La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Madeline

No me quedaba más remedio que aceptar mi nueva realidad. Mi marido —un buen hombre que me había dado un hogar y protección— tenía responsabilidades. Todavía no éramos marido y mujer de verdad, no en todos los sentidos, pero… era mi marido. Y se había ido.

Al día siguiente de su partida, me puse un grueso abrigo de lana y unas botas de abrigo y salí a caminar por el pueblo.

Gianni me había dejado dinero, pero preferí ir andando hasta la escuela donde tenía la cita con la maestra para hablar de Noah.

Quería conocer el pueblo, a la gente, los sitios donde vendían comida y ropa… saber todo lo que ocurría allí.

Este era mi nuevo pueblo. Esperaba ser feliz en él.

Me enamoré de él al instante. Había muchos parques cerca, e incluso un polideportivo. De la mano de Noah, saludamos a los vecinos y paseamos junto a un campo de béisbol. El pueblo estaba helado, pero lleno de vida.

Sin embargo, cuando llegamos a la pequeña escuela infantil, me erguí y me puse seria. La educación de Noah era lo que más me importaba en esta vida. Quería que tuviera las oportunidades que yo nunca tuve, que pudiera ejercer una profesión bien pagada, que tuviera la esperanza de construir algo.

—Aquí tiene un folleto que explica nuestro enfoque educativo —dijo la señora Emma, la directora que me enseñaba las instalaciones—. También tenemos una manera particular de evaluar el progreso, porque nuestro método de enseñanza es constructivista.

—¿Y eso qué significa? —pregunté mientras recorríamos los pasillos impecables de la escuela.

—Creemos que los niños construyen su propia comprensión en lugar de limitarse a recibir información de un maestro. Queremos que desarrollen autonomía, pensamiento crítico y razonamiento lógico, respetando siempre su propio ritmo, por supuesto.

—¿Y cómo lo hacen?

—Fomentamos la exploración, la experimentación, los retos…

No sabía si eso era exactamente lo que quería para Noah, pero como todavía era tan pequeño, quizá fuera justo lo que necesitaba en ese momento. Las bases más tradicionales podían esperar a que se acercara a los siete años.

—Bueno, me gustaría mucho que viniera aquí —dije—. ¿Cómo lo matriculo?

—Tengo que preguntarle por el padre… ¿El padre de Noah vendrá también a reunirse con nosotras?

No era una pregunta con intención ni con juicio. Simplemente parecía estar completando el perfil de mi hijo.

—Su padrastro está de viaje de negocios.

—De acuerdo. ¿Rellenamos los papeles, entonces? ¿Le gustaría dejar a Noah con nosotras unas horas? ¿Una primera toma de contacto?

Mi hijo ya estaba en el aula, jugando con unos muñecos de acción. Emma lo había llevado allí ella misma unos minutos antes y se había integrado de maravilla, lo cual me hizo muy feliz.

Asentí, pensando que le vendría bien conocer el lugar antes de empezar de verdad al día siguiente.

Dos horas más tarde, después de asegurarme de que Noah estaba cómodo, lo dejé al cuidado de las maestras y salí sola. Caminé por la Ruta 117, fijándome ya en los escaparates por los que pasaba, con la intención de dejar un currículum cuando volviera al día siguiente.

El móvil vibró. Bajé la vista con ilusión, con el corazón dando un brinco.

Me di cuenta, demasiado tarde, de que aquella ilusión tenía un único motivo: mi marido.

Pero Gianni no me había escrito ni una sola vez desde que se marchó el día anterior.

Lo entendía y lo respetaba. Su jefe le exigía las cosas de una forma muy irrespetuosa.

Había visto cómo lo insultaba. Gianni debía de tener muchas cosas en la cabeza.

Y no me había rechazado del todo, intenté recordarme. Lo había sentido cuando nos besamos —¡cuando yo di el primer paso!—, mi marido había querido llevarme a la cama. No lo hizo porque era demasiado decente para hacer algo así justo antes de irse de viaje.

