había miedo. Solo estallidos de placer.

Le tiré del pelo. Me retorcí contra sus labios. Me lamió unas cuantas veces más con la punta de la lengua antes de incorporarse y encajar la polla dura en mi entrada.

Cuando me penetró, todo estalló de placer. Gemí una ristra de ah, ah, ah sin aliento, incapaz de controlar mi propia respiración. Qué bueno era aquel éxtasis.

Me corrí de una forma cruda, animal, mientras él me embestía sin parar, a un ritmo frenético. Los sonidos húmedos de nuestros cuerpos me llenaron los sentidos, y durante unos segundos no fui más que nervios y placer.

Y luego todo se aceleró demasiado. Hasta que llegó una última embestida tan fuerte y profunda que apenas podía creer que fuera posible. Toqué el cielo y caí de él, directa a sus brazos.

Se derrumbó con la cabeza sobre mi pecho.

—Te late el corazón muy fuerte —murmuró.

Y, sonriendo, cerró los ojos.