La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 13
41%

CAPÍTULO 13

Gianni

Recorrí el enorme pasillo reluciente hasta la mesa donde Filippo desayunaba. Al verme se le dibujó una sonrisa inmensa; luego me señaló una silla y volvió la cara hacia Chiara, que me miraba en silencio mientras me sentaba.

—Saluda a tu prometido, hermana —ordenó.

—Sí, señor —respondió, como hacía siempre. Con ella todo había sido así desde el principio: obedecer sin el menor atisbo de protesta—. ¿Cómo está usted, señor Carbone?

La conocía desde hacía años, pero apenas había cruzado unas palabras con ella. Chiara era como un fantasma. Yo también lo era, en cierto modo. Pero ella era de las que rondan los pasillos de la mansión y se deslizan por ellos con una expresión triste y derrotada.

—Estoy bien, señorita —contesté.

La pobre ni siquiera intentó sonreír. Cuando Dom se casó con Ava y perdí la oportunidad de ayudar a escapar a la que ahora es mi cuñada, aprendí que tenía que fijarme más en los detalles. Chiara no quería casarse conmigo, eso estaba claro, pero haría cualquier cosa que su hermano le ordenara.

Así que lo único que tenía que hacer era que Filippo cambiara de idea.

—Tenemos un problema —dijo, y me tendió un sobre—. Uno de los informantes de Roy.

Lo abrí. Un nombre y un apellido escritos sobre una dirección. Ethan Gagnon.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Qué es lo que no sé? —Se encogió de hombros—. Tienes que deshacerte de él.

—¿Qué plazo tengo?

—Ayer. —Sonrió—. Pero últimamente te has relajado y no me coges el teléfono.

—Necesitaba descansar —dije.

Y también había querido pasar tiempo con mi esposa.

Sí, porque Madeline ya era mi esposa. En todos los sentidos.

Habíamos hecho el amor y, después de una siesta corta, lo habíamos hecho otra vez.

Estaba tan loco por ella que simplemente apagué el teléfono.

Cuando Noah se despertó sobre las nueve de la noche con hambre, decidí no volver a encenderlo, para poder dedicarle un rato a mi ahijado.

Vimos unos dibujos de Disney en la tele hasta que se quedó dormido en mi regazo.

Luego lo acosté y volví a los brazos de Madeline.

Era la vida perfecta que siempre había querido.

—Quiero a ese hombre muerto antes de que acabe la tarde —ordenó Filippo, y lo dijo con una calma que me heló el alma—. No tolero traidores en mi territorio.

—¿Y estás seguro de que es un traidor?

—Por supuesto. El señor Carter, ya sabes a quién me refiero, ¿no?

—Sí. Tu proveedor de licores.

—Bueno… Vio a ese cabrón intercambiando información con uno de los hombres de Liam Roy en un bar cerca de Mont Royal.

Moví algunos hilos y descubrí que Ethan era cliente habitual allí.

¿Te acuerdas de hace tres años, cuando tuviste que limpiar Saint-Jérôme?

Bueno… Roy entró en esa zona porque sabía que yo no tenía ojos ahí.

¿Y quién se lo dijo? ¡Este pedazo de mierda!

Por aquel entonces, Ethan repartía droga en Prévost y pasaba por Saint-Jérôme.

Se dio cuenta del hueco y avisó a mis enemigos.

Filippo no era impulsivo ni imprudente. Debía de tener pruebas de sobra para lo que decía. Pero no pregunté. No me correspondía preguntar nada. Mi lugar era cumplir sus órdenes.

—Bueno, pues me voy…

Me levanté y me preparé para salir. Me despedí rápidamente de Chiara y me encaminaba hacia la salida cuando me di cuenta de que Romagna iba unos pasos detrás de mí.

—Pensaba que estarías más entusiasmado con mi hermana, pero apenas la has mirado… —murmuró a mi espalda—. Quiero que sepas que Chiara tiene que ser feliz. Lo exijo. Dale hijos, una vida cómoda. Te elegí para eso.

Me volví hacia Filippo. ¿Qué podía decir que no sonara a que estaba rechazando a Chiara?

—La veo como una hermana —mentí. Mentir era algo que hacía muy bien—. Es casi como mirar a Caterina. Me parecería incesto.

Pareció sorprendido por mis palabras, y un poco halagado.

—Claro… somos como hermanos… Te quiero como a un hermano —dijo, y se acercó para darme unas palmadas en los hombros—. ¿Cómo no me di cuenta antes? Normal que te sintieras incómodo… Pero sigue siendo lo mejor, porque si te casas con ella seremos hermanos de verdad.