Había esperanzas para este matrimonio. Sobre todo de mi parte.

Quería de verdad ser la mejor esposa posible.

Parte de mi urgencia por acostarme con él venía de las ganas de acabar con la incertidumbre.

No sabía qué esperar del sexo con Gianni.

Todo lo que había conocido hasta entonces era horror y degradación.

Pero creía que Gianni sería delicado conmigo.

O al menos… que lo intentaría. Aun así, solo lo sabría de verdad cuando me llevara a la cama.

Así que ojalá ocurriera pronto, para no tener que vivir con el pavor de imaginar cómo sería.

Suena a locura, pero había llegado a un punto en el que prefería vivir con dolor que con pavor.

Leí el mensaje. Era de la compañía telefónica, para avisarme de que mi nueva línea ya estaba registrada.

Levanté la vista. Pasé de largo por delante de un bar, porque no quería volver a trabajar en un sitio así. Me dirigí a una pequeña tienda de ropa, dispuesta a entrar y ofrecer mis servicios, pero estaba cerrada.

El móvil vibró otra vez. Volví a bajar la vista, esperando que fuera la compañía telefónica, pero era Gianni.

El corazón me dio un salto en el pecho. No sabía por qué me pasaba tan a menudo últimamente.

Hola… Perdona que no te escribiera ayer. Esto es una locura.

Casi podía imaginármelo escribiendo, con el gesto serio y el ceño fruncido de siempre mientras su jefe lo presionaba sin tregua. Imaginarlo me produjo una sensación extraña. La descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo me pilló sin aviso. Respiré hondo.

No pasa nada. ¿Tuviste buen viaje?

Sí, llegamos bien.

¿Cuándo vuelves?

Dios, era una locura, pero lo quería conmigo.

No podía respirar mientras esperaba su respuesta.

Mis pensamientos estaban tan llenos de anhelo que me avergonzaban.

No entendía cómo lograba provocarme todo aquello.

Nunca antes me había hecho sentir así, pero desde que se había convertido en una opción en mi vida, no podía pensar en otra cosa que en querer que todo entre nosotros fuera real.

Era mi mejor amigo, mi único amigo. Se había casado conmigo, cuidaba de mí y me daba la oportunidad de criar a Noah lo mejor que pudiera. Por supuesto que quería que fuera real, me dije.

Tres o cuatro días.

Llegó otro mensaje justo después.

Tengo que irme. Cuidaos.

Bajé el móvil, con una parte de mí muy triste por no recibir algo más romántico, pero entendía que todavía no teníamos esa clase de intimidad.

Intimidad…

Ni siquiera conseguía imaginármelo desnudo. ¿Cómo sería? Parecía tener buen cuerpo debajo de ese abrigo grueso. Era guapísimo y, sin embargo, siempre había en él algo reservado, algo que no acababa de entender.

Suspiré hondo.

Eché a andar de nuevo. De pronto, algo al otro lado de la calle me llamó la atención.

Me quedé petrificada.

Pensé que estaba alucinando, pero cuando la figura se movió y habló con alguien que tenía al lado, supe que era real.

Jamás olvidaría esa cara. Sobre todo porque veía algo de ella en mi pequeño, la persona a la que más quería en el mundo.

Jean Smith estaba allí, de pie. Hablaba con otro hombre y señalaba un edificio con un cartel de SE ALQUILA.

Tenía que ser una pesadilla. Sí, una pesadilla…

Casi cuatro años y ese desgraciado seguía atormentándome tanto que me hacía ver cosas.

Me giré. Estaba lista para echar a correr. Hubo un tiempo en que fui una mujer fuerte, pero ese hombre me había convertido en un despojo humano.

Y ahora había vuelto.

Por suerte, no me había visto. Pero por lo visto estaba comprando propiedades en la zona, y solo era cuestión de tiempo que me encontrara en un pueblo tan pequeño como este.

Peor aún.

Que encontrara a Noah.