CAPÍTULO 9
Gianni
Faltaba un día para la boda y lo único que tenía en la cabeza era el poco tiempo que me quedaba para sacarle a Dominus aquella locura de la cabeza. Llegué a la Tana, la guarida de los lobos, y fui directo a su despacho, sin apenas saludar a mi hermana, a mi madrastra ni a mi sobrino al pasar.
—Gianni.
Filippo venía justo detrás de mí. Parecía nervioso y preocupado.
Cuando me contó que Dominus le había mandado una invitación a una boda que era dos días después, pensé que se lo estaba inventando.
Pero miré mi correo y allí estaba la mía, enviada días antes.
No le había hecho ni caso, porque andaba centrado en mi propia boda.
—¿Qué vamos a hacer, Gianni? —preguntó.
—Convencerlo de que ha perdido la cabeza.
Me había pasado la última semana buscando un oficiante al que pudiera sobornar, comprando un apartamento, amueblándolo lo bastante bien como para engañar a Made, consiguiendo todo lo que Noah necesitaba y preparando mi propia boda.
Y por si fuera poco, aún me quedaban unos cinco tipos a los que matar y tenía que mantener a Filippo a oscuras.
Estaba cansado e irritado. ¡No pensaba dejar en paz a Dominus hasta que se le quitara de la cabeza esa locura de boda!
Dominus estaba de pie entre la puerta y su enorme escritorio de madera.
Abrió los brazos hacia mí, paternal. Era el hermano mayor y siempre había tenido la cabeza fría y la preparación necesaria para ser Capo.
Pero no podía casarse con la hija de un don nadie cuando tenía sobre la mesa una alianza muy rentable con solo darle el sí a Chiara.
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—Es así de simple, Dom. Perderemos Montreal y Quebec si Vicenzo se alía con los rusos.
Y no eran solo los rusos, que llevaban tiempo rondando nuestro territorio como buitres. Liam Roy era lo que más me preocupaba. Estaba sediento de venganza.
—No voy a hacer ese trato —respondió Dominus con firmeza.
—¿Por qué no? —protestó Filippo—. Mi Chiara es hermosa. La chica más hermosa de todo Canadá. Una princesa, refinada, pura... Es el mejor partido al que podrías aspirar. Y fortalecerá a nuestras dos familias.
Nada de eso era cierto. Chiara era la criatura más insulsa de la faz de la tierra. Sin personalidad, sin expresión. Vacía. Fría. Pero, aun así, una Romagna.
—Me caso mañana —replicó Dominus—. No voy a renunciar a Ava. Por nada del mundo.
Como si hubiera invocado a un demonio, la puerta se abrió con un chirrido y la figura de la prometida de Dominus apareció ante nosotros.
No pude ocultar mi sorpresa. ¿Mi hermano iba a dejar escapar un negocio tan lucrativo con Filippo por esta mujer?
Ni siquiera era especialmente guapa. Demasiado grande, demasiado desafiante y absolutamente inadecuada para ser la esposa de un Capo.
—¡Ava! —La potente voz de Dominus resonó en la sala—. Entra. Quiero que conozcas a mi hermano, Gianni. Y este es Filippo, un amigo de Canadá.
Para completar la patética escena, Filippo se acercó a ella. La cogió por los hombros y el calor de su mirada no dejó dudas de que le gustaba lo que veía.
—Eres preciosa —dijo—. Ahora entiendo por qué Dominus insiste tanto... Yo también lo haría...
Era ridículo. La escena más estúpida que me habían obligado a presenciar jamás. Sobre todo porque en ese momento veía el pulso que se libraba entre los dos. Dominus apretaba a Ava contra sí; Filippo parecía dispuesto a empezar una guerra solo por quitarle a mi hermano a esa gorda.
—Podríamos hacer un trato, amigo mío —sugirió Filippo, tras un silencio realmente incómodo—. Tú te casas con Chiara y yo te hago el favor de casarme con tu prometida, para que no se quede abandonada y deshonre a tu familia... Nuestras familias quedarían entrelazadas y...
—Cierra la boca, Filippo. —La voz de Dominus sonó ronca. Era rabia; podía sentirla, reconocerla. Costaba verlo tan alterado—. Entiendo que necesites un marido para Chiara, pero no seré yo. Ya estoy comprometido y no soy de los que faltan a su palabra.
—Lo entiendo, Dom... Yo tampoco faltaría a la mía —dijo.
Estaba a punto de vomitar.
—Bueno, hermano... —intervine, con ganas de salir de allí cuanto antes—. Te dejamos a solas con tu prometida... Quiero ver a Caterina y a mi sobrino... Filippo, ¿vienes?
Salimos. Estaba tan atónito presenciando aquello, viendo cómo se esfumaba la oportunidad de una unión poderosa entre los clanes mientras Dominus la tiraba por la borda, que ni siquiera saludé a la mujer.
Me alejé de ellos. Mientras avanzábamos por el pasillo, Filippo dijo algo sobre que estaba buenísima, pero no le presté atención.
Irritación, irritación. Se me crispaban los dedos.
—Hermano —me llamó Rocco en ese momento—. Te he echado de menos.
Él y Nico eran dos pozos sin fondo de sentimentalismo.
A los dos les encantaba tocar y abrazar.
Me envolvió en un abrazo aplastante y solté un suspiro largo y cansado.
Después fuimos al salón. Ben estaba allí, con Luigi en brazos.
Aparté la vista de mi sobrino de ojos azules. No quería mirar al niño.
Era hijo de una violación. ¿Cómo se le podía querer?