Dios, ahí estaba la clave. Tenía que tocarle a Romagna la fibra sentimental.

—Creo… que quizá sería mejor que se casara con otro Carbone. Yo no soy el Capo ni el Sottocapo. Solo soy un asesino. Chiara merece ser una auténtica reina de la mafia. Merece sentarse en un trono. Que la reconozcan y la respeten.

Les dio vueltas a aquellas palabras.

—Pero tendría que marcharse… Tus hermanos viven muy lejos.

—Los lazos de sangre no se rompen por la distancia, Filippo. No vas a perder a tu hermana. Sé que la quieres, a tu extraña manera.

No se ofendió; solo se quedó pensativo.

—¿A quién sugieres?

—A Ben o a Nico. Tienen sus propios territorios. Beniamino es el segundo al mando. Tiene su propia Tana en México. Una fortaleza donde Chiara estaría muy bien protegida.

—Pero vive con docenas de mujeres. Mi hermana siempre lo ha despreciado.

—Se quitaría de encima a sus amantes, seguro. Y la trataría con respeto. Sabes que un hombre como Ben no renunciaría a todos los placeres solo por tener esposa, pero… Chiara tendría un hogar, un nombre, y Beniamino es un buen hombre. Jamás le haría daño.

—¿Y si no acepta?

—Nicola es una gran opción. Otra Tana, más al sur…

—Dicen que juega con caimanes en los ríos del Amazonas —murmuró Filippo, que repetía rumores que yo había oído, pero nunca me había creído.

—Un Carbone decidido, fuerte como pocos. Y también se le dan bien las mujeres. Sería un buen marido. Sabe cómo tratar a una dama.

Una parte de mí daba por hecho que descartaría mis palabras sin más, pero Filippo las tuvo en cuenta de verdad.

—Lo pensaré —dijo, y me dio esperanza.

Sonreí, más entusiasmado que nunca.

—Bien. Mientras tanto, cumpliré tus órdenes.

Y me marché.

-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------

La lluvia golpeteaba el parabrisas como dedos impacientes.

A Ethan Gagnon le gustaban las motos. No le quitaba los ojos de encima, apenas parpadeaba, mientras lo veía devorar la autopista 640 muy por encima del límite de velocidad.

Una gotita blanca rayó el parabrisas. Me di cuenta de que la lluvia se había vuelto hielo. El limpiaparabrisas la barrió con su ritmo hipnótico, pero detrás venían más, una tras otra.

Pisé el acelerador y me mantuve pegado al cabrón.

No me vio. Ni una sola vez en toda la tarde. Paró en un bar de Montreal, pasó media hora con una cualquiera en un motel de carretera y luego tiró hacia el norte. Era tan descuidado que me ponía de los nervios.

Guardé la distancia: lo bastante lejos para no llamar la atención, lo bastante cerca para no perderlo. Los dedos me tamborileaban sobre el volante. Inquietos. Ansiosos.

Quería que entrara ya en una carretera desierta para poder pasarle el coche por encima. Un accidente. Los accidentes pasan. Pero tenía que ser paciente para no poner en riesgo la vida de nadie más.

Ser sicario de la mafia requiere paciencia. Porque no es algo que se haga por rabia o por impulso. Es método. Precisión. Cálculo.

De repente, Ethan derrapó. Fue tan inverosímil que hasta pisé el freno para no atropellarlo, lo que, la verdad, me habría venido de perlas.

Detuve el coche. Estaba despatarrado sobre el asfalto y gemía. La velocidad y el impacto de la caída le habían roto la pierna. Estaba aturdido, por el alcohol o no, nunca lo sabré, y lo único que dijo al verme fue:

—Ayúdame…

Asentí. La carretera vacía fue mi único testigo mientras me acercaba a él, le miraba la pierna y luego le agarraba el hombro con firmeza, con la mano izquierda.

No reaccionó: creía que intentaba ayudarlo.

No dijo una palabra mientras me colocaba rápidamente detrás de él y, con la derecha, le giraba la cabeza de un movimiento seco y rápido.

Resonó un crujido sordo, como una rama al quebrarse.

Eso fue todo. Un accidente. Motero borracho se estrella en la autopista y se rompe el cuello. Los accidentes pasan…

Los músculos se le contrajeron; el cuerpo aún intentaba entender qué había ocurrido. Los ojos se le quedaron abiertos, desencajados. El cuello, torcido en un ángulo antinatural.

Todo duró menos de cinco segundos.

Estaba hecho. Volví al coche, retrocedí, di media vuelta.

