CAPÍTULO 10
Madeline
Fue un beso intenso, lleno de anhelo. Breve, porque Noah estaba allí mismo y Gianni siempre era respetuoso. Pero cuando me tomó la cara entre las manos y apretó los labios contra los míos, me recorrió una oleada de ternura y, con ella, la certeza de lo mucho que lo había echado de menos.
Quería quedarme así para siempre. Sintiendo solo los latidos del corazón y un calor dulce que me subía por el cuerpo. No sabía qué eran esas sensaciones, pero eran intensas, tan fuertes que me daban ganas de olvidarme de todo.
Olvidar que había visto a Jean en el pueblo…
Olvidar que estaba cerca, al acecho, y que podía destruir un matrimonio que apenas había empezado.
Esa había sido la única exigencia de Gianni. No era de compartir. Había asumido la responsabilidad de cuidar de Noah y yo sabía que sería un padre maravilloso. Pero me aterraba que se marchara en cuanto otro hombre intentara reclamar ese papel.
Tenía miedo de perderlo. Nunca había tenido a nadie en mi vida y su presencia me reconfortaba de un modo tan intenso que no podía ignorarlo sin más.
—Te he traído un regalo —dijo. Me soltó, se apartó y fue hasta la mesa. Se sentó junto a Noah—. Toma.
Sacó del bolsillo un caballito de madera tallado a mano y a mi hijo se le iluminaron los ojos.
Noah lo cogió y se puso a examinarlo. Vi el interés con que estudiaba cada detalle y sonreí.
—Tuve que viajar al norte por trabajo, así que aproveché para visitar a mi familia en Alaska.
Un día fui al pueblo a recoger a un tío que venía de visita también y pasé por una tienda de artesanía local y nativa de Alaska —me lo explicó a mí, porque Noah no iba a seguir una historia tan larga—.
Y dime, Noah… ¿ya has visto tu colegio nuevo?
—Sí, es muy chulo.
—¿Has hecho amigos?
—Sí. —Levantó los deditos—. James, Ethan, Nathan…
Era muy sociable. Vi la sonrisa orgullosa de Gianni y eso me hizo feliz.
—Yo nunca tuve amigos —me dijo Gianni, quizá para justificarse—. Solo andaba con mis hermanos…
—Yo tampoco. Solo a ti —dije.
La expresión de Gianni se ensombreció un instante.
—Mi jefe —murmuró—. Lo considero un amigo, pero…
Suspiró.
—¿Pero? —repetí, sonriendo—. ¿Es un imbécil?
—No. Es buen tío. Lo que no sé es si llegarás a conocerlo. No quiero verlo tirándote los tejos.
—¿Haría eso?
—Se le insinuó a mi cuñada delante de mi hermano.
No pude evitar echarme a reír.
—¡Entonces sí que es un imbécil!
Respiró hondo.
—Voy a darme una ducha. Hoy tengo el día libre. Podríamos salir a algún sitio. Te lo debo por haber estado fuera.
Una parte de mí quería decir que no. Quedarnos encerrados en el piso era más seguro.
Pero otra parte me decía que no podía privar a mi hijo de una vida solo porque ese maldito Jean estuviera en el pueblo.
Quizá ni se quedara. Quizá ni se acordara de mí.
O quizá fingiera no conocerme. ¿Por qué iba a querer aparecer ahora en mi vida?
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El Parc du Domaine-Vert era un lugar precioso, con una gran extensión de bosque autóctono, un lago donde la gente podía hacer picnic y un parque infantil lleno de juegos con los que un niño de la edad de Noah podía entretenerse durante horas.
Extendí un mantel sobre la hierba y coloqué los sándwiches y las tazas para el café. A lo lejos veía a Noah en el columpio, con su padrino empujándolo. El tiempo estaba más templado que en los últimos días y el sol parecía una celebración de la vida.
—¡Mami, los patitos! —exclamó Noah, señalando el lago.
Sonreí y aplaudí para demostrarle lo emocionada que estaba, y él se rio exactamente como debe reírse un niño feliz.
Por eso me había casado. Para darle a Noah una vida tranquila. Sabía que habría momentos difíciles, pero Gianni era mi mejor amigo y lo superaríamos todo juntos.
