La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

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«¡Dile la verdad!», me ordené.

—¡Ni siquiera la conozco! Chiara y yo no hemos cruzado más que un puñado de palabras.

—Y yo la he visto dos veces en mi vida, y querías que me casara con ella.

—¡Tú eres el Capo!

—¡Y tú eres el hermano del Capo! ¿Cuál es el problema, Gianni? Te he conseguido una esposa guapa y de una familia poderosa.

«¡Dile la verdad!»

—Siento algo por otra mujer.

Ahí estaba. Mi absurda sinceridad. Mi alma al descubierto. Nunca lo había hecho con nadie, con ninguno de mis hermanos. Los quería, sobre todo a Dominus. Él me había criado cuando Mamma murió. Le era leal, moriría por él, pero nunca le había hablado con tanta franqueza.

No podía casarme con Chiara porque sentía algo por otra mujer. Esperaba que lo entendiera, pero lo que dijo fue:

—Yo también sentía algo por otra mujer. Y no te pareció ningún problema cuando se trataba de mí.

—¡Vale! ¿Es esto una venganza?

—Por supuesto que no, Gianni. Es un acuerdo, un buen acuerdo. Que Filippo te haya aceptado nos ha ahorrado muchos problemas. Además, Ben está en México y Nico, en Sudamérica. Y Rocco no es más que un chaval. Tienes que hacer lo mejor para la familia.

Lo mejor para la familia. Era lo que decía siempre papá. Y yo lo había hecho sin pestañear durante años.

—¿Por qué no me avisaste?

—Hermano, te habrías largado en mitad de la noche. No soy idiota, Gianni...

Apareció el ejecutor de Dom y me callé. No había alternativa. Dominus había tomado su decisión.

Mis dedos tamborilearon sobre el móvil que llevaba en el bolsillo. El mensaje que había cruzado con Madeline esa mañana me había dejado aturdido. Nunca había querido a nadie y ahora tenía a alguien mío. Y todo eso tendría que apartarlo a un lado, porque no me quedaba elección.

Me alejé. Los dejé con sus propios problemas mientras cruzaba el salón vacío. Me acerqué a la ventana y me quedé mirando la nieve que caía.

Saqué el móvil. Debía mandarle un mensaje a Madeline, decirle que el matrimonio había sido un error...

Suplicarle que me perdonara, decirle que la ayudaría en todo lo que pudiera, pero que tendríamos que anular el matrimonio.

No lo habíamos consumado, así que seguramente la anulación sería sencilla.

De repente sentí que había alguien detrás de mí. Me giré y vi a Ava.

—Fui yo quien le sugirió a Filippo que casara a Chiara con uno de los hermanos de Dominus —confesó—. Lo siento. Nunca debí meterme. Dicen que el sueño del oprimido es convertirse en opresor. Supongo que es verdad, porque no lo pensé dos veces antes de hacerte exactamente lo que me hicieron a mí.

Por increíble que pareciera, en ese momento no la odié. Era sincera, franca, directa. Una parte de mí entendía por qué Dominus había luchado tanto por ella.

—No pasa nada, cuñada... Lo hecho, hecho está.

—¿Eso es todo? ¿No vas a luchar por tu libertad?

—¿Crees que tengo alguna posibilidad? Dominus ya lo ha decidido.

Se acabó. Rechazar a Chiara arrastraría a todos los Lupi Sanguinari a una guerra.

Filippo parece un tipo tranquilo, pero es un asesino cruel, un Capo que gobierna Canadá con puño de hierro.

Un enfrentamiento sería catastrófico y costaría muchas vidas.

Alargó la mano y me apretó el brazo para consolarme.

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Volví a casa al día siguiente. No mandé el mensaje para romper con Madeline, porque no podía hacerle eso. No por mensaje. No de un modo tan impersonal. Decidí que sería honesto y se lo contaría todo en persona.

Quizá incluso le contara la verdad. Le enseñaría los tatuajes de la mafia que escondía bajo la camisa. Le explicaría que, durante un breve instante, había soñado con la libertad de amarla y había hecho una locura.

Pero todos mis propósitos se desmoronaron cuando entré en el pequeño apartamento y vi la escena más increíble de mi vida.

Madeline preparaba la cena mientras Noah dibujaba en la mesa. Allí de pie, sin que nadie me viera, vislumbré la vida que siempre había soñado y que nunca me había atrevido a creer que pudiera tener.

Una familia. Una esposa. Un hijo. Paz. Nunca había tenido nada de eso.

De repente se volvió hacia mí y se le iluminó la cara con una sonrisa.

Había estado fuera varios días. No creía que fuera a echarme de menos, porque nadie lo había hecho nunca.

Madeline se acercó, mucho, demasiado cerca, y en ese momento solo podía pensar en el beso que habíamos compartido y en que sería capaz de renunciar a todo por esos labios.

Había evitado pensar en ese beso mientras estaba en Alaska, para no caer en la tentación de volver corriendo con ella. Pero ahora, con ella tan cerca, lo único en lo que podía pensar era en besarla otra vez. Una vez más. Quizá la última.

—Te hemos echado de menos —dijo ella.

Y esperó. La vez anterior ella había dado el primer paso. Ahora esperaba que lo diera yo.

Me sorprendí con los puños apretados. Madeline era como las arenas movedizas. Me había hundido en ella y, cuanto más forcejeaba por salir, más me hundía.

No había vuelta atrás.

Así que la besé.