—¿Dónde está Francesca? —le pregunté a mi hermana por mi madrastra.
Caterina era la única como yo. La única que no necesitaba que la tocaran a cada momento, así que solo me saludó con un gesto de cabeza.
—Ha salido con Nico. Han ido a ver a una de las yeguas que ha parido allá arriba, en la montaña.
Cómo no, Nico siempre encontraba la manera de estar cerca de los animales. Elegiría a un perro antes que a cualquiera de nosotros.
—¿Cuándo llega nuestro tío?
—Esta tarde.
—Entonces descansaré un poco del viaje. Cuando Dom salga a recoger al tío Afonso, avísame.
No respondió mientras me dirigía a mis habitaciones.
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—Tienes que cancelar esta boda —insistí, con un vaso lleno delante de mí—. Tienes que casarte con Chiara para que podamos conservar nuestro poder en Canadá.
No era muy bebedor, pero habíamos parado en un bar de Juneau mientras esperábamos a que llegara mi tío. Ben había ido a recogerlo al pequeño aeropuerto. Dominus saboreaba una cerveza negra. Era el momento perfecto para intentar quitarle esa locura de la cabeza.
—Creo que va a llover —dijo señalando, a través de las ventanas empañadas, el cielo cargado de nubarrones—. Lo que significa que nevará en la ceremonia.
—¡Por Dios, Dom! Te estoy hablando en serio.
—Yo también.
Rocco me dio una palmada en el hombro, como diciéndome que lo dejara estar. Todavía era un crío; no entendía todo lo que estaba en juego en ese momento. Además, sentía una devoción ciega por Dom. Jamás discutiría ni se opondría a nada de lo que dijera Dominus.
Nico también estaba allí, riéndose de algo a lo que no presté atención. Me llevé la jarra de cerveza a los labios y di un sorbo. Estaba inquieto. Si perdíamos a Filippo, yo solo no podría contener el avance de Vicenzo. A nadie más parecía importarle.
—¿No vas a renunciar a Ava porque te da lástima?
De repente caí en la cuenta.
Era una mujer grande, sin nombre, que a nadie le importaba. Pero Dom le había dado su palabra años atrás y ahora parecía dispuesto a arriesgarlo todo por esa palabra.
—No.
—Filippo ya ha dicho que está más que dispuesto a casarse con ella… —argumenté.
—Toda mi vida lo he hecho todo por esta familia —replicó, y pude oír la irritación en su voz—. Solo por esta vez, déjame ser feliz por mí mismo.
—Vamos a perder Canadá si Filippo casa a Chiara con un aliado de…
—¡A la mierda Canadá! ¡Estoy a un día de mi boda y no paras de tocarme los cojones con toda esta mierda!
—Respira, Dom —intervino Nico—. Gianni solo está preocupado. No hemos tenido un día de paz en años.
—Si perdemos Canadá, perdemos nuestra ruta por el mar del Labrador —advertí.
¿No lo veían? Si perdíamos Canadá, perderíamos Groenlandia. Después Islandia y Noruega. Nos debilitaríamos y seríamos un blanco fácil para Vicenzo.
—Ya estoy trabajando en otra solución —me dijo, y sus ojos brillaron de un modo que me incomodó.
—El mundo ya no es lo que era… —dijo Nico con nostalgia—. Antes las familias tenían todo el poder. Pero los cárteles de Sudamérica y las Bratvas de Europa se están quedando con todo. Somos como la vieja aristocracia, que pierde terreno frente a los nuevos ricos.
—Sí, las cosas están complicadas… —concedió Dom—. Pero sigo teniendo América. Sigo controlando buena parte de Sudamérica. Estoy en Europa. Y pronto voy a intentarlo con Oceanía.
—Un buen matrimonio lo haría todo más fácil —advertí.
—¡Joder, Gianni! ¡Déjalo ya!
—¿La amas, Dom? Si amas a esa mujer, me callo la boca. Pero todos estos años lo único que decías era que la deseabas —le recordé.
Porque, en realidad, siempre había dicho que se casaría con ella, pero ni una sola vez había dicho que la amara o que estuviera enamorado de ella.
—¿Quieres este matrimonio por capricho? ¿Por lujuria? ¡Maldita sea! No es más que una Amato. Acuéstate con ella y quítatela de la cabeza. Para eso no hace falta ponerle un anillo en el dedo.
—Me caso con ella y esta conversación se acaba aquí.
De pronto entró un hombre de traje negro. Todos nos pusimos en pie para abrazar a mi tío Afonso. Era obispo en Boston, un hombre enormemente respetado.
Le besé rápidamente las manos en señal de respeto. Pero su atención estaba puesta en Dominus. Hasta que pronunciara sus votos, aún tenía una oportunidad de hacerle cambiar de opinión.
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Nada funcionó. Los votos se pronunciaron y la mañana siguiente a la boda amaneció más fría de lo habitual. Aquí, en Alaska, hacía un frío cortante en todas partes, y yo estaba de mi habitual mal humor cuando cogí el móvil para mandarle un mensaje a mi mujer.
Dios, hacía dos días que me había casado con la mujer que amaba y la había dejado atrás porque mi vida era un caos. No sabía cuánto tiempo lo soportaría. Vivir sin saber si tendría a su marido al lado. ¿Y cómo le explicaría todas las ausencias?
—Está hecho —murmuró Filippo cuando me encontró en la escalera.
Escondí el móvil.
—¿Qué está hecho?
—Vicenzo y Liam Roy.
Me quedé helado.
—¿Cómo lo sabes?