Sin culpa. Sin prisa. Solo un trabajo hecho.

Y la lluvia helada terminó de borrar mis huellas junto al pobre desgraciado.

-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------

Respiré hondo antes de bajar del coche. Un tráfico poco habitual me había retrasado y el sol ya se había puesto cuando llegué a la panadería que hay cerca de casa.

—Quería algo sin azúcar —le dije a la mujer del mostrador—. Para un niño con diabetes.

—Tienen un bizcocho de harina de maracuyá que está delicioso —dijo una voz a mi espalda, y me volví para encontrarme con un desconocido—. Perdón… Lo sé porque yo también soy diabético.

—Ah, claro… Gracias por la sugerencia.

—¿Usted también es diabético?

—No. Mi hijo —me encogí de hombros—. Todavía estamos aprendiendo a llevarlo.

Se rio con cierta complicidad.

—Un padre nunca llega a pillarlo del todo, ¿eh? Mi padre murió hace un par de años y se fue sin saber nunca qué podía comer y qué no. Mi madre era la que me preparaba la comida cuando era pequeño.

—Estoy intentando aprender.

Asintió. Se encogió de hombros despacio cuando otra dependienta lo llamó.

Pidió justo el bizcocho de maracuyá. Se le iluminaron los ojos con el dulce.

No sabía por qué, pero algo de aquel tipo me recordaba a alguien, y me quedé quieto un instante, como si intentara recordar dónde lo había visto antes.

La dependienta me entregó el bizcocho que había pedido y fui a la caja a pagar. Le eché un último vistazo al tipo y luego salí de la panadería. Fuera, el viento helado volvió a recibirme. Tenía ganas de llegar a casa, tomar café con mi familia y escuchar a Madeline contarme su día.

-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------

El sábado llevé a mi familia al parque Germaine-Guèvremont. El día era frío y el lugar estaba desierto, pero Noah estaba en la edad más divertida de todas y quería jugar, así que lo justo era llevarlo a un sitio con muchos columpios y toboganes.

—¿Jugamos al escondite? —me preguntó en un momento dado, mientras su madre y yo estábamos sentados en un banco junto a un tobogán.

Miré a Made. Se rio, emocionada.

—Yo nunca he jugado —me dijo, y tuve que reconocer que, en la vida cuartelaria que había llevado con Paolo Carbone, tampoco había disfrutado nunca de nada.

—Muy bien. Tu mamá y yo nos vamos a esconder y tú tienes que encontrarnos, ¿vale?

Porque, claro, no íbamos a decirle a un niño de tres años que se escondiera de nosotros. ¿Y si se perdía? Pero nosotros no lo perderíamos de vista mientras nos buscaba.

Noah estaba entusiasmadísimo. Corrió hacia un árbol y escondió la cara contra el tronco. Oí el rumor de los árboles y una risa femenina llena de emoción.

Nos cogimos de la mano y nos escondimos detrás de un árbol, desde donde veíamos al pequeño contar, perderse entre los números que apenas había aprendido en la guardería y abrir luego los ojos.

—¡Preparados o no, voy! —gritó.

Nos quedamos en silencio. Se me dibujó una sonrisa en la cara, una sonrisa auténtica, mientras lo veía buscar detrás de los arbolitos que tenía más cerca.

Miré de reojo a Madeline, que me daba la mano. Se reía bajito, emocionadísima. Como una niña. Y estaba tan cerca de mí, a apenas unos centímetros. El aroma de su perfume se mezclaba con el aire fresco y parecía más intenso.

Levanté la mano y se la puse en la cara. Se la sostuve así. Un cosquilleo de anticipación me recorrió el cuerpo mientras me inclinaba hacia ella y la besaba despacio en los labios.

La quería…

Despertaba en mí un hambre de algo más que comida.

Casi por instinto, deslicé la mano hasta un lado de su cuello, la atraje hacia mí y me hundí en su boca.

—¡Mamá! —La voz llorosa nos hizo separarnos a toda prisa, entre risas.

Noah no nos había encontrado y parecía desesperado. Solté a su madre, fui hacia el pequeño y lo levanté del suelo.

—¡Eh, campeón! ¿Por qué lloras?

—No os encontraba.

—No te he quitado el ojo de encima en ningún momento. No tienes por qué tener miedo, ¿vale? Yo siempre voy a estar pendiente de ti —le prometí.

El niño asintió y apoyó la cabeza en mi pecho. Me volví hacia Madeline: sonreía, agradecida.

No tenía ni idea de lo agradecido que le estaba yo a ella, cada día de mi vida.