Volvieron media hora después. Noah estaba agotado; no estaba acostumbrado a correr tanto. Gianni, en cambio, estaba simplemente espléndido, con su jersey de cuello alto y un abrigo de lana encima.
—¿Sabes qué me gustaría hacer? —me preguntó, señalando uno de los senderos—. Comprarme una bici y explorar.
—Podrías hacerlo —dije.
—Nunca he sido muy libre —admitió—. Nunca he tenido tiempo…
Supuse que trabajar con números e impuestos debía de ser tedioso. Y exigente.
—La empresa en la que trabajas es muy grande.
—Sí…
—¿Y hay muchos empleados?
—Muchos.
Sus respuestas eran cortas, como si no quisiera hablar del tema.
—¿Y por qué no montas tu propio negocio? ¿Una pequeña oficina aquí mismo, en Saint-Janvier?
Me miró. Tenía esa manera de observarme como si hubiera dicho una tontería. Puede que de verdad creyera que no tenía ni idea de lo que le estaba proponiendo.
—Nunca he tenido esa clase de ambición —explicó—. Soy un simple soldado. Sé obedecer órdenes, pero no sé mandar. Mis hermanos sí. Dom, el mayor, es el jefe absoluto. Beniamino, el siguiente, dirige una gran empresa en México. Nicola, que es menor que yo, está en Colombia.
—Dijiste que tenías más hermanos. ¿Y los otros?
—Caterina es la única chica. Es… simplemente ella. Callada, reservada. Es madre soltera —me dijo.
No sabía si insinuaba algo o si era cosa de mi cabeza. Al fin y al cabo, se había casado conmigo y yo era exactamente eso mismo.
—Vive con nuestro hermano mayor. Eso es todo.
—Hablas de ella de una forma extraña.
—Me ha decepcionado mucho —explicó.
Quise preguntarle por qué, pero no pude.
—¿La quieres?
—Claro. Si no la quisiera, no habría podido decepcionarme.
—Entonces no pierdas el tiempo en rencores tontos —le aconsejé—. Porque la vida pasa volando. Ahora miro a Noah jugando y me parece que fue ayer cuando lo traje al mundo, perdida y sola en aquel hospital.
Me lanzó una mirada extraña, así que añadí:
—Sí, tú estabas allí, pero aun así me sentía sola porque… las otras madres tenían a su familia alrededor, y por entonces apenas nos conocíamos… En fin. Lo que quiero decir es que la vida pasa, todo pasa, pero la familia se queda.
Lo escuchó todo, pero no respondió. Se le veía duro, como si su hermana fuera un trago amargo que no lograba tragar.
—¿Y tu otro hermano? —pregunté, intentando aligerar el ambiente.
—Rocco. Cumple veinte años dentro de unos tres meses. Más listo que el hambre.
Noté el orgullo en su voz y me sorprendió.
—Es increíble. Tendrías que conocerlo. ¿Sabes?
, nosotros cuatro, Dom, Ben, Nico y yo… somos duros, porque tuvimos una vida muy difícil con nuestro padre y nuestra madre murió cuando éramos muy pequeños.
Pero Rocco sí tuvo madre. Así que él es más…
despreocupado. No carga con el mismo peso que nosotros, ¿entiendes?
Miré a Noah, que comía un sándwich con los ojos pesados y casi cerrados. Sí, lo entendía. Yo tampoco había tenido madre, porque no podía llamar madre a la mujer que me vendió y me puso en peligro tantas veces. Eso no podía contárselo a Gianni, así que solo asentí.
—Noah ya casi está dormido —observó, y alargó la mano para revolverle el pelo a mi hijo—. Ha crecido tanto que a veces olvido que sigue siendo un bebé.
—Ha sido un día precioso, pero deberíamos irnos. Tú también debes de estar cansado del viaje…
No dijo ni sí ni no. Se levantó y me tendió las manos para ayudarme a ponerme en pie.
Empezamos a recogerlo todo. Yo estaba impaciente por llegar a casa, acostar a Noah y ver adónde nos llevaba esta relación.
No sabía si Gianni pensaba lo mismo o si, simplemente, estaba demasiado cansado para intentarlo.
Llevábamos casi una semana casados y todavía no nos habíamos acostado. ¿Sería esta la noche?