La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Gianni

Ella fue a bañar al niño y a acostarlo. Estaba agotado del viaje, pero el cansancio no era lo único que me pesaba.

Debería haber puesto fin a este matrimonio, pero no lo hice.

En lugar de eso, me pasé toda la tarde buscando la manera de no casarme con Chiara Romagna sin provocar un terremoto entre las familias.

Sabía que mi vida no era del todo mía, pero, por una vez, quería tener la libertad de elegir por mí mismo.

Fui a la cocina. Quería una cerveza, aunque casi nunca bebía.

Tenía la cabeza como un torbellino y no sabía qué hacer a partir de ahora.

Madeline esperaba que consumara el matrimonio.

Me había besado con ganas aquel primer día y había respondido con entusiasmo a mi beso cuando volví. Si lo hacía, no habría marcha atrás.

Pero, al mismo tiempo, ¿cómo iba a resistirme, deseándola tanto?

El móvil vibró en el bolsillo. Parecía que no paraba nunca. Sabía que Filippo no me iba a dejar sin trabajo a mi vuelta solo porque necesitara descansar.

Intenté ignorarlo, pero el maldito trasto seguía vibrando sin parar.

—¿Qué? —contesté, irritado, cerrando la puerta de la nevera.

No había cerveza en casa. Solo zumo de naranja, que era lo que tenía en la mano mientras buscaba un vaso.

—¿Por qué suenas tan cabreado? —me soltó—. Estoy en tu casa. ¿Y tú dónde estás?

El apartamento de lujo de Montreal ya no era mi casa.

—¿Qué quieres? —le espeté.

—Tenemos que hablar. Un pajarito me ha dicho que Vicenzo Carbone está en la ciudad.

Mi primo… El hombre al que más odiaba en esta vida. El hombre que destrozó a mi hermana. Apreté el móvil con todas mis fuerzas, hasta casi romperlo. Tuve que recordarme que el móvil no era el cuello de Vicenzo y que Dominus tenía derecho preferente al placer de partírselo.

—No hay duda de que intentará quedarse con nuestro territorio aquí. Liam Roy va presumiendo de que recuperará Quebec antes de fin de año.

—Que hable. Ya lo mataré yo.

—Te necesito en Montreal. Necesito que te vengas a mi casa, para que me asesores. Que seas mi mano derecha.

¿Qué? No pensaba irme de aquí a Montreal, pasara lo que pasara.

—No puedo. Estoy haciendo… cosas… para los Lupi Sanguinari —me inventé—. Asuntos secretos de familia. Además, soy un asesor pésimo. No soy el cerebro de la familia, y lo sabes. Te convendría más pedírselo a otro.

—Pero yo confío en ti —suspiró Filippo—. Está bien. Tampoco quiero meterme en tus asuntos con Dominus. No perteneces a los Romagna, aunque tu matrimonio con mi hermana vaya a facilitar muchas cosas.

Me quedé callado.

—Gianni —pronunció mi nombre casi en un suspiro—. ¿Qué dirías si yo me casara con Caterina?

La pregunta era tan absolutamente ridícula que apenas pude procesarla.

—Es muy guapa. Lo había olvidado —suspiró—. Le vendrían bien unos kilos más… Claro… no es como Ava… Ava sí que vuelve loco a cualquier hombre, pero… Caterina tiene su encanto.

—¿Adónde demonios quieres llegar? —Dios, habría matado a Filippo Romagna si lo hubiera tenido delante.

—Una alianza aún más fuerte entre los Lupi Sanguinari y los Romagna. Tú te casas con Chiara y yo con Caterina. ¿Crees que Dominus lo aceptaría?

Dominus ni se lo había planteado jamás. Caterina era mercancía dañada, no una virgen intacta digna de un Capo.

—¿Y qué harías con Luigi?

—Mandar al niño a un internado en Europa. Por supuesto que no me desharía del crío. Solo lo mantendría a distancia.

La sugerencia me llenó de rabia. Filippo tuvo suerte de haberlo dicho por teléfono, porque probablemente le habría roto el cuello si me lo hubiera dicho a la cara. Aunque apenas podía mirar a Luigi, seguía siendo mi sobrino, no algo desechable que se pueda mandar lejos.

—Creo que has perdido la cabeza —murmuré.

Un ruido en el pasillo me avisó de que Made volvía. Me apresuré a terminar la llamada.

—Mañana estaré allí. Ahora voy a dormir. Déjame en paz.

Y colgué.

Un momento después, Madeline apareció delante de mí. Llevaba el pelo suelto, que le caía sobre los delicados hombros. Su manera de mirarme parecía preguntar algo, y enseguida me di cuenta de que seguía con el móvil en la mano.

—Mi jefe —dije.

—Acabas de volver de un viaje —dijo ella, y por el tono noté que estaba molesta.

—Sí… Él… No importa. Mañana iré a trabajar y arreglaré mi problema con él.

Ella sonrió.

—¿Quieres algo especial para cenar? —preguntó.

—¿Noah está dormido?

—Sí.

—Voy a darme una ducha y luego… Luego podemos cenar.

Hice amago de moverme, pero Made me miraba de una forma que me impidió dar un solo paso. Parecía querer preguntar algo, pero no se atrevía.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —Le eché una mano.

—Na… da —balbuceó, y se apartó del umbral para dejarme pasar.

Sabía lo que era. Tenía todo el derecho como su marido, y aún no la había hecho mi esposa.

Si ella supiera… Estaba atrapado en una enorme red de mentiras: le mentía a absolutamente todo el que conocía.

Y a ella más que a nadie. Ella creía de verdad que era un simple contable con un trabajo aburrido, acosado sin parar por un jefe chalado.

Por el otro lado, no una, sino dos familias enteras de la mafia creían que simplemente me estaba apartando del lujo y del poder por una especie de hartazgo, y que por eso me había escondido en este pueblecito, en un apartamento modesto, lejos de toda la ostentación.

Era inquietante de cojones. Pero lo peor era que, de toda la gente a la que mentía, la única a la que me destrozaba mentir de verdad era Madeline. No se merecía aquello.

Entré en el dormitorio. Empecé a tirar del cuello de la camisa mientras me dirigía al baño. De repente, me di cuenta de que ella estaba detrás de mí.

Me quedé paralizado.

—Tienes tatuajes en el cuello —dijo ella.

Ella nunca los había visto. Vivíamos en uno de los países más fríos del mundo y yo siempre llevaba el cuello tapado. O con una bufanda, o con el cuello de la camisa.

—Tonterías de adolescente —le dije—. Nunca debí estropearme el cuerpo con eso.

Dio dos pasos hacia mí. Se me heló el cuerpo y se me encendió a la vez. Su olor, el calor de su presencia… me hacían perder la cabeza.

—¿Es un lobo? —preguntó ella, y alzó la mano hacia mi cuello, curiosa.

Dios… Nunca había sido un hombre sexual.

Sinceramente, ¿cuántas veces había estado con alguien?

¿Dos, tres veces en toda mi vida? Mi padre me obligó a acostarme con una prostituta cuando todavía era demasiado joven para decirle que no.

Yo no quería. Mi padre tenía miedo de que fuera gay.

No lo era. Los hombres nunca me habían atraído.

Después de aquello, salí una vez con una mujer.

Algo rápido. Tuve otro encuentro años más tarde. También cosa de una noche.

Luego conocí a Madeline. Y nunca volví a salir con otra mujer.

Porque yo era raro. Solo podía sentir atracción sexual por una mujer si estaba enamorado de ella. Y desde entonces, ella era la única que me atraía.

Pero ahora me moría por que me tocara. El corazón me golpeaba las costillas y notaba que el control que tanto me había costado mantener empezaba a resquebrajarse.

—Sí… —murmuré.

Me recorrió la nuez con el dedo. La sentí subir y bajar, mientras todo el cuerpo se me tensaba cada vez más. Bastaba con alargar la mano y tocarla para que ya no hubiera vuelta atrás.

—No debí casarme contigo.

Las palabras se me escaparon sin más.

Ella dio un paso atrás al instante, con los ojos muy abiertos.

—Hay muchas cosas de mí que no sabes —intenté explicarle—. Por mi trabajo, casi nunca estoy en casa y…

—¿Te arrepientes? ¿Quieres terminar con esto? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.

Era el momento. Díselo, Gianni. Dile que no estás seguro de lo que has hecho. Que solo necesitas alejarla. Dile que puede quedarse con el apartamento, que le mandarás dinero, que cumplirás con tu compromiso, pero que no puedes quedarte porque… invéntate algo… ¡Díselo!

—No. En toda mi vida, lo único que de verdad he querido hacer ha sido casarme contigo.

Madeline me sonrió. Estaba perdido, porque, pasara lo que pasara, había una cosa de la que estaba seguro: nunca iba a renunciar a